Américo, cantante tropical: “Yo solo quiero cantar”

Entre Chile y Estados Unidos, el artista detalla su próxima gira por grandes ciudades norteamericanas. Aquí, habla de su lucha por el éxito en el Imperio, de sus comidas en la casa de Don Francisco, de su amistad con Alberto Plaza, de su cercanía a los grandes artistas, de su último disco, de su pésimo 2020 y de su cambio mental.

La primera consulta, elemental, y a la vez honda, apunta a su estado actual: ¿Cómo está usted, Américo?

-Bien po.

-¿Qué tan bien?

-Me estoy haciendo un espacio en Norteamérica.

El capitán de la cumbia es un artista global. Se radicó en Estados Unidos hace tres años: vive un poco allá y otro poco acá. Cuando está allá, en el imperio, él es un latino afinado que contacta productores musicales y perfila el éxito internacional. Un genio en etapa de expansión. Según parece, y lo acreditamos en fotografías, en Estados Unidos sufre un incremento de sabrosura, la estrella se latiniza, se ajusta los bluyines, el muslo se le hincha y se calza un sombrero caribeño para protagonizar los videos. Y cuando está acá es un ídolo natural, una máquina de hits, el tropical que tolera la fama. Un orgullo patrio al que fotografían cuando va a comprar el pan.

-Siempre voy a comprar el pan.

-¿Se disfraza para distraer a los fanáticos?

-Voy siempre vestido de Américo. No soy una estrella, vivo como todos.

Cuando está allá, vive en el Estado de Florida. Vive a pasos del océano, en Weston, una zona en que pernoctan magnates. La casa tiene cinco dormitorios, cinco baños, una piscina para componer melodías con un pie en el agua, y un jardín desde el cual se ve el mar y se puede fijar la vista sobre una ola celeste o, tal vez, sobre una roca humana. Américo vive a pocos metros de Dwight Johnson, alias La Roca, una celebridad con bíceps telúricos, pectorales semejantes a placas tectónicas. Américo se alejó de los terremotos chilenos, pero es vecino de un idolatrado sismo muscular. Y allí Américo hace patria.

Me estoy haciendo un espacio en Norteamérica

-Tengo una gira ahora.

-¿Al interior de Miami? ¿Se brinda al público latino?

-No, bueno, iré a New York el 13 de agosto. 

-Se internará en la capital del mundo…

-Y luego Connecticut, Virginia, New Jersey, Illinois.

-Ha dado un paso formidable- se agita la prensa.

-¿Por qué?

-No les cantará a latinos ansiosos de latinismo. Les cantará a los norteamericanos, al gringo puro.

-Gracias, amigo.

-¿Los red neck valoran su música?

-Creo que sí.

No soy una estrella, vivo como todos.

-¿El red neck baila al son de Américo?

-A los norteamericanos les gusta mucho la cumbia tropical.

Américo expandió a tal punto sus horizontes que da la sensación que incluso se le agigantó el nombre: hoy Américo debiera ser Norteamérico.

Lado A

Su nombre, en términos legales, parece extraído de una película de Tarantino: él es Domingo Johnny Vega. Es hijo de una metáfora llamada Melvin Corazón, otro artista. Le corre tropicalismo por el torrente sanguíneo. Es cumbia, brinco, sudor, gel, peinado con diseño, palmas, mocasines de punta italiana. Tiene 43 años y está condecorado con cuatro gaviotas de plata, una de oro y el Premio Heat del 2019. Su voz no tiene comparación en la cumbia.

-No sé si tanto- interrumpe.

-¿Siente que usted es una cazuela?

-La verdad es que no.

-Me refiero a una cazuela en que se mezclan Luis Miguel y Roberto Viking Valdés.

-Me calza. Admiro a Viking Valdés. Una vez, cuando chico, lo fui a ver a una prueba de sonido. Él me miró y me dirigió la palabra.

-¿Qué le dijo?

-“Hola, cabro”.

El niño que aplaudió en un rincón a Valdés, el niño tímido nacido en Arica, aquel talento destinado a un solo país hoy compone cumbias desde Miami. Fue coach en un programa de canto en Ecuador. Llenó estadios en Perú, en Colombia, en México. Una noche estremeció a veinte mil uruguayos. Años atrás fue a un programa de televisión argentino y pidió el micrófono. Cantó dos canciones y enamoró a Viviana Canossa, la conductora. Ella gritó, al aire, mientras Américo en plena coreografía deslizaba un mocasín:

-Lo quiero todo para mí.

Y un día este señor se propuso conquistar el mundo. Se ajustó una guitarra en la espalda y partió.

-Y eso hago en Estados Unidos…

-¿Qué?

-Apenas tengo una oportunidad me pongo a cantar con todo.

Es el sueño latino.

Lo hemos visto en Hollywood.

Hay que buscar el instante preciso. Puede ser un segundo. La gloria se juega en dos corcheas. 

-Hay que estar atentos a las oportunidades- enfatiza Américo.

El reportero contempla, en símbolos, la vida de Américo: Arica, esfuerzo, tropicalismo, el estrellato, una sola esposa, cuatro hijos. Un profesional sin pifias. Y se pregunta la causa de amplificar la gloria.

A los norteamericanos les gusta mucho la cumbia tropical.

-¿Qué quiere, Américo?

Él piensa.

-Esto es un desafío. Partir con la familia. Vivir una cosa más ostentosa, quizás más fría. Tener la idea de que estás haciendo algo desde allá. Pero cuando estás en el país nuevo te das cuenta de algo…

-¿De qué?

-De que lo que importa es lo otro.

-¿Qué otro?

-La familia. El vivir esta experiencia juntos. El salir con los niños, ir al supermercado. Todos unidos en el primer mundo. Eso es lo que termina siendo lo más importante. El vivir acompañado…

Hoy, en fin, el artista se vincula a Richi Peña, a los productores del momento. Además de ser vecino de La Roca, bueno, también es vecino del baladista chileno Douglas. Se ha juntado con Iván Zamorano, con Giancarlo Petaccia, se ha ligado a esa comunidad de rostros chilenos que forzó la reinvención. 

-He hecho buenos contactos en Estados Unidos.

-¿Ha conocido a artistas de renombre?

-Una vez estuve en una fiesta con Enrique Iglesias.

-¿Cómo es él?

-Muy buena persona.

-¿Es imponente? Da la sensación que es alto.

-Claro. Irradia mucho carisma. Es muy simple.

-¿Le sacó una foto?

-No lo quise interrumpir.

Lo quiero todo para mí

El reportero piensa, en sus adentros, que Iglesias es una alpargata desafinada al lado de Américo. Pero Américo destila esa modestia zen, modera la voz al relatar un éxito. Y dice, por ejemplo, que en Miami ha ido a comer varias veces a la casa de Don Francisco, esa casa enmarcada en una laguna, tan cerca de la iglesia más grande de todas: la casa de Julio Iglesias. Da la impresión que es todo un mundo de celebridades, de gente tostada, de palmotazos y de productores con bigotes. Y allí, con la guitarra en la espalda, se abre camino Américo.

-Don Francisco es gentil- murmura.

-¿Qué le llamó la atención de esas veladas con Mario?

-No, bueno, el museo.

-¿Hay un museo al interior de la casa?

-Su señora, Temmy, hizo un museo que recopila los logros de Don Francisco. Es impresionante. Hay un Premio de la Nasa otorgado a Don Francisco… ¡De la NASA! Hay hasta galardones que le ha dado la Federación de Boxeo. Hay de todo.

-¿Es verdad que en persona Don Francisco siempre está a punto de quedarse dormido?

-No, no. Siempre está preocupado de cómo uno se va manejando. Da consejos. Es muy sabio.

-¿Y a Alberto Plaza lo ha podido conocer? Él está radicado por esa zona…

-Claro, lo conozco mucho. Desde hace un buen tiempo.

-Disculpe, dicen que es peculiar…

-No, no… es como cualquier persona.

-Hay otros que dicen que es peligroso…

-¿Alberto? ¿Peligroso? ¿Por qué?

-Bueno… -el reportero baja la voz y susurra- dicen que es por la cienciología…

-Jajaja… Noo… Él es muy cariñoso. De hecho, me da mucha pena cuando le dan duro a Alberto Plaza. Uno puede pensar lo que quiera. Es cosa de uno.

Y, en fin, ahora prepara la gira por el Estados Unidos profundo y, hace unas semanas, estrenó un disco llamado “Por Ellas”, dedicado a las mujeres. Cantó las famosas canciones de otras, las que le tocaron el corazón. Y menciona que, por citar algunas, cantó una canción de Mon Laferte (“ella es inspiradora”), de Ana Gabriel (“sabe manejar su carrera”), de Soraya (“pura luz”), de Rocío Durcal (“está Rocío y después vienen todas las demás”), y de Yuri (“tremendo corazón”). 

Hay un Premio de la Nasa otorgado a Don Francisco… ¡De la NASA!

Américo está en la fase de la luz.

Pero, por supuesto, no todo en la vida de una estrella se compone de luz.

El 2020 para Domingo Jhonny Vega fue uno de los peores años de su vida.

-Uff… Me tocó difícil.

Y el ídolo se humaniza por unos segundos.

El lado B

-No podía cantar… Por razones obvias- suspira.

-¿Eso es muy dramático?

-Yo era el proveedor en la casa, el del trabajo, el que salía a hacer shows…

-¿Y qué pasó?

-Me tocó estar sin trabajo. No podía hacer lo que yo sé hacer.

-¿Y qué tiene?

-…

Y él guarda silencio. Lo que ocurre es que Américo se tornó frágil el 2020.

-No sé… Yo necesitaba esa dopamina… Los shows…

Un día del año 2020 María Teresa Órdenes y Domingo Johnny Vega, una feliz pareja con veintitrés años de matrimonio, se separaron. Ella, según parece, quería verlo más fuerte. Él, según parece, no podía estar más fuerte. Y una vez, por televisión, Américo dijo:

-Estoy mal… ¡A la mierda!

Américo no dice esas palabras. Por tanto, es evidente que estaba fuera de su centro.

-¿Al estar sin cantar, desvalido, qué hizo, Américo?- indaga con sutileza el reportero.

-Reflexioné.

-¿Qué concluyó?

-Que estaba bueno que me sintiera incómodo también. Estaba bien tener que soltar. Estaba bien verme otra vez.

Me da mucha pena cuando le dan duro a Alberto Plaza

-¿Y qué hizo?

-Empecé a hacer cosas.

Se compró una oficina en Chile e instaló un estudio de música: Minga Records. Se compró un bus que lo trasladara a sitios en que podía cantar. Dice que, de algún modo, empezó a circular. Pasados unos meses, le dirigió una palabra cariñosa a María Teresa Órdenes. Y se volvieron a querer. Se volvieron a juntar. El héroe, con trabajo, curó las heridas.

-Y cambié.

-¿En qué sentido?

-Ha habido un punto de inflexión. Uno se empieza a aceptar. Todo lo que ha pasado en el mundo, en Chile, a uno lo hace cambiar. Debe haber un cambio.

Y ha opinado que Chile, a su vez, necesita cambios, una Constitución bien hecha. Y ha dicho que la paz es el camino. Y, por ejemplo, si el reportero le consulta por su postura en el mundo de hoy, Américo responderá como artista y dirá:

-Yo estoy en mi propio centro.

Ya está fuerte y seguro de sí mismo.

La estrella sigue brillando.

-¿Hoy se siente bello, mino, atractivo?

-No te voy a decir que no.

-¿Es usted gusto de mujeres?

-Espero que sí.

-¿Es usted gusto de hombres?

-Espero que sí.

Y Américo ríe, libre, suelto.

-Aparte de querer conquistar el mundo, ¿tiene usted otro sueño pendiente?

-Yo solo quiero cantar. Y quiero sobrevivir a todo esto. Y seguir cantando, amigo, y seguir cantando.

-¿Y un Grammy? ¿El Billboard?

-No sé… Yo quiero cantar no más… ¡Y después que venga lo que venga!

En unos pocos días más, el 13 de agosto, este artista chileno ingresará a un escenario en New York. Y cantará, al fin, frente al público, un público de distintas naciones, un público emocionado. Américo insinúa que le temblará la garganta: cantará en la ciudad más internacional del planeta después de dieciocho meses de silencio. Después de tanto aprendizaje. Volverá a estar con la gente.

Todo lo que ha pasado en el mundo, en Chile, a uno lo hace cambiar. Debe haber un cambio.

-¿A quién le quiere cantar, Américo?

-A mí.

-¿Por qué?

-Siempre canto para los demás…

-¿Y ahora no?

Américo sonríe.

-Ahora me quiero cantar a mí. Porque me gusta cantar- y se queda con los ojos fijos, con una mirada firme. Como si fuera a conquistar América.

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