El choque generacional que acosa a los Dos Caracoles frente al boom de los malls chinos en Providencia
Dedicado desde hace años al segmento juvenil, el centro comercial emblemático del barrio Lyon con Providencia ha visto pasar inundaciones y la apertura de competencia, como el mall Cenco Costanera o el mall chino Lida Center, que está a punto de abrir sus puertas donde antes operaba Falabella. Algunos de sus locatarios más antiguos se declaran asustados y sienten la presión, pero apuestan por permanecer mientras se pueda. Su administración cree firmemente en un modelo de negocio que se acomoda a los cambios etarios. Hoy, los Dos Caracoles están dedicados esencialmente a los cómics, el manga y el anime.
Por Jimena Villegas 5 de Octubre de 2024
Compartir
Ricardo Navarro lo recuerda bien. Muy temprano ese domingo, el nochero lo llamó de urgencia: los Dos Caracoles se estaban inundando. La intensa lluvia provocada por un sistema frontal dejó, aquel 17 de abril de 2016, no solo a 300 personas damnificadas en la zona centro y sur del país. También desbordó el río Mapocho, debido a las intervenciones que la autopista Costanera Norte estaba haciendo en el nudo Kennedy. Tiendas, librerías, estacionamientos y departamentos de calles cercanas al caudal, como Las Urbinas o Nueva de Lyon en Providencia, vieron el agua chocolatada entrar sin remedio ni control. El barro se esparció por todas partes, incluidas las bodegas subterráneas y los dos restaurantes que entonces operaban en el subsuelo de ese centro comercial.
Navarro es el administrador de los Dos Caracoles y dice que, con diferencia, ése ha sido el peor evento que ha debido enfrentar desde que ató su quehacer laboral a ese recinto, hace 33 años. Peor que la apertura en 2012 del mall Cenco Costanera, mejor conocido como Costanera Center, en la avenida Andrés Bello con Nueva Tobalaba. Y peor -cree él- que la eventual amenaza que significa el mall chino Lida Center, que está a punto de abrir sus puertas en el local que por 31 años ocupó Falabella.
Lida Center será -acorde a lo que declaran sus redes sociales- “la tienda departamental china más grande de Chile”. Según relata un vecino, su llegada se anunció en el barrio a través de un cartel en el escaparate hace unos dos meses. En este tiempo de espera se han visto grúas móviles los fines de semana y a operarios pintando, limpiando cristaleras y raspando lo que quedaba de los logos de Falabella. No así el verde característico, al que la tienda de retail debió volver este año y sobre el que se instaló el logo del nuevo local chino.
Por ahora, Lida Center solo usa sus redes sociales a modo de comunicación oficial. Extraoficialmente, la apertura que se maneja es el jueves 10 de octubre, fecha que curiosamente celebra el Día Nacional de la República de China, en Taiwán. Según se sabe, la tienda usará sus 11 mil metros cuadrados de espacio repartidos en tres pisos para ropa, artículos de decoración y menaje, peluches, plantas de plástico, productos de cocina y artículos de oficina, entre otras cosas. Nada que, en principio, no ofrezca ya otro mall chino: Duandy, que se instaló después de la pandemia en el local que por años usó Casa e Ideas, en avenida Providencia 2266, apenas unos 200 metros hacia el oriente de los Dos Caracoles.

“Obviamente, la llegada del Costanera nos quitó público en su momento, por la curiosidad de la gente en conocerlo. Pero nosotros, en ese momento, simplemente ocupamos una estrategia de hacer una comparación de precios: si usted acá paga tanto allá, va a pagar tanto acá, y nos funcionó. Ahora que se viene esta nueva tienda asiática, va a ser parecido”, especula Navarro.
Pero Odette Barquin, dueña de la tienda Mística Salud, no está tan confiada. Su negocio se dedica, entre otras cosas, a la venta de velas e inciensos. Por lo mismo, está atenta y preocupada por la aparición del Lida Center. Sabe que, en ese ese tipo locales, se venden productos como los suyos. Adriana Brandi, propietaria de una de las tiendas más antiguas del edificio, tampoco es optimista.
Brandi afirma que los Dos Caracoles viven un lento y perceptible decaimiento. Ve deterioro y cambio de clientela. Su tienda, que lleva su apellido, se dedica a la venta de objetos religiosos: “Partí aquí hace unos 45 años y sé que el público ha decaído mucho y compra poco. Yo mantengo la puerta cerrada casi siempre. Pasan todos los cabros teñidos, con las uñas pintadas, y las niñas hablan a puros garabatos entre ellas. Uno no les puede decir nada, pero esas cosas a mí me chocan”.
Sergio Reyes es propietario de la tienda Scorpio, el único módulo de pasillo de los Dos Caracoles. Su comercio queda en el primer piso, justo frente al ascensor que lleva años sin funcionar: “Estamos atemorizados por el mall chino”, dice Reyes. Él vende artículos de regalo, objetos de cristal fino y artesanía chilena: “Las mías son cosas buenas, pero a veces la gente busca la economía y no la calidad para hacer un regalo. Creemos que la competencia china va a ser grande”.

La arquitectura de los Dos Caracoles
El edificio Dos Caracoles consta de dos torres, la A y la B, de unos cinco pisos cada una, en las que se reparten 165 locales. Son -como explica el arquitecto Mario Marchant- dos rampas helicoidales con dos vacíos interiores, que están unidos por pasillos. Eso permite que las personas suban por un caracol y bajen por el otro. Según él, la duplicación de espacio deja atrás la monotonía de otros caracoles: “Es la gran innovación que hace este edificio, que además tiene tres accesos”.
Uno de ellos permite la entrada por la avenida Providencia. Es en ese acceso donde queda el local más antiguo de todos: una cafetería Haití, que opera al estilo clásico del centro de Santiago, con una barra y garzonas. Hay otra entrada por la calle Nueva de Lyon y la tercera está por el patio donde operan una serie de restaurantes emblemáticos de la comuna, como Le Bistrot de Gaëtan. “Esta interioridad te permite entrar al edificio por un lado y luego aparecer en otro espacio de la ciudad. Eso es muy interesante”, añade Marchant.
El edificio Dos Caracoles fue construido en 1976 y proyectado por la firma de Sergio Larraín García Moreno, quien -según indica el sitio de investigación Arquitecturas Inusuales- fue “pionero en la introducción de la arquitectura moderna en Chile”. La investigación sostiene que ese centro comercial “constituye una de las mejores expresiones de un tipo arquitectónico propio y muy difundido” de la construcción comercial chilena, desarrollado entre las décadas de 1970 y 1980”.
Mario Marchant es académico del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Chile y explica que, en su oficio, se define como “tipo” a un edificio que tiene ciertas cualidades formales de uso de estructura material que hacen que sea reconocible como tal. Agrega que, en efecto, el tipo arquitectónico de caracol comercial se generó en este país. Marchant hace la diferencia porque, en el mundo, caracoles hay muchos.
Uno ellos, quizá el más famoso, es el museo Guggenheim de Nueva York, diseñado por Frank Lloyd Wright. De los Dos Caracoles, Mario Marchant dice: “Hay un personaje, Osvaldo Fuenzalida, que es clave. Es un desarrollador inmobiliario que, según he podido averiguar, en un viaje a Nueva York se le ocurrió esta idea de que un espacio así podría ser comercial en vez de un museo”.
El primer caracol chileno fue el de Los Leones, que diseñó el arquitecto boliviano Melvin Villarroel. Luego vino el Dos Caracoles. Mario Marchant lleva años investigando en torno a estos edificios. Dice que en el país debe haber una cincuentena y que 30 están en Santiago. Indica que el de Concepción es un ejemplo excelente: “Queda casi al lado de la plaza de Armas. Yo estuve ahí antes de la pandemia. Son unos 80 locales y estaban todos arrendados. Eran solo peluquerías, y todas funcionando. En la administración me dijeron que había lista de espera para poder arrendar un local”.
Ricardo Navarro dice que con los Dos Caracoles pasa algo parecido. Explica que los arriendos parten en alrededor de $500 mil para los locales más pequeños y que llegan hasta $1,6 millón en el interior. “De los que dan a la calle, ni hablar”, afirma el administrador. Para comprar -agrega- hay que partir pensando en los $80 millones que cuesta un local de 14 metros cuadrados con baño que está a la venta, según indica un cartel pegado en la puerta de la oficina de administración. “Casi no tenemos que publicar avisos de locales. Todos los días pasan personas preguntando por arriendos, fuera de la gente que busca comprar para inversión”, dice Navarro. Añade que sí hay rotación de locales, pero que apenas se desocupa uno tiene más de un candidato en lista de espera para usarlo.
El martes 1 de octubre, un recorrido por ambas torres indicaba lo siguiente: de los 165 locales, había 5 vacíos y 2 cerrados pero usados como bodega. Entre los espacios en uso había: 1 local de suplementos alimenticios; 2 locales de sushi por Providencia; 2 restaurantes en el subsuelo; 2 sex shop; 3 sitios de comida vegana; 3 de tatuajes; 4 barberías; 5 locales de vinilos o CD; 6 tiendas de uñas; 6 locales de juegos y puzles especializados; 10 tiendas de camisetas; 11 de accesorios para teléfonos; 20 dedicados al manga, el cómic o el anime, y 21 locales de juguetes especializados.
Eso, además, de una serie de espacios únicos; entre ellos, uno de compra y venta de oro y joyas; uno de la empresa de investigación de mercado Cadem; una farmacia Simi, por Providencia; Soy Churro, la churrería que promocionó el periodista Amaro Gómez-Pablos, y 1 local de artículos de defensa, seguridad y deporte llamado Guns Chaparral.
Los dos caracoles: comics, mangas y videojuegos
Odette Barquin paga 450 mil pesos por el local 35 de la torre B. Dice que se instaló con Mística Salud hace unos 10 años, pensando en complementar la jubilación. Entonces trabajaba con una hermana: “No está fácil. Todo este año ha sido difícil y septiembre fue muy malo, con tantos días festivos. Ahora, a lo mejor, con el mall chino va a ser peor”. Barquin explica que paga alrededor de 90 mil pesos por los gastos comunes, más las cuentas. No usa internet. Sergio Reyes, que es uno de los locatarios emblemáticos de los Dos Caracoles, no paga alquiler por su módulo, pero sí corre con los gastos básicos. Antes, cuando su socio todavía estaba vivo y les iba mejor, arrendaba “un local de los grandes”, el 30 A.
Ricardo Navarro, el administrador, tiene 66 años. Dice que ha pasado la mitad de su vida alrededor de los Dos Caracoles. Tanto que vive a solo metros, en el edificio rojo donde funcionan el Rivoli y el restaurante Baco. Instalado en su pequeña oficina del segundo piso en el pasillo que conecta las dos torres, cuenta que cuando él llegó, en 1991, el centro comercial estaba en bancarrota.
Había -dice- una deuda de más de $140 millones. La calculadora online del INE arroja que hoy equivaldrían a unos $636 millones: “Las administraciones anteriores habían llevado la gestión como si este fuera un edificio habitacional y no de acuerdo a la Ley 19.537 de la época”, explica Navarro. Lo primero que hizo fue diseñar un plan de orden y salvataje. Después, le ofrecieron quedarse a administrar su propio modelo de negocio que -señala- es modular: se va adaptando al mercado y a sus crisis, necesariamente implica rotación de tiendas, para no pasar de moda, y siempre con foco en los jóvenes. Por eso -agrega- los Dos Caracoles nunca son los mismos.

Hoy, tras haber dejado atrás una primera época de boutiques de ropa exclusiva y zapaterías caras y otra más reciente con mucho producto del tipo gótico, el centro comercial está dedicado esencialmente a atender un nicho del siglo XXI: al animé, los juguetes especializados y los cómics. De ahí la proliferación de lo que Adriana Brandi identifica como todo tipo de juguetes chinos: “Antes, el Caracol era fantástico, con buenas tiendas. Esto se llenaba los días sábado, pero ahora es un desastre. Todos los locales son iguales y venden lo mismo. Nadie entiende nada”, dice.
Isabel Pfeng y Tomás Cuéllar saben que no es así. Son amigos y se conocen desde que estaban en primero medio. Hoy, ella tiene 22 años y él, 23. Ella empezó a visitar los Dos Caracoles antes que él, desde los 12. Son clientes habituales. Pfeng dice: “He visto que han ido cambiado tiendas. Pero, al menos para mí, la esencia de los Dos Caracoles es la misma que siempre conocí y apunta a lo juvenil alternativo”. Cuéllar complementa: “La Isa y yo somos clientes frecuentes, pero no venimos a comprar las mismas cosas, porque tenemos gustos muy distintos”.
En un recorrido tienda por tienda, en ambas torres, Pfeng y Cuéllar encuentran: una “super oferta de cuatro mangas por diez lucas”; “figurines especializados”; un local que vende cartas “que son de colección”; una tienda de discos coreanos; dos o tres buenos locales que ofrecen colecciones de Panini, y una disquería que en su escaparate tiene vinilos de música punk: “Es un fenómeno interesante, porque ahora se puso muy de moda la música de los años 90. O sea, está como de moda la gente se cataloga como misteriosa”, define ella.
Los dos se fijan de inmediato en un local que ofrece “faldas otaku”, en otro dedicado al skincare coreno y en otro “increíble” que -dice Pfeng- parece un “centro de recursos para el dibujante y el ilustrador”. A cambio, pasan de largo frente a un par de locales coloridos de juguetes “que no se lo están tomando en serio, por así decirlo, porque no son especializadas, sino que más generalistas”.
Ricardo Navarro asegura que unas cuantas de las tiendas que hay ahora pronto desaparecerán. Los Dos Caracoles volverán a cambiar, porque hay que adaptarse. Por eso no está preocupado por la llegada de Lida Center: “Esa tienda asiática va a traer a la mamá, al papá, a la abuela, pero los cabros van a seguir viniendo para acá”, afirma. Y si tiene que barajar la oferta -afirma- lo hará: “Hay que acomodarse al requerimiento del mercado y a la realidad del mercado. Nosotros no vivimos fantasías”.
Según el arquitecto Mario Marchant, una de las fortalezas del modelo comercial de los caracoles chilenos es que no hay, como en los malls al estilo Parque Arauco, un solo dueño del edificio que les arrienda a todos los locatarios. En este tipo de centros -explica- se “opera, igual que en los edificios, por la Ley de propiedad horizontal. En la mayoría de los casos, hay tantos dueños como locales”.
Marchant tampoco encuentra raro ni negativo que haya virajes, aparición y desaparición de tiendas: “Es lo mismo que pasa con cualquier comercio. Si tú vas por Vitacura, por ejemplo, un restaurante o un bar se ponen de moda. Duran uno o dos años y después se quedan botados, pero vienen otros. Es siempre así y no significa que Vitacura esté de capa caída”.
Ricardo Navarro indica que en este momento en los Dos Caracoles “debe haber unos 80 propietarios” y que sí hay un par de familias, como los Laguna De La Maza o los Moran, que son inversionistas grandes. “Entiendo que los Laguna tienen más de 20 locales”, afirma Sergio Reyes. Cristián Moran Roni, el creador de las zapaterías Cristián Moran, marca que hoy pertenece a la familia Gazitúa como CMoran, es el presidente del comité de administración de los Dos Caracoles. Dice que tiene “tres o cuatro locales” en el centro comercial.
Moran relata que comenzó con una tienda en el primer caracol chileno, el de Los Leones, que hoy está convertido en un espacio casi fantasma, pero que en esa época inicial era furor: “Nos iba muy bien, pasaba lleno el día entero. Después, la gente empezó a desplazarse hacia Lyon, donde estaba Falabella, y nos fuimos a los Dos Caracoles. En esa época, venían alumnos de todos los colegios. La zapatería quedaba en la entrada y se llamaba Matt Shoes”.
Hoy, Cristián Moran tiene sus espacios arrendados: “Funcionan muy bien. Todo el mundo paga a tiempo, está perfecto”, afirma. Odette Barquin, que está entre quienes alquilan, no es tan positiva. A ella le cuesta y agradece que no le hayan subido el arriendo porque -afirma- empezaría a no llegar a fin de mes. Para ella, tanta rotación alrededor revela más bien un problema: “Veo que invierten en arreglar locales, abren y a los pocos meses están cerrando”.
Barquin cuenta que ha visto bajar cortina a clásicos, como la librería Quimera, que quedaba en la salida de Nueva de Lyon y que ahora es una pizzería. Su propietario, Luis Alberto Jadue, entró en depresión por motivos personales y cerró el año pasado. Barquin afirma que, desde hace años, hay una sensación de crisis en los Dos Caracoles. Lo mismo percibe Adriana Brandi, quien añade que la falta de mantenimiento ahonda la desazón.
“El suelo es un espanto. Ese piso de goma que pusieron está lleno de globos de tanto que lo han pisado. Habría que cambiarlo en todo el caracol, pero sale millones. Y a las lámparas del medio les faltan ampolletas”, señala Brandi. Sergio Reyes cuenta que, después de que se estropeó el ascensor, se hizo un presupuesto de reparación: “Creo costaba como $18 millones. Ricardo Navarro propuso que lo costearan los propietarios desde el segundo piso para arriba, porque era desde ahí donde más se usaba. Pero ellos se opusieron, dijeron que había que costearlo entre todos”.
Adriana Brandi relata que en los buenos momentos llegó a tener una imprenta en el subsuelo y dos asistentes contratadas para dar abasto. Hoy afirma: “Si tuviera que pagar arriendo y a alguien que atendiera no me daría”. Ella tiene una ventaja evidente: no paga arriendo, sino solo los gastos comunes y las cuentas. De todos modos, cree que, en el corto plazo, va a tener que cerrar: “Con el dolor de mi alma, pero la verdad es que estoy perdiendo plata. Y, en realidad, sigo más por hacer algo, para no jubilarme porque en la casa me muero”.



