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Opinión

7 de marzo de 2022

Columna de Constanza Michelson: De la cocaína a las mujeres

La Imagen muestra a Constanza Michelson frente a una imagen de cocaína

Creo que no son exactamente tiempos de vergüenza y quizá la resistencia en este punto sea no dejar tan fácil la pista a que la cultura haga el camino inverso: de las “mujeres” a la cocaína.

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“Cuando vuelva te besaré hasta hacerte enrojecer (…) Y si te muestras indócil, verás quien es el más fuerte de los dos: la dulce muchachita que no come lo suficiente o el fogoso hombretón que tiene cocaína en el cuerpo”, así escribía a su novia quien hasta hacía poco era un joven y tímido médico, Sigmund Freud. En ese tiempo necesitaba hacer un descubrimiento que le permitiría ganar respetabilidad en la comunidad médica, y la cocaína le llegó como cumplimiento de esa expectativa. En esos años estaba más preocupado de la neurología que de la psiquiatría; su dilema era encontrar cura para las afecciones llamadas neuróticas, cuya particularidad era que el sustrato orgánico para explicarlas era inubicable. ¿Cómo encontrar la cura a una enfermedad cuyo origen en el cuerpo anatómico era desconocido? Peor aún, ¿cómo ser médico si no se puede curar a los pacientes? “Solo ahora me siento médico, pues he podido acudir en ayuda de un enfermo”, escribió en el tiempo de la cocaína.

La probó en 1884. Entusiasmado, no dudó –a fin de cuentas, de eso se trata con la cocaína, de no dudar– en prescribirla terapéuticamente a su familia, amigos, pacientes. Ese mismo año escribe Über Coca. El entusiasmo era generalizado, se usaba para el resfrío, la indigestión, el asma, la fatiga; la Asociación de la fiebre del heno la indicaba a sus pacientes y la Coca-Cola la incluiría en su fórmula hasta 1903. Recién fue prohibida en 1906. Pero para Freud el encuentro con la cocaína era aún más significativo, por fin podría intervenir sobre las misteriosas e incómodas neurosis que tenían crispado al saber médico de la época: si la sustancia actuaba en el cuerpo y modificaba los síntomas, entonces la causa debía estar en el organismo. La cocaína era su garante de que en la base de las neurosis había una lesión orgánica.

En ese punto la teoría freudiana era la misma del coquero, cuyo cuerpo es comprendido como máquina o un laboratorio de química. Bajo esa concepción, el dolor psíquico es tratado como el dolor de un órgano. Por eso la droga calma, tal como lo haría un anestésico con una herida. Su concepción del cuerpo era algo cerrado, sin preguntas. Y a ese cuerpo bien le venía una sustancia que lo cerraba poniéndolo duro: con la cocaína puedes no dormir, o no comer sin dificultad, decía Freud en sus escritos. Lo que lo fascinaba, como a los coqueros, era que le permitía tener el poder de comer o no, dormir o no, lo único que no se siente es el “no se puede”: la cocaína borra la impotencia. No es casual que la cocaína se asocie a la masculinidad y a las metáforas de guerra. La cocaína es lo que transforma, según Freud, al soldado fatigado y torpe, en “un conquistador glorioso”.

Para Freud el encuentro con la cocaína era aún más significativo, por fin podría intervenir sobre las misteriosas e incómodas neurosis que tenían crispado al saber médico de la época: si la sustancia actuaba en el cuerpo y modificaba los síntomas, entonces la causa debía estar en el organismo.

Hay una fantasía que se repite en hombres que frecuentemente consumen cocaína: la de ponerse “duros” en una escena con varias parejas sexuales simultáneas. Sin embargo, suele tratarse de una escena cuya satisfacción está puesta en el montaje del harem antes que en la genitalidad, puesto que, si se ponen demasiado “duros”, paradójicamente se erige todo, salvo el órgano sexual. Y es que una erección se encuentra en una zona de conflicto, como bien describirá Freud –no el médico, sino el psicoanalista– que no responde a la lógica de guerra, sino a la del deseo; laberinto de otras complejidades más sutiles.

A pesar de la “guerra contra las drogas”, lo cierto es que hay una solidaridad entre la guerra y las drogas desde el comienzo de la historia humana. El guerrero como modo de existencia difícilmente puede ir sin ortopedia. El soldado debe combatir con su peor enemigo: los nervios. En un documental de la BBC acerca del Captagón, un psicoestimulante usado por los yihadistas, algunos combatientes relataban no sentir hambre, ni sueño, además de una energía y coraje sobrehumanos. El mismo coraje que dicen sentir algunos hombres, que, sin una necesidad física, usan Viagra para dar la prueba de potencia que implica el encuentro sexual, justo ahorrándose la prueba existencial: los nervios. Precisamente, los nervios son el testimonio de la conciencia de muerte; son señal del encuentro con un límite. De los nervios viene la palabra neurosis; por cierto, de la cual nunca se encontró la tan buscada lesión corporal para explicarlas. Por eso, salvo en el psicoanálisis, no se usa como diagnóstico. La psicopatología la hizo estallar en distintos trastornos, cada uno con su pastilla correspondiente.

Puede no ser trivial que, más allá de la guerra, a los sujetos omnipotentes, megalomaníacos, de ego duro, se les diga jalados. A los que no les entran balas. Hay muchas formas de hacer la guerra en la vida. Puede ser no solo un conflicto bélico, sino una forma de relacionarse con la muerte, una lógica y forma de pensar. La bióloga Bárbara Ehrenreich dice que el ritual de la guerra es demasiado complejo para ser considerada una mera expresión de la violencia. Piensa que podría ser la conmemoración inconsciente del paso de nuestra especie de ser comida para depredadores a ser cazadores: pasar de la impotencia, a la potencia, y algo más: la negación de la impotencia.

Hay una fantasía que se repite en hombres que frecuentemente consumen cocaína: la de ponerse “duros” en una escena con varias parejas sexuales simultáneas.

El de Freud fue un corto romance con la guerra. Fue, paradójicamente, su afán por escribir como científico lo que desmanteló su proyecto. Si debía medir, pesar la sustancia y calcular sus efectos para hacer de la cocaína parte de una teoría científica, le ocurría que no hallaba proporcionalidad entre las cantidades, las dosis y sus consecuencias. La cocaína no actuaba igual si estaba de buen o mal humor, si estaba cansado o tenía miedo. Luego, su objeto fantástico cayó del pedestal y pasó a ser un objeto más entre otros. Por cierto, así es el momento en que se sale de un embrujo, una adicción o un enamoramiento: aun cuando no se deje ni a la droga ni al amante, dejan de ser lo que organiza la vida. Como sea, sospechó que su sustancia no actuaba solo en el cuerpo orgánico, sino que en otro, del cual las mujeres le darían la pista.

Entre 1885 y 1886 Freud viaja a la Salpêtiére en París como alumno del gran maestro de la neurología, Jean-Martin Charcot. El médico francés era un gran hipnotizador y montaba espectáculos rimbombantes a sus colegas, hipnotizaba a sus pacientes histéricas, en mayor parte mujeres, para que desplegaran una verdadera performance con sus síntomas. Sin embargo, aparte del despliegue fenomenal de las crisis, su abordaje no lograba curar. Freud sospechó del maestro y su método. Se dio cuenta de que la relación entre médico y paciente no era inocua.

En 1893 Freud publica un ensayo en el que pone en juego una tesis que los sacará de la medicina para abrir el campo del psicoanálisis. En Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices, orgánicas e histéricas plantea que la forma que toman las parálisis histéricas no responde a la anatomía del cuerpo biológico: la histeria nada sabe de anatomía, no son los nervios de un brazo o una pierna los que se paralizan, sino la idea de brazo y pierna que tenga un paciente. El cuerpo puede enfermar de sentido, por lo tanto debe ser leído. Descubre al cuerpo psíquico: carne atravesada por lenguaje. Decide cambiar la perspectiva desde dónde abordar a las pacientes: deja de ver como se contorsionan, y las comienza a escuchar. Escuchar a diferencia de ver, implica el gesto de una inclinación, se escucha agachando la cabeza.

Se encuentra con que las mujeres de la época victoriana tenían mucho que decir. Las verdades que la cultura fálica ocultaban.

El nuevo estatuto que toma el cuerpo con Freud en la invención del psicoanálisis es el cuerpo erógeno, es decir, un cuerpo que pulsa, desea y habla. Un cuerpo abierto al mundo y las experiencias. Las mujeres le indican la ruta del deseo inconsciente, sus cuerpos sintomáticos eran el texto de una cultura que las asfixiaba. La educación, la familia, pero también la medicina, cuya estupidez machista de la época dejaron en evidencia. El cuerpo de la histeria del tiempo de Charcot es abandonado, y sus intervenciones, si alguna vez fueron sublimes, quedaron en la historia inscritas entre la canallada y el ridículo. Aunque, paradójicamente, parte del progreso médico (y la precarización de la profesión) implica hoy atenciones rápidas, con diagnósticos estandarizados que impiden muchas veces escuchar a esos cuerpos que algo tienen que decir. La histeria (la neurosis), y su mensaje cifrado, les sobra; se dice histeria como sinónimo de “mina loca”.

Se encuentra con que las mujeres de la época victoriana tenían mucho que decir. Las verdades que la cultura fálica ocultaban.

Lo femenino, que primero Freud encuentra en las mujeres, porque eran las pacientes no escuchadas, luego en psicoanálisis pasa a ser algo que no es un género ni una anatomía, sino una posición inconsciente. Se dice que lo femenino, está más cerca de la verdad. Se refiere a la verdad de nuestro lugar en el mundo: precario, limitado, mortal, eso que los discursos, las poses, las morales “jaladas” tapan con omnipotencias; las que a la larga nos cuestan demasiado caro. Y es que lo “jalado” comete la estupidez de tapar el sol con un dedo, y los tontos que siguen a los líderes jalados miran entusiasmados el dedo.

La droga en todo caso no es una mera sustancia, sino una lógica. Avital Ronell en su Crack Wars lee a Madame Bovary como una novela profética de la sociedad de la adicción.No solo por la adicción de Bovary a los hombres, a la ropa, a la literatura; Emma Bovary, tanto como Freud coquero, el yihadista en Captagón o el usuario habitual de Viagra (sin prescripción médica) actúan bajo la lógica de la ausencia de conflicto. Freud, además de ahorrarse el sueño y el hambre, escribió que la cocaína le servía para pasar la vergüenza de visitar a su novia y evitar el sentimiento de inferioridad frente a sus maestros. Emma, por su parte, antes de morir de vergüenza, opta, como una usuaria, por morir envenenada.

Si bien la culpa es un sentimiento contraproducente, la vergüenza es un estupendo instrumento social: nos pone orilla. Creo que no son exactamente tiempos de vergüenza y quizá la resistencia en este punto sea no dejar tan fácil la pista a que la cultura haga el camino inverso: de las “mujeres” a la cocaína. Al cuerpo duro. A las ideas firmes y duras. Heroísmos de pacotilla. Las ideas deben ser justas y claras, pero sobre todo considerar la verdad de nuestros límites, que es lo mismo que decir que somos abiertos, que somos por y con otros.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora. Su último libro es “Hacer la noche”.

También puedes leer: El amor en los tiempos del Covid según la psicoanalista Constanza Michelson


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