Secciones

The Clinic Newsletters

Más en The Clinic

The Clinic Newsletters
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad

Cosecha Propia

21 de abril de 2022

Carmen Barros, una Marilyn de 97: «Estoy en el comienzo de un final, y lo estoy asumiendo y disfrutando»

Carmen Barros Crédito: Pepe-kino Torres

Casi no sale de su departamento, lee a diario la prensa y reza para que al presidente Boric le vaya bien. La actriz y cantante de 97 años protagoniza el recién estrenado documental "Mi Marilyn Monroe", donde vuelve a encarnar a la diva de Hollywood bajo la dirección de Alejandro Goic. También participa en "Auge y caída del Ruiseñor: la historia de Rosita Serrano", que hasta fin de mes se presenta en el GAM, y por estos días memoriza los textos de una nueva obra en la que interpretará a Delia del Carril, la Hormiguita de Neruda. “Lo más difícil de trabajar a esta edad es combatir contra la flojera, pero mi puntualidad, mi memoria y mis ganas de experimentar siguen intactas”, asegura.

Por

Hace un tiempo le preguntaron qué papel le hubiese gustado interpretar y nunca pudo. La pregunta la tomó por sorpresa y tuvo que improvisar rápidamente una respuesta, recuerda ahora Carmen Barros, la actriz más longeva del teatro chileno, y quien está sentada en su sitial favorito del living de su departamento en Providencia, rodeada de retratos familiares y de sí misma en algunos de los innumerables roles que le ha tocado encarnar a lo largo de sus más de siete décadas de carrera y sobre los escenarios.

“Siempre me han encasillado de que soy la señora bien y ta ta tá, o si no la Carmela de San Rosendo. Y hará unos dos o tres meses atrás, cuando (las actrices) María Olga Matte y Martina Sivori me hicieron esa pregunta, se me ocurrió decirles que quería hacer a una de las amantes de Enrique VIII en el teatro. No sé, me pareció algo distinto y yo quiero hacer cosas nuevas. Les quedó el bichito metido y sé que están escribiendo algo”, revela la actriz y cantante, quien además protagonizó la primera comedia musical en Chile, ¡Esta señorita Trini! (1958), la primera versión de La pérgola de las flores (1960) y quien en otros años dio vida a la popular y carismática Marianela que cantaba en la radio.

“Yo ya tengo una edad que es muy cercana al centenario, tengo 97 años, y digo: bueno, el tata Dios me está dando una serie de cosas ricas y lindas en esta última etapa, pero más allá de algunos años no tengo, por lo tanto estos deseos de interpretar nuevos personajes no son más que eso, deseos y fantasías que vuelan. Y no me matan”, asegura la intérprete.

“Siempre me han encasillado de que soy la señora bien y ta ta tá, o si no la Carmela de San Rosendo. Y hará unos dos o tres meses atrás, cuando (las actrices) María Olga Matte y Martina Sivori me hicieron esa pregunta, se me ocurrió decirles que quería hacer a una de las amantes de Enrique VIII en el teatro. No sé, me pareció algo distinto y yo quiero hacer cosas nuevas».

Hija de diplomático, Carmen Barros creció en Europa en plena guerra y escuchando a Mozart, Haydn y Beethoven. De pequeña tomó clases de canto, siguió con piano y hasta fue aprendiz de Jenny Krause, hija del pianista alemán Martin Krause, uno de los maestros de Claudio Arrau. La invitaron a cantar a Viena, a Nueva York, y en 1946 hizo de Marcelina en la ópera Fidelio de Beethoven en el Municipal junto al elenco del Metropolitan. Soñaba con dedicarse a la ópera y hacer honor a su nombre además, pero “la vida no quiso que así fuera. Yo opté por mis hijos”, dice. A su regreso a Chile, en los 50, se convirtió en actriz.

Sus últimas apariciones en tablas fueron en El marinero de Fernando Pessoa, en 2015, donde compartió el escenario junto a Bélgica Castro y Gloria Münchmeyer; luego en 2017 en Alameda, de César Farah, junto a Anita Reeves, y, más recientemente, en Tukoo! Tukoo!, o la princesa de la luna lagartija, la obra del dramaturgo y director filipino Anton Juan, a mediados del 2018. Su último hit, sin embargo, fue en televisión, con la serie Los años dorados (2015).

Desde entonces, cuenta, Carmen Barros lleva una vida puertas adentro: casi no sale de su departamento, donde vive junto a su hijo mayor, Jaime, se levanta muy temprano por las mañanas, lee a diario la prensa y estudia durante las tardes. Ahora mismo, dice, está memorizando los textos de una nueva obra que bien podría ser llevada a las tablas o filmada, y en la que encarnará a Delia del Carril, la Hormiguita y exmujer de Pablo Neruda.

Carmen Barros, a sus 97. Crédito: Pedro Bahamondes.

“No se trata de una de las amantes de Enrique VIII, pero sí de la mujer de otro reconocido mujeriego, como Neruda”, ironiza la actriz. No puede hablar mucho más del proyecto por ahora, advierte, pero ya está trabajando en ello, cuenta: “Me invitó a participar la Patricia Rivadeneira, quien será Matilde Urrutia, y estamos recién trabajando. Me parece un desafío fascinante interpretar a una mujer y a una artista como ella”.

¿Qué es lo más difícil de trabajar a tu edad, Carmen?

Yo diría que lo más difícil de trabajar a mi edad es la flojera. Una se pone floja, y yo lo reconozco, debo combatir siempre contra la flojera, pero mi puntualidad, mi memoria y mis ganas experimentar y de hacer cosas nuevas siguen intactas. Normalmente, los actores estamos bautizados como flojos en cuanto a levantarnos temprano porque trabajamos dando funciones hasta muy tarde, así que nunca ha sido un motivo de problema para mí. Lo que sí, como te digo, yo sigo siendo muy puntual. En ese sentido tengo una formación alemana muy fuerte. Tengo buena memoria también, eso es muy positivo, y tengo también los idiomas, eso es muy importante. Aunque parezca tonto decirlo, es una ventaja y lo es hasta ahora.

«Yo diría que lo más difícil de trabajar a mi edad es la flojera. Una se pone floja, y yo lo reconozco, debo combatir siempre contra la flojera, pero mi puntualidad, mi memoria y mis ganas experimentar y de hacer cosas nuevas siguen intactas».

-¿Pensaste alguna vez que ibas a vivir hasta casi los 100 años?

-Mira, yo tengo una cosa clara. Lo he tomado como algo normal porque la longevidad es o ha sido hereditaria en mi familia por el lado paterno, de los Barros Ortiz. El caballero que está ahí -dice apuntando a un retrato en blanco y negro de Tobías Barros, su padre, quien fue militar y diplomático- llegó a los 101 años y ahora todo el mundo está convencido o esperando que yo llegue a los 110, lo cual es bien improbable. Yo creo que eso no va a ser así, pero por lo pronto la salud la tengo buena, me preocupo mucho de no resfriarme, porque eso sí sería complicado para mí, y en realidad de no hacer nada que sea muy riesgoso.

-¿Cómo ha sido para ti la pandemia y las restricciones que puso en la vida de todos?

-Yo ya llevaba una vida más o menos como la impuso la pandemia. Casi no salgo de aquí, así que siempre estuve en un lugar seguro y el encierro no me afectó tanto como a otros, seguramente. Mira, yo creo que estamos viviendo un verdadero castigo. Para mí la pandemia es un castigo de la naturaleza, por haber creído que éramos superiores a todas las cosas del universo, cuando en realidad somos nada. El universo sigue siendo mucho más fuerte, a pesar de que hay varios que se rehúsan a creerlo. Creo que hay que tener un poco más de humildad al respecto, y esta sociedad perdió o se olvidó de la humildad hace mucho rato.

-Has dicho antes que no mereces el Premio Nacional. ¿Aún lo crees así?

Sí, aún lo creo. Yo encuentro que no tengo por qué recibirlo. Tengo una serie de premios y que te premien siempre es fantástico. Tengo algunos acá, otros en mi dormitorio, y es rico recibirlos. El verdadero premio nacional para mí es encontrarme con el hombre y la mujer de la calle que no me conocen y que sin embargo cuando me ven pareciera que estuvieran presenciando un milagro. Me saludan y tratan con mucho afecto. Eso sí me emociona, mucho más que un premio.

«El verdadero premio nacional para mí es encontrarme con el hombre y la mujer de la calle que no me conocen y que sin embargo cuando me ven pareciera que estuvieran presenciando un milagro. Me saludan y tratan con mucho afecto».

UNA MARILYN DE 97

La define como una suerte de reaparición virtual en la escena.

Y por partida doble, además: actualmente, Carmen Barros participa en Auge y caída del Ruiseñor: la historia de Rosita Serrano (1912-1997), obra del colectivo Makina Dos dirigida por Pato Pimienta y que hasta fin de mes se presenta en el GAM. Allí, la nonagenaria intérprete interviene en un video en el que recuerda y reconstruye su relación con la mítica cantante lírica chilena, quien se hizo famosa en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. También protagoniza el recién estrenado documental Mi Marilyn Monroe en la plataforma Escenix, donde vuelve a encarnar a la diva de Hollywood bajo la dirección de Alejandro Goic, tal y como hizo en el exitoso montaje estrenado en 2011.

En la nueva versión audiovisual de la obra; se ensaya y repite el mismo texto, el director da indicaciones a la actriz en el escenario y dialogan entre ambos en torno a una ficción que imagina a la estrella del cine aún viva, a los 8o y tantos años, y recordando a los grandes amores, amistades y fracturas de su vida mientras son subastados sus vestidos más famosos. De radiante melena blanca, Carmen Barros luce como una verdadera Marilyn de 97, una que nunca existió.

Crédito: Pepe-kino Torres

“Por ahí por el 2002 ó 2003, yo iba caminando por la calle acá en Santiago y nos topamos con Alejandro (Goic), a quien yo no conocía pero sabía que era actor y que dirigía, y él me dijo: tú eres mi Marilyn Monroe. Yo le dije que de Marilyn Monroe tengo bien poco; la adoraba como actriz, la encontraba encantadora y no sabía mucho de su historia, que fue muy dramática. Entonces Alejandro llegó un día con una pila de libros, unos veinte te diría, sobre la vida de la Marilyn. Me puse a leer mucho, hubo ciertos aspectos que me interesaron de su vida y le dije a Alejandro que me iba a meter en el texto y eso hice. Escribimos un poco a la par porque surgió todo de una improvisación”, cuenta la actriz.

“El proyecto de la Marilyn nunca murió. Se durmió durante un tiempo, pero aún así nosotros con Alejandro, que es el director y creador, ya habíamos hablado hace un tiempo para retomar ciertos aspectos del proyecto. Él quiere hacer una especie de docu fiction sobre el personaje y sobre cómo éste pasó por mí. Estamos removiendo la parte intelectual de la obra. Es bastante buena la idea porque fue un proceso fascinante ése y le dio un nuevo aire a mi carrera. Después de la Carmela de San Rosendo, la Marilyn Monroe es un buen salto. Entretanto hice muchas otras cosas también, pero sin duda hay un arco interesante y muy claro ahí, aunque nunca he sido ni tan Carmela ni tan Marilyn”, agrega.

«Después de la Carmela de San Rosendo, la Marilyn Monroe es un buen salto. Entretanto hice muchas otras cosas también, pero sin duda hay un arco interesante y muy claro ahí, aunque nunca he sido ni tan Carmela ni tan Marilyn”.

-Hablas del proceso y del giro que dio en tu carrera el haber interpretado a Marilyn Monroe. ¿Qué simboliza para ti ese personaje y cómo lo encontraste de alguna manera en ti?

-A poco investigar noté que había algunos aspectos en común entre ella y yo, partiendo por la edad. Yo soy un año mayor que la Marilyn Monroe: yo soy de 1925 y ella de 1926, eso ya me conectó de algún modo. Lo mismo el gusto por la lectura. Ella leía muchísimo y yo leo desde que mi hermano me enseñó a leer, a los 4 ó 5 años. Además, la Marilyn sufría mucho por su tartamudez. Le afloraban los nervios y tartamudeaba. Era muy tímida, y yo también lo soy. Eso nadie lo sabe. Cuando empecé a actuar y a cantar la gente me decía has esto o aquello, pero yo siempre supe lo que podía y lo que no podía hacer. Con el tiempo me empecé a dar cuenta que mi timidez se fue evaporando, y empecé a soltarme y a hacer otras cosas. Durante todo el proceso tuve esto muy presente y empecé a analizarme a mí misma. La Marilyn también lo vivió, aunque a otro nivel obviamente, pero canalizarlo a través de mí fue muy interesante. Y más aún porque yo nunca dejaba de ser la Carmen Barros arriba del escenario. Tampoco era Marilyn, más bien me desdoblaba en ella.

-Has mencionado un par de veces a la Carmela de San Rosendo en esta entrevista, y lo has hecho como quien habla de un peso, de una carga. ¿Lo fue para ti?

Yo siempre he dicho: sangre, sudor y lágrimas. Y sí, por cierto hablo del personaje con un peso. Yo nunca había visto un personaje como la Carmela en mi vida. Y parecía a simple vista muy sencillo, pero yo no tenía absolutamente nada de campestre. Ni siquiera conocía modismos chilenos, mucho menos del campo profundo. Yo quise muchas veces salirme del elenco de La pérgola. Sufría mucho porque además estaba rodeada de grandes actrices como la Ana González o la Silvia Piñeiro que lo popular les venía como anillo al dedo. Pero no a mí, y me costó muchísimo. Yo era muy amiga de Pancho Flores del Campo, el autor de la música y de las letras, y le dije: Pancho, no soy capaz de hacer esto. “Tú vas a ser capaz porque no hay otra Carmela”, me dijo. Las cosas simpáticas las podía hacer, lo encantadora del personaje, pero el idioma no me salía. Me hacía sentir falsa. “No, no estás falsa, estás bien”, me decía Eugenio Guzmán, el director. Una cosa es interpretar como actriz, y esa interpretación siempre se nota. Y otra es cuando el personaje logra pasar a través de ti. Y con la Carmela, a pesar de que es el personaje más famoso que hice, nunca lo sentí.

«Yo nunca había visto un personaje como la Carmela en mi vida. Y parecía a simple vista muy sencillo, pero yo no tenía absolutamente nada de campestre. Ni siquiera conocía modismos chilenos, mucho menos del campo profundo. Yo quise muchas veces salirme del elenco de La pérgola».

-Fuiste invitada también a participar en la obra de Rosita Serrano. ¿Fuiste amiga suya?

-Por la edad, no. Yo tenía 15 cuando ella tenía 24, entonces para mí la Rosita Serrano era una reina y yo una mocosa. Y sobre todo porque yo era muy mocosa a los 15 años. Yo tomé clases de canto con la mamá de la Rosita Serrano, doña Sofía del Campo. Así la conocí. Cuando volví a Chile prácticamente no se la conocía, y un poco porque a ella la plata no le interesaba y hacía cosas que estaban contra su misma carrera; se autoboicoteaba. Cuando yo estaba en Austria trabajando como cantante, iba a audiciones y me presentaba con mucho orgullo como chilena. “Gosita Seggano”, les decía yo a los alemanes (así, bien gutural), me miraban con una distancia y decían: “¿tan impuntual como la señora Serrano?» Para los alemanes es imperdonable la impuntualidad. Y en muchas partes me dijeron que no, que no les interesaba. “Si usted es como la Rosita Serrano, le decimos de inmediato que no nos interesa”. Había anécdotas que eran realmente fuertes: la Rosita podía dejar a un público dos horas esperándola en un teatro. Ella estaba convencida de que iba a seguir siendo la famosa cantante chilena durante la guerra en Berlín, pero eran otras ya las circunstancias. Ella decía que no salía de su casa antes de las 4 de la tarde y por esa razón no se mantuvo en Estados Unidos. Era una mujer caprichosa, muy diva.

-Este año se estrena en el Teatro Municipal una obra sobre Claudio Arrau, a quien también conociste. ¿Cómo lo recuerdas?

Era una personalidad fría la de Arrau. Yo creo que él era un hombre sencillamente muy ego, muy enfocado en su carrera. Más impresionante para mí era su mujer alemana, Ruth (Shneider). Ella fue donde mi padre porque Claudio estaba en América y ella estaba aún en Alemania, le había costado salir durante la Segunda Guerra. Ella le pidió ayuda a mi padre como embajador, pero él no podía ayudarla a salir. Lo que ella quería era hablar con Claudio. Era la década del 40 y llamar al extranjero era muy costoso. Nosotros teníamos un teléfono para llamar a Chile en la oficina de mi padre, y otro en el living de nuestra casa que prestábamos a gente más de confianza y cercana. Mi papá obviamente trajo a la esposa de Arrau a la casa para que pudiera llamarlo. Ellos no se veían hacía casi un año, recuerdo, y cuando la escuchamos hablar con él fue una cosa tremenda. Ella no le dijo mi amor ni cómo estás ni ninguna de esas cosas, alemana-alemana a más no poder, muy concreta, le dijo: Claudio, viajo tal día, a tal hora, tienes que estar allá y así. Eran muy singulares los dos. Con lo frío que era Arrau, nos constaba que quería mucho a Ruth. Él solo quería verla y que se reencontraran.

“REZO PARA QUE LE VAYA BIEN AL PRESIDENTE BORIC”

“Leo el diario y veo noticias en televisión todos los días Me mantengo siempre muy atenta e informada porque me interesa mucho lo que está sucediendo hoy en el país”, dice la actriz.

-El presidente Gabriel Boric tiene poco menos de un tercio de tu edad. ¿Qué te parece tener un presidente tan joven?

-Yo estoy muy contenta. Me parece un presidente muy apropiado para el país en que vivimos hoy. Rezo para que le vaya bien al presidente Boric, porque ha tenido un primer mes y un inicio bastante poco agradable y porque hay mucha gente muy dispuesta a no dejarlo tranquilo. Lo encuentro cruel, tonto y antidemocrático. ¿Qué sacan con eso? Lo que importa es Chile, el país es lo que importa, y si escogimos y tenemos a un líder para este periodo de nuestra historia, considero que deberían tener la decencia de dejarlo gobernar. Está partiendo; lo veo muy enérgico, muy seguro, y está bien que sea así.

«Me parece un presidente muy apropiado para el país en que vivimos hoy. Rezo para que le vaya bien al presidente Boric, porque ha tenido un primer mes y un inicio bastante poco agradable y porque hay mucha gente muy dispuesta a no dejarlo tranquilo. Lo encuentro cruel, tonto y antidemocrático. ¿Qué sacan con eso?»

-Dices que es un presidente apropiado para el país en que vivimos hoy. ¿Cómo ves a este país?

Chile se ha vuelto un país muy interesante, quizás el más interesante de Latinoamérica junto a Brasil y Argentina, entre otros motivos por los fenómenos sociales que se han dado. Lo que fue el estallido social en Chile provocó todo el proceso de cambios que estamos viendo ahora y que viene de un proceso largo después de la dictadura. Ya llevamos una serie de presidentes que han estado gobernando en un país quizás no tan tranquilo, pero sí estable políticamente y que socialmente también ha cambiado en algunos aspectos.

-¿Cuál ha sido el más notorio para ti?

-Antes en este país se hablaba sólo de ricos y pobres, y hoy parece haber una clase o un sector medio cada vez más grande y que ha incorporado también a otros sectores medios en los que hemos encontrado el diálogo y el consenso. A mi modo de ver, estamos viviendo en un país que es muy hermoso, que se las ha arreglado muy bien siempre en malos momentos, con algunas excepciones, pero aún así tenemos un país de muchos buenos atributos y puntos a favor. Tenemos que aprender a respetar las cosas como van funcionando sin creer que esto es lo mejor que existe. Y tenemos que seguir siempre viendo qué más se puede hacer por este país. Chile es un país extraordinario, desde la variedad climática y de paisajes que tiene, hasta quienes lo habitamos hoy, ¿no? Somos más diversos que nunca, y ese es un gran valor para el futuro. Hay cosas que nunca cambian, eso sí, como la flojera por ejemplo. E históricamente, los chilenos hemos sido un poco flojos.

«Chile es un país extraordinario, desde la variedad climática y de paisajes que tiene, hasta quienes lo habitamos hoy, ¿no? Somos más diversos que nunca, y ese es un gran valor para el futuro. Hay cosas que nunca cambian, eso sí, como la flojera por ejemplo. E históricamente, los chilenos hemos sido un poco flojos».

-Creciste en varios países arrancando de la guerra en Europa. ¿Qué recuerdos y mirada tienes de lo que está sucediendo con la invasión de Rusia en Ucrania?

-Todo lo que está pasando en Ucrania me ha preocupado muchísimo. Putin es casi tan espantoso como Hitler. Y es una pena, porque yo creo que los rusos se merecen algo mejor, pero está visto que siempre están mortificándose y mortificándonos por su falta de cultura, diría yo, porque fue un país tan culto hace dos siglos. De pronto por haberse encapsulado tanto, por no haberse abierto al diálogo con otros, surgen estos fanatismos. Eso es muy doloroso. Con artistas, músicos y novelistas tan extraordinarios como los que tienen, qué pena que no encuentren salida.

Carmen joven, caracterizada como la Carmela de San Rosendo, en el 60, en un retrato que mantiene en el living de su casa. Crédito: Pedro Bahamondes.

-¿Cómo definirías este momento de tu vida, Carmen?

Estoy en el comienzo de un final, obviamente, y lo estoy asumiendo y disfrutando. Para mí es algo completamente natural. Lo único que pido siempre es que ojalá sea lo más tranquilo posible. Yo odio a la muerte. No le temo, la odio. Me parece que si estamos aquí es porque la vida hay que vivirla, pero por otro lado tengo también la base mía de la creencia y la fe, y tengo la certeza absoluta de que me voy a encontrar con la gente que quiero. Eso también me levanta. ¿Y qué tal si no fuera así? Sería igualmente terrible, o nada, pero yo tengo mucha fe. La muerte para mí no es sino el fin de esto y el inicio de otra cosa que es obviamente maravillosa y quizás mejor.

«Estoy en el comienzo de un final, obviamente, y lo estoy asumiendo y disfrutando. Para mí es algo completamente natural. Lo único que pido siempre es que ojalá sea lo más tranquilo posible. Yo odio a la muerte. No le temo, la odio«.

También puedes leer: Hijos de Isidora Aguirre y los sueños incumplidos de su madre: “Deseaba que le dieran el Premio Nacional para vivir con dignidad”


Volver al Home

Notas relacionadas

Deja tu comentario