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Columna de Constanza Michelson: Lose yourself (formas de andar sin estrella)

Relajarse, no en el sentido de un masaje, sino en el de soltar (se) y perderse, es un aprendizaje, quizá un arte. Un trabajo de artesano. Según Benjamin perderse no es lo mismo que estar desorientado o perdido: “perderse en una ciudad, como puede uno perderse en un bosque, requiere práctica… aprendí este arte ya avanzada mi vida”. De lo que se trata es de perderse en mapas, pero ubicarse en mapas imaginarios.

1. Hay cosas que agrandan al mundo y otras que lo estrechan. Hay escenas y momentos en que la vida toma la cualidad de la redondez. A veces pensamos, cuando algo encaja o hace sentido, que es redondo, pero en realidad, es cuadrado, de ahí la expresión “algo cuadró”. Y como todo sentido, un cuadrado, es una puntuación transitoria. Si no se convierte en otra cosa, no en un sentido, sino en piedra. La redondez es más parecida a esa piedra, sin principio, sin fin, sin puntos, ni comas. Sin escansión, por lo tanto, sin ritmo. La vida redonda puede ser como un zumbido constante. Un continuo bajo la forma de invasión de información, de estridencia inaudible, o bien como un silencio que no sirve al canto, sino que asesina a la palabra. Esos son los momentos en que es preciso retirarse. Hacer un punto. Aunque ocurre a veces, que lo que queda es retirarse de sí. La sensación es la de sobrar, no de manera triste, que en el fondo es un llamado a la inclusión, sino de manera desesperada. La experiencia de Antoine, el protagonista de La náusea de Sartre, es la de la redondez. Tuvo el presentimiento de lo que es “existir” a partir de la observación de una raíz de un castaño que se hundía en la tierra. La raíz, ya no era raíz, sino una masa negra, una pasta pegajosa; como si fuera la verdad de todas las cosas, descubre que la vida es una masa informe, sin sentido, sin distinciones. Antoine tiene una sensación rotunda (palabra que se parece a redondo): estar de más.

2. Quienes se autolesionan expresan, a veces, que ese acto “corta” algo que se vuelve infernalmente infinito. Hacen un punto de manera literal, con el cuerpo. La depresión, la fatiga que lleva a dormir más de la cuenta son formas de desaparecer de la escena. Cuando hay aire aún disponible, se cuenta con maneras más afortunadas de cortar lo redondo: gestos significativos, palabras que tengan un efecto de corte. Hay muchas formas de hacer un no, un alto, que hacen un silencio que entonces permite iniciar un ritmo.

“Aunque ocurre a veces, que lo que queda es retirarse de sí. La sensación es la de sobrar, no de manera triste, que en el fondo es un llamado a la inclusión, sino de manera desesperada”

3. Hay discusiones redondas que sólo se detienen si alguien se retira físicamente, pero también simbólicamente, suspende su rol y dice algo inesperado. Luego algo se desplaza.

4. Quizá una de las cosas más difíciles durante la pandemia, fue precisamente lo redondo de los roles en el encierro. Perder la ciudad es también una forma de ser robados de la posibilidad de retirarnos de nosotros mismos, de ser otra persona, de ser nadie. No se puede ser madre o padre, hijo, pareja, funcionario todo el tiempo. No se resiste ser llamados todo el tiempo a responder desde el mismo rol. Por eso el final del día tiene algo especial. La ciudad en este sentido es también una puntuación. Aunque cada vez más la ciudad virtual hace del tiempo algo redondo. Un zumbido constante.

5. Los gritos pueden ser una forma de cortar, pero cuando se vuelven forma de vida, son como la dureza, un exceso de presencia. Cuando cae la vida política o bien su exceso vuelto vigilancia y paranoia, son también lo redondo. Creo que lo redondo es naranjo o negro, colores que dicen demasiado. Mientras que el azul, como escribió Rebecca Solnit, es el color de la distancia, y no es más que la distancia la que da lugar a la existencia del deseo. La ansiedad es la que busca acortar distancias porque confunde al deseo con un problema a resolver. Lo antes posible.

“Quizá una de las cosas más difíciles durante la pandemia, fue precisamente lo redondo de los roles en el encierro. Perder la ciudad es también una forma de ser robados de la posibilidad de retirarnos de nosotros mismos, de ser otra persona, de ser nadie. No se puede ser madre o padre, hijo, pareja, funcionario todo el tiempo”

6. Hay amores redondos. Insoportables. No se puede estar ni con el otro, pero tampoco sin él. Solnit citando a Simone Weil: “amemos esta distancia, toda ella tejida de amistad, pues los que no se aman no pueden estar separados”. Hay cosas que si no se pierden no se pueden amar.

7. El azul, las cosas azules, llegan después en la vida, con el tiempo. Cuando se descubre la melancolía, la textura del anhelo, cuando se complejiza la relación a la belleza, todas formas “de compensar parcialmente las pérdidas que sufrimos con el tiempo”. Quizá por la misma razón es que la adultez puede volver a las personas más creyentes, aunque sea creyentes en nadie; mientras que la creencia infantil es más orgánica, supone a un Dios como extensión de los padres. La adultez puede acercar a la plegaria sin ninguna garantía ni certeza, hecha sólo de la humildad que da la constatación de la fragilidad. Se suele pensar que son los críticos los que saben más. Yo creo que sólo los compasivos entendieron algo. La crítica también puede ser redonda.

8. Perderse no es sólo una forma desesperada de cortar lo redondo. Perderse puede ser también azul, puede ser un placer. Una siesta, un viaje, leer un libro, el alcohol, las drogas interesantes, las marchas, el carnaval, concentrarse en algo. El placer de ser nadie. Aunque a la vez todos estos recursos para el placer de salir de sí, pueden, algunos de ellos, ser formas de acentuar al yo. Hay quienes nunca dejan de ser quien dicen ser, y antes bien, las sustancias, la intensidad de un escena sólo exacerba su orgullo. Pienso que hay gente redonda. Gente insoportable. Gente que seguramente habita en todo el mundo, también en mí.

9. La palabra “Lost” viene de los del nórdico antiguo, palabra usada para disolver un ejército: rompan filas…y piérdanse. Tomen su camino, sin insignias, sin estrellas. Lose yourself, es también perderse y soltarse. Se usa para decir: relájate. A veces ocurre lo contrario, y se le dice a los sufrientes: sé tu mismo y relájate. Imposible. Ser uno mismo es una estrella que seguir; una estrella, que como escribió Blanchot, finge dar un orden al azar de arriba. Hay quienes no pueden sino andar con las estrellas en el uniforme. No pueden salir de un rol o ir más allá de lo que conocen. El mundo se estrecha y puede ocurrir que pretendan estrechar el de los demás. Como si democratizar el propio mal relajara.

“Perderse no es sólo una forma desesperada de cortar lo redondo. Perderse puede ser también azul, puede ser un placer. Una siesta, un viaje, leer un libro, el alcohol, las drogas interesantes, las marchas, el carnaval, concentrarse en algo. El placer de ser nadie”

10. Relajarse, no en el sentido de un masaje, sino en el de soltar (se) y perderse, es un aprendizaje, quizá un arte. Un trabajo de artesano. Según Benjamin perderse no es lo mismo que estar desorientado o perdido: “perderse en una ciudad, como puede uno perderse en un bosque, requiere práctica… aprendí este arte ya avanzada mi vida”. De lo que se trata es de perderse en mapas, pero ubicarse en mapas imaginarios.

11. La errancia puede no ser en absoluto un perderse que agrande el mundo. Hay errancias subjetivas, unos ir y venir sin nada que anude, sin nada que haga sentido y eso que para algunos es líquido y virtuoso, para otros puede no ser más que estar en la masa nauseabunda del infierno redondo. Ahí donde algunos nadan, otros se ahogan. La misma receta no sirve para todo el mundo. Creo que a veces se habla de deconstruirse o de lo fluido como si fuera lo mismo que cuando te dicen que puedes relajarte en una trotadora. En la que no sólo no hay temblor, sino que además es capaz de quebrarte el espíritu. Deconstruirse no es cualquier cosa, de seguro no un uniforme lleno de estrellas, pero tampoco una disolución total. Saber “dejar”, según Derrida, es una de las cosas más bellas, arriesgadas y más necesarias en la vida. Está muy cerca del abandono, del don y el perdón. “La experiencia de una deconstrucción nunca ocurre sin eso, sin amor (..) comienza por homenajear aquello, aquellos, con los que se las agarra”. Dejar vivir, tanto como dejar algo, es para Derrida un hacer algo con la herencia. No es refundación sobre el vacío. Primero hay reconocimiento, deuda, luego un movimiento singular, un dejar. Dejar agranda el mundo. No dejar es la fatalidad de la repetición.

“Lose yourself, es también perderse y soltarse. Se usa para decir: relájate. A veces ocurre lo contrario, y se le dice a los sufrientes: sé tu mismo y relájate. Imposible. Ser uno mismo es una estrella que seguir; una estrella, que como escribió Blanchot, finge dar un orden al azar de arriba. Hay quienes no pueden sino andar con las estrellas en el uniforme. No pueden salir de un rol o ir más allá de lo que conocen”

12. To be or not to be no es la pregunta por la identidad, sino por el acto. ¿Quién soy si hay un asunto pendiente? Un asunto que me llama a restituir. Dar o no esa batalla, dejarlo ir, pedir perdón, perdonar, mirar en otra dirección. Esas son las preguntas difíciles. Dejar, soltar, perderse, volver, perderse más, y cada tanto volver a mirar al cielo, a ver si se encuentra alguna estrella.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora. Su último libro es “Hasta que valga la pena vivir”.

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