Crónica del Sr. Carolo: cómo un gato se convirtió en el símbolo pop de la zona más devastada de Valparaíso
Un carismático felino trae alegría y turismo entre los incendios, la pobreza y el abandono crónico sufrido por el barrio Puerto, el punto de origen de la ciudad. Porteños y visitantes concurren hasta la calle Serrano, la arteria donde surgieron el comercio y las primeras riquezas de Valparaíso, en busca de un gatito singular.
Por Marcelo Contreras, desde Valparaíso 28 de Junio de 2025
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El Sr. Carolo se acicala a punta de rápidos lengüetazos entrecerrando los ojos en el frontis del bazar Génesis, en Valparaíso, echado sobre su cama en altura, especie de pedestal alfombrado de tres niveles, disfrutando del sol de invierno. Los rayos entibian el mediodía, algunos transeúntes se aventuran en mangas. A su alrededor de existencia gatuna nada es como solía ser. La calle ha tenido más vidas que un ejemplar de su especie.
En la entrada de Serrano desde plaza Echaurren, en pleno barrio Puerto, conviven los retazos de un pasado glorioso en torno al comercio y la actual miseria. Los vestigios del Valparaíso cosmopolita como principal reducto marítimo del Pacífico sur en el siglo XIX, y el de aspecto desdentado en el barrio Puerto. La zona parece bombardeada entre cascarones de majestuosos edificios carcomidos por el fuego, y otros destruidos por la explosión devastadora que asoló a la arteria el 3 de febrero de 2007, causando muerte y destrucción irreparable. Circulan trabajadores, oficinistas, marinos, jubilados, estudiantes, exconvictos, alcohólicos y drogadictos terminales, con los dedos ennegrecidos entre la mugre y la escoria que aspiran.
El Sr. Carolo no sabe que hace un par de siglos, allí se asentaron algunas de las primeras fortunas del país levantando edificios con grandes tiendas y hoteles, reservando como viviendas los pisos superiores alhajados con productos europeos desembarcados desde veleros que venían de jugarse la vida en el cruce del Cabo de Hornos, tripulados por navegantes ansiosos de distracción. Familias que tenían la oportunidad de quedarse con lo mejor de lo mejor antes que los millonarios de Santiago.
El Sr. Carolo recibe, tal como los artistas y los rostros de la televisión, el cariño de la gente. Las probabilidades de ser saludado y acariciado por los peatones de Serrano son altísimas. Es una estrella pop, una atracción turística para quienes se atreven a recorrer las callejuelas de la zona fundacional del puerto en las inmediaciones de la iglesia de La Matriz, uno de los hitos del centro histórico porteño que timbró la condición de Patrimonio de la Humanidad de Unesco, hace 22 años. Por aquí empezó todo para Valparaíso.
El gato parece disfrutar su categoría. Carismático y posero por naturaleza como buen felino, usa distintos atuendos como un vistoso collar y diversos pañuelos, humitas, corbatas y coquetos lazos. También ha modelado trajecitos de huaso, de leopardo con capucha y uno de navidad.
A sus espaldas cuelga un afiche acorde a la estación, o festividades, dibujado por un artista anónimo, un hombre mayor que visita el local, fotografía al Sr. Carolo, y luego traza los ingeniosos carteles.
Debido al invierno, el Sr. Carolo se retrata muy abrigado de bufanda y charlina, sentado y tomando sopa. “Carólo = 1.000.300 de visitas sólo en abril!!”, dice en el ángulo inferior derecho. “Carólo”, con tilde. En otros dibujos al interior del bazar, el gatito aparece endieciochado y de Freddy Krueger, en Halloween.
Sr. Carolo está digitalmente al día. Con 19,8 mil seguidores en Instagram, es veterano en toda clase de coberturas en redes sociales y medios tradicionales e internacionales, incluyendo una nota en La Nación de Argentina. Su incipiente merchandising suma tazones y calendarios. Pronto se vienen las bolsas de compra con su rostro.
Lo acarician ancianas, jóvenes y trabajadores. Llega gente de regiones y turistas de México y Centroamérica. El gato cierra los ojos y se deja querer. Cuando las demostraciones de cariño superan la cuota, se mete a la tienda y descansa. Otra veces camina por la vereda y recorre un sitio eriazo cercano convertido en basural, abundantes en el sector. No falta el vecino atento que se interna en la inmundicia al rescate del Sr. Carolo y lo devuelve al bazar.

La historia del bazar Génesis y la llegada de Carolo
“Es puro amor Carolito”, dice Cecilia, una de las vendedoras, y responsable junto a otra colega de las redes sociales del gatito. A través de Instagram, la gente consulta por envíos a provincia de productos del Sr. Carolo y se prometen visitas al barrio Puerto. Las ganancias van a sus cuidados. “Todo es para él, sus gastos de la veterinaria, su comida, su arena, los churus”, explica. Sr. Carolo se ve en forma y bien alimentado. Pesa “seis kilos 100”, detalla la vendedora.
En la segunda quincena de julio cumple tres años. Cecilia promete un nuevo afiche y celebración en grande. Siente que el Sr. Carolo lo merece porque ha generado “amor y unión” en el local y el barrio. Al resto del personal, cuenta, no le gustaban mucho los felinos -“yo soy gatuna”, subraya-, en cambio sus compañeras “eran más de perritos”. Cecilia dice que “les robó el corazón por el amor que entrega, la energía que tiene”. Ninguno de los ocho gatos en su casa “es tan especial”.
“Él te entiende, sus expresiones son distintas -explica-. Sabe cuando están hablando de él”.
El bazar Génesis lleva más de 20 años a la entrada de Serrano como parte de un señorial edificio construido en la década de 1870, frente a la plaza Echaurren. El inmueble se cae a pedazos. Hace tres semanas se desprendió por completo una tosca marquesina adosada hace más de medio siglo, provocando el cierre de varios locales comerciales.
El gato Carolo apareció hace un par de años “un día que hubo un temblor bien fuerte”, recuerda la señora Ana, sentada tras la caja y rodeada de todo tipo de productos a bajos precios. El negocio es familiar y ella se encarga de las compras de mercadería en Santiago.
“Llegó aquí pidiendo asilo”, relata, sobre cómo el Sr. Carolo se arrimó al establecimiento.
Era reacia a mantenerlo “por los daños que hacen los gatitos”, pero fue cediendo mientras le compraban arena y una caja. Ana creía que sería reclamado, a sabiendas de que el Sr. Carolo pertenecía al histórico sindicato de estibadores, a un par de cuadras. Pero nadie fue por él.
“De a poquito le empezamos a poner el sello, sobre todo las niñas (vendedoras), del gato Carolo. Que los vestidos, que se parara allá afuera. Nos fuimos encariñando”.
—¿Y cómo se lleva con los perros del barrio? Acá hay harto perro.
—Les pega, les saca la mugre. No importa el tamaño. Algunos ya lo conocen y prefieren cruzar porque les casca.
—¿Saben por qué se llama Carolo?
—Fueron los estibadores. Había una niña que se llamaba Carola o Carolina, que murió en un accidente. No sé si le pasó una grúa o algo parecido. En honor a ella le pusieron así, y nosotros le mantuvimos el nombre acá.
El público trae regalos para el gato -una señora le obsequió un rascador hace poco-, y cuidan su dieta. “No le damos más de esa comida que viene en sobrecitos porque le hace daño, tiene mucho sodio”.
Para el último Día de los Patrimonios el bazar abrió “solo por él”. “La cantidad de gente -recuerda-, hacía cola para saludar al gatito”. Ana dice que no utiliza al Sr. Carolo para el negocio, a pesar de las “insistencias de las chiquillas de que le saque partido”, pero reconoce que entre quienes pasan a saludar al famoso felino la mayoría “compra algo”.
“A la gente le da un poco de cosa a venir -asegura Ana- porque desgraciadamente estamos en una zona roja con la delincuencia”. “Nosotros mismos -sigue- fuimos afectados hace dos años. Hicieron un forado y eso que la pared es de 90 centímetros. Estuvieron todo el fin de semana robando”.
Las etiquetas de la ropa, cuenta Ana, las dejaron tiradas a escasos metros, al lado de la estatua del popular cantante Jorge Farías, “el ruiseñor de los cerros porteños”. “Fue como una burla”, resume.

Todo tiempo pasado
Las carteras y las billeteras se amontonaban en una pared falsa en un viejo establecimiento de Serrano. Los locatarios no se complicaban con los lanzas; los dejaban pasar al baño para deshacerse de lo que no les interesaba del botín. El barrio Puerto siempre fue peligroso, los asaltos eran parte de la cotidianidad. “Crónicas muy antiguas del diario La Unión ya hablaban de ‘barrio bravo’”, cuenta el investigador urbano porteño Lautaro Triviño, criado y habitante del sector por décadas; una especie de Quijote que suele compartir sus conocimientos específicos sobre la ciudad en Facebook, mientras libra batallas digitales denunciando los constantes robos y vejaciones al mobiliario urbano que sufre Valpo, entre rayados y sustracciones de piezas centenarias de los frontis de viejos edificios construidos con fortunas que se fueron hace mucho.
Lautaro es un profeta de las fatalidades. A comienzos de año publicó en redes que esa estructura del edificio donde está el bazar Génesis, cedería. Denunció que los carros del ascensor Artillería, el más emblemático del anfiteatro porteño detenido desde 2021, estaban siendo ocupados -”se les veían los pies por entre las puertas mientras dormían”- en tanto las estaciones de mecanismos con estética steampunk eran saqueados, tal como ha sucedido en otros funiculares.
Lautaro predice más incendios en el barrio Puerto -el mismo perdió su casa en un siniestro-, a propósito de los últimos que afectaron nombres emblemáticos de la zona. El 7 de mayo se quemó media cuadra frente a la iglesia de La Matriz. Fallecieron dos personas, otras cuatro desaparecidas, y siete heridos. El fuego arrasó a Sethmacher, afamado local de cecinas de receta germana inaugurado en 1944. Su sello proviene de un aprendiz alemán que se entrenó profesionalmente en el arte de los embutidos, en pleno Tercer Reich.

El 6 de junio se quemó el teatro Pacífico, siniestro de fácil vaticinio. Sus habitantes eran adictos en condiciones paupérrimas. Inaugurado en 1948, fue parte de un intento por revitalizar el sector “ya en esa época”, observa Lautaro Triviño.
Naty Lane, cantante y guitarrista de Hammuravi y exbajista de Adelaida y Fatiga de Material, bandas reconocidas del rock porteño, reside en la calle Cochrane por 16 años, justo en la zona conocida como La Cuadra, la zona roja y bohemia de intensa vida hasta el golpe de estado de 1973.
“Siento que vivo en un barrio fantasma, como que lo hubieran bombardeado, ruinas por todas partes”, describe. Y agrega: “Casi la mayoría de los edificios alrededor mío, las cuadras están quemadas, abandonadas o en reconstrucción”.
Se siente como en una isla. “Es muy cuática la sensación”, reflexiona.
En los tiempos del Bicentenario, cuando Naty llegó al sector, había cierto intento por enrielar al barrio Puerto como zona turística, tras el bajón de los 90 y comienzos de los 2000, entre despidos y cambios drásticos en los sistemas portuarios. Los días de abundante trabajo, al punto que los portuarios solían tener “medios pollos”, habían llegado a su fin. Se recuperaron edificaciones entre Blanco y Cochrane en dirección a la Aduana, que data de 1855. Surgieron lofts y se avencindaron artistas. Había exposiciones, tocatas, y terrazas con DJ al atardecer en el inmediato cerro Arrayán.
“Se empezaron a hacer ciclos de música, a traer bandas de Santiago más convocantes, y yo me vine aquí a trabajar en eso -recuerda Naty Lane-, a tirar para arriba lo que era la escena de Valparaíso de ese momento con los inicios de Adelaida y Fatiga Material, donde yo participaba”.
Había una ligera sensación de fiesta, de aire cosmopolita recuperado por la ciudad. Las tocatas convocaban una mezcla de público local y estudiantes extranjeros, mientras el rally París-Dakar estuvo un par de veces en el puerto, colmando sus calles de visitantes. Se hizo tradición la adrenalínica competencia de descenso en bicicleta Valparaíso Cerro Abajo, y los cruceros se sucedían en verano.
En 2016 el bar La Cantera, un reducto de salas de ensayo y música en vivo vital para esa escena en la que Naty Lane tomaba parte, se redujo a cenizas en el incendio que devoró un hermoso edificio patrimonial de cuatro pisos, de esos que los porteños rememoran como si se tratara de la belle epoque.
“Siempre ha sido un sector pobre”, aterriza Lautaro Triviño. “Cuando publico fotos la gente dice ‘Valparaíso era lo mejor’. Y puede ser cierto, pero también había mucha, mucha pobreza. Y eso, a veces, como que a la gente le molesta reconocerlo”.

De todo
Mariana es de Villa Alemana pero llegó al barrio Puerto a mediados de los 80, a la población Márquez, escenario de espectaculares spots incluyendo uno de 7Up con DJ Tiësto mientras el vecindario completo se lució en uno de Lego. Valparaíso estaba notoriamente empobrecido entre la crisis económica de 1982 y la partida de numerosas industrias como la fábrica Hucke, redundante en un éxodo de trabajadores por mar y aire. Algunos se la jugaban y viajaban como polizones en bodegas rumbo a Nueva York. Otros compraban boletos para Europa.
Mariana salía con su pequeño hijo en ese Valparaíso que se desmoronaba en cámara lenta -descalabro originado por la apertura del canal de Panamá en 1914, rebajando su condición de parada obligatoria-, y paseaba por Serrano sin necesidad de franquear plaza Sotomayor rumbo al barrio Almendral, el otro eje urbano de la estrecha ciudad. “Había de todo. Buena ropa, restaurantes, panaderías”.

“Las chiquillas del barrio se producían con vestidos largos y peinados -recuerda Mariana- y era como fiesta”. “Todavía estaba el Yako”, evoca, en recuerdo de un famoso local nocturno de La Cuadra.
Lo poco que sobrevivía de ese mundo, del ambiente de barrio comercial de Serrano y sus alrededores bohemios, quedó herido de muerte con la explosión de 2007, que costó la vida de cuatro personas y la desaparición de dos edificios, contando el palacio Subercaseaux construido en 1867. Solo quedó la cáscara del inmueble sujeta a unas vigas de metal. Hoy su interior persiste como basural y baño público. Se han anunciado diversos proyectos de recuperación que nunca sobrepasan los titulares.
La municipalidad hizo promesas y luego el Ministerio de Vivienda y Urbanismo manifestó la idea de construir sus oficinas allí. Siguió la Empresa Portuaria con similares intenciones, desistiendo en 2019. Al año siguiente el Consejo Regional de Valparaíso se sumó a los castillos en el aire: el lugar sería la sede del Archivo Regional de Valparaíso, las oficinas del Servicio de Patrimonio Cultural y dependencias del Museo de Historia Natural de la ciudad puerto. Solo vagabundos, incontinentes, perros, roedores y la basura han mantenido presencia.
“Serrano era nuestro Pedro Montt”, dice Enrique, clásico sapo de las micros que lleva 42 años en el sector, primero en Bustamante frente al desaparecido Sethmacher, y ahora en Cochrane a la altura del Mercado Puerto, que demoró más de una década en ser recuperado debido a los daños del terremoto de 2010. “Esto tampoco funciona mucho”, observa mirando el reparado edificio. “El local de quesos y la verdulería, se fueron”, resume. “Si acá lo que falta es que vuelvan las cocinerías”, apunta, sobre la oferta tradicional de comida del recinto.
“Ni curados nos quedan”, acota Leonardo, amigo de Enrique, que se presenta como exinspector de micros, oficio que regulaba la frecuencia de los buses y chequeaba los boletos de los pasajeros. “Los GPS y estas cámaras -apunta una- nos dejaron sin trabajo”.
A Leonardo se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz recordando cómo era el barrio. Con 60 años, describe Serrano, la plaza Echaurren y La Cuadra, como si se tratara de Hamburgo cuando Los Beatles tocaban empastillados. Allí nació el supermercado Santa Isabel en 1976 mientras La Bandera Azul (sin relación con el homónimo de Santiago) persiste estoico vendiendo menaje. El público, acota Leonardo, casi no visita el local. “Ahora todo es en línea y ellos recién -mira hacia el establecimiento-, empezaron a vender así para poder seguir”.
“Para mí todo cambió con el estallido y los amigos del Boric, como les digo yo, y después la pandemia -sentencia Mariana-. La calle y el barrio mueren temprano”. Lautaro Triviño cree que Serrano no fue herida irremediablemente por el 18O, ni tampoco debido a la explosión de 2007, sino cuando se retiró la locomoción colectiva y se ensancharon las veredas. La calle quedó como vía exclusiva de los silenciosos trolleys en un híbrido de boulevard sin cuajar. “Quisieron hacer una especie de paseo Ahumada y acá no se puede, es muy chico”.
Los numerosos inmuebles deteriorados y abandonados, de los que solo quedan retazos de los frontis, son de compleja gestión. “¿Por qué no se han vendido? ¿Por qué no construyen acá?”, se pregunta Naty Lane. “El punto es que muchos edificios tienen más de un dueño repartidos en otros países que no están ni ahí. Es un cacho”.
Lautaro Triviño vaticina otra desgracia para el barrio Puerto. Tras sus denuncias de ocupación de los carros del ascensor Artillería que data de 1892 y del robo de las estaciones, instalaron mallas metálicas a nivel de calle para impedir el paso de ladrones y okupas. “Pero se entran por arriba -observa-, no por abajo”. Como el servicio está abandonado, las vigas de madera que sostienen los rieles no han sido mantenidas. “Van a ceder”, augura el investigador urbano, con el riesgo de que los carros se precipiten sobre Antonio Varas, arteria de intenso tráfico.

Un mar de gente
La señora Ana recuerda que en plaza Echaurren, inmediatamente a la vuelta de su local, solía haber un retén o una camioneta de Carabineros, “y no entiendo por qué se fueron”. Cuando les robaron, un efectivo policial echó una mirada al interior del bazar y hasta ahí avanzó la investigación. Para ella, el cambio de Serrano ocurrió post pandemia. “Antes cerrábamos a las nueve, ahora a las seis”.
Tras el incendio del teatro Pacífico, la comunidad protestó elevando un petitorio multiplicado en redes sociales y medios regionales. Durante algunos días se estacionó un bus de Carabineros cerca del centenario bar Liberty y circularon patrullas. La presencia policial se diluyó rápido.
Ana cuenta que tras las últimas desgracias entre incendios y la caída de la marquesina, se ha generado “un poco más de interés por el sector”. Su hija asistió a una reunión con autoridades en las dependencias municipales del recuperado edificio La Nave, donde remata la calle Serrano.
—¿Y qué se concluyó?
—Paja molida porque no dan soluciones. Para nosotros sería que nos dijeran que van a tener un retén móvil todos los días acá. En la plaza venden droga y usan a veces el comercio ambulante para pasar camuflado, lo hemos visto. Un poco más abajo se ponen a vender los robos.
Ana dice comprender la imposibilidad de erradicar por completo a los vendedores informales -”hay que buscar una forma para que no se queden sin trabajo, soy enemiga de eso”-, pero subraya que “a uno le hacen daño porque algunos vendían las mismas cosas nuestras más baratas, sin boletas, sin pagar arriendo”.
“Lo justo -acota- es que nos protejan”.
—¿Y cómo recuerda la calle antes de la explosión, el estallido y la pandemia?
—Esto era un mar de gente.
Serrano ocupa un espacio en la memoria de quienes somos de Valparaíso. A mi me transporta a una tarde de ventolera que anunciaba lluvia en el invierno de 1978. En la vieja estación Puerto mi madre se encontró con un anciano dueño de numerosas propiedades, a quien conocía desde sus días como secretaria del tradicional Samoiedo de Viña. Conversaron animadamente y en la despedida, el hombre me regaló cincuenta pesos, acompañados de una sonrisa y una caricia en el pelo. Era un dineral para un niño de primero básico. Cruzamos la plaza Sotomayor y recuerdo mirar el monumento a los héroes de Iquique, cuando mi mamá me preguntó qué quería hacer con el dinero.
“Compremos pasteles”, respondí.
Caminamos hasta la panadería Serrano a los pies del ascensor Cordillera. Aunque venía el agua y el temporal con ese prólogo que imprime alta definición en el aire -como si todo se volviera más nítido, ligero y volátil-, Serrano estaba lleno de tráfico y peatones. Un mar de gente.
Recuerdo apuntar en la vitrina los pasteles para la once, salir a la calle con ganas de llegar luego a la casa y esperar la O, el recorrido de buses más legendario de Valparaíso. Abundaban los carteles de todo tipo y resistían las últimas vitrinas victorianas, que muchos años más tarde vi en Covent Garden.
Prácticamente todo eso desapareció entre la explosión, los cambios en el tráfico, el deterioro comercial por el estallido, y el efecto devastador de la pandemia alterando los horarios, junto a la pauta mediática monocorde en torno al crimen y los asaltos.
No hay mayores motivos para aventurarse por Serrano. Más que peligro, inspira abandono y soledad.
Pero el ánimo cambia cuando el transeúnte encuentra al Sr. Carolo con sus ropitas, carteles y su disponibilidad absoluta para recibir saludos, cariños y sonrisas. En medio de una calle con fantasmas, rayados, peladeros inmundos y restos de un pasado cada vez más lejano, un gatito marca una pausa de alegría entre la devastación y la decadencia.



