Opinión
25 de Enero de 2025
Un dolor real: No hay escalas
Por Cristián Briones
El columnista Cristián Briones analiza la película Un dolor real, que ha sido destacada por la actuación de Kieran Culkin. La película cuenta con dos nominaciones a los premios Oscar: mejor guión original y mejor actor de reparto, por la interpretación de Culkin. "Un Dolor Real sigue la historia de dos primos, David (Jesse Eisenberg) y Benji (Kieran Culkin), a quienes su recientemente fallecida abuela dejó dinero para tomar un ‘Heritage Tour, que consiste en visitar lugares de interés relacionados al Holocausto y del cual ella había logrado escapar", escribe Briones.
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“Y para responder a la pregunta que quizás estaban pensando en hacer, sí, soy un sobreviviente del genocidio.”
La secuencia que contiene esta frase, y que da inicio a una incómoda interacción, parece ser el corazón de Un Dolor Real (A Real Pain, 2024): ¿Cómo categorizamos el sufrimiento? ¿Cuál es la escala para sentir que nuestro dolor es más importante que el del otro? Porque se puede haber tenido una ruptura amorosa, estar deprimido por cuestiones laborales, o incluso temáticas trascendentales como el daño ecológico producto de una sociedad depredadora de los recursos naturales, pero, ¿Cómo dimensionar eso cuando el fondo es gente que fue torturada o asesinada simplemente por ser quienes eran?
¿Qué es exactamente un dolor real frente a algo así?

Un Dolor Real sigue la historia de dos primos, David (Jesse Eisenberg) y Benji (Kieran Culkin), a quienes su recientemente fallecida abuela dejó dinero para tomar un ‘Heritage Tour, que consiste en visitar lugares de interés relacionados al Holocausto y del cual ella había logrado escapar. Así, comparten con un grupo de otros judíos y un guía británico, quienes los acompañan desde el Ghetto de Varsovia hasta el Campo de Concentración de Majdanek.
Lo llamativo de este viaje, es que resulta justamente en una película que trata sobre los dolores personales versus los colectivos, del pesar como un nexo social, y de la compasión frente a los padecimientos de otros como pieza fundamental de la definición de nuestra humanidad, y termina adoleciendo de una curiosa dificultad: cuesta empatizar con ella.
Y no, no tiene que ver con que las congojas de dos jóvenes que claramente no tienen problemas económicos que le presionen, sean tan ajenas a la realidad de la mayoría. Mucho menos con que esta sea una de tres películas relacionadas con el antisemitismo del siglo XX (El Brutalista y 5 de Septiembre son las otras) que se estrenen en un corto lapso de tiempo este 2025. No, todo tiene que ver con Benji.

Jesse Eisenberg produce, escribe, dirige y coprotagoniza su segundo largometraje, aunque cede totalmente la pantalla, casi de la misma forma en que ambos funcionan en la ficción, a Kieran Culkin. Quien repite en su personaje de alguien tan magnético y atractivo, como exasperante. Uno de esos individuos que se roba el aire de cualquier habitación en la que se encuentre, y a la vez, una persona a la cual cuesta no entregar simpatías. Benji es “a real pain (in the ass)”, un insoportable que desencaja cualquier conversación. Pasivo agresivo cuando discrepa, pero alguien que se interesa genuinamente por los demás. Fastidioso, pero siempre escudado en sacar al resto de su letargo social.
El tema con Benji es que es también, un alma atormentada. Los tiempos en que fue feliz saliendo de parranda con su primo, ya quedaron atrás y ahora enfrenta la vida con aflicción. Y sí, vivimos en una sociedad en que nuestros propios martirios son excusa suficiente para comportarnos de manera impropia con los demás.
Esa es una de las piezas que mejor le funciona a esta película. En perspectiva, aunque no tanto en su narración, que termina resultando algo plana en su persecución de incomodidad: La construcción de sus personajes como contrapunto de algo más profundo. David es alguien común y corriente, tiene un trabajo, una familia, se dedica a ellos y sigue adelante. Benji no tiene nada de eso. Por mucho que no tenga incomodidades económicas, y por mucho que conozca gente interesante día a día, Benji no conecta realmente con las personas. Porque alberga un dolor interior que para él es demasiado grande y lo contrapone a las vidas del resto.

Sin embargo, ese es justamente el punto. Todos acarreamos nuestras propias penurias. Para todos, son importantes. Pero cuando exponemos eso de forma constante, en vez de hacerlo valioso, se vuelve ordinario, común. Menos real: ¿Qué haces cuando tu dolor es menos importante frente al gran orden de las cosas?
David y Benji no hablan de esto. No hay diálogos explicativos sobre lo que estamos viendo. Es uno de los puntos rescatables en la obra de Eisenberg, que tiene una cualidad de cineasta al que le falta oficio, pero no talento. Hay ojo en su mirada de director. Hay tema. La forma en la que planta en la pantalla los detalles, aquello que deja sin evidenciar, pero que sí impregna a la narración.
Los fragmentos restantes del Ghetto de Varsovia, la historia de Eloge, el llamado de atención al guía, el uso de Chopin, etc. Arma una de esas obras que tienen bastante más significado del que aparentan, aunque la primera mirada parezca otro drama indie con tintes de comedia que languidece a ratos. Explora muy bien la necesidad de mantener los horrores vivos, para tener una perspectiva racional de ellos. Y eso lo logra con ambos personajes, por mucho que el suyo vaya a recibir menos atención. Y es que es lógico, porque Benji es tan especial y tan incomprensible que los secundarios se sienten atraídos a él. Pero quien lo conoce de toda la vida, siempre tendrá otra mirada. Son dos amigos en un viaje, en el que poco descubren el uno del otro, pero un viaje necesario al fin y al cabo.
Eisenberg no acierta necesariamente en el relato en su película, pero sí en la reflexión sobre ella. La idea de que estamos de visita en el dolor ajeno. Que aunque amemos mucho a esas personas con todo lo insoportables que puedan ser, siempre volvemos a nuestro hogar, a nuestro propio dolor, a nuestras propias vidas. Podemos tratar de comprenderlo, de ponernos en ese lugar, pero no podemos sentir el del resto como propio. Ese es el dolor real, uno que nunca podemos medir, porque no existe escala para ello.



