Los niños migrantes después de las llamas en Iquique

Al menos 5 mil personas participaron el pasado sábado en una marcha antiinmigración en Iquique. La manifestación culminó con hombres lanzando ropas, carpas, colchones y coches a una hoguera frente a un campamento de venezolanos. La Unicef manifestó su preocupación por los niños, niñas y adolescentes inmigrantes en esa ciudad y pidió al Estado "garantizar sus derechos". The Clinic conversó con esos menores y sus familias, quienes reconocen que las llamas incineraron mucho más que pertenencia personales.

–¡Váyanse de acá venezolanos culiados!– grita alguien desde un auto.

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Jaidelín es la mayor de dos hermanos. Es venezolana, tiene siete años, le gusta vestir de rosa y dice que si Dios o “Santa” le pudiera brindar un deseo, elegiría un tablet como el que tenía hace tres semanas y que sus padres, originarios de Maracaibo, tuvieron que vender en Bolivia para poder comer.

No fue lo único que vendieron. También se deshicieron de sus celulares y otras pertenencias con la esperanza de poder llegar a Arica, ciudad donde los esperaban familiares y amigos con la promesa de un trabajo.

Jaidelín sólo piensa en el artefacto rectangular y luminoso lleno de apps infantiles que perdió y que la alejaba de la realidad de las “trochas”, como sus compatriotas llaman a los cruces de fronteras, viajes que desde muy pequeña ha debido enfrentar junto a sus padres y sus dos hermanos menores de dos y tres años.

“Quiero un tablet y más nada”, repite la niña que llegó a Iquique luego de pasar por Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, dos semanas antes de la marcha del pasado sábado 25 de septiembre que culminó en esta ciudad nortina con las violentas imágenes de hombres con la camiseta de Chile incinerando carpas, pañales, coches y ropa de inmigrantes en una hoguera.

Esas imágenes Jaidelín las vio por televisión, una caja que le gusta menos que su tablet. Una caja que desde el pasado sábado la empezó a aterrar como si se tratara de un fantasma o un monstruo bajo la cama. El monitor estaba colgado en la residencia sanitaria del Hotel Playa en la que ella y su familia realizaron su cuarentena de 14 días, según la disposición del gobierno chileno.

Ese sábado era justamente el último día que podían dormir allí y la idea de verse obligada a salir a la ciudad de la furia no sólo la asustaba a ella, sino que también a su madre.

“Yo lloraba y todo. Como estoy embarazada me dio una depresión salir. Pensé que nos podían matar”, cuenta su mamá.

Sin recursos, Jaidelín y su familia salieron a Iquique a las 12:00 de la tarde del día siguiente, domingo 26 de septiembre. Desorientados y sin ningún recursos o contactos, caminaron sin un rumbo fijo por la ciudad.

La Plaza Brasil, lugar donde se reunían varios de sus compatriotas hasta la semana pasada, ya había sido desalojada por carabineros y cercada perimetralmente con una reja de palos y fierros. Unas cuadras más al sur, la avenida Aeropuerto, donde los manifestantes quemaron los enseres de sus compatriotas, tampoco era una opción para ellos. Les aterraba la idea de pensar que una situación similar volviera a ocurrir ahí.

Por el boca a boca con sus compatriotas, que desde el viernes deambulan por prácticamente toda la ciudad, se enteraron que muchos de ellos se instalaron en los roqueríos costeros cercanos a la Plaza Croata. Allí pasaron la noche en una carpa, gracias a la buena voluntad de una mujer que les obsequió el refugio.

Al despertar, Jaidelín jugó con otros niños de su país mientras los grandes se organizaban para conseguir agua o para encender una pequeña fogata y cocer unos tallarines. Su padre incluso comenzó a vender pulseras macramé para poder costear los pasajes a Arica.

Al mediodía Jaidelín vio llegar a un funcionario de la Policía Marina, quien recriminó a sus padres y a los casi cincuenta otros venezolanos que allí pernoctaron -más de la mitad de ellos niños- por no desarmar las carpas durante el día.

“En este momento todos los niños están despiertos. Colabórenme un poco con el entorno del borde costero. Les creo a las 7 de la mañana, pero ya son las 12 del día. Yo estoy pensando en el orden de la ciudad”, les dijo el funcionario de la Armada preocupado de la estética de la playa Cavancha, uno de los grandes orgullos iquiqueños.

Tras los gritos del uniformado, los miedos de la niña volvieron a aflorar. Los chilenos le asustan, pensar en la imagen de la hoguera incluso la hace replantear su anhelado deseo de recuperar su tablet. “Quiero irme de Chile, pienso que me pueden hacer daño”, dice la niña.

Sus padres explican que no le gusta que ella tenga esa idea en la cabeza, dicen que han tratado de conversar con ella y que aún creen que en Chile pueden encontrar su destino:

“Es difícil explicarle. Aquí hay personas que también nos han ayudado, por lo mismo le decimos que no todos son iguales, que así como hay personas buenas, también hay personas malas”.

Jaidelín junto a su familia.

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–¡Vayan a trabajar!– insultan desde otro vehículo.

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A diferencias de los padres de Jaidelín, Germaris, una niña de 16 años, dice que ya no tiene nada que hacer Chile. A pesar de su corta edad, ella ya es dueña de su destino y decisiones.

Pese a que viaja con su madre, se siente con la libertad y la autonomía de decidir lo mejor para ambas, también para su guagua de seis meses y su pareja de 19 años. Germaris dice que, con sus 16 años bien puestos, es ella a quien le toca hacerse cargo.

Parte de esas responsabilidades se evidenciaron apenas tres días después de la marcha antiinmigración irregular y cuatro después del desalojo de la Plaza Brasil donde se refugiaba junto a su familia.

Ella acordó con su grupo familiar, compuesto además por varios hermanos menores, emprender el viaje de vuelta por el desierto del Tamarugal con destino final Perú.

Vivir la experiencia del desalojo, donde afirma que un carabinero la empujó, además de la incineración de pertenencias de algunos de sus conocidos al día siguiente, la hicieron entender que éste no es país para ella ni su hija. Que incluso está dispuesta a cruzar nuevamente el infernal desierto para salir de Iquique, ciudad en la que lleva un mes.

“No nos vamos tanto porque nos sacaran de la Plaza Brasil, yo entiendo que ese lugar no es de uno. Nos vamos porque nos fueron a sacar como unos perros. Parecía que no entendían que somos personas, que tenemos hijos. Yo tuve que salir corriendo con mi hija, hasta me caí con ella en brazos cuando me empujó un carabinero”, cuenta Germaris, que no tiene una mirada de niña.

Dice que le gustaría que no fuese así, que preferiría que sus preocupaciones fueran las propias de una adolescente: pensar en su fiesta de cumpleaños, con qué tipo de delineador pintar sus ojos verdes, o qué canción cantar en algún festival escolar, pero reconoce que, en su contexto, ésas sólo son proyecciones sin sentido.

La salida de Venezuela, su maternidad no planificada, la pobreza, las trochas, la discriminación y los coches y carpas incendiados -dice- le arrebataron su juventud.

Me tuve que hacer adulta. Yo vengo de un barrio en Venezuela y ahí uno tiene que saber madurar. Desde los 12 años tuve que salir adelante y guerrear, mi escuela para mí es la calle y no se puede ser una niña en la calle”, cuenta.

En la avenida Arturo Prat de Iquique, donde duerme desde el desalojo, dice que la vida que hoy lleva no sólo le arrebató la infancia, sino también la intimidad. “Acá uno se tiene que bañar como puede, uno hace sus necesidades escondido, ni siquiera me puedo cambiar de ropa tranquila, me tengo que tapar con una frazada”.

La vida para Germaris se transformó en sobrevivir, ya no hay espacio para instancias de relajo o abstracción. O al menos eso dice hasta que, en medio del tumulto donde se encuentra, camina con su niña en brazos a las rocas donde revienta el Pacífico.

Allí, un par de horas antes de regresar a Colchane y empezar el viaje a Perú, canta una canción que bien podría simbolizar un himno de su vida, de la de su hija y la de los miles de sus compatriotas que han salido de Venezuela.

Entre las rocas, con su voz fina, por un momento Germaris vuelve a sentir pasión. Vuelve, por unos minutos, a tener fe:

Siento el Caribe como una mujer
Soy así, que voy hacer
Soy desierto, selva, nieve y volcán
Y al andar dejo mi estela
El rumo del llano en una canción
Que me desvela
La mujer que quiero tiene que ser
Corazón, fuego y espuela
Con la piel tostado como una flor
En Venezuela

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–¡Quieren todas las huevás gratis!– gritan desde un auto.

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No hay cifras certeras con respecto al número total de pasos de niños indocumentados por Colchane, a 237 kilómetros de Iquique, desde el inicio de la crisis migrante a fines del 2020. Pero sí se pueden hacer algunas aproximaciones.

Ayer en una de las tantas apariciones en prensa para los canales santiaguinos que llegaron en masa a la región de Tarapacá, el delegado presidencial del Tamarugal, Natan Olivos, indicó que 11 mil 786 inmigrantes que llegaron por Colchane durante 2021 realizaron el proceso de autodenuncia correspondiente para realizar su posterior cuarentena en una residencia sanitaria.

Según información entregada a The Clinic por parte del Poder Judicial de la Regi´ón de Tarapacá, 3.520 de estas autodenuncias corresponden a menores de edad. Es decir, sólo entre los inmigrantes que autodenunciaron su situación en el país, 3 de cada 10 corresponden a menores.

La información entregada por el Poder Judicial agrega que de los 3.520 niños, niñas y adolescentes contabilizados; un total de 45 ingresaron al país sin ningún adulto responsable, siendo derivados a residencias del Sename.

De esos 45 niños, 22 ya han sido reunificados con sus grupos familiares en Chile. Otros nueve permanecen en residencias de Sename a la espera de la búsqueda de sus familiares en el extranjero o en el país

El resto de ellos, 14, han evadido los sistemas residenciales, encontrándose con órdenes de búsqueda vigentes. Es decir, 14 niños inmigrantes llegaron a Chile sin nadie y el Estado no sabe dónde están.

Quien también hace aproximaciones de los pasos de menores por Colchane es el teniente Erick Marchant de la subcomisaría de Carabineros de Colchane. Según el uniformado, por la zona limítrofe diariamente se desarrollan entre 100 y 150 cruces de inmigrantes. Sobre eso, Marchant estima que:

De esos 150, por lo menos son 50 niños los que pasan. Los grupos de personas en su mayoría están compuestos por familias y obviamente vienen acompañados por los menores. Las situaciones en Colchane son bien complejas para los menores; hemos tenido bastante menores con afecciones de salud, ya sea problemas del mal de alturas, incluso hemos visto niños con ataques de convulsiones”.

La compleja situación con los menores en la zona también ha destapado casos de redes de tráfico de menores. En agosto de este año, por ejemplo, una mujer haitiana fue detenida por la Britrap de Alto Hospicio por el tráfico de un niño de 7 años de la misma nacionalidad.

En la audiencia de formalización del caso, la fiscal especializada en estos delitos, Camila Albarracín, explicó que la imputada promovió la entrada ilegal al país del niño, cobrándole una suma de dinero a su madre que reside en Chile.

Según la Fiscalía, fue la propia madre del niño quien denunció los hechos, indicando que había pagado 950 dólares a una supuesta agencia de viajes en Haití para que trajeran a su hijo hasta Chile. El menor viajó durante meses con desconocidos, pasando por República Dominicana, Guyana, Brasil y Bolivia.

Fue tal el maltrato del niño en el viaje, que tras ser encontrado debió ser hospitalizado por su mala condición de salud que incluía una infección en su piel y un grave estado de desnutrición.

Según la Fiscalía, sólo el 2021 se han judicializado 13 casos de niños niñas y adolescentes, incluidos venezolanos, víctimas de tráfico de personas.

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–¡Chile es para los chilenos!– otro grito, desde una camioneta.

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Verónica Breton es miembro de la agrupación Humaniza, que periódicamente entrega comida y abrigo a inmigrantes en Iquique, prioritariamente a los grupos con una mayor cantidad de niños.

Las colaboraciones se venían dando previo a la manifestación del sábado 25. Sin embargo, con la explosión mediática que se arrastró con la quema de enseres, las ayudas y colaboraciones se multiplicaron.

La aberración del sábado nos impulsó a actuar con más fuerza y más organizados, nuestra misión es que no se fortalezca más ese odio contra los hermanos inmigrantes”, cuenta mientras reparte viandas de tallarines con salsa de tomate a los inmigrantes que durmieron en carpas en los roqueríos costeros de Iquique.

La mujer, que ha visto a miles de inmigrantes por la ciudad, reconoce que a partir de el sábado ha notado un particular miedo de los niños hacía los chilenos.

“Existe temor, no sólo por lo que pasó con la hoguera. A un chico de 18 años que nosotros le compramos una cajita de galletas para que vendiera en un semáforo, estaba en eso cuando de un auto le comenzaron a gritar cosas, se bajaron y entre dos hombres le pegaron combos y patadas. Esas actitudes de unos pocos atemorizan a los niños”, cuenta.

Nerson Carreño es el joven que asegura haber sido golpeado. Efectivamente tiene 18 años y si bien es mayor de edad, salió siendo un niño de Venezuela. Dice que desde los ocho años no vive con sus padres. Hoy duerme solo junto a los grupos de familias que se instalaron en el sector costero iquiqueño y que lo incluyeron en el grupo.

Lleva un mes en Chile y fue uno de los desalojados de la Plaza Brasil. “Estuve 20 días allí”, cuenta.

Sobre la agresión denuncia que: “Yo estaba vendiendo galletitas y dos hombres se bajaron de un auto blanco y me empezaron a gritar ‘fuera de aquí chuchatumadre. No queremos venezolanos’. Me golpearon, me dieron duro con patadas”.

La golpiza lo tiene pensativo, piensa en volver a Perú por el desierto de Colchane. Incluso se le cruza por la mente en la posibilidad de ser uno de los retornados a Venezuela, ya sea vistiendo de blanco en un avión Chileno puesto por gobierno de Piñera o en otro puesto por Maduro, quien en las últimas horas anunció la reactivación de un plan de retorno masivo llamado “Vuelta a la Patria”:

“Está muy duro vivir acá. Me da lastima esforzarme tanto para llegar aquí y tener que irme. Pero era lo debía hacer”, dice.

Nerson tiene 18 años y quiere regresar a Venezuela

En el mismo campamento donde duerme Nerson, hombres y mujeres lavan como pueden su ropa con el agua que obtienen de los regadíos de la ciudad. “Se puede ser pobre, pero no sucio”, es la consigna que se repite.

Pese a las carencias, la mayoría se preocupa de sacar las manchas de los pantalones y dejar pulcras las zapatillas o zapatos. Los hombres evitan fotografiarse, dicen que les avergüenzan los mechones de pelo que crecen desprolijos en sus cabezas y las barbas irregulares. Algunos dicen que si tuvieran dinero, lo primero que harían sería ir al peluquero.

A quien no le preocupa su pinta es a Greike, un niño de 7 años que está maravillado con la playa iquiqueña y que pasa la mayor parte del día practicando piqueros en una poza.

“Me gusta estar adentro del agua y sentir el frío. Yo nunca había nadado en mi vida y me gusta. Me gusta Iquique porque tiene mar y mis papás están pendiente de mí y me dicen que me quede en la orillita”, cuenta Greike.

A Greike no lo pueden sacar del mar

Su padre Gabriel Oliveros y su madre Katherine de Souza decidieron salir de Venezuela cuando se dieron cuenta de que sus sueldos no les permitía mandar colaciones o pagar por el detergente para lavar sus camisas.

Se instalaron en Ecuador un tiempo , pero la inestabilidad económica los hizo pensar en Chile. El único anhelo de su padre es poder hacer durar la infancia de su niño lo más posible.

“Nosotros no salimos de Venezuela para estar en la calle, esto es temporal. Salimos de allá porque queremos que el niño se sienta un niño en realidad, que tenga sus cosas, sus juguetes, sus desayunos, su inocencia”, cuenta.

Los padres de Greike entienden que este anhelo es muy complejo en el contexto en el que se encuentran viviendo, por el mismo motivo evitan hablarle de lo que pasó el s´abado y siempre que hay algún punto de conflicto intentan mantenerlo al margen.

“Mi hijo no vivió lo que pasó en esa marcha y no ha pasado, gracias a Dios, ninguna instancia parecida. No ha visto la violencia ni nada y cuando ve situaciones que no son propias para un niño, nosotros con mi señora lo agarramos y lo abrazamos porque el es muy nervioso, entonces tratamos de evitar los problemas para que no se asuste “, asegura Gabriel.

Aunque los padres de Greike buscan protegerlo, mantenerlo al margen de lo que le ocurre a ellos como familia y sus compatriotas es una tarea titánica.

Luego de dos horas jugando en el mar, su padre lo lleva a sacarse la sal a una de las regaderas dispuestas en Cavancha para los bañistas. A un lado de las duchas dos mujeres lavan en baldes y con jabón la ropa de toda su familia. Al otro, un grupo de surfistas y de riders se saca la sal del mar sosteniendo su tablas.

Greike elige ducharse en el lado de ellos. Mal que mal a sus 7 años, al igual que los surfistas iquiqueños ya es un hombre de mar.

Surfistas y lavanderas utilizan las regaderas de Cavancha

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–¡Ahora que está la tele se hacen las víctimas, venezolanos!– siguen los insultos.

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La Plaza Brasil era hasta el pasado 24 de septiembre el principal punto de reuni´ón de los inmigrantes venezolanos. Hoy la plaza está cercada por una reja y cuesta pensar que allí se instaló un gigantesco campamento.

El más feliz con el cerco es el dueño del único kiosko de la plaza. El hombre que vende, bebidas, café, cigarros sueltos y el diario, asegura que allí no se podía vivir, que la pared de su local era un meadero y que muchas veces le tocó lidiar con otras necesidades cerca de su local.

Al kiosko llegan varios de los vecinos del sector, todos comentan lo bien que le parecen las rejas, lo injusta que ha sido la prensa con Iquique, y que si bien no justifican la quema de enseres, si están de acuerdo con medidas “más extremas” como enrejar su plaza.

“Lo que pasa es que los venezolanos son derechos humanos y los chilenos no somos derechos humanos”, explica el locatario mientras atiende a uno de sus vecinos, quien asegura que en el lugar habían episodios de violencia desmedidos y un problemático consumo de drogas.

“Nadie quiere vivir al lado de eso”, comenta el hombre que además asistió a la marcha antiinmigración irregular, pero que asegura no haber participado en la quema de enseres y que eso lo hicieron a no más 20 manifestantes que, según él, quebrantaron el espíritu pacífico de la manifestación.

Mas al sur de la Plaza Brasil, en la intersección de las calles Aeropuerto y Rozas, es el punto cero de la hoguera. El campamento de inmigrantes en su mayoría venezolanos es custodiado por un retén móvil de carabineros, el que busca evitar un nuevo enfrentamiento.

En ese lugar, la prensa se reúne diariamente para realizar sus despachos a Santiago, el que durante la jornada del martes 28 incluyó un acto de campaña del candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami con las carpas de los inmigrantes como telón de fondo.

Yenderlin Conteras tiene 17 años y se encuentra en aquel campamento. Salió de Venezuela hace tres años. Se instaló primero en Cali junto a sus cuatro hermanos y sus padres: tuvieron un mejor pasar, hasta que una situación obligó a la familia a salir de Colombia.

“Mataron a mi papá. Lo asaltaron cuando venía del trabajo”, cuenta Yenderlin, quien se vio obligada a emigrar una vez más, ahora sola junto a su madre y sus hermanos.

“Él era el sostén de la casa”, cuenta la joven, quien relata su travesía a cargo de niños de 1,7,10 y 13 años.

Mientras relata los cientos de kilómetros que debieron caminar por el desierto desde Colchane para llegar a Iquique, pasa un auto desde el cual un hombre le grita al campamento:

–¡Váyanse para su país!

“Han estado todo el día gritando cosas desde los autos “, explica Yenderlin, quien a sus 17 años ya carga con el peso de haber cruzado un continente para llegar a Iquique, de ver a sus hermanos deshidratados y quemados por el sol, de consolar a su madre cuando flaqueaba y de llevar la carga de la muerte de su padre.

“Esos gritos duelen mucho. Más con lo que pasó el sábado. Ahora lo único que quiero es devolverme y estar bien en casa junto a mamá. Aquí no somos bienvenidos”.

The clinic
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