El último grito Sename

El último grito de ayuda de una niña del Sename

En junio del 2019, una joven de 16 años a cargo de un organismo colaborador del Sename murió cuatro horas después de ingerir más de 100 píldoras de medicamentos. Por su muerte hay un formalizado: el doctor que debió salvarle la vida y que, según testigos del caso -entre ellos dos carabineros-, dudó de su estado crítico y se negó a atenderla a tiempo. Esta es una historia que, de acuerdo a cercanos al caso, plantea una realidad difícil de creer: la discriminación de profesionales de salud en contra de niños, niñas y adolescentes bajo la tutela del Estado; y la de una joven que creció sin padre, con una madre adicta a las drogas, que fue separada de su hermana, que soñó con ser adoptada y que murió suplicando por su vida.

Antes del final, rodeada de adultos en un box del Hospital de Molina, la niña lo suplicó: 

–¡Ayúdenme!, no me quiero morir.

Habían pasado minutos desde su ingreso al recinto asistencial. Había llegado allí luego de romper una ventana de la sala donde se almacenaban los medicamentos en la residencia María Ayuda de Lontué, donde vivía, y donde esa noche, apurada, abrió las gavetas e ingirió frenéticamente lo que fue encontrando: clorfenamina, aradix, domperidona, ibuprofeno, incluso alcohol etílico. En total tragó más de 100 comprimidos. 

–¡Ayudenme!– repitió, arañando sus posibilidades de sobrevivir. 

Ese 14 de junio del 2019, el grito quebró el silencio habitual de las noches de Molina, una ciudad de menos de 50 mil habitantes ubicada al sur de Curicó. Lo escuchó una de las cuidadoras del hogar que la acompañó, también la oyeron los dos Carabineros que trasladaron a la adolescente al hospital, puesto que la ambulancia que debió ir en su ayuda nunca llegó. La escuchó además la directora del hogar, quien llegó al recinto de salud luego de enterarse de la situación. Igualmente la oyeron las enfermeras y tens que estaban de turno en el hospital y, por cierto, también las oyó el doctor de cabecera, Oscar Castro, a quien iban dirigidas las palabras de socorro. 

Pese a las súplicas, a las cicatrices en su muñecas que daban cuenta de intentos de suicidio previos y a las cajas vacías de medicamentos que carabineros llevó como evidencian de su estado crítico, el equipo médico liderado por Castro decidió categorizar a la paciente como C3; es decir, una condición de mediana complejidad: no urgente como un C2, ni de riesgo vital como un C1. El C3, entonces, se transformó en un código de muerte. La atención recién se efectuaría 45 minutos después del ingreso.

En el transcurso de ese tiempo, la niña ya habría dejado de gritar.

Fue atendida pasada la media noche, según la documentación policial, en estado de inconsciencia y convulsionando. Pese a ello, el médico que la examinó, según los testigos, señaló no encontrar nada irregular en su estado, poniendo en duda la ingesta de medicamentos, señalando incluso que dichas convulsiones se debían a una crisis conversiva, producto de una reacción histérica, y tratando a la niña de mentirosa.  

Así lo daría cuenta la directora de la residencia, quien a los días reconocería en declaraciones judiciales que el médico les habría indicado que “estas convulsiones son inventadas”. 

No fue la única. Los dos Carabineros que acompañaron el procedimiento médico, y que no conocían a la niña hasta ese día, presenciaron la situación y dieron cuenta a la Policía de Investigaciones -días más adelante- la misma información. 

El cabo primero de Carabineros, Roberto Sepúlveda, quien el 2019 llevaba más de 8 años de servicio en la comisaría de Lontué (localidad ubicada dentro de Molina), entregó en su declaración detalles del momento en que la niña ingresó al hospital: 

“La niña se sentó en la camilla, manifestó estar mareada, instantes en los cuales entró el médico al box, me parece que su apellido era Castro, éste cerró la puerta del box, quedamos todos en el interior y le empezó a decir a la menor que dijera la verdad de dónde había dejado las pastillas, que era imposible que se las haya comido porque si no estaría muerta (…) tomó la bolsa con los remedios que yo había llevado y los comenzó a lanzar al suelo una por una y a su vez le gritaba a la menor: ‘¿Esto es lo que te comiste?’, ‘¿estas pastillas te tragaste?’. Después de tirar todos los envases al suelo los empezó a recoger y a poner dentro de la bolsa, ahí la menor le dice que está mareada y él le dice que le va a poner una sonda por la nariz porque es una mentirosa”.

Recién a las 0:24, 53 minutos después de su ingreso, el doctor Castro indicó la instalación de una sonda nasogástrica para lavado de estómago. Y, finalmente, pasada la 1 y 16 minutos desde el ingreso de la adolescente, consignó que ella debía ser trasladada hasta el Hospital de Curicó producto de su estado de gravedad. Agónica fue trasladada en ambulancia.

En Curicó, el 15 de junio del 2019 a las 2:07 horas y con el diagnóstico de “efectos adversos de otras drogas e intoxicación por medicamentos”, la niña falleció. Tenía 16 años.

Quienes la acompañaron esa noche piensan que no debió ser así. 

Antes de su muerte, “K”, como la llamaremos en este artículo, dejó una breve nota de muerte a una de las cuidadoras: “A veces no todo lo que hacemos es para llamar la atención, es sólo que estamos cansados de esta vida de mierda que nos tocó”, escribió.

Una de las últimas fotos de K
Una de las últimas fotos de K

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La vida que le tocó a “K” comenzó en agosto de 2002. Ella, la tercera de cuatro hermanos -todos de distintos padres que nunca se involucraron en la vida de sus hijos-, nació en Rancagua, pero pasó sus primeros años en Curicó, principalmente al cuidado de Mauricio, su hermano mayor que en el tiempo del nacimiento tenía 12 años y quien a temprana edad asumió por obligación un rol paterno con “K” por la intermitencia de la madre.

Cuando “K” tenía 5, nació su hermana menor: “E”. Mauricio recuerda que debió hacerse cargo de ambas niñas, mientras su madre se ausentaba por largas jornadas. Los niños crecieron en un ambiente hostil. Los episodios de violencia intrafamiliar eran cotidianos en el hogar, no había dinero ni orden para alimentarse como corresponde y la madre solía golpear a Mauricio cuando algo no le parecía bien. Desde muy chica “K” se comenzó a hacer cargo de su hermana menor. Ambas se hicieron inseparables.

La cercanía de las niñas se convirtió en dependencia en 2010, cuando Mauricio, quien ya era mayor de edad, se fue de la casa intentando escapar de la violencia. Sin él en la casa, los golpes y los malos tratos se trasladaron hacia las niñas.

La niñez de K
La niñez de K


Tal y como le tocó a Mauricio con “K”, ella comenzó a cuidar de “E”. Antes de cumplir 10 años se tuvo que encargar de alimentar, vestir y cuidar a su hermana mientras su madre no estaba. Mauricio cuenta que siempre intentó ayudar a sus hermanas, pero que su madre les tenía prohibido acercarse, por lo que poco a poco el contacto se fue perdiendo. 

“Tuve que alejarme un poco y las niñas también. Ella no dejaba que me saludaran porque las retaba, o simplemente las castigaba o las golpeaba”, recuerda Mauricio.

La distancia duró más de cinco años, hasta que la situación en el hogar se hizo insostenible. A Mauricio, quien ya había formado una familia y tenía un hijo, lo llamaron del colegio de sus hermanas. El director le dijo que hace meses no sabían nada de la madre de las niñas, también que sus hermanas tenían problemas de asistencia. 

La madre estaba sumida en una profunda adicción a las drogas y sus escapadas se alargaban más y más, extendiéndose por meses, donde ella comenzó a estar más en la calle que bajo un techo y también a vender sus pertenencias para poder consumir. “K”, que aún no cumplía los 13 años, a esa altura tenía la responsabilidad casi completa de su hermana y de ella misma. 

“Nuestra madre estaba inmiscuida en este tema del consumo y yo no sabía la realidad de la casa. Me acuerdo incluso que ese año en la Navidad del 2016, la pasamos juntos los tres porque la mamá no llegó. Las niñas me avisaron y yo fui para allá, bueno, fuimos a comprar los tres unas cosas para comer y compartimos allá lo que teníamos para una cena de Navidad”, comenta Mauricio.

Los días pasaron y la madre seguía sin llegar. Mauricio no tenía dinero ni techo para recibir a las niñas; y la situación de abandono y maltrato de “K” y “E” se hizo evidente y causó preocupación entre sus vecinos en Curicó, quienes se organizaron para informar del estado de las niñas a las autoridades. Los servicios sociales no tardaron en golpear la puerta, ambas niñas fueron enviadas al hogar María Ayuda de Talca, donde comenzaron su vida bajo la tutela del organismo colaborador del Sename.

Mauricio recuerda con dolor ese momento: “Yo en ese tiempo estaba con una pareja y estaba de allegado, no tenía dinero: yo qué más quisiera que haberlas traído a mi casa, pero no era mi casa. No tenía casa. Antes de que se fueran, yo les dije pucha, voy a hacer todo lo posible para poder sacarlas de acá de Talca, hacer, no sé, cualquier cosa. Hablamos harto y traté de calmar un poco todo el trauma que estaban pasando en ese momento ambas niñas”.

“K” y “E” permanecieron juntas medio año en el hogar de Talca. Eso hasta que “E” fue acogida por una de sus tías en Santiago. La separación de las niñas significó un profundo impacto en la vida de “K”, quien además fue trasladada al hogar María Ayuda de Lontué . 

“Cuando ‘E’ pudo salir egresada, y se fue con mi tía materna, fue muy fuerte para ‘K’. Es que la ‘E’ era su hija y no lo digo literal, hablo sicológicamente, según los mismos tests que les aplican, ella tenía vínculo maternal muy inculcado. Además estando sola, ella entró en una depresión severa por el tema del abandono de la mamá. Yo toda la vida he luchado con ese dolor y la entendía cuando sentía pena, pero siempre trataba de cambiarle el tema de conversación para que ella no cayera más en ese hoyo. Yo le decía mira, a mí se me va a arreglar mi situación y yo te voy a sacar de acá. Yo firmé un papel de compromiso de que cuando ya estuvieran las condiciones, yo iba a sacarla”, asegura Mauricio.

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Una ex cuidadora del hogar María Ayuda de Lontué cuenta que apenas llevaba trabajando 6 meses en el lugar cuando “K” la miró a los ojos y le dijo: 

-¿Tú quieres ser mi mamá?

La cuidadora la miró con sorpresa. La petición le causó una mezcla de ternura y dolor que la hicieron llorar.

-Ya no quiero que sea mi tía, quiero que sea mi mamá- le recalcó la niña convencida.

La mujer, que conocía las historias de vulnerabilidad de cada niña del centro, no supo decirle que no. Pensó en las carencias de afectos por los que la niña pasó y, no pudo evitar darle el cariño que, desde su percepción, “K” nunca había tenido. 

Además de cuidarla, la mujer le comenzó a planchar el pelo, a lavarle las zapatillas, a ayudarla con las tareas y a escuchar sus problemas. Fue tanto el cariño entre ambas, que la mujer decidió renunciar al trabajo y para poder hacerse cargo de ella. En el proceso también comenzó a llamarla hija.

En el hogar, la mujer ya había observado de cerca la personalidad “K”, le llamó la atención cómo la adolescente era especialmente cuidadosa con las más chicas, a quienes peinaba y atendía, pero también vio el sufrimiento que arrastraba por vivir en un hogar de menores, por la ausencia de su madre, que nunca la visitó, y también por estar lejos de su hermana menor. Dolores que le provocaron una depresión, la que fue diagnosticada por una siquiatra. 

“K” comenzó a ser medicada, pero el tratamiento farmacológico no funcionó. Entre mayo y diciembre del 2018, “K” tuvo al menos cuatro intentos de suicidio, tres de ellos con autolesiones en los brazos y el cuarto consumiendo una alta dosis de medicamentos. Por estos intentos de suicidio, “K” fue atendida en al menos una ocasión en el Hospital de Molina y también en el de Curicó, institución que solicitó la supervisión 24/7 de la menor. 

La indicación de cuidados fue complementada por sugerencia del Programa Especializado en Reparación de Maltrato Grave y Abuso Sexual infantil Nehuen, que con fecha 14 de enero de 2019 solicitó al Tribunal de Familia de Curicó oficiar a la residencia para que informaran si contaba con el refuerzo de personal para cuidado de jornada completa para supervisar a “K”. El Juzgado de Familia de Curicó delegó al Sename Regional la supervisión de la residencia en este punto. Sin embargo, hasta la muerte de “K” no se contó con los antecedentes de respuesta a las solicitudes de refuerzo.

Pese a que nunca se implementó el apoyo permanente a “K”, la relación de la menor y su cuidadora se fortaleció tras la renuncia de la mujer. Ella iba a visitarla todos los días después del colegio  y ya no tenía que mantener la distancia profesional. Comenzó a comprarle ropa, útiles y a llevarla a la peluquería. 

Quien también la visitaba en esa época era su hermano Mauricio, quien se había separado de su pareja e intentaba establecerse en una casa propia para poder recibirla. Juntaba dinero con dos trabajos simultáneos. Era cuestión de tiempo para que “K” se fuera a vivir con él o con su cuidadora.


K junto a Mauricio en una de las visitas
K junto a Mauricio en una de las visitas

Durante el 2019 “K” no registró más intentos de suicidio. De hecho, conversó del tema con su cuidadora a quien le pidió ayuda para simbolizar sus ganas de vivir. Quería hacerse un tatuaje para tapar las marcas en sus brazos. 

Luego de pedir autorización en el hogar, la adolescente consiguió el permiso: eligió una flor que representara la promesa de nunca volver a cortarse. Además se tatuó el nombre de su hermana “E”.

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Un día antes de la muerte de “K”, un sorpresivo encuentro la desestabilizó. La adolescente recibió autorización para salir con una tía a Curicó. “K” regresó en micro al hogar. En el trayecto de regreso vio a su madre biológica a través de la ventana y se bajó a hablar con ella. Ver el estado de su madre adicta a las drogas y viviendo en situación de calle la descompensó. 

“‘K’ habló con ella y la vio en esas condiciones deplorables. Verla así la afectó demasiado, entendió que nuestra mamá no tenía ninguna gana de salir de ese hoyo”, comenta Mauricio, quien tras el fallecimiento de su hermana confirmó este encuentro. 

“K” llegó al hogar nerviosa y angustiada. Entrada la noche, las cuidadoras la mandaron a la cama junto a sus compañeras. Cuando apagaron las luces, “K” se acercó a la sala de medicamentos e ingresó tras romper un vidrio. Estuvo consciente cuando un carabinero rompió a patadas la puerta de la sala y la encontró, también cuando llegó al hospital y cuando el médico que la debía ayudar la trató de mentirosa.

Ya no lo estaba cuando la derivaron al hospital de Curicó, un traslado que se realizó en ambulancia y sin realizar la intubación, lo que según uno de los querellantes también “da señales de una importante negligencia del profesional”.

Mauricio llegó al hospital cuando su hermana ya estaba fallecida. Tuvo que reconocerla y le dieron un espacio para poder despedirse: 

“Hasta el día de hoy lo recuerdo. Sacarle la frazada de la cara y ver que era mi hermana, verle su carita y abrazarla, y ver que no te responde, que no se mueve… Fue algo terrible. Yo sólo le hablaba, le decía en ese momento que por qué lo hizo, si habíamos conversado de tantas cosas y tantos planes que habían a futuro. A mí me faltaba tan poquito para poder llevármela”, recuerda Mauricio.

La noticia de la muerte de “K” fue un escándalo efímero en los medios de comunicación, tal y como lo son la mayoría de las muertes de niños bajo la tutela del Estado. 

“Hay un cuestionamiento permanente y la necesidad de que los organismos colaboradores del Sename revisen y actúen de acuerdo los protocolos establecidos, brindándoles efectiva protección”, dijo a El Mercurio, tras el fallecimiento, la ex directora del Sename Susana Tonda, quien casi un año después renunció a su cargo alegando que no contaba con la confianza de su jefatura directa, el ministro de Justicia Hernán Larraín. 

Según datos del Sename, entre el 2018 y el 2021 han fallecido 46 menores de edad bajo la tutela del Estado, teniendo un peak de 16 casos el año en que falleció “K”.

Fallecimientos de personas a cargo de la red Sename entre 2018 y 2021


Según informó la institución a The Clinic, “todos los casos de fallecimientos de personas atendidas por la red Sename, independientemente de la causa o lugar de deceso, son informados a los tribunales de familia y se realiza la denuncia al Ministerio Público, para que este organismo determine si realiza una investigación penal”.

Con respecto a las sanciones administrativas, el Servicio se encuentra de manos atadas con respecto a los organismos colaboradores, como es el caso del hogar María Ayuda. Esto debido a que no están facultados para sumariar administrativamente a este tipo de recintos. La “revisión” que proponía Tonda entonces pasa por la buena voluntad de dichos lugares. 

“La ley establece que se pueden hacer investigaciones sumarias y sumarios administrativosa los funcionarios públicos. Los organismos colaboradores y sus trabajadores son delámbito privado, por ello no se pueden realizar sumarios en esos casos. Sí se puede pedir al organismo colaborador que realice una investigación interna (pero que no tiene la categoría de un sumario administrativo)”, aseguran desde el Sename al respecto. 

Respecto del vínculo de María Ayuda con el Sename, el hogar de Lontué sigue estando vigente; a diferencia de lo que ocurrió con la residencia de María Ayuda en Rancagua, donde un grupo de niños realizó masivas salidas no autorizadas.  En este último caso “se puso término anticipado de común acuerdo al convenio y por una serie de situaciones irregulares que no estaban dando la protección y resguardo que los niños y niñas requerían”, confirma Sename a The Clinic.

María Ayuda no respondió las consultas de este medio con respecto al caso de “K”, asegurando que hay una investigación penal vigente.

Al funeral de “K” asistieron todas sus compañeras en el hogar como también el personal. También fue su cuidadora quien renunció y Mauricio, quien tuvo que volver a ver a su madre después de años para darle la noticia del fallecimiento de “K”. La mujer también llegó a despedirse de su hija.

“Yo hablé con ella, pero no le dije las cosas que tenía pensado decirle. No era el momento de decirle nada, por respeto a mi hermana”, asegura Mauricio. 

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En un edificio del barrio El Golf, los socios de Kehr y Abuid -un estudio jurídico especialista en responsabilidad médica- se hacen preguntas: “¿Qué hubiese pasado si es que la misma menor que se intoxicó por tratar de suicidarse hubiese vivido en La Dehesa y hubiera llegado a la clínica Las Condes?, ¿tendría un trato igual?”

Al unísono, los abogados Juan Cesar Kehr y Omar Abuid responden que no. Ambos representan jurídicamente a Mauricio y a “E”, los hermanos de “K”. Llegaron al caso a partir de la Fundación Probono, institución que se encarga de ayudar a personas de escasos recursos y distribuye sus casos a diversos estudios de abogados dependiendo de la especialidad.

Hoy estos abogados figuran como uno de los querellantes de la causa penal: lo hicieron por el delito de homicidio simple en contra del doctor Oscar Castro. Según Kehr y Abuid, esto es porque el médico habría actuado con “dolo eventual, es decir conociendo y aceptando la posibilidad de que con su actuar podría ocasionar la muerte y aún así aceptándola como un resultado posible”. 

Los abogados además incorporaron una agravante por la Ley Zamudio en el caso. La dupla explica esta determinación: “En concreto, la norma dice ‘cometer el delito o participar en él motivado por la ideología, opinión política, religión o creencias, nacionalidad, raza etnia o grupo social, sexo orientación sexual, etc…’ y nosotros destacamos el grupo social, porque es un grupo especialmente vulnerable al que pertenecía ‘K’, ésa es la circunstancia. Esa agravante influye en la determinación de la pena. El juez determina si la acoge o no”. 

Junto con Kehr y Abuid, también se querellaron en contra del médico la Defensoría de la Niñez y ​​El Programa Mi Abogado, una unidad gubernamental especializada y encargada de representar ante los juzgados, los derechos, voluntad e intereses de los niños, niñas y adolescentes internados en instituciones dependientes del Sename o en sus administraciones directas.

Mi abogado nació en 2017 como un plan piloto de gobierno en sólo cuatro regiones del país. Hoy ya es un programa con más de 300 profesionales que atienden cerca de 10.000 niños a través de coordinaciones regionales. Verónica Pincheira, coordinadora nacional de Mi Abogado, cuenta que este programa es inédito en Chile ya que la representación no sólo se compone por un abogado, “sino que se trata de una tripleta de abogado, sicólogo y trabajador social, quienes en conjunto elaboran la estrategia jurídica”. 

Sobre el caso de “K”, Pincheira coincide que éste da cuenta de una realidad difícil de creer: la discriminación de funcionarios de la salud en contra de niños, niñas y adolescentes bajo la tutela del Estado: 

“Tenemos un historial en que el sistema público de salud muchas veces genera discriminación hacia niños, niñas y adolescente que son dependientes de la red Sename, no con resultados tan terribles como en el caso de ‘K’, y eso es algo que se invisiviliza mucho. No quiero generalizar, no son todos los médicos, pero sí se da una constante de discriminación”, asegura. 

Con respecto al caso de “K”, Pincheira agrega que hay más testimonios que dan cuenta de la desidia del doctor Castro a la hora de atender a la adolescente. “El médico insiste que ella fingió, pero la enfermera le dijo que por favor le hicieran un lavado de estómago, que estaba mal, que estaba con malos signos vitales, y el médico insistió en que ella estaba fingiendo. Eso hasta que llega a una segunda convulsión y tiene una falla multiorgánica, de eso hay muchos testigos: está la enfermera, están los funcionarios de la residencia. ‘K’ lloró diciendo que no quería morir y el doctor no la atendió, eso es de la gravedad más grave que te pudieses imaginar. Era cosa de hacerle un lavado de estómago, eso era todo”, comenta. 

Consultado por este medio, el Servicio de Salud del Maule confirma que el médico Oscar Castro continúa ejerciendo en el hospital de Molina, ya que hay un proceso judicial en curso. Esto pese a que el pasado 15 de julio la Fiscalía decidió formalizarlo por cuasidelito de homicidio cometido por profesional de la salud. 

The Clinic intentó contactarse con el doctor Castro, quien entregó el correo electrónico de su abogado para enviar consultas. Sin embargo, la solicitud de entrevista realizada al abogado no fue respondida. 

Con respecto al proceso judicial, el pasado 11 de agosto la fiscal del caso, Mónica Barrientos, solicitó la ampliación del plazo de investigación, a la espera de un informe pericial que pudiese resultar clave en el juicio que aún no tiene fecha. 

El proceso penal no es el único por el que atraviesa el doctor en este caso, porque además de la querella Kehr y Abuid presentaron una demanda civil en contra del médico, la que busca una indemnización monetaria tanto para Mauricio, como para su hermana “E”. 

Al teléfono, el hermano mayor de “K” dice que el dinero no es lo principal. Que espera que se demuestre judicialmente la responsabilidad del médico en la muerte de “K”, para que muertes como la de su hermana no se repitan.

“Yo busco que no vuelva a pasar. Cuando se murió la ‘K’ yo no sabía qué hacer. Tuve que mantener los pies a tierra, me aconsejaron y yo también empecé a pensar en las niñas de la residencias y futuras niñas que también les pueda pasar lo mismo. Entre ellas hay mucha depresión por el abandono, hay muchos niños en abandono. Entonces esto puede volver a pasar mañana o pasado”, asegura.

Otro factor que tiene ocupada la mente de Mauricio es que hoy tiene la tutela de “E”. Los dos viven solos en Curicó. La niña actualmente tiene 14 años y su hermano sigue trabajando en dos empleos para poder mantener la casa. Él consiguió terapia para ella, además llega todas las noches a cocinarle sus comidas para el otro día. 

Mauricio lucha día a día para que “E” no atraviese por lo mismo que pasó él y “K”. Ese, reconoce, es hoy su único norte y la única forma de honrar la memoria de su hermana fallecida. 

“La ‘E’ quería vivir conmigo y estar al lado también de su hermana, aunque ya no esté en esta tierra. Pero por último, para ir a dejarle una flor al parque. Como yo trabajo en el día, nos llamamos por teléfono, nos contactamos para ver cómo está. Ella sigue en sus clases online en la casa y me preocupo de eso. Yo la veo feliz conmigo, lo único que quiero es que ella tenga un futuro totalmente distinto a lo que pasamos su hermana y yo”, reflexiona. 

Mauricio y “K”


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