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Columna de Javier Wilenmann: La tentación francesa o cómo no reestructurar nuestro sistema político

La solución francesa solo aumentaría los problemas que ya tenemos, aunque tal vez posibilitaría que el Presidente ejecute programas de gobierno. En vez de mirar a Francia, los convencionales y expertos que comparten el diagnóstico deberían mirar experiencias que tiendan a la conformación de coaliciones programáticas.

Contra lo esperado, las primeras semanas de funcionamiento de la comisión de sistema político de la Convención Constituyente muestran un consenso en el diagnóstico de los problemas que aquejan al sistema político chileno. De izquierda a derecha,  expertos y convencionales parecen concordar que el sistema político chileno padece tres problemas principales: la incapacidad de coordinar la acción del ejecutivo y del legislativo junto a la tendencia a la confrontación entre ambos que ha mostrado el sistema desde el fin de la Concertación; la transformación de los partidos desde programáticos hacia pragmáticos; y el exceso de puntos de veto y dificultades generadas por el modelo de cámaras simétricas del actual Congreso.

Detrás de este consenso hay una visión compartida. El “hiper-presidencialismo” chileno en los papeles ha devenido en un sistema de estancamiento político en la realidad. El hiper-presidencialismo es, en realidad, un Congreso incapacitado de conducir políticas públicas, pero con poderes importantes para atacar y entorpecer al Ejecutivo. Con una tendencia creciente a la generación de gobiernos de minoría, el Congreso se ha concentrado en esa confrontación. Incapacitado por ella, el hiper-presidencialismo ha mostrado los pies de barro del presidente chileno.

De ese diagnóstico también surgen consensos respecto a qué es lo que hay que solucionar. Pasar de partidos con comportamiento pragmático, probablemente mediado por el sistema electoral, a un comportamiento programático. Pasar de una situación de confrontación e incapacidad de ejecutar programas por parte del gobierno, a un sistema de cooperación entre el ejecutivo y el legislativo.

Hay una visión compartida. El “hiper-presidencialismo” chileno en los papeles ha devenido en un sistema de estancamiento político en la realidad. El hiper-presidencialismo es, en realidad, un Congreso incapacitado de conducir políticas públicas, pero con poderes importantes para atacar y entorpecer al Ejecutivo.

El consenso termina aquí. La auténtica solución al estancamiento presidencialista, que consiste en un sistema que coordine ejecutivo y legislativo, ha sido defendida con entusiasmo por algunos expositores y constituyentes, pero es considerada como “un salto al vacío” por otros, debido a la ausencia de una tradición no-presidencialista en América Latina. Coincido con los primeros y aquí me interesa hacerme cargo de la objeción.

Más allá de temor ante lo desconocido, dos son los argumentos básicos que sostienen esta postura. El primero ha sido muy elocuentemente defendido por Arturo Fontaine: “no le quiten al pueblo el derecho históricamente conquistado de elegir a su gobernante.” En el segundo hay una consideración más pragmática y menos retórica: un sistema de cooperación en coaliciones requiere partidos programáticos con orientación pragmática a conformar coaliciones de gobierno, pero el comportamiento chileno de los partidos ha sido el contrario. Se orientan a obtener ventajas electorales distritales y luego se comportan identitariamente en sus relaciones posteriores a las elecciones.

Los que quieren mantener el presidencialismo no desconocen el problema que representa el hecho de que el sistema presidencial chileno se está comportando de un modo contraproducente. ¿Qué podríamos esperar si mantenemos la trayectoria de confrontación y pragmatismo electoral que ha caracterizado al sistema político chileno de los últimos quince años? Pero frente a ese problema, solo han propuesta una idea para solucionarlo: mover el calendario electoral y volver a distritos más pequeños de elección ojalá mayoritaria.

Esta es la solución francesa a un problema distinto de cohabitación que se estaba produciendo en ese país. En Francia, el Jefe de Estado con poderes importantes es electo directamente por sufragio universal, pero el Jefe de Gobierno es electo por el legislativo. Desde los años ochenta se hizo común que los ciudadanos eligieran coaliciones mayoritarias de un signo que se confrontara con un presidente de otro signo. Para terminar con la parálisis que ello producía, los franceses adoptaron una solución ingenieril radical: el Presidente se elige primero, en dos vueltas. Y después de que ha sido electo, se elige en dos vueltas a la Asamblea Nacional en distritos mayoritarios. Esto maximiza las probabilidades de que la ciudadanía, no queriendo producir parálisis, vote por los candidatos del Presidente. Así, un movimiento sin historia política como En Marche de Emmanuel Macron ha podido hacerse con el control estable de la Asamblea y dominar por un tiempo la política francesa.

Los presidencialistas chilenos han propuesto soluciones cercanas a la solución francesa. Ella tiene la ventaja de que podría ser adaptada en Chile sin modificar demasiado el sistema político. Y, tal vez, podría tener éxito en alinear un ejecutivo presidencial con un Congreso electo de otro modo.

Los que quieren mantener el presidencialismo no desconocen el problema que representa el hecho de que el sistema presidencial chileno se está comportando de un modo contraproducente.

Pero lo más probable es que el trasplante de la solución francesa a Chile intensifique nuestros otros problemas. El sistema presidencial chileno de segunda vuelta ha producido crisis porque genera sensaciones de mayoría que son irreales, algo que probablemente solo acentúe la solución francesa. La derecha creyó que contaba con un amplio espaldarazo de las clases medias el 2017, para solo encontrarse dos años después con su rebelión en alianza con clases populares. La ilusión del apoyo a su ideario en segunda vuelta nos ha costado caro.

En Francia, la solución de alterar el calendario electoral solo ha empeorado el apoyo general a los gobiernos. Nicolas Sarkozy y Francois Hollande terminaron con apoyos prácticamente nulos a sus gobiernos, pese a tener condiciones de gobernabilidad. Emmanuel Macron ha debido enfrentar alzamientos populares importantes. Los gobiernos son estables y pueden ejecutar programas, pero no ganan legitimidad, que es lo que necesitamos desesperadamente en Chile.

La solución francesa no resuelve, sino que empeora, la orientación pragmática de los partidos. Si todo se juega en la elección personal del Presidente, entonces todos los incentivos están para invertir en la generación de una figura personal popular antes que mantener una orientación programática colectiva e institucional. El Presidente arrastra las elecciones y necesita de caudillos locales que puedan llevarle votos.

El apoyo que la solución francesa encuentra en los presidencialistas se explica porque ellos temen que un cambio mayor, que busque generar un sistema de conformación de gobiernos en torno a compromisos de coalición programáticos generados después de la elección parlamentaria, sea un cambio demasiado grande. Pero un cambio es valioso en la medida en que aborda un problema adecuadamente y, lo curioso de la situación chilena, es que todos están de acuerdo en cuál es ese problema y, en el fondo, en cuáles son los mejores mecanismos para abordarlo. No quieren dar “un salto al vacío” hacia un sistema proporcional nacional de partidos en competencia programática, aunque saben que ese salto es probablemente el mejor remedio a los problemas que aquejan al sistema político chileno.

Si todo se juega en la elección personal del Presidente, entonces todos los incentivos están para invertir en la generación de una figura personal popular antes que mantener una orientación programática colectiva e institucional.

La solución francesa solo aumentaría los problemas que ya tenemos, aunque tal vez posibilitaría que el Presidente ejecute programas de gobierno. En vez de mirar a Francia, los convencionales y expertos que comparten el diagnóstico deberían mirar experiencias que tiendan a la conformación de coaliciones programáticas. El argumento de que no “somos holandeses, alemanes o nórdicos” no debiera recibir demasiada atención. Países con tradiciones no tan lejanas a la nuestra como España o Portugal saliendo de largas dictaduras, países que han salido de conflictos nacionales intensos como Irlanda o el sistema devuelto escocés son mucho mejores ejemplos. Que el salto al vacío no sea un mito que nos lleve a tomar malas decisiones y a mantener trayectorias que paradojalmente sabemos son malas.  

*Javier Wilenmann es profesor de la Facultad de Derecho Universidad Adolfo Ibáñez y Director del Centro de Investigación en Derecho y Sociedad


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