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Fotos: Felipe Figueroa

Entrevistas

20 de Julio de 2024

Antonia Zegers y las “conquistas” del feminismo: “Creo que incluso muchos abusadores se están reeducando y podrían tener conductas distintas en un futuro”

La premiada actriz de “El castigo” vuelve este fin de semana a las tablas en “Una mujer llena de vicios”, en el Teatro Nescafé de las Artes, un “juego teatral” a partir del libro “Teoría King Kong” (2006) de Virginie Despentes, título clave del feminismo contemporáneo. Coprotagonizado junto a Patricia Rivadeneira, el montaje es un descarnado diálogo sobre sexo, prostitución y pornografía, y una reflexión acerca del postergado derecho de las mujeres al placer. “El texto era controvertido hace 20 años, y lo sigue siendo”, asegura la intérprete, quien habla de este nuevo arrojo al escenario y analiza los cambios y replanteamientos que trajo la reivindicación feminista de los últimos años, partiendo por sí misma. Hace poco grabó también su primera película en Europa y vivió tres meses en Barcelona con sus hijos: “Siento cada vez menos miedo y la confianza para correr más riesgos en mi trabajo y en la vida”, dice.

Por Pedro Bahamondes Chaud
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Cuando Antonia Zegers (1972) era pequeña, acompañaba a su abuela al desaparecido Teatro Hollywood, en la comuna de Ñuñoa. Su nombre era Alicia Salbach y en esa época era la productora de Tomás Vidiella y del exitosísimo “Cabaret Bijoux”, el controvertido montaje estrenado en 1976 en que el fallecido actor y director interpretó por primera vez a un travesti en tablas locales. Se vendían 600 entradas diarias que había que contar y cortar, y Salbach asignaba esa tarea a su nieta y futura actriz con una condición: tenía estrictamente prohibido ver lo que sucedía sobre el escenario. 

“Trataba de asomarme siempre y me cerraban la cortina para que no mirara, porque la obra era para mayores, con vedettes. Estoy segura de que eso provocó algo y que ese algo me convirtió en actriz. Y cada vez que estoy en el teatro, pienso en mi abuela, en que fue ella quien provocó en mí la primera curiosidad por ese algo que estaba prohibido, porque fui hasta eso apenas pude. Fui a correr esa cortina por mí misma”, cuenta Antonia Zegers en un café en el límite de Ñuñoa con Providencia, al que llega en bicicleta.

La intérprete de 52 años recién cumplidos y una de las figuras más destacadas del cine chileno –con roles protagónicos en premiadas películas como “El club”, “No”, y “Los perros”– acaba de correr nuevamente el telón y de volver el escenario tras su aclamada actuación en el monólogo “Girls & Boys” (2022). 

Desde ayer, y hasta el domingo 21, Zegers estará con una fugaz primera temporada de “Una mujer llena de vicios”, montaje basado en el libro y ensayo biográfico “Teoría King Kong” (2006), de la autora francesa Virginie Despentes, uno de los títulos fundamentales del feminismo contemporáneo. La actriz no había leído el texto de Despentes, hasta que Patricia Rivadeneira –quien ya había participado en una adaptación argentina y parcial del libro– se lo obsequió y la invitó a formar parte del proyecto. El equipo artístico lo completan Manuela Oyarzún en la dramaturgia y Alexandra Von Hummel en la dirección. 

En el afiche promocional de la obra, Rivadeneria y Zegers aparecen vestidas de trajecito Chanel de dos piezas, sentadas con las piernas abiertas y con el labial corrido y chorreando por sus labios. Una provocación a primera vista, asegura esta última.  

“Esta obra es un juego teatral de absoluta libertad sobre ‘Teoría King Kong’, un texto teórico en primera persona, que está lleno de teoría y que al mismo tiempo cuenta una historia dura. A la Ale Von Hummel se le ocurrió este imaginario con dos mujeres vestidas de Chanel, hablando de prostitución y de pornografía, que es, a mi juicio, genial y provocador, y que también le tuerce la mano a lo que uno esperaría. Te hace resituarte en el presente de lo que estás viendo y no de las expectativas que tienes con respecto al texto. Hay espacios más dialogados a ratos, entre dos mujeres que son una sola voz, a  la vez, o una especie de ‘mujer pulpo’, como le decimos también, con cuatro manos y cuatro piernas. Un ‘engendro femenino’”, comenta la actriz.

¿Qué desafío le supone estar nuevamente en el teatro?

—Nunca me he ido del teatro. Quizás he estado haciendo mucho audiovisual, pero nunca me he ido. Me formé estudiando teatro en la escuela de Gustavo Meza y el primer principio de nuestro oficio es desconfiar de la primera lectura de un texto dramático. Por eso repetimos y ensayamos un texto durante dos meses, cinco días a la semana, cuatro horas diarias. Esa es la primera gran lección que te enseña el teatro y aplica para todo. Es un ejercicio muy necesario, nutritivo, e intento seguir ejerciéndolo por lo mismo. 

Algo que me apasiona mucho del teatro y de hacer teatro, es el hecho de que está vivo. Nunca soy la misma sobre el escenario. Soy distinta biológicamente cada noche, en cada función. Y no lo digo esotérica o metafóricamente. Biológicamente somos distintos. Cada célula es distinta al día siguiente, a la hora siguiente. En cada instante estamos cambiando. Heiner Müller tiene un ensayo alucinante en el que dice que alguien se puede morir durante la función de una obra. Siempre está ese riesgo. Y antes de eso, se puede caer un foco, puede temblar, un señor puede tener un ataque de asma o se te puede olvidar el texto. 

¿Cómo fue su aproximación a “Teoría King Kong”? 

—No conocía el texto de Despentes, fue la Paty Rivadeneira quien me lo mostró cuando la invitaron a hacer el monólogo en el montaje argentino. Me dijo: léete este texto, que está súper bueno. Lo leí y, efectivamente, me pareció muy interesante, apasionante y deliciosamente bien escrito, con desparpajo y a la vez con una cercanía muy íntima. Es una especie de ensayo de memoria que los franceses trabajan harto también hoy día en la ficción. Está Emmanuel Carrère, Annie Ernaux.

Virginie Despentes instala un pensamiento que es bastante controvertido, y de una manera que es entre respetuosa y descarnada al mismo tiempo. Era controvertido hace 20 años y lo sigue siendo: una mujer violada en su adolescencia, que luego se prostituye y es una especie de reafirmación y de reivindicación, al mismo tiempo. Ella lo dice. “Una indemnización en billetes por lo que me habían arrebatado con tanta brutalidad”. Es muy bonito, porque ella hace una especie de camino del héroe para recuperar un cuerpo y un imaginario a través de la prostitución y un imaginario sexual a través del porno.

El texto reflexiona también sobre la condena al trauma de violación, que es un tema poco abordado siempre. 

—Sí, es un tema duro y parte del estigma de la violación es que es algo de lo que tú no te debes poder reponer nunca. Despentes hace aparecer a Camille Paglia, otra feminista tanto o más incorrecta que ella, y que dice: ‘bueno, si te violaron, levántate’. Esa es una subversión total al mandato. Aunque sepas que te pueden violar de nuevo, Paglia dice que entonces hay que estar preparada para eso. Virginie Despentes pone el cuerpo en una experiencia muy potente, primero a la fuerza y luego voluntariamente, y genera una mirada frente a eso y una especie de manifiesto feminista nuevo, también. Nuevo, porque tiene muchas esquinas nunca antes nombradas. 

¿Cómo cuáles?

—Bueno, en el feminismo más conservador hay una especie de zona muerta con la prostitución. Compadecen a las prostitutas y creen que todas preferirían trabajar en otras cosas y no necesariamente es así. Muchas sí lo quieren. Esa es la esquina de Virginie Despentes. 

Ella analiza en su texto cuánto de ese machismo salvaje sigue presente en contextos más “progresistas”. ¿Cómo lo ve usted?

—Hay algo bonito en el texto y que me interpela mucho, y es que dice que el machismo es una trampa para hombres y mujeres. El machismo finalmente es una trampa que prepara a las mujeres para tener hijos y a los hombres para ir a la guerra, para beneficio de muy pocos. Entonces, una salida del patriarcado nos podría liberar a mujeres y hombres de nuestras exigencias sociales, de esas piedras de Sísifo que tenemos que acarrear históricamente. La rebeldía que propone Despentes es también una invitación a una nueva conversación también, y de la que me gustaría que fuesen todos y todas más parte. Creo que el cambio profundo se va a dar en una conversación que interpele a hombres y mujeres. 

En 2007, Antonia Zegers trabajó por primera vez junto al dramaturgo y Premio Nacional Ramón Griffero en la obra “Fin del Eclipse”. Se quedó, hasta hoy, con una frase que la actriz pronuncia ahora: “Solo lo que se nombra, existe”.

“Crecí en una sociedad donde el abuso no tenía nombre, la violación no tenía nombre. Muchas cosas no lo tenían. Hubo una época en que las mujeres no tenían verbo ni abecedario ni el puente para decir ‘esto es un abuso’. Hoy yo veo a mis hijos articulados con palabras y eso es un gran avance, aunque todavía hay muchas diferencias. Los derechos no se conquistan para siempre. Hemos visto en la historia de la humanidad cómo se avanza y se retrocede constantemente, y es importante decir las cosas por su nombre, pues son derechos que hay que conquistar y refundar a diario. Y en eso estamos, todo el tiempo.

Y dentro de su ambiente de trabajo, ¿ha percibido también cambios, avances después de los casos de Nicolás López y otros?

—Te vuelvo a decir: solo lo que se nombra existe. Partí trabajando en un mundo en el que uno sobrevivía y se sacaba de encima episodios de abuso o de acoso con astucia y resiliencia. Hoy día eso tiene un nombre y es mucho más fácil detectar si es que ocurre, tanto para el abusador como para la persona abusada. Esto me parece súper relevante: los códigos existen no solo para las víctimas, sino también para los posibles y potenciales victimarios. En el minuto en que algo se nombra y que una convivencia se limita, cambian los códigos y les sirve también a posibles abusadores o abusadoras para medir sus actos. 

A mí me interesa que la conversación sea entre hombres y mujeres. No me interesa solamente decir ‘ellos son los malos, tienen que reeducarse’, sobre todo ahora que hay un puente posible y que ya todos estamos al tanto de lo que se puede y lo que no se puede hacer. Creo que incluso muchos abusadores también se están reeducando y podrían tener conductas distintas en un futuro, como las que posiblemente van a tener quizás abusadoras o abusadores en potencia hoy día, que el abuso es un delito y que tiene un nombre que ya todos conocemos. 

Nuevas latitudes

Mientras cosechaba diversos premios internacionales por su magnífica actuación en la película “El castigo”, de Matías Bize –en los festivales de cine de Lima, Beijing y Tallinn, Estonia–, Antonia Zegers retomó su agenda y viajó a filmar dos películas al extranjero durante 2023. La primera, “Los domingos mueren más personas”, de Yair Said, la tuvo un par de semanas en Buenos Aires, aventurándose con el acento porteño y en la historia de un joven que regresa desde Europa a la capital argentina y a la tormentosa vida de su familia. La película debutó este año en la ACID del último Festival de Cannes, la sección paralela a la competencia más joven del certamen.

“La ensayamos previo al rodaje por Zoom, porque yo hago a una porteña y el gran desafío era empatarme con Rita Cortese, que es una porteña–porteña. Yo tenía que tener el mismo acento”, cuenta Zegers. 

“Llegué el día antes para probarme el vestuario y al día siguiente ya estaba filmando un personaje que habíamos encontrado así, con una confianza y entrega total de que iba a ser posible. Esa película la hice el primer semestre”, acota.

Antonia Zegers pasó la segunda mitad del año en Barcelona, en un rodaje que tomó tres meses. Partió junto a sus dos hijos, Juana y Pascual, de 17 y 14 años –hijos también del cineasta Pablo Larraín–, y se instaló en un barrio tranquilo de la ciudad española, donde además se matricularon para seguir con sus estudios y probar la vida en otro escenario, algo con lo que la actriz fantaseaba hacía tiempo. 

Allí filmó “Los tortugas”, segunda película de la directora catalana Belén Funes, y donde interpreta a Delia, una taxista chilena que lleva veinte años viviendo en España. “Se enamoró de un andaluz y se va a vivir allá. Y ahí ando, con mi taxi. Es una historia de una madre y una hija. La mujer enviudó hace un año y se ve el camino que recorre para poder nombrar y llorar la muerte del marido”, cuenta la actriz. Sin fecha de estreno, el filme se encuentra en postproducción. 

“Es una película muy femenina, muy íntima y que para mí fue muy lindo hacer”, señala Zegers. “También fue un sueño hecho realidad poder moverme con mi familia, con mis hijos, y que fueran a un colegio allá y probar la posibilidad de empezar a moverme más y trabajar fuera. Cuando eran más chicos, me parecía súper difícil y ahora fue no solo posible sino muy enriquecedora la experiencia, tanto para ellos como para mí”, agrega.

Un año antes, la actriz había viajado también a grabar una película a Canadá, titulada “Cosmic Dawn” (2022). No tenía trazado un plan, pero los caminos se han ido abriendo cada vez más para ella, dice. 

“Nunca planeo mucho y eso me ha permitido estar súper alerta a lo que hay, a lo que pasa, y no salir corriendo como un galgo detrás de un conejo. Nunca me he sentido así”, dice Antonia Zegers.

“Entré a estudiar teatro para correr esa cortina que no me habían dejado correr de niña, y quería ser buena actriz de teatro al principio. Después, obviamente, empecé a ir a castings a la tele porque quería irme de mi casa, vivir sola y tener plata para eso. Vivir de esto tampoco es fácil. Mi abuela, que conocía bien el medio, me decía que estudiara otra cosa (ríe). Y no desde el prejuicio, sino desde la realidad. Ella fue mi mejor pública”, define.

Actualmente, Antonia Zegers está en el rodaje de la ambiciosa serie basada en “La casa de los espíritus”, de Isabel Allende, que codirigen Francisca Alegría y Andrés Wood, y el próximo año volverá a trabajar con Marcela Said en su nueva película, “El puma”, que se grabará durante 2025 en el sur del país. 

Va a cumplir 30 años de carrera el próximo año. ¿Cómo define o evalúa este momento de su vida? Tanto a nivel personal como profesional. 

—Me cuesta definir un momento. Lo sé para atrás, pero no en el presente. Estoy trabajando, estoy contenta, en una especie de momento delicioso con mi carrera. Quizás tiene que ver con que llevar todo ese tiempo trabajando hace que uno pierda varios miedos. Entonces, se puede habitar quizás con más libertad, más goce. 

Con los años he aprendido a desprenderme del miedo. No solo el miedo típico de este oficio, que es qué va a pasar, si voy a tener trabajo o no lo voy a tener. También da coraje para enfrentar a los personajes. Pasa el tiempo y siento cada vez menos miedo y una confianza que me permite correr más riesgos en mi trabajo y en mi vida. Eso se lo debo al tiempo, a la edad que tengo. 

Probablemente, el rol que le ha dado mayor reconocimiento internacional sea el de la madre en “El castigo”, de Bize. ¿Cómo fue para usted asumir ese rol?

—Cuando Matías me pasó el guión de “El castigo”, que fue escrito por Coral Cruz, una catalana talentosísima, lo leí y apenas lo terminé, le dije: yo puedo hacer esto. Pero no se lo dije como una actriz que dice que puede hacer cualquier cosa, sino como una mujer que sabe exactamente lo que le pasa a esa mujer y a esa madre. Ni siquiera fue algo tan racional, solo lo sentí y dije: vamos, porque puedo y porque quiero hacerlo”. 

Creo que esa fue la primera vez que sentí que estaba asumiendo un desafío y un riesgo artístico fuera de los márgenes de mi oficio. Fue algo que me interpeló personalmente; la violencia de esa madre, su falta de verbo, las sentí. ¿Qué habría pasado si esa pareja hubiera podido conversar antes? Porque el tipo era un buen tipo, no era un machista, así como el que llega a la casa a golpear la mesa. Era un tipo que hacía lo mejor que podía. También, dentro de sus capacidades y limitaciones. Entonces, sentí el lugar interno de ella. Lo sentí con mucha fuerza. 

Usted ha protagonizado varias de las películas más premiadas del cine chileno de los últimos años y ha dicho que no comparte que se hable de una “industria” como tal. ¿A qué se refiere con eso? 

—No tiene que ver solo con la cantidad de producciones, cuando se habla de industria se habla también de fondos y recursos. Y los fondos y recursos destinados al cine en Chile es, en realidad, un solo fondo concursable al año. La presencia del cine chileno en el mundo es bastante potente y marcadora. En todos los festivales ‘clase A’ hay una película chilena y es súper loco, porque cuando me preguntan la cantidad de estrenos que hay al año en Chile, en relación a otros países, es bajísima. Lo mismo la cantidad de fondos asignados, no dan, y es falta de políticas públicas. Sin las coproducciones, no se podría tener la cantidad de películas que tenemos, que ya son pocas. Pero bueno, así nos toca. 

Somos un país muy chico también, y eso hay que entenderlo y aceptarlo. Y desde esa pequeñez, desde esa cordillera y el mar sale nuestro imaginario. Pero no, industria no tenemos. No tenemos un aparataje o un modelo para levantar fondos y que permita buscar expeditamente fondos particulares. Los tiempos de producción tampoco hablan de industria: una película que sobrevive solo con fondos nacionales, puede tardar hasta diez años en llegar a la pantalla. 

¿Tiene algún sueño o aspiración como actriz? ¿Interpretar algún papel, trabajar con algún director/a?

—Sueño con no parar de trabajar y con seguir sintiéndome empujada a lugares que no conozco, a proyectos que me desafíen, que me den vértigo. Me encantaría hacer algo de ciencia ficción, así como “Caso 63”. Es un género que, como espectadora, me gusta mucho, y que toca muy poco hacerlo como actriz, porque se hace poco también aquí, porque es bastante alto el costo.

Me apasiona mucho la idea de seguir actuando. No se me ha quitado ni una gota la excitación, el deseo y la pasión por mi oficio. Quizás, por eso todavía me cuesta mirar para atrás y hacer evaluaciones, porque siento una excitación casi todavía infantil con mi trabajo. Algo en mí se revoluciona cada vez que me lanzo a un nuevo desafío. 

Y en el futuro, ¿piensa?

—No mucho. Futuro cercanito, nomás.

“El aborto es un derecho”

“Mi papá, que es científico –el connotado ginecólogo Fernando Zegers–, siempre me decía que no había nada peor que los principios. Porque los principios son todo lo que está antes de tu capacidad de pensar, y no debería haber nada antes de eso”, dice Antonia Zegers. La actriz valora que el gobierno haya vuelto a poner el aborto al centro de la discusión, aunque considera que podría chocar con la pared de siempre. 

“El aborto es un derecho. Y los derechos de las mujeres se han conseguido todos peleando. Si podemos votar, fue porque las feministas de esa época lucharon. Si nos podemos separar de nuestros maridos es porque otras lucharon por eso. Si podemos tomar anticonceptivos y la píldora del día después, fue gracias a un grupo de mujeres y feministas que impulsaron esa lucha. Ganar autonomía sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra vida, ha sido siempre a costa de luchas. Entonces, claro que es un derecho, sobre nuestra vida y nuestro cuerpo. Me parece sencillamente descabellado y ofensivo que aún haya quiénes decidan si podemos abortar si es que nos violan, que es el caso más extremo”, dice la actriz.

“Hay sectores que demonizan el aborto como si fuera algo simple y liviano. Para nadie es simple abortar. Pesa más la eterna discusión en torno al origen de la vida donde no hay argumento posible que derribe esa muralla de la fe. El tema de cuándo se origina la vida, si a las tres o las cuatro semanas de la fecundación, es un problema filosófico que viene desde Grecia y una discusión dinámica que no tiene respuesta. Sí más encima está la religión cruzada, no hay cómo entrar ahí”, agrega.

“Hay que escuchar para abrirse a pensar, algo que hoy en día se hace poco. Hace muy bien, creo yo, para generar conversaciones y contenido sano. Yo no sé cuántos están dispuestos a abrirse a escuchar. En Chile, el aborto es una agenda que lleva años siendo empujada y que sigue entrampada en la negativa de algunos a abrirse a escuchar y abrirse a ese espacio de diálogo. Que lo tome el actual gobierno, es hacerse cargo de lo que se pasa en la calle. El aborto está en la calle hace varios años”.

—¿Está desconectado el gobierno y la política de lo que pasa en la calle?

—Bueno, en Chile ha sido difícil siempre, y más desde el estallido en adelante, que no se logró el pacto social que necesitábamos. No estuvo el horno para esos bollos, parece (ríe). Para esos deliciosos bollos. En Chile se perdió la capacidad de conversar. Conversar en el sentido profundo de la palabra.

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