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Columna de Agustín Squella: ¿Qué decimos cuando decimos “república”?

Cuidando las palabras cuidamos las cosas que ellas designan, y en el caso de “república” son varias las cosas buenas a las que ella apunta.

Hay palabras que importan porque vuelven y otras que interesan porque se las quiere olvidar.

“Dignidad” pertenece a la primera de esas categorías, y “república” podría caer en la segunda.

“Dignidad”, casi ausente del habla habitual de los chilenos hasta que las protestas sociales de 2019 la trajeron de vuelta, resumió muy bien lo que querían los manifestantes: que se les considerara de igual valor. Porque la dignidad humana es eso: el parejo valor que todos los seres humanos nos reconocemos intersubjetivamente, cualquiera sea nuestro origen, etnia, educación, riqueza material, biografía, ocupación, aciertos, errores, sueños y preferencias. Nadie es más que nadie, cualquiera hayan sido los logros o fracasos de la existencia individual de las personas: ellas nacen y permanecen iguales en dignidad y en esta se basan ciertos derechos fundamentales que adscriben a todas sin excepción, entre los cuales, de partida, el de ser tratados con consideración y respeto, como fines en sí mismas y no como medio al servicio de los fines o intereses de otro u otros.

Bienvenida entonces “dignidad”, y no solo como palabra que vuelve a ser de uso común, sino como concepto y como el valor superior que podríamos encontrar en la primera de las disposiciones de la nueva Constitución.

Con “república” pasa lo contrario: estamos poniendo atención a ella porque nos damos cuenta de que algunos podrían estar deseando sacarla de nuestro lenguaje político o postergarla en nombre de algún término que les parezca más atractivo. Pero la pregunta es la siguiente: ¿qué perderíamos si perdiéramos dicha palabra?

Todas nuestras constituciones se han llamado “Constitución de la República de Chile”, y la explicación es muy simple: dejamos de ser  colonia de una monarquía europea –y eso no en 1810, sino algo más tarde, puesto que algunos de nuestros padres fundadores temían dar ese paso-, y la palabra “república” nos quedó sonando para siempre, si bien solo en el sentido de lo opuesto a monarquía, olvidando que ella tiene también el significado de división de los poderes del Estado. En una república ninguna autoridad concentra todo el poder, y ni siquiera mucho poder, procurando conseguir tanto diferenciación de los poderes como equilibrio entre ellos.

Entonces, si nuestra próxima Constitución intentará dividir, distribuir y equilibrar mejor los poderes –entre la Presidencia de la República y el Congreso Nacional, entre el gobierno central y los gobiernos regionales y comunales, entre los representantes y los representados-, ¿cómo podríamos prescindir de la palabra “república”?

El ideal republicano es también contrario a toda forma de dominación –dominación política, étnica, de género, laboral, doméstica- y, por tanto, abomina del sometimiento de un ser humano a otro, o de unos seres humanos a otros, y ello aun en el caso de que quien someta a los demás no haga uso de su posición de poder. La sola posibilidad de ese uso resulta incompatible con la dignidad de quien o quienes se encuentren sometidos.

Y si queremos que en el futuro desaparezca de nuestra sociedad toda forma de dominación, ¿cómo olvidarnos de que una república se relaciona directamente con ese propósito?

“República” significa también, etimológicamente, “cosa pública”, es decir, aquello que concierne a todos. En tal sentido, no se trata de una forma de gobierno que responde a la pregunta acerca de quién debe gobernar, sino a la de para qué se gobierna, tratándose de aquella manera de ejercer el poder a favor de la cosa pública, de todos, y no para beneficio de los gobernantes o de un grupo o sector determinado de la sociedad. Las formas tradicionales de gobierno –monarquía, aristocracia, democracia- son cuantitativas, puesto que en la primera gobierna uno solo, en la segunda unos pocos, y en la tercera el pueblo, o, más bien, la mayoría. En cambio la república es cualitativa: no tiene que ver con quien gobierna ni con cuántos son los que gobiernan, sino para qué se gobierna. Es la manera de gobernar de quienes son capaces de alzarse por encima del torbellino de los intereses particulares o de grupos, incluidos los propios.

Con “república” pasa lo contrario: estamos poniendo atención a ella porque nos damos cuenta de que algunos podrían estar deseando sacarla de nuestro lenguaje político o postergarla en nombre de algún término que les parezca más atractivo.

De manera que ¿querríamos que nuestra próxima Constitución se olvide del bien colectivo como norte político y moral de los gobiernos y de la sociedad chilena en su conjunto?

Es cierto que en Chile arrastramos un déficit republicano, como también uno de democracia. Pero también lo es que la próxima Constitución constituye una gran oportunidad para acabar con ese déficit. Las democracias reales que conocemos tratan de acercarse lo más posible a la democracia ideal, mientras que las repúblicas históricas que ha habido y hay en el planeta tratan también de realizar en  su máxima medida el ideal republicano. De eso se trata, de ir hacia la cima, de avanzar hacia ella, de no resignarse ni complacerse con lo ya alcanzado, lo mismo que pasa con los individuos tratándose de las virtudes: procuran tenerlas y cultivarlas, y lo único que podemos conseguir –que no es poco- es mejorar día tras día, subir otro tramo hacia la cima, sin saber si alguna vez la alcanzaremos. Nadie se olvida de un ideal o de una virtud solo porque todavía se encuentra lejos de ellos.

Ya lo sé: ninguno de los que podrían estar por retirar la palabra “república” está pensando en volver a la monarquía. Tampoco están en contra de la división de poderes o a favor de la dominación y de la idea de que el bien colectivo no existe y que lo único que cuenta son los afanes e intereses individuales. Solo estoy mostrando que olvidarse de una palabra, o posponerla –en este caso “república”- entraña riesgos que deberían ser considerados. Si perdiéramos esa palabra acabaríamos perdiendo mucho más que una palabra.

Se entiende también que el enojo contra la palabra “república” y con la expresión “república de Chile” proviene del maltrato dado históricamente a nuestros pueblos originarios. Pero el responsable de eso ha sido el “Estado” chileno, no la república del mismo nombre, y es claro que la próxima Constitución, no obstante aquello, hablará  siempre de ese Estado, ojalá en los términos de un estado social y democrático de derecho. Un Estado plurinacional, además, lo cual  no constituirá  una declaración, sino una constatación, de manera que en ese Estado, y también en la república, cabremos todos.

Entonces, si nuestra próxima Constitución intentará dividir, distribuir y equilibrar mejor los poderes –entre la Presidencia de la República y el Congreso Nacional, entre el gobierno central y los gobiernos regionales y comunales, entre los representantes y los representados-, ¿cómo podríamos prescindir de la palabra “república”?

Cuidando las palabras cuidamos las cosas que ellas designan, y en el caso de “república” son varias las cosas buenas a las que ella apunta.    

*Agustín Squella es Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, jurista, periodista y, actualmente, convencional constituyente.

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