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Opinión

2 de Marzo de 2022

Columna de Rafael Gumucio: El Pelao Vade no miente

Agencia Uno

En cierta medida Rojas Vade no mintió, sólo fue impreciso. En eso no es distinto a los que dicen aún hoy que Chile es el país más desigual del mundo, que la Constitución que queremos cambiar es exactamente igual a la que escribió Jaime Guzmán, o que Piñera es igual a Pinochet.

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En el fondo de toda mentira está la verdad. El Pelao Vade no tenía el cáncer que decía tener, pero si tenía otras enfermedades complejas y caras. Dice ahora que debería haber ido a la calle con un cartel gigante con todos los detalles de su verdadero diagnóstico. Pero cartel habría sido demasiado grande, alega, y el diagnóstico demasiado complejo para provocar el impacto que quería conseguir. Lo resumió todo en un cáncer que no sufría, pero que podía impactar en el alma a tantos que sí lo sufren y vieron en él un símbolo de desparpajo y coraje.

Es quizás el problema esencial de la Convención, o de la parte más iluminada de ella, que señalan un malestar verdadero, pero a la hora de simplificar el diagnóstico terminan por declarar enfermedades que no tenemos. No se simplifican solamente los problemas que Chile sufre, cosa que es propio de la política, sino que los cambia por otros más fáciles de curar, así como son fáciles siempre de curar cualquier enfermedad que no se tiene. En vez de comprender la complejidad del Chile del 2022 se juzga el de 1995 que ya todos condenamos en el 2011. En vez de escribir una canción propia y nueva se vuelve a escuchar El baile de los que sobran, cuando San Miguel es cualquier cosa hoy menos el barrio industrial sin industria que era en 1986. Complejo de otra forma distinta que merecería ser explicado, pero que es resumido en una misma canción cómoda para todos, pero urgente para nadie.

Es quizás el problema esencial de la Convención, o de la parte más iluminada de ella, que señalan un malestar verdadero, pero a la hora de simplificar el diagnóstico terminan por declarar enfermedades que no tenemos. No se simplifican solamente los problemas que Chile sufre, cosa que es propio de la política, sino que los cambia por otros más fáciles de curar.

Como esas películas chilenas que ganan toda suerte de premios en festivales internacionales hablando de la dictadura, Colonia Dignidad o el poder los curas ultraconservadores, ajustando el Chile que muestran con el que esperan encontrar los jurados de los festivales. Una visión de Chile que no respeta ni entiende la complejidad de una sociedad altamente permisiva y altamente represiva, y depresiva también y desesperada y optimista hasta la locura; todo junto.

En cierta medida Rojas Vade no mintió, sólo fue impreciso. En eso no es distinto a los que dicen aún hoy que Chile es el país más desigual del mundo, que la Constitución que queremos cambiar es exactamente igual a la que escribió Jaime Guzmán, o que Piñera es igual a Pinochet. Simplificaciones contrarias y paralelas a la que querían ayer creer que éramos los jaguares de Latinoamérica, que Pinochet ya no le importaba a nadie, y habíamos dejado la pobreza atrás para siempre.

Todas semi verdades y todas semi mentiras, como las que pueblan los libros de divulgación histórica del convencional Jorge Baradit. Simplificación extrema de las teorías más simplicistas de Gabriel Salazar. Simplicista como la idea de que existe un posible “bien vivir” al otro lado de un “mal vivir”, y pueblos que tienen cosmovisiones más puras y sanas que otras.

Naturaleza buena, civilización mala, justicia escrita mala, justicia oral buena, simplificaciones, idea recibidas, mitos más o menos indiscutibles, que reposan sobre la simplificación mayor, esa de que existe un “nosotros” puro y democrático, popular e intocable, frente a un “ellos”, dictatorial, corrupto, vicioso y horrible siempre. Una simplificación que la existencia del Pelao Vade destruye de raíz.

Todas semi verdades y todas semi mentiras, como las que pueblan los libros de divulgación histórica del convencional Jorge Baradit.

Tanto, que lo primero que atinaron a pensar los simplificadores, es que el Pelao Vade que era un agente de “ellos”, parte de los “otros”. Como si entre los “nuestros”, los de pueblos, no pudieran haber mentirosos compulsivos, o en este caso, incurables mitómanos. Cuando justamente lo que salió a la calle esa primavera del 2019 fue un enorme dolor síquico (“hasta que valga la pena vivir”), un estado de paranoia y frenesí que llevo a tantos a escoger un disfraz para rebelarse: Pichachú, el Dino Azulado, Pareman o Nalkaman. ¿No hizo eso mismo el Pelao Vade, escoger un personaje de sí mismo, inventarse una máscara para salir a la calle? Como esos héroes de Marvel que por culpa de los rayos gama o las mordeduras de una araña se transforman en la versión indestructible de sí mismo.

Justamente lo que salió a la calle esa primavera del 2019 fue un enorme dolor síquico (“hasta que valga la pena vivir”), un estado de paranoia y frenesí que llevo a tantos a escoger un disfraz para rebelarse: Pichachú, el Dino Azulado, Pareman o Nalkaman. ¿No hizo eso mismo el Pelao Vade, escoger un personaje de sí mismo, inventarse una máscara para salir a la calle?

En el fondo de toda mentira está la verdad. El cáncer de Pelao Vade no era verdad, como tampoco era verdad las ganas de cambiarlo todo, y volver a hacer el país desde cero que proclamó el estallido. A la hora de cambiarlo todo, por lo demás, sigue en pie lo único que una lista del pueblo se supone quería cambiar: el derecho de propiedad.

Aunque sí es verdadero el malestar profundo que hizo mentir a Rodrigo Rojas, y verdad su desamparo, y verdad su narcisismo, sus tendencias a la vez masoquistas y mesiánicas. Es verdad su desprotección psíquica, que no es suya y sólo suya sino la de una sociedad que ha pasado de un experimento social a otro, de una elite orgullosa de sí misma a otra avergonzada de serlo, de unos economistas educados en Chicago a sociólogos en UCL. Una sociedad que no puede decir lo que le duele porque su dolor no es fácil de catalogar y sus deudas no son las que todos esperan de él. Un dolor que quiere ser escuchado como quería Rojas Vade ser escuchado, sin tener que para eso ni ser víctima ni victimario. Escuchado, siendo simplemente él mismo.

*Rafael Gumucio es escritor.

También puedes leer: Tensiones en la Convención y llamadas S.O.S al Congreso: las claves de la incierta renuncia de Rojas Vade


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