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La incertidumbre de los más de 22.000 estudiantes que perdieron su gratuidad durante la pandemia

Según cifras de la Subsecretaría de Educación Superior, desde 2016 hasta la fecha, un total de 789.133 estudiantes han sido beneficiados con la gratuidad. Sin embargo, 22.711 de ellos perdieron el beneficio durante 2020, año en que las clases online presentaron dificultades para los universitarios.

Cuando estaba en segundo medio, Marcela Hernández (27) soñaba con hacer un aporte en la sociedad y generar cambios en las personas. Es así como decidió estudiar Psicología y en el año 2017 entró a estudiar la carrera en la Pontificia Universidad Católica de Chile, siendo además beneficiada con la gratuidad. Su avance curricular iba a la perfección hasta el año 2020, momento en que llegó la pandemia y las clases universitarias pasaron a ser remotas. 

Además de estudiante universitaria, Marcela es mamá soltera. Desde marzo del año pasado cuenta que su casa, lugar en el que actualmente vive junto a su hija, se transformó en colegio y universidad. El comedor era el espacio común del día a día: la sala de clases, escritorio, zona de estudio y área de convivencia familiar. Concentrarse resultaba imposible, por lo que tuvo que botar ramos para aliviar la carga académica. En el segundo semestre, la angustia y la presión por evitar perder la gratuidad la llevó a tomar ocho ramos, de los que terminó aprobando solo cuatro. 

Créditos: Agencia Uno

“Tuve que botar algunos ramos que me correspondían para poder equilibrar y hacer más llevadero el estudio con la casa y la maternidad. Al botar los ramos, me atrasé en mi carrera y perdí la gratuidad por eso. No podía estar con los mismos ramos que tenía en la vida sin pandemia, siendo que mi hija está acá en la casa, con clases online también, donde tengo que explicarle más, tenía más tareas, por lo tanto requería más de mí”, cuenta la estudiante de Psicología. 

El beneficio de la gratuidad empezó a entregarse en 2016 y consiste en la cobertura total del arancel a lo largo de la duración formal de la carrera. Está dirig​​ido a aquellas familias que pertenecen al 60% con menores ingresos de la población y son 60 las instituciones adscritas al beneficio. Actualmente, son 430 mil los jóvenes que están estudiando con gratuidad en el país.

Desde su implementación, según datos recientes entregados por la Subsecretaría de Educación Superior, son 789.133 los estudiantes que han obtenido la gratuidad, de los cuales 68.766 la perdieron por exceder la duración formal de su carrera, cifra que corresponde al 8,7% del total de beneficiarios. En 2020, fueron 22.711 los estudiantes que perdieron el beneficio, mientras que actualmente hay 158.793 jóvenes que no lo tienen activo por la suspensión académica de un semestre, la renuncia al beneficio para acceder a la Beca Vocación de Profesor, el cambio de institución a una que no está adscrita a la gratuidad, la deserción de la carrera, entre otros motivos.

En 2020, el Núcleo Milenio para Mejorar la Salud Mental de Adolescentes y Jóvenes Imhay, publicó el estudio “Impacto de la pandemia por COVID-19 en la salud mental de estudiantes universitarios en Chile”, donde se encuestó a un total de 2.411 estudiantes universitarios. Los resultados arrojaron que un 77,7% de ellos percibió que su estado de ánimo estaba peor o mucho peor desde la pandemia, siendo las mujeres las que reportaron peor estado de ánimo y mayor gravedad en los síntomas, aspecto que tendría relación con la carga adicional de trabajo dentro del hogar y el cuidado de otras personas.

Aunque desde la Subsecretaría de Educación Superior señalan que no existe todavía un diagnóstico claro sobre si la pandemia influyó en la pérdida de la gratuidad durante el año pasado, el subsecretario Juan Eduardo Vargas dice en conversación con The Clinic que “ha habido un efecto mixto en la retención de estudiantes. Hemos visto, por ejemplo, en el caso de alumnos pertenecientes a instituciones técnico profesionales que ha habido un incremento en la cantidad de alumnos que desertan de sus carreras, efecto que no ha sido visto en el caso de las universidades, donde ha habido un incremento significativo en la retención de los estudiantes”.

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Vania Martínez, psiquiatra infantil y del adolescente, académica de la Universidad de Chile y directora del Núcleo Milenio Imhay, señala a The Clinic que “ya el año pasado, la principal preocupación de los estudiantes universitarios era lo financiero. Eso impacta la salud mental y nos llevó a la conclusión de que para mejorar la salud mental, las soluciones no van desde los psicólogos y los psiquiatras exclusivamente, sino que aquí sí importan mucho los apoyos económicos para los estudiantes”. 

La directora de Imhay indica que, de acuerdo con lo investigado, existen dos principales grupos de riesgo en términos de salud mental. En primer lugar se encuentran los estudiantes que se identifican como transgénero o género no binario, quienes “presentan más sintomatología ansiosa, depresiva y más riesgo suicida”. Y en segundo lugar, están aquellos estudiantes que son la primera generación de su familia en asistir a la universidad, grupo en el que un importante número es beneficiario de la gratuidad. 

Con respecto al segundo grupo, señala que estos estudiantes tienden a tener más problemas de salud mental a raíz de la presión que enfrentan por tener un buen desempeño académico y, al mismo tiempo, evitar perder beneficios estatales como la gratuidad. 

“Ha habido un efecto mixto en la retención de estudiantes. Hemos visto, por ejemplo, en el caso de alumnos pertenecientes a instituciones técnico profesionales que ha habido un incremento en la cantidad de alumnos que desertan de sus carreras, efecto que no ha sido visto en el caso de las universidades, donde ha habido un incremento significativo en la retención de los estudiantes”

“A estos jóvenes les sugerimos que, si están con mucho estrés, por qué no toman una menor carga académica, menos ramos, pero se les hace complejo por la misma estructura que tiene el beneficio, ya que si se atrasan tienen que pagar. Eso es lo que hay que sensibilizar, entender que hay personas que no están para suspender, congelar totalmente, sino que para hacer algo intermedio, que pueden seguir avanzando, que pueden tener los beneficios de la universidad sin que sea una situación de discapacidad total”, dice Martínez. 

Un año incierto

Rita Castro (24) estaba cursando su último año de Pedagogía en Artes Visuales en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), pero todo cambió en marzo de 2020, semestre en el que tenía que realizar su práctica profesional. Los colegios recién estaban comenzando a implementar las clases online, por lo que todo se estaba improvisando sobre la marcha. “Nosotros mismos tuvimos que buscar nuestros centros de práctica, entonces, buscar un colegio que nos aceptara de marzo a julio y en modalidad online, algo que no se sabía cómo hacer, era muy complicado”, asegura. 

La estudiante señala que desde la universidad les dieron la posibilidad de aplazar la práctica al segundo semestre, pero la crisis sanitaria en el país continuaba y la incertidumbre seguía presente. A raíz de eso, tampoco pudo realizar la práctica y perdió el año completo, al igual que el beneficio de la gratuidad. Hoy está pagando su sexto año, aunque con arancel reducido. “Me tuve que matricular igual, pagar la matrícula, pagar mensualidad, la gratuidad se perdió no más porque ellos no tenían claridad con nada”, dice. 

Hoy son 789.133 los estudiantes que han obtenido la gratuidad, de los cuales 68.766 la perdieron por exceder la duración formal de su carrera, cifra que corresponde al 8,7% del total de beneficiarios. En 2020, fueron 22.711 los estudiantes que perdieron el beneficio.

“Me afecta estar en mi sexto año, porque yo debería haber salido en quinto. Hice mis ramos como correspondía y esto en teoría no es culpa de nadie, porque quién iba a saber que la pandemia iba a durar tanto, pero quizás sin tener que pagar eso aliviaría un poco más la culpa. Yo sé que otros compañeros de otras carreras están pagando mucho más, pero igual es algo complejo”, cuenta Castro.

En marzo de este año, la estudiante de Pedagogía en Artes Visuales empezó su práctica profesional en un colegio, práctica que se tuvo que conseguir por sus propios medios, sin mayor apoyo desde la universidad. A raíz de una nueva ola de la pandemia, solamente alcanzó a ir de manera presencial durante la primera semana de clases.

La estudiante señala que al comienzo tuvo dificultades para hacer las clases online. “No sabía cómo hacer las cosas, por lo que las profesoras que ya tenían un año de experiencia me ayudaron un poco, pero el problema de las Artes Visuales era cómo hacer que los niños entendieran lo que tenían que hacer manualmente, más allá de lo teórico, la parte práctica era el triple de trabajo porque el colegio nos exigía hacer un paso a paso, entonces lo que uno le enseñaba a los niños tenía que enseñarlo paso a paso”, dice Rita Castro. 

Para la directora de Imhay, Vania Martínez, “hay algunos estudiantes que por el tipo de carrera que están estudiando, como por ejemplo carreras más artísticas, han aumentado esa sensación de incertidumbre porque ven que su desempeño se ha visto afectado. El tipo de estudio que tienen que hacer también se ha visto dificultado cuando es a distancia. Por ejemplo, estudiantes de carreras de danza, de música, nos han dicho que ha sido muy difícil tener las condiciones adecuadas en sus casas para poder estudiar bien”.

Posibles soluciones

Jimena del Campo (31) siempre quiso trabajar en ciencias y, después de haber estudiado Auditoría, entró a estudiar Ingeniería Civil Industrial en la Universidad Técnica Federico Santa María (UTFSM). Sin embargo, con la pandemia tuvo que tomar menos ramos, los que tenían prerrequisitos, por lo que se atrasó en la carrera y perdió la gratuidad. 

“Primero te afecta en los beneficios internos, porque a medida que uno toma más ramos y aprueba mayor cantidad de asignaturas, te dan mayor ponderación para acceder a beneficios internos que ofrece la institución a su alumnado. Así es que por ese lado, no obtuve ningún beneficio dentro de la universidad, solamente los estatales. Entonces, por ese lado me afectó de forma automática”, dice la estudiante de Ingeniería. 

Sobre su experiencia con las clases online, cuenta que “para algunos ramos de gestión era bastante idóneo, por ejemplo en ramos de recursos humanos, de economía. Pero en ramos como mecánica de fluidos o termodinámica necesitas laboratorio, entonces sin laboratorio la experiencia queda bastante coja”. 

“Eso es lo que hay que sensibilizar, entender que hay personas que no están para suspender, congelar totalmente, sino que para hacer algo intermedio, que pueden seguir avanzando, que pueden tener los beneficios de la universidad sin que sea una situación de discapacidad total”

Sobre las posibles alternativas para los estudiantes que han excedido la duración formal de sus carreras, el subsecretario Juan Eduardo Vargas comenta que “no es que al estudiante se le deje solo, sino que tiene otras alternativas para continuar financiando el arancel que va a pagar. De acuerdo con la ley, el alumno que se excede en la duración nominal de su carrera y tiene gratuidad, en el primer año de sobreduración paga solamente la mitad del arancel regulado y el Estado le ofrece la oportunidad de financiar ese medio arancel con otro tipo de beneficios estudiantiles, como los créditos”. 

Aunque perder la gratuidad en ocasiones significa endeudarse para financiar el resto de los semestres, el subsecretario de Educación Superior señala que “un estudiante que financia un año de su carrera con un crédito, dependiendo de la carrera y la institución, debería pagar como cuota mensual, una vez que empiece a trabajar, un monto no superior a 8 mil pesos mensuales. Por supuesto que es distinto de la gratuidad, pero no parece representar un monto demasiado excesivo”.

Para la psiquiatra Vania Martínez, en estos y otros casos también es importante que las universidades informen a sus estudiantes sobre los servicios de apoyo en salud mental. “Creo que hay muchas cosas que no tienen que ver con profesionales de la salud mental y que contribuyen a una mejor salud mental. Dar los apoyos necesarios, informar acerca de los apoyos que existen, porque a veces a los estudiantes les das esa información pero después no saben dónde encontrarla bien. Por ejemplo, dónde acudir si es que quieren congelar o botar un ramo”, dice. 

La estudiante de Psicología, Marcela Hernández, considera que el beneficio de la gratuidad debería tomar en cuenta las circunstancias excepcionales que pueden aquejar a los estudiantes, como lo fue el caso de la pandemia. “Fue muy angustiante mi último semestre. Tuve que reventarme mentalmente porque tenía demasiada presión para no perder la gratuidad. Empecé a pensar en cómo me iba a pagar el otro año. Es demasiada la exigencia que uno tiene con esto de que la gratuidad cubra solo la duración formal de la carrera sin considerar todas las problemáticas que se pueden ir dando en cuatro o cinco años de la carrera. Nadie esperaba una pandemia ni que estudiáramos en estas condiciones”, concluye. 


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