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11 de febrero de 2022

Columna de Matías Fuenzalida: El fútbol, la guerra, el exilio

Los ojos del mundo están puestos en Ucrania. El asedio ruso en sus fronteras prendió las alarmas en Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN, que olfatean el riesgo de un nuevo conflicto capaz de revivir los fantasmas de la Guerra Fría. Mientras, un equipo de fútbol obligado a huir de su casa, sigue luchando por mantenerse en la alta competencia. Una historia repetida, que nos habla de cómo, a pesar de todo, la pelota sigue rodando.

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Más de 100.000 soldados rusos aguardan pacientes cualquier señal de ataque en la frontera con Ucrania. El silencioso pero efectivo plan de Vladimir Putin de recuperar ese enorme territorio que, según él, representa una amenaza a la seguridad de su país, sigue en marcha. Un conflicto con raíces profundas.

Desde la disolución de la Unión Soviética en 1991, Ucrania siempre ha estado en la mira del Kremlin. Por su ubicación estratégica, por su cercanía con Europa y por su amplia población prorrusa, sobre todo en las autoproclamadas regiones del Dombás, que sueñan vivir nuevamente bajo el manto protector de Moscú. Por estos días, la cercanía de los ucranianos con la OTAN significa una nueva excusa para invadir, tal como lo fueron las protestas proeuropeas de 2014, que terminaron con la ocupación de la península de Crimea, en las costas del Mar Negro.

En Donetsk, capital de facto del Dombás, los hinchas del principal equipo de fútbol de la ciudad y uno de los mas importantes del país, el Shakhtar, pasan todos los días por las afueras de su estadio viendo las señales indelebles de una guerra no declarada que ya ha causado la muerte de 10.000 personas, entre civiles y militares.

El Donbass Arena, construido en 2009 como un recinto de élite y con un costo de 400 millones de dólares, luce ahora abandonado, con sus accesos destruidos y parte de su moderna techumbre en el suelo. En los últimos años, ha sido utilizado como cuartel por las fuerzas prorrusas, convirtiéndose en blanco principal para el ejército ucraniano. Un campo de fútbol en medio de un fuego cruzado que podría convertirse en una versión actual de la Guerra Fría.

El Donbass Arena, construido en 2009 como un recinto de élite y con un costo de 400 millones de dólares, luce ahora abandonado, con sus accesos destruidos y parte de su moderna techumbre en el suelo. En los últimos años, ha sido utilizado como cuartel por las fuerzas prorrusas, convirtiéndose en blanco principal para el ejército ucraniano

El Shakhtar ha sido obligado al autoexilio, pero la pelota sigue rodando. Tras las manifestaciones de 2014 en la plaza de Maidán en Kiev, donde los ucranianos pedían apertura económica y cultural, la tensión aumentó en Donetsk y las regiones del este en la frontera con Rusia. Con su estadio bombardeado, el equipo tuvo que cambiar de sede para jugar de local, trasladándose a ciudades ubicadas a más de mil kilómetros de distancia, muy lejos de casa. Incluso tuvieron que golpear las puertas de su más acérrimo rival, el Dynamo Kiev, para poder disputar sus partidos.

A pesar de todas las tensiones armadas, luchas fratricidas, reivindicaciones territoriales, nacionalismos y guerras civiles, el fútbol no se detiene. Siempre existen esos 90 minutos, capaces de desviar la atención y tranquilizar a los bandos. Los gallitos de poder, las influencias religiosas y económicas, quedan reducidas al azar del 11 contra 11, en una cancha que es para todos igual. Los rivales se encuentran frente a frente, mostrando sus estrategias y no guardándolas como secreto de estado. La redonda sigue su camino, también para el Shakhtar, que muy lejos de su hinchada y desterrados de su estadio, lograron ser campeones de la liga y participar en la Champions League.

Un poco más al este, en el Cáucaso, el FK Qarabag también sigue luchando muy lejos de su ciudad natal. En medio de la guerra entre Azerbaiyán y Armenia, debieron emigrar para instalarse en la capital azerí, Bakú, escapando de la invasión de tropas armenias en la región separatista del Ato Karabaj. Incluso así, llegaron a una fase de grupos de la Liga de Campeones de Europa, un hecho histórico, enfrentándose al Chelsea y Atlético de Madrid.

Mientras las potencias vuelven a mostrarse los dientes en medio de una pandemia, la competencia continúa, siempre alentada por la eterna búsqueda del ganador o perdedor de turno, de ese momento donde se vibra con aquellos colores y símbolos que van más allá de los intereses globales. Capaces además, de desafiar nuestras emociones más escondidas. En tierra propia o en el exilio.

Un poco más al este, en el Cáucaso, el FK Qarabag también sigue luchando muy lejos de su ciudad natal. En medio de la guerra entre Azerbaiyán y Armenia, debieron emigrar para instalarse en la capital azerí, Bakú, escapando de la invasión de tropas armenias en la región separatista del Ato Karabaj.

El periodista y escritor español Tony Padilla afirma en su libro El historiador en el estadio, un ensayo sobre geopolítica y fútbol: “La historia nos enseña que todo cambia, todo fluye y que, al final, el fútbol siempre tiene un escenario”.

Escenarios que a su vez también se transforman o incluso desaparecen, como en el caso del Shakhtar y el Qarabag. Sin embargo, siempre habrá uno nuevo, uno que mantenga viva la pasión y la competencia, sea donde sea.

*Matías Fuenzalida es periodista, columnista, conductor de radio y TV. Su trabajo relaciona el deporte con las ciudades, los países y la historia. Actualmente trabaja para ESPN.

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