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Opinión

28 de Diciembre de 2024
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

2024, el año del mal de altura

Foto autor Kike Mujica Por Kike Mujica

"2024 podría ser motejado por los apocalípticos como el año del sanseacabó. El de los personajes del caso Hermosilla o audios y del caso Monsalve, el sheriff que terminó en prisión preventiva", comenta Kike Mujica en su columna sobre los últimos 12 meses. A los mareados por el poder, y que fueron muchos este año, dice Mujica, "los embarga la creencia de que 'no nos pasará nada', 'si nos pasa, no será terrible porque somos poderosos' y 'no hay nada de malo en lo que estoy haciendo' (que son a fin de cuentas los más peligrosos)".

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Mac Iver pensó que Chile se desfondaba en el 1900. El cardenal Oviedo Cavada en 1991. Joaquín Edwards Bello siempre.

Mac Iver escribió:

 “¿Qué ataja el poderoso vuelo que había tomado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas?

En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿por qué no decirlo bien alto? A nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública”.

La crisis moral es una obsesión recurrente en este país que se auto latiga por sus faltas como si fuesen moneda perentoria y no parte de su idiosincrasia o más bien de la idiosincrasia de la humanidad completa. 

Por ello, 2024 podría ser motejado por los apocalípticos como el año del sanseacabó. El de los personajes del caso Hermosilla o audios y del caso Monsalve, el sheriff que terminó en prisión preventiva. 

Todo en modo filtración. 

Recordaremos que los Jalaff y los Sauer hablaban de millones tal como si se tratara de vituallas; y que Luis Hermosilla se ufanaba de tener las llaves doradas del Olimpo y que su hermano Juan Pablo Hermosilla organizó un frustrado tribunal contra la elite horquillado desde la elite. También que Manuel Monsalve, el hombre encargado de velar por nuestra paz, se desmadró como un adolescente narcotizado y extravió toda sensatez respecto de lo correcto y de la República. Será el año en que la diputada Orsini cayó en cuenta que su feminismo furibundo titubeó en un segundo cuando su expareja fue objeto del feminismo furibundo.

Entre otros: hemos escrito en estas páginas de alcaldesas ególatras, de mercachifles con ínfulas de emperadores, de fiscales secuestrados por sus fiscalizados.

Es el mareo de altura y la sicodelia del poder. 

La primera afecta a los habitantes del Olimpo.

La segunda a quienes aspiran a serlo.

El poder droga a todos, es el LSD.

“Quiero que mucha gente conozca tu relación con el gallo más poderoso del próximo gobierno. Partiendo por tu familia y los paisanos”.

WhatsApp de Luis Hermosilla a Alvaro Jalaff, hablando de Andrés Chadwick.

Tanto el mareo como la sicodelia tienen un factor común: una alteración grave de la percepción de la realidad. Recuerdo que hace años una autoridad de la República no de muchas luces, pero sí muy seguro de sí mismo citó a un grupo de periodistas a una reunión. Sentado en la cabecera de la mesa fue escueto: “los reuní para anunciarles que desde hoy seré candidato a la presidencia”.

Hasta hoy nunca vi su nombre en la papeleta. Ni de Core.

Le pregunté a Rodrigo Jordán, el capo del montañismo en Chile, qué ocurre cuando el mareo de altura se apodera de tu humanidad:

“Cuando una persona sube sobre 8.000 metros sufre trastornos fisiológicos que alteran su percepción de la realidad. Puede creer, por ejemplo, que está al cubierto de su carpa cuando en realidad está sentado a la intemperie. No se da cuenta entonces del peligro que enfrenta. No es capaz de evaluar la situación de vida o muerte que lo aqueja. No lee el entorno y su imaginación le puede jugar muy malas pasadas. Puede creer, por ejemplo, que irá por un taxi para que lo lleve de regreso a casa. ¡A ocho mil metros!

Dicen que Pinochet alguna vez sentenció que Chile iba rumbo al abismo, pero que logramos salvarnos porque dimos un paso adelante. Lo que es un dislate cobra sentido este 2024, porque una serie de personajes que iban indefectiblemente al acantilado no supieron poner freno de mano: al contrario, dieron un paso adelante, pasaron quinta y aceleraron.

La contumacia y el desparpajo levanta sospechas: ¿es desenfreno bobo o un lúcido plan que contempla como un activo seguro -muchas veces por cobrar- la impunidad? ¿Se transa impunidad o el desvarío es tal que las consecuencias no se aquilatan? ¿Son locos, artistas o criminales?

¿Un habitante del Olimpo -como Monsalve- puede creer -estando en sus cabales- que esa noche le resultaría  gratis y que no habría consecuencia alguna?

¿Luis Hermosilla nunca tuvo miedo?

¿Los Sauer, al emitir las facturas falsas, no sentían que el SII le respiraba en la nuca tal como lo siente la gran mayoría de los contribuyentes de este país?

¿La diputada Orsini nunca dudó de que llamar a la denunciante de su expareja era un abuso de poder?

A los mareados por el poder los embarga la creencia de que “no nos pasará nada”, “si nos pasa, no será terrible porque somos poderosos” y “no hay nada de malo en lo que estoy haciendo” (que son al fin de cuentas los más peligrosos).

Un miembro de la elite nacional repetía en público, casi con sorna, que él siempre zafaría de caer en pena por tres razones: 1) el partido en el que militaba 2) la congregación religiosa a la que pertenecía y 3) el apellido que heredaba. 

Esa es la definición de impunidad (me imagino, para el sosiego mental de nuestra audiencia, que será un alivio que les clarifique que igual cayó en desgracia).

Contexto: el mareo de altura es propio del ejercicio del poder desde que el mundo es mundo. Los desenfrenos, las excentricidades de dudoso gusto, el abuso y la corrupción y la prepotencia del poderoso o candidato a poderoso fueron, son y serán. El Chile de 2024 no es el acabose ni el fin de los tiempos. Los Hermosilla, Sauer, Jalaff y Monsalve de estos 365 días son parte de la historia. En algún momento la República también parecía precipitarse abajo con el caso Spiniak, el MOP-GATE, el financiamiento ilegal de la política, el estallido o los fracasos constitucionales. Por cierto que siempre lo último será más grave que lo pasado. Y así sucesivamente. Tres reflexiones de esperanza ad portas del año nuevo: conocemos los escándalos, podemos escribir de ellos y si el Covid no nos mató, todo lo otro nos fortalece.

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