Opinión
20 de Diciembre de 2024
“Jurado N° 2”, la nueva película de Clint Eastwood: Sobre lo justo y lo necesario
Por Cristián Briones
En esta columna, Cristián Briones aborda la película 40 de Clint Eastwood. A sus 94 años, el director y actor estadounidense estrena "Jurado N°2" a través de Max. "El cineasta que nunca ha pensado en sí mismo como un autor, vuelve una vez más a hacer aquello que mejor hace: reflexionar sobre su sociedad de manera aciaga, con una economía visual como ya casi nadie puede filmar", escribe Briones.
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Jurado N° 2 se estrena este 20 de diciembre. Así que debiéramos estar hablando del estreno de cine de esta semana. Pero no, porque llega a la plataforma Max. Los mandamases en Warner lo quisieron así. Estuvieron dispuestos a “hacer el gesto” de financiar la última película de Clint Eastwood, pero no a exhibirla en salas, como correspondía. Estreno para muy pocas butacas en EE.UU., incluso con buena recaudación en el resto del mundo, y rápidamente al streaming.
No los culpo. Warner Bros. ya no es un estudio de cine. Es un ala poco rentable de un conglomerado que, en palabras de su directivo, “está en el negocio de hacer dinero, no de hacer amigos”. De ahí que sientan que no le deben nada a la leyenda viviente que les ayudó a construir su prestigio. Ya no hay ganancias directas ahí.
Así que damos por hecho que “El Viejo” se despide cabalgando hacia el horizonte. A sus 94 años, su carrera como un referente cinematográfico hollywoodense parece haber sido llamada al retiro. Pero en un último instante, cuando el sol apenas nos permite distinguirlo, se detiene, se gira hacia nosotros y nos saluda con el ala del sombrero:
“No es mala intención. Solo son personas tratando de hacer bien las cosas y no pueden ver todo lo que hacen mal”.
El cineasta que nunca ha pensado en sí mismo como un autor, vuelve una vez más a hacer aquello que mejor hace: reflexionar sobre su sociedad de manera aciaga, con una economía visual como ya casi nadie puede filmar.

Jurado N° 2 (Juror N° 2, 2024) es la película 40 de Eastwood. Es un thriller judicial de vieja escuela. Y por “vieja”, quiero decir de hace 30 años atrás. Pudo perfectamente haberla filmado en 1995, aunque quizás esta cavilación no le hubiera interesado en ese tiempo. La historia de un trabajador de clase media de una ciudad pequeña (Nicholas Hoult), que al cumplir su deber ciudadano se da cuenta que él mismo podría, y quizás debería, estar en el banquillo de los acusados. La parte acusadora (Toni Collette), en plena campaña para convertirse en la fiscal. Un defensor público (Chris Messina) convencido de que su defendido es inocente, la esposa del protagonista (Zoey Deutch) y 12 jurados, entre ellos un excelente J.K Simmons.
Un drama de tribunales con dilemas morales a la vista, de esos que ya no se ven en el cine, porque hoy se convierten en miniseries de televisión en donde la gran sorpresa sería quién lo hizo y cómo, y el streaming estaría buscando alternativas para hacer una segunda temporada cuando toda la historia ya está contada.
Pero es Clint Eastwood detrás de la cámara. Lo suyo es la lucidez y la sobriedad. Tanto temática como narrativamente. Lo que ya es la firma de Eastwood: plantear preguntas para las que él no tiene respuesta. “Esto pasa en el mundo. No sé cómo juzgar a esta persona. No sé qué haría si estuviera en ese lugar”. Así lo hizo en Million dollar baby, Unforgiven, Mystic River, Letters from Iwo Jima e incluso en American sniper, aunque en esta última sí eligió interpelar, más allá de que los aludidos no se dieran cuenta.
Resulta impresionante cómo el doble ganador del Oscar resume a la perfección un punto de vista y luego pasa al siguiente en un diálogo, en una toma, en un intercambio de palabras entre dos personajes. Mientras cualquiera de sus pares convertiría esos momentos de dramaturgia en instantes vistosos, Eastwood las aborda de formas tan sutiles como evidentes. Un diálogo sobre lo correcto con la dama justicia integrada en el plano. Resumir en un personaje un aspecto social y luego dejarlo seguir su propio camino. Una conversación puesta en texto sobre los sesgos de confirmación sin apuntar culpables, pero revelando cómo hemos ido permitiendo que esa cualidad de nuestra nueva sociedad se haya tomado cada rincón del constructo sociocultural.
“No tengo pruebas, pero tampoco dudas”.
Los espectadores nos vemos en la obligación de llevarnos a nuestras casas, o en este caso, “dejar en nuestra casa”, una reflexión cruel, pero lamentablemente certera: que renunciamos ya a que la justicia sea ciega, y hemos decidido conformarnos con su antítesis, que sea corta de vista. Porque en el día a día, nosotros lo somos. La base de la existencia de un sistema judicial en la civilización, es justamente impedir que una visión errada termine por horadar la sociedad de la misma forma en que un crimen lo lograría. Nos ponemos por encima de los antisociales justamente porque hacemos que una mirada colectiva esté por sobre la de un sólo individuo al momento de instalar una verdad y emitir un juicio. Sin embargo, un testigo ocular tiene más valor en los tribunales que cualquier otra prueba. Somos un conjunto de sesgos.

Eastwood pone esto en pantalla y con ello da ritmo al relato y cuestiona a la vez. Depende de nuestras historias de vida el cómo juzgamos al resto. Cada uno de los personajes tiene un mundo al cual volver, estar debatiendo hasta la minucia para conseguir justicia no es de su interés.
Volver a casa a cuidar de tres hijos. Castigar a alguien porque gente como él destruyó a tu familia. No comprometerse a hacer más porque ya diste una vida intentándolo y ya fue suficiente. Terminar pronto y volver a la comodidad de no tener el deber social de construir el mundo en que vivimos. Enviar a otro a la cárcel, porque asumir la responsabilidad propia es demasiado.
“Porque a veces la verdad no es justicia. Porque es una buena persona y no lo merece”.
Eastwood consigue dejar caer el peso de una decisión imposible sobre los hombros de sus protagonistas. Y lo hace con escenas de un minuto o un minuto y medio que resultan simplemente demoledoras. Con una sola toma sobre un sello judicial. Con planos y contraplanos que decide no hacer lucir de manera grandilocuente, porque tiene a Toni Collette y Nicholas Hoult siendo gente común y corriente. Aquella que trata de hacer lo correcto, y a veces se da cuenta que estaba equivocada. Y tiene a Chris Messina en un rol tan exiguo como memorable. El defensor público que actúa como conciencia, sin grandes discursos, sin aspavientos visuales, sin enjuiciar a quienes no actúan como él, pero llevándolos a cuestionarse si ha valido la pena pasar por alto los compromisos sociales con los cuales construimos nuestra civilización, un personaje que es el auténtico corazón temático de esta película.
Eastwood filma lo justo para contar lo necesario. Si esta es la última, Viejo, vaya despedida.



