Columna de Álvaro Bisama: Willian Shatner, nuestro hombre en el espacio

El martes se realizó el viaje espacial en que Shatner -el viejo capitán James T. Kirk de Star Trek- voló en uno de los cohetes de Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos. El lanzamiento estuvo lejos de las luces de colores y las batallas interminables que él mismo protagonizó en la serie original y buena parte de sus secuelas.

Hace unos meses en un capítulo especial de “Alienígenas ancestrales”, buena parte de los rostros del programa comparecieron ante el actor William Shatner, el viejo capitán James T. Kirk de Star Trek. El episodio era un especial de dos horas cuyo momento más delirante fue el contacto virtual que se produjo entre Shatner y Erick Von Danikën (autor de clásicos de las pseudociencias como “Recuerdos del futuro” o “El oro de los dioses”). Se trató una conversación caballerosa pero no exenta de suspicacia, donde el escepticismo de Shatner parecía un bálsamo de realidad -o más bien de sentido común- cuando lo escuchábamos interrogar desde la cabecera a una mesa compuesta por teóricos de los antiguos astronautas, predicadores, ex agentes de seguridad, científicos y fanáticos de conspiraciones, todos paranoicos o felices, depende de donde se mire.

Todos estaban dichosos y ansiosos de presentarse ante Shatner, que lucía como una suerte de juez crepuscular. Para ellos, su venia representaba quizás un último y definitivo juicio, algo más importante que cualquier prueba que Giorgio A. Tsoukalos y sus amigos podían esgrimir acerca de la idea -propagada por Von Danikën desde los sesenta- de que los extraterrestres visitaron la Tierra en la antigüedad, exterminaron a los dinosaurios, crearon al hombre, edificaron las pirámides egipcias y aztecas, hundieron la Atlántida, dejaron su huella en el ADN humano y en la Biblia y fundaron todas las civilizaciones arcaicas de las que se tenga memoria, sólo para esfumarse después y devolver sus misterios a las estrellas. Por supuesto, era divertido ver a Shatner ahí, a sus 90 años. Protagonista alguna vez -junto a Leonard Nimoy y DeForest Kelley de la Star Trek clásica-, el actor hacía gala de su aura extraña como estrella del espectáculo. Actor, director, guionista, cantante, novelista y artista de variedades, él mismo era una categoría propia e inevitable de la cultura popular.

Por lo mismo, era imposible no recordar ese programa reciente al seguir la noticia del viaje espacial que Shatner realizó este martes 12 de octubre cuando voló en uno de los cohetes de Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos. La misión subió más arriba de 100 kilómetros de altitud (ese corte que se llama la Línea de Kárman y decreta el límite con el espacio exterior) y luego descendió de vuelta. Hay que decir que el lanzamiento estuvo lejos de las luces de colores y las batallas interminables que el mismo Shatner protagonizó en la serie original de Star Trek y buena parte de sus secuelas, como también tuvo poco que ver con la psicotronia de sus propias obsesiones como artista. Para ambos casos, basta recordar cómo en “Star Trek V: la frontera final” (que el actor escribió, dirigió y protagonizó en 1989) el personaje de Kirk terminaba confrontando a Dios, un ser de luz que vivía en el centro de la galaxia y que le pidió tomar el control del Enterprise. Cineasta gnóstico, resolvía ahí toda duda teológica con una frase inolvidable: “¿Para qué necesita Dios una nave espacial?”.

Aquella película duraba 106 minutos. El vuelo de esta semana tardó poco más de diez. Fue breve como una alucinación o una broma, reduciendo la verdad de la carrera espacial a algo mínimo y opaco, a otro meme perdido en la galaxia de informaciones contradictorias del presente. Por mi lado, me fue imposible no recordar lo que escribió el novelista inglés J.G. Ballard sobre una decepción parecida en 1962, para la revista New Worlds. “Un subproducto poco feliz de la carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos parece ser la excesiva identificación, para el público en general, de la ciencia ficción con  las  naves  espaciales  y  las  pistolas  de rayos  de Buck Rogers. Si la  ciencia ficción  alguna  vez  tuvo  alguna  chance  de escapar a esta identificación -de la que derivan la mayor parte de sus dolencias actuales- esa posibilidad está a punto de desaparecer; el aterrizaje en la Luna de un vehículo espacial con tripulantes fijará esa identificación de forma definitiva. En vez de recibir con un gran lamento la aparición del héroe en traje espacial, la mayoría de los lectores se sentirá decepcionada si la parafernalia típica de robots inteligentes y superautopistas no llega a estar presente, del mismo modo en que los aficionados al cine se aburren mortalmente si en un western no hay al menos un duelo que se precie”, dijo.

Tenía razón. El vuelo de William Shatner posee un dejo agridulce, alejado de toda ciencia ficción. Por un lado, el asombro se convierte en algo casi doméstico; y el espacio es apenas un asunto cotidiano resuelto por millonarios delirantes que lo presentan como otro paisaje por depredar, otro negocio por hacer, otra cuenta que cobrar. Por otro, está la maravilla, las postales del vuelo, todas aquellas imágenes de la cuenta regresiva del despegue, la Tierra vista de arriba, el modo en que perdemos de vista el cohete a la distancia, la curvatura del planeta como un horizonte revelado. Ambas emociones conviven en una contradicción encarnada en el mismo Shatner, a quien alguna vez consideramos un héroe espacial pero también alguien capaz de explotar una y otra vez su propia caricatura.

Por supuesto, era divertido ver a Shatner ahí, a sus 90 años. Protagonista alguna vez -junto a Leonard Nimoy y DeForest Kelley de la Star Trek clásica-, el actor hacía gala de su aura extraña como estrella del espectáculo. Actor, director, guionista, cantante, novelista y artista de variedades, él mismo era una categoría propia e inevitable de la cultura popular.

Símbolo tanto del futuro como del pasado, los escasos minutos que pasó en el espacio nos recuerdan cómo el barro de nuestros sueños tal vez proviene de las viejas series de televisión cuyas naves espaciales están hechas de cartón piedra y poseen los efectos especiales más baratos posibles; de todos esos relatos camp sobreviven como literaturas secretas; de fantasías sacadas de viejas revistas, muchas de ellas pegadas a la memoria como pesadillas de la infancia. Ahí nada mejor que el rostro rubicundo de Shatner y su aura alucinógena de artista renacentista para insistir en los costados más delirantes de aquella paradoja. Ahí, nada mejor que pensar en él mismo como su propia banda sonora, mientras si el tiempo que pasó realmente en el espacio dura lo mismo que algún single pop. Ahí, basta escuchar “The transformed man”, un disco suyo de 1968 donde hace versiones de los Beatles, Dylan y Sinatra, al lado de pasajes de Shakespeare; o mirar en Youtube un show de 1978 cuando reinterpreta y adapta “Rocketman”, de Elton John. Presentado por Bernie Taupin (que escribió la letra de la canción), en el video Shatner aparece de smoking, y aborda la canción como si narrase un cuento nocturno, haciendo de sus versos un poema acerca de sí mismo. “Y toda esta ciencia/no la entiendo/ es sólo mi trabajo/ cinco días a la semana/ Un hombre cohete/hombre cohete”, murmura o canta mientras fuma y su imagen rodeada de humo se duplica en la pantalla, volviéndolo en un crooner del espacio, tan fantástico como banal.

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