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Opinión

9 de Marzo de 2022

Columna de Manfred Svensson: Los mejores deseos

Columna de Manfred Svensson: Los mejores deseos

Desear que le vaya bien no es desear, por ejemplo, que se cumpla todo su programa. Si uno deseara eso, en realidad no hablaríamos ya de adversarios, sino que en realidad habría dejado de existir la diversidad política. ¿Qué es lo que entonces deseamos al querer que le vaya bien al gobierno entrante?

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Hay pocos signos tan claros de un país afortunado como el hecho de que, retrospectivamente, podamos estar agradecidos por gobiernos de visión contraria a la nuestra. Pero el reverso de esa gratitud retrospectiva es poder, mirando hacia adelante, desear éxito a tales gobiernos. Aunque esa actitud no nos brote a todos de modo espontáneo, se trata, además, de una cuestión de elemental patriotismo.

Que seamos capaces de albergar estos deseos, y comportarnos de modo consistente con ellos, es particularmente importante en momentos de crisis como los que vivimos. Al mismo tiempo, sin embargo, en tales circunstancias resulta más difícil saber exactamente qué significan esos buenos deseos. Porque hay cosas que obviamente no pueden significar. Desear que le vaya bien no es desear, por ejemplo, que se cumpla todo su programa. Si uno deseara eso, en realidad no hablaríamos ya de adversarios, sino que en realidad habría dejado de existir la diversidad política. ¿Qué es lo que entonces deseamos al querer que le vaya bien al gobierno entrante?

Que seamos capaces de albergar estos deseos, y comportarnos de modo consistente con ellos, es particularmente importante en momentos de crisis como los que vivimos. Al mismo tiempo, sin embargo, en tales circunstancias resulta más difícil saber exactamente qué significan esos buenos deseos.

Hay materias concretas en que la respuesta es fácil de identificar. Entre las cosas que hay que desearle en los primeros meses está, por ejemplo, el que se logre consolidar la educación presencial en las escuelas de nuestro país. A pesar de la terca oposición del Colegio de Profesores, ésta es una meta que está pronto a cumplirse, pero nada está garantizado. Poco importa que el presidente Boric sea un converso tardío a la urgencia de esta vuelta a clases: aquí necesita al país completo apoyándolo. En cuestiones como ésta el éxito del gobierno es el éxito de todos, y cada ciudadano podrá pensar sobre otras materias en que la regla es así de simple.

De modo similar, cabe desearle que se concrete bajo su gobierno la recuperación de la alicaída figura presidencial. Pocos dudan de que tiene talento para lograr tal recuperación, pero los obstáculos no son triviales. Aquí habrá que tomar decisiones sobre la Araucanía y sobre la inmigración, por nombrar solo dos evidentes focos de conflicto. Pero además tendrá que convivir en un papel distinto con el Partido Comunista. Un aún golpeado Daniel Jadue, por lo pronto, será una constante piedra de tropiezo (basta leer su entrevista del pasado sábado). No será ese, sin embargo, el problema más importante en su convivencia con ese mundo. El verdadero obstáculo lo constituye más bien el hecho de que en el PC hay proyecto y experiencia en una proporción muy distinta al Frente Amplio. Para enfrentar ese escenario, Boric requerirá de una dosis de talento muy distinto de la que tuvo que desplegar en la segunda vuelta.

Tendrá que convivir en un papel distinto con el Partido Comunista. Un aún golpeado Daniel Jadue, por lo pronto, será una constante piedra de tropiezo (basta leer su entrevista del pasado sábado). No será ese, sin embargo, el problema más importante en su convivencia con ese mundo. El verdadero obstáculo lo constituye más bien el hecho de que en el PC hay proyecto y experiencia en una proporción muy distinta al Frente Amplio.

Más allá de la relación con el PC, cabe desearle asimismo que sepa guardar distancia de los discursos identitarios de su propio entorno. Aquí ya no se trata de cómo manejará a sus aliados, sino de una de sus propias almas. El corazón del Frente Amplio está en buena medida ahí, en ese variado elenco de posiciones que suele designarse como política de la identidad. Y esa mentalidad evidentemente altera el modo en que miran cada uno de los restantes problemas del país.

Por genuina que sea la preocupación por la causa de las mujeres, por ejemplo, en ese terreno termina transformándose en la causa de las mujeres, disidencias y diversidades sexogenéricas. A la luz de eso, y dada la fuerza con que la política identitaria lo está tocando todo, la gran pregunta es cómo las múltiples urgencias sociales del país lograrán tener la prioridad que merecen. Gobernar es priorizar –una lección que el gobierno saliente nunca aprendió–, y a Boric le conviene acabar rápido con la ilusión de que la agenda social y la agenda identitaria pueden encontrarse en fácil armonía.

Eso nos lleva, por último, a la relación con la Convención, y aquí es más difícil saber qué desearle. Sería tal vez iluso pedirle distancia crítica respecto de los ribetes que adquirió el proceso constituyente, pues su corazón evidentemente está con él. Pero se le puede desear la lucidez suficiente como para notar que abrazar la Convención hoy es muy distinto de hacerlo meses atrás. Porque en el borrador de la nueva Constitución queda poco del sueño de una “casa de todos”.

Se le puede desear la lucidez suficiente como para notar que abrazar la Convención hoy es muy distinto de hacerlo meses atrás. Porque en el borrador de la nueva Constitución queda poco del sueño de una “casa de todos”.

Así como van las cosas, y de ser aprobada, esta será la Constitución de la izquierda identitaria, de dudosa duración e improbable capacidad para generar lealtad. ¿Le conviene a Boric intentar traspasarle su momentánea popularidad? La tentación tiene que ser grande cuando un mismo mundo controla tanto La Moneda como la Convención. Pero precisamente por lo grande de la tentación, hay que desearle al presidente una disposición reflexiva ante éste, el mayor de los desafíos del difícil tiempo por delante. Porque el órgano constituyente también puede convertirse en un boomerang, que termine erosionando no sólo la apuesta de un nuevo texto constitucional ampliamente legitimado, sino que también al propio gobierno entrante.

*Manfred Svensson es académico de la UAndes e investigador senior del IES.

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