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Yo, madre

4 de Mayo de 2022

Ser madre cuando se pierde a un hijo

La imagen es un collage alusivo a la pérdida de un hijo Patricio Vera

Sé que mi maternidad se partió en dos y que jamás volveré a ser exactamente la madre que era antes. Cuando Nicole murió, yo también morí. Pero a la vez renací, porque tuve que seguir adelante por Diego. Él es mi objetivo, y nada más.

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En homenaje a Nicole.

Desde hace casi ocho años el Día de la Madre ya no es lo mismo. Las horas previas a ese domingo trato de mantenerme con la cabeza ocupada, hacer manualidades… Pero cuando llega el Día de la Mamá, siento un aprieto en el corazón. Y cuando se terminan esas 24 horas, siento un gran alivio. Es que, aunque tengo a mi lado mi hijo Diego, ya no tengo a mi hija, Nicole Sessarego.

Hace 7 años y 8 meses, un día martes lluvioso, mientras llegaba a mi casa de un examen dental y pensaba que faltaba justo 30 días para el regreso de mi hija de Buenos Aires -donde realizaba estudios de intercambio-, mi marido me llamó y me dijo que viera las noticias. Así, por la prensa, me enteré del asesinato de Nicole, a sus 21 años, la madrugada del 15 de julio de 2014. Fueron once puñaladas de un completo desconocido las que le quitaron la vida.

Para mí, nada nunca más fue igual.  

*** 

De toda nuestra familia, que es bien cercana y constituida por siete primos, Nicole era la única mujer y la primera que estaba cursando la Universidad. Cuando le dieron la oportunidad de irse a hacer intercambio estaba tan contenta… Era la primera vez que salía del país. Y le encantó Buenos Aires. Recuerdo que poco antes de su fallecimiento, viajé para allá y ella me mostró todos los lugares turísticos, estaba encantada con la ciudad, su gente, sus estudios de Periodismo. Aun así, para el Día de la Mamá en que estuvimos separadas, ella me dijo que había sido “el día más difícil” de su vida. No teníamos cómo saber, entonces, la tragedia que nos vendría encima. Y que, luego de eso, también sería el día de la madre el más día difícil, año tras año, para mí.

Nicole, además de ser mi hija mayor, era mi amiga. Mi orgullo. Después de perderla, estuve tres años yendo al psicólogo y al psiquiatra. Hoy, todo es una ruleta rusa. A veces estoy tranquila, pero de repente estoy muy mal.

Así, por la prensa, me enteré del asesinato de Nicole, a sus 21 años, la madrugada del 15 de julio de 2014. Fueron once puñaladas de un completo desconocido las que le quitaron la vida.

Me consuela saber que, después de haber sido tan mediática su partida, el caso fue resuelto, y su asesino fue condenado a 35 años de cárcel. No sé cómo hubiese reaccionado si ella hubiese desaparecido, si no la hubiésemos encontrado, si el crimen hubiese quedado impune.

También me alivia saber que en los 21 años que habitó esta Tierra, Nicole fue profundamente feliz. Y que yo estuve a su lado en cada momento. Porque yo me dediqué 100% a ser madre de mis hijos y, especialmente después de todo lo que ocurrió, agradezco haber tomado, en el pasado, esa decisión.

Por supuesto que seguir sin Nicole es muy difícil. Pero Diego no puede vivir sin su hermana y, además, su mamá. Por él yo tengo que seguir.

Él, que ya tiene 22 años, es el centro de mi vida ahora. Es la misión que tengo acá. Sé que con él me pongo más aprehensiva, sé que él no tiene la culpa de lo que pasó con su hermana. Sé que es joven y tiene que vivir, que divertirse, que equivocarse. Incluso sus primos bromean con que lo mimo mucho y yo digo que es para que él me extrañe cuando yo no esté… Pero, si todas las madres tenemos miedo de que algo le pase a nuestros hijos, yo tengo hoy dos, tres veces el temor que tenía antes. Porque no hay palabras, no hay consuelo para expresar lo que es perder un hijo. Sacando ese miedo desgarrador, ya nada me afecta.

Mientras tanto, Nicole se ha convertido en la luz que guía mi camino. Ella era muy madura a su corta edad, entonces siempre la recuerdo dándome consejos, ayudándome a tomar decisiones, alentándome en tantas cosas… Por eso, cada vez que elijo una ruta, pienso en ella. En su sabiduría, en su voz, en su cariño, en su sonrisa. En cómo ella hubiera querido que yo fuera o cómo hubiera deseado que siguiera mi vida.

Por supuesto que seguir sin Nicole es muy difícil. Pero Diego no puede vivir sin su hermana y, además, su mamá. Por él yo tengo que seguir.

Sé que mi maternidad se partió en dos y que jamás volveré a ser exactamente la madre que era antes. Cuando Nicole murió, yo también morí. Pero a la vez renací, porque tuve que seguir adelante por Diego. Él es mi objetivo, y nada más.

Antes, cuando su hermana estaba con vida, yo siempre pensaba “Nicole está conmigo”. Hoy, tras su muerte, Nicole está en mí.

Sé que algo similar le pasa a mi hijo. Porque en cada Día de la Madre tras el fallecimiento de su hermana, él me hace dos regalos. Uno a su nombre, y otro a nombre de Nicole. Y mi corazón se vuelve a apretar.

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