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22 de Octubre de 2022

Columna de Eduardo Toro: la longevidad traspasa generaciones

Agencia Uno

"Asimilar nuestro envejecimiento es un proceso que nos obliga a enfrentar cambios, sociales, físicos y mentales, los cuales, principalmente por prejuicios errados y nociones que hemos construido, los asociamos a concepciones negativas. Pero no tiene por qué serlo:  ser mayor no es y no puede ser sinónimo de vergüenza o de exclusión social", afirma el autor.

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Vivimos la revolución de los mayores. En el último siglo, la esperanza de vida en el mundo se duplicó. En el caso de Chile, un quinto de la población corresponde hoy a personas de 60 años o más (CASEN 2020), proporción que para el 2050 alcanzará un tercio del total de habitantes del país, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas publicados en septiembre de este año. Así, y justamente en el Mes de las Personas Mayores, es importante entender que la longevidad no es un tema que impacte solamente a los mayores de 60. El envejecimiento poblacional es un proceso que nos involucra a todos: cada día envejecemos, y mientras antes lo asimilemos, más rápido será la transformación social hacia un Chile para todas las edades. 

Vivir más no es el problema, sino que el cómo lo estamos enfrentando como sociedad. Un porcentaje importante de los chilenos no está familiarizado con la vejez, ni menos con su propio proceso de envejecimiento. Cómo nos preparamos para nuestra vejez, más allá del debate por las pensiones, no es tema en la agenda pública, ni en conversaciones sociales, planificaciones laborales o instancias familiares. Muy por el contrario, la cultura anti-envejecimiento ha posicionado este proceso natural como algo que debemos evitar o revertir; una batalla que evidentemente comienza estando perdida. 

Asimilar nuestro envejecimiento es un proceso que nos obliga a enfrentar cambios, sociales, físicos y mentales, los cuales, principalmente por prejuicios errados y nociones que hemos construido, los asociamos a concepciones negativas. Pero no tiene por qué serlo:  ser mayor no es y no puede ser sinónimo de vergüenza o de exclusión social. Envejecer no debiese acarrear bajos estados de ánimo, altos niveles de ansiedad, disminución de la participación social, y tantos otros pesares que erróneamente asociamos a la edad.

¿Por qué es necesario que la longevidad traspase generaciones? Primero, porque tomar conciencia y hacernos cargo de esta sociedad que envejece es un desafío que no parte a los 60 años y que, por cierto, nos debiese importar a todos: Estado, empresas, academia, medios de comunicación y la sociedad en su conjunto. Y segundo, porque necesitamos cambiar de mirada y entender que la vejez es la suma de las decisiones que tomamos en la vida. Debemos tomar conciencia sobre cómo nuestras acciones y hábitos influyen en la calidad de vida que tendremos en la vejez. La ciencia lo ha dicho: la alimentación, deporte o reducir el estrés, son algunos de los factores protectores y preventivos. Asimismo, las redes de apoyo y los vínculos que construimos también son parte fundamental para nuestro bienestar en la vejez. Un estudio de la Universidad de Harvard demostró que la soledad es incluso más nociva que fumar; y esto es aún más preocupante cuando nos enteramos de que en Chile el 53% de las personas mayores siente soledad, y que una de cada cinco se siente aislada o excluida por los demás, según el Estudio de Inclusión y Exclusión Social de SENAMA y la U. de Chile.

Esto explica por qué el cambio cultural es urgente: el edadismo, viejismo, o discriminación por edad, funciona también como una profecía autocumplida para los más jóvenes. Según un estudio de la Universidad de Yale, que analizó la percepción sobre el envejecimiento de personas de 18 a 49 años durante 40 años, se descubrió que aquellas que tenían una noción negativa de la vejez vivían 7,5 años menos que quienes no. Estos prejuicios y estereotipos asociados a la edad no son algo que debiese sorprendernos, es entendible que tantos vean el envejecimiento como un proceso indeseado, porque así lo hemos posicionado y absorbido a lo largo de nuestras vidas. Y es que el viejismo comienza desde edades tempranas; el Informe Mundial sobre Edadismo (ONU-OMS, 2021) calcula que desde los 4 años los niños comienzan a internalizar prejuicios y estereotipos de la vejez presentes en los medios de comunicación, programas infantiles y en conversaciones diarias.

La discriminación por edad es aún una discriminación naturalizada, y de las pocas socialmente aceptadas. Es común enfrentar situaciones y reacciones donde: cuando a alguien se le olvida algo, “los años le están pasando encima”; si no quiere salir, “se está poniendo viejo”; o si no se tiñe las canas, “no se cuida ni se quiere”. Y peor aún, si sale a hacer algo distinto, “ya no está en edad para eso”; cuando se ve bien, “no parece persona mayor”; o si hace deporte regularmente, “quién diría que tiene más de 60”. ¡Claro que es fácil pensar que ser mayor no tiene gracia si tenemos prohibido asociar la vejez con disfrutar la vida! Y este es un fenómeno que también se da en las personas mayores hacia sí mismas: “ya no estoy en edad para eso”; “un poco de maquillaje para disimular mi edad”; “prefiero no molestar”; y así, fruto de los prejuicios con los que han crecido, varios se van marginando, dejando de aprender, auto excluyéndose y privándose de ser parte de la vida social.

Perdemos una inmensa oportunidad cuando no damos valor a la experiencia y resiliencia que solo una vida puede entregarnos. En el marco de la Década del Envejecimiento Saludable de la ONU, el organismo sugiere avanzar hacia espacios de encuentro y participación social entre todas las edades. El modelo intergeneracional no solo beneficia a la persona mayor, sino que también a los niños y jóvenes, que encuentran en el adulto un referente, lo que les permite proyectar su propio proceso de envejecimiento de una manera positiva y saludable, combatiendo así los estereotipos negativos de la vejez que perciben desde su niñez. 

Los mayores de hoy son quienes nos llenan de esperanza a los mayores del futuro, pero son también el ejemplo que nos debe inspirar a cambiar nuestro errado paradigma autoimpuesto de que ser mayor es algo de lo que tenemos que renegar. El llamado es a tomar conciencia de que cualquier cambio social -y también personal- comienza por uno mismo, y de que el envejecimiento de la población es un desafío de hoy y no del mañana. Sumándonos todos a esta revolución de la longevidad de la cual ya somos parte, podremos construir, juntos y entre todas las generaciones, un país realmente de todos, donde la edad no venga acompañada de la sensación de soledad ni del miedo a la exclusión, para que así, aunque quizás no podamos darles más años a nuestras vidas, al menos sí podamos, a cada uno de esos años, darle la mayor y mejor calidad de vida posible.

*Eduardo Toro, director ejecutivo Fundación Conecta Mayor UC

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