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Opinión

20 de Julio de 2024

Columna de Hugo Herrera: Volcarse al pueblo y a la tierra

Por Hugo Herrera

Hugo Herrera, columnista de The Clinic, escribe sobre cómo plantar árboles y leer más traería consecuencias positivas para el país, y sobre las fuerzas colectivas de transformación efectiva de la realidad. "¿No podría exigírsele a la generación que egresara de la Escuela o dentro de ella o a quienes se inician en el servicio militar, aprovechando el impulso edificante, ir dos, tres meses a plantar árboles, sarmientos, cultivos, a canalizar e instalar plantas desalinizadoras, para hacer surgir vergeles donde hoy hay desierto?", escribe.

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¿Qué tal si de pronto apareciesen una, diez, cien avenidas con veredas anchas, muy anchas, acompañadas a la vez de largas filas de árboles gigantes? Avenidas que, tras varias cuadras, llegasen a plazas amplias, verdes, tuteladas por hermosas esculturas y piletas que lanzasen generosos chorros de agua, donde los niños pudiesen jugar en el verano. ¿O si de repente surgiese un sendero largo y complejo, bien señalado, que permitiese recorrer a pie el territorio completo, con seguridad, puestos de apoyo, refugios, mapas camineros y libertad de paso inocente? 

Werner Herzog dice en su último libro, publicado este año y titulado El futuro de la verdad, que una de las maneras de aspirar todavía en nuestra época a una vida auténtica consiste en caminar, ir a pie de un lado a otro, paisanamente, en contacto con los elementos. El sendero de Chile podría ser una manera eficaz de realizar esa indicación.

Además, Herzog recomienda leer libros. Libros, no folletos, no papers o escritos cortos. Libros largos, donde el trazo del argumento fundamental sea extenso y exija una concentración persistente del lector.

¿Qué ocurriría si un día la Escuela chilena decidiese prohibir los “teléfonos inteligentes”, poner fin a la dispersión infinita de las materias, para concentrarse en una enseñanza basada en grandes obras literarias? En libros de buenas editoriales y ediciones cuidadas. Pocos libros, pero conmovedores según las edades, profundos, largos, clásicos. El corsario negroLas mil y una nochesSandokánFrankensteinLa inquilina de Wilfeld Hall, el QuijoteCien años de soledadJude el obscuroValparaíso ciudad del vientoLa montaña mágicaEl juego de los abalorios…

Foto: AgenciaUno.

¿No podría exigírsele a la generación que egresara de la Escuela o dentro de ella o a quienes se inician en el servicio militar, aprovechando el impulso edificante, ir dos, tres meses a plantar árboles, sarmientos, cultivos, a canalizar e instalar plantas desalinizadoras, para hacer surgir vergeles donde hoy hay desierto? O llevarlos a preparar sistemas de cultivos en Aysén, ayudar a ejecutar programas de colonización en el sur.

Imagínese que estudiar ingeniería civil significase que los estudiantes debiesen colaborar, a modo de práctica bien planificada, en los proyectos de fabricación de fragatas de la Armada. O de armamento de tierra, en el Ejército. O de aviones de entrenamiento o incluso de combate.

Chile fabricó, pocos años atrás, armas altamente sofisticadas, bombas de racimo, vehículos acorazados, helicópteros. De la complejidad de la industria de armamentos se sigue la complejidad de la industria de la paz. Quizás podríamos finalmente dejar de pensar en el litio o el hidrógeno verde como especies de manás que caerán del cielo, y comenzásemos a entender que el desarrollo económico consiste, eminentemente, en la adquisición y ejercicio de capacidades y fuerzas colectivas de transformación efectiva de la realidad.

Piénsese en que se decidiera poner un centro de estudios superiores de excelencia. Un auténtico centro de estudios superiores de excelencia: con quinientas plazas de profesores (nada mezquino como las universidades a goteo que creó Bachelet) y eso en cada capital regional. Un centro ligado estrechamente al potencial productivo del suelo respectivo. Diversificando y vigorizando culturalmente al territorio nacional.

Que cada capital regional se volviese, de ese modo, como se dice, un verdadero polo de desarrollo, un foco de luz, un enriquecedor de las conversaciones y la vida cultural y social, de tal manera que los intereses y el debate se movieran con claridad allende las necesidades y los intereses más rasantes.

¿Qué esperar si, además, se tirasen masivamente líneas férreas a lo largo y ancho del territorio, se echase a andar un tráfico denso de trenes, y pusieran caminos, carreteras, puertos y puentes allí donde todavía faltan?

¿No cabría prever que, luego de instauradas las mentadas medidas, en plazos medianos, terminara aconteciendo un desarrollo decisivo del país en un sentido cultural, educativo, urbanístico, agrícola, económico, dicho de otro modo: un despliegue integral del pueblo y el territorio?

El asunto que desconcierta es que no se trata de producir cohetes a Marte o reactores nucleares, ni de transformar la enseñanza secundaria en estudios avanzados de física cuántica. Los adelantos mentados son mucho más modestos.

Se trata eminentemente de bases sobre las cuales montar el despliegue del país. Bases que están ahí, al alcance de las capacidades de pensar y producir actualmente existentes. Ciertamente: no todas las iniciativas funcionarían bien y habría que corregir o enmendar en el camino. Pero ese movimiento, ese vuelco de la consciencia del país hacia las fuerzas efectivas del pueblo y de la tierra, marcaría una dirección que, en lo general, sería capaz de sacarnos del funesto estancamiento, la inveterada falta de un proyecto nacional que nos aqueja ya desde hace lustros.

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