Columna de Florencio Ceballos: Una élite en su cámara de eco

El elenco de los habituales, los que se repiten en una docena de escenarios “interpretando” los fenómenos políticos y sociales del país, se reconocían al día siguiente desconcertados con los resultados. Pero ni siquiera entonces notaron que quizá era la mesa la desbalanceada, que faltaban sillas o sobraban comensales.

El domingo por la noche se terminó de hacer evidente -por si aún cabían dudas – el enclaustramiento que se autoimpuso hace ya mucho tiempo una parte importante de la elite mediática y cultural chilena, justamente aquella con mayor acceso a medios de comunicación masivos y a traspasar diagnósticos y narrativas a ciertos círculos del poder.

En tiempos en que el país se aprestaba para la discusión en una asamblea, esa élite hizo lo que mejor sabe: escucharse a sí misma. En vez de intentar entender y entablar algún tipo de conversación posible con una sociedad que se tornaba cada vez más opaca y difícil de leer, se recluyó en su cámara de eco y se concentró en la reverberación de sus propias convicciones.

Víctimas más que otros, es cierto, de la furia abusiva y a veces cruel de las redes (para ser precisos, su red: Twitter), prefirieron ampararse en la violencia recibida para codificar como “funa” cada crítica, las justas y las injustas por igual. Como si la posibilidad de responder al fondo de los asuntos por los que se les interpelaba fuera una vulgaridad, prefirieron escribir cartas abiertas de desagravio a los suyos. Cultivaron hombres de paja para alimentar una falacia:  apuntar al más radical e irracional de sus interlocutores para esquivar el bulto.

“En tiempos en que el país se aprestaba para la discusión en una asamblea, esa élite hizo lo que mejor sabe: escucharse a sí misma”.

A medida que el tiempo pasaba y el recuerdo se hacía confuso en este interminable día de la marmota en cuarentena que es la pandemia, se fue reafirmando su idea del 18-O como una explosión de violencia, anomia y anarquía, un hecho carente de cualquier matiz, desvinculado de la experiencia vital, colectiva y política de muchos.

Jamás interesarse en las prácticas y territorios digitales del activismo político y socio-ambiental tuvo sus costos. Cuando la conversación y la acción se trasladó al terreno digital durante la pandemia, teniendo cuidado de evitar el uso de Twitter, esa marea se volvió invisible.  Eso lo explica de mucho mejor manera Enzo Abagliatti en una columna de este mismo medio.

Si me permite el cliché: no lo vieron venir. Again. El elenco de los habituales, los que se repiten en una docena de escenarios “interpretando” los fenómenos políticos y sociales del país, se reconocían al día siguiente desconcertados con los resultados. Pero ni siquiera entonces notaron que quizá era la mesa la desbalanceada, que faltaban sillas o sobraban comensales. 

“Jamás interesarse en las prácticas y territorios digitales del activismo político y socio-ambiental tuvo sus costos”.

Fuera de su diálogo, su espacio seguro, estaba lo que llamaban “la izquierda dura” o “izquierda radical” -siempre se complican nombrándola- a la que a veces se entrevista con el tono despectivo de quien espera que le rindan cuentas, jamás conversar. Y más allá de esa “radicalidad”, un gran territorio incognito de independientes y otras listas. Los veían, creo, como a los caminantes blancos de la serie Game of Thrones: se sabe que existían y eran un peligro monstruoso que había que mantener a raya con un muro, pero nadie los había visto de cerca ni sabía a ciencia cierta quienes son.

Eran (son) víctimas de un sesgo de conocimiento que tuvo efectos reales -pasó la cuenta- cuando el lunes por la mañana los lectores del oráculo tuvieron que hacer a un lado sus certezas y resignarse a googlear nombres de una buena parte de los electos para ponerles cara (literalmente, los listados de candidatos que levantaron los medios ni siquiera contaban con sus fotografías) y saber quién diablos eran -como le escuché decir a un editor-comentarista- “esta gente”.  Recordé a los alienígenas de Cecilia Morel.

“Más allá de esa “radicalidad”, un gran territorio incognito de independientes y otras listas. Los veían, creo, como a los caminantes blancos de la serie Game of Thrones: se sabe que existían y eran un peligro monstruoso que había que mantener a raya con un muro, pero nadie los había visto de cerca ni sabía a ciencia cierta quienes son”.

Me pregunto si ante la futura Convención Constituyente tan diversa como Chile, esa élite persistirá en su sesgo. Me digo que no, que sería suicida, no para el país, sino para sus propios intereses. Que diversificará sus paneles y sus columnistas dominicales. Que escuchará más y hablará menos. Que será más pluralista. Pero en el fondo creo que seguirán hablando entre ellos como la orquesta del Titanic. Aunque ya no quede nadie escuchando la música.

* Florencio Ceballos es sociólogo, reside en Canadá.

Comentarios
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