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Nunca fue una etapa: las razones tras el furor por My Chemical Romance que reivindica a la cultura emo en Chile

Si hace dos décadas eran mal vistos y marginados, hoy los emo viven una suerte de revancha. Fiestas temáticas y el exitoso regreso de bandas emblemáticas de su época, revalidan una cultura que ya no se esconde y que pareciera encontrar en su melancolía una característica que encaja perfectamente con la identidad chilena. “Seguimos tristes, solamente que ya estamos con más edad”, aseguran.

Por Raimundo Flores S. 5 de Julio de 2025
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Dos conciertos en el Estadio Bicentenario de La Florida agotados en menos de 48 horas son la mayor prueba de que, tras 18 años de ausencia en los escenarios chilenos, el fanatismo por My Chemical Romance en el país solo ha crecido. La banda oriunda de Nueva Jersey estuvo en Santiago por primera y única vez en 2008, convocando a 10.000 personas en el entonces Arena Santiago. En enero del próximo año, cuando el grupo regrese a Chile, serán 50 mil los fanáticos que llegarán a acompañarlos.

“No me sorprendió para nada. My Chemical Romance es la banda de toda una generación. Y vinieran cuando vinieran, la cuestión iba a reventar igual”, dice Pablo Trigo, de 32 años, fan de la banda desde que en 2005 vio en MTV el videoclip de “I’m not okay (I promise)”. 

Trigo es uno de los tantos chilenos a los que My Chemical Romance le cambió la vida. En su caso, la afirmación es literal, ya que en una fiesta temática de la banda conoció a su actual esposa, la misma que lo cuidó cuando sufrió un ACV. Mientras se recuperaba, una de sus mayores motivaciones era estar vivo para poder ver a su grupo favorito en vivo, algo que se cumplirá el próximo enero.

“Para mí, My Chemical Romance representa todo”, dice Trigo, quien encabeza la versión local de MCRmy, el nombre de la comunidad en que se agrupan los fanáticos de la banda. 

Solo en Instagram, MCRmy Chile tiene más de 15.000 seguidores, siendo la comunidad de fans de My Chemical Romance más grande de Latinoamérica. Aquel dato se complementa con que, según las cifras de Spotify, Santiago es la quinta ciudad del mundo que más escucha a My Chemical Romance, con más de 200.000 oyentes mensuales.

MCRmy Chile tiene casi 20 años y su nacimiento coincidió con la etapa más prolífica y exitosa de la banda, cuando publicaron “Three cheers for sweet revenge” (2004) y “The black parade” (2006).

En aquel entonces, la banda movilizaba pasiones dicotómicas tal como lo suelen hacer los grandes fenómenos de cada época. Aunque estaban asociados a la cultura emo, el mismo Gerard Way, vocalista del grupo, se encargaba de marcar diferencias con esa etiqueta. “Pienso que el emo es una maldita basura. Creo que nos meten en el mismo saco con bandas consideradas emo, y eso, por definición, nos convierte en emo. Lo único que puedo decir es que cualquiera que escuche los discos, los ponga uno al lado del otro y los escuche, sabrá que no hay ninguna similitud”, comentó en 2007.

Al mismo tiempo, en el mundo emo, quienes escuchaban My Chemical Romance solían recibir el apodo de “posers”, es decir, quienes escuchaban esa música por moda. “My Chemical Romance es un poco la guinda de la torta de lo comercial en el tema del emo. Es como la banda que más logró destacarse de una manera más mainstream, más popera, por así decirlo. Mis amigos antes los odiaban, pero ahora se formó una especie de conciencia colectiva en que fueron aceptados. Ha habido un cambio de percepción grande y ahora como que a todos les gusta”, dice Alejandro Vásquez, líder de Fakie, una de las bandas insignes de la escena emo chilena.

Belén González, fundadora de las fiestas Emo Night, concuerda con ese cambio de la valoración que hay hacia la banda. “Yo creo que muchos de esos que nos decían posers, por fin asumieron que también les gusta My Chemical Romance y van a ir a los conciertos. Y yo creo que eso pasa por muchos factores, como asumir que esa es la banda de una generación. Y de los de esa generación, casi todos tenemos ya familia, que también van a ir a los conciertos porque la música se hereda”, opina.

Nostalgia dosmilera y My Chemical Romance

El fenómeno de My Chemical Romance se puede comparar con el de otros conciertos de bandas icónicas de los 2000 como Linkin Park, System of a Down o Incubus, que han dado cuenta que la capacidad de convocatoria de esos grupos ha ido creciendo con el tiempo. 

“Esta es una generación que ya creció, que están todos en los 30 ó 40 años, que ahora  tienen poder adquisitivo para poder comprar las entradas. Entonces como que eso hace que no solamente My Chemical Romance, sino que otras bandas también de la nostalgia dosmilera o de fines de los 90, empiecen a tener incluso más relevancia en términos de números, de asistencia a conciertos, que lo que podrían haber tenido en su momento”, explica el sociólogo Felipe Gogoy, coautor del libro “200 discos de rock chileno: Una historia del vinilo al streaming”.

A nivel local, Tronic, una de las bandas chilenas emblemáticas de aquella época, que convocaba a parte del público emo, también ha podido apreciar ese revival. Especialmente después de la pandemia, la banda ha tenido una activa agenda en vivo a lo largo de Chile. “Viene a vernos gente que nos escuchó cuando eran más chicos y claro, ahora están trabajando, ya tienen una vida, y pagan la entrada para vernos y pasarlo bien. Además hay fans que llegan con los hijos que también son fans”, dice “Rigo” Vizcarra, fundador de Tronic.

Alejandro Vásquez, también lo ve en Fakie y en conciertos de otras bandas de la escena emo que ha empezado a producir en los últimos años. “La gente volvió a valorarnos. Antes la gente pensaba que en un tiempo nadie se iba a acordar de estas bandas pero han pasado casi 25 años y todavía estamos acá, la gente todavía nos pide. Muchos fans están empezando a llegar con niños. A los hijos de nuestros amigos que escuchaban las bandas ahora les gusta Fakie”, expresa.

Parte de ese cruce generacional también se dará en los conciertos de My Chemical Romance. Un ejemplo es el de Fernanda y Amanda, madre e hija, de 31 y 13 años respectivamente. Su fanatismo por la banda es tal, que el año pasado viajaron por primera vez al extranjero para asistir al festival When we were young en Las Vegas, que era encabezado por el grupo de Gerard Way. 

“No recuerdo un momento en que empecé a escucharlos, ya que desde que soy chica siempre han estado. Desde chica he visto a mi mamá en la casa poniendo las canciones o viendo los videoclips, entonces crecí con eso. Y después, como a los 10 años, empecé a tomarlo más en serio, empezando a leer más las letras, identificándome con eso y así empezaron a ser más importantes para mí”, explica Amanda.

Tristeza como parte de la identidad chilena

En 2023, un estudio hecho por la plataforma Preply analizó más de 200.000 publicaciones y comentarios en Reddit sobre las bandas más importantes del mundo, para identificar cómo eran sus seguidores. El resultado arrojó un listado con algunos de los grupos (y fanaticadas) más tristes del mundo, en el que destacaban nombres como Nirvana, Linkin Park y Metallica, todos conjuntos que tienen a Santiago en su top 5 de oyentes mensuales en Spotify. Fuera del listado, otras bandas que forman parte de ese imaginario depresivo, como Radiohead, The Smiths o The Cure, también tienen en Chile a algunos de sus consumidores más fieles.

Por lo mismo, más allá del factor nostálgico, hay otra tesis que se desprende del éxito de My Chemical Romance y de la cultura emo en Chile, la de que la identidad del país y de sus habitantes encaja a la perfección con una música que se caracteriza por hablar abiertamente de tristeza y desesperanza.

“En Chile está esta idea de que nosotros somos un país más depresivo, más tristón, más melancólico. Y creo que efectivamente las cifras de salud mental un poco muestran eso”, dice el sociólogo Felipe Godoy y agrega: “Creo que eso, de alguna manera, también se ve reflejado en un mood generalizado, que no tiene que ver necesariamente con problemas de salud mental, que no necesariamente es como patológica, sino que ya es más parte de nuestra cultura y muchos estamos hasta como medio orgullosos de eso”.

Algo de ese orgullo es lo que mostraba una joven emo que participó en un reportaje sobre esta tendencia que hizo TVN en 2008 y que se ha viralizado en redes sociales recientemente. “Lo que más hacemos es sufrir. Yo un poco busco sufrir. Y la vida igual me ha dado harto sufrimiento. Por eso elegí ser así”, decía en la nota aquella adolescente.

Casi dos décadas después, Belén González, organizadora de fiestas emo, reivindica esa actitud. “Seguimos tristes solamente que ya estamos con más edad no más. En la música emo encontramos un refugio en la adolescencia, de esa época en que todo te duele. Y las letras nos empezaron a hacer sentido y de grandes nos hicieron más sentido todavía”, sostiene.

Alejandro Vásquez de Fakie revalida esa opinión y cuenta que a lo largo de su carrera le ha escrito gente que ha enfrentado depresiones junto a su música o que ha lidiado con la muerte de seres queridos. 

“El emo tiene una especie de catarsis. A diferencia de otros estilos musicales, el emo es de emocionarte, de llorar, de gritar y cantar fuerte. Te tomas un trago y terminas cantando con todo a las tres de la mañana. Las letras han ayudado mucho a que la gente se exprese y a que se abra un poco”, dice Vásquez.

La revancha emo

En su adolescencia, de viernes a domingo Belén González viajaba cerca de una hora y media en micro y metro desde San Bernardo hasta Providencia, donde frecuentaba los puntos de encuentro de la comunidad emo, como el Parque de las Esculturas, la estación Salvador o los locales nocturnos de la calle Bucarest, donde se hacían tributos de las bandas anglo de la época.

González sufría de bullying en su colegio porque ahí era la única emo, por lo que reunirse con gente que compartía sus intereses era un alivio. Esos encuentros se multiplicaban en el mundo digital a través de Fotolog y Messenger, o MySpace si se trataba de encontrar bandas que tocaban el estilo que a ella le gustaba.

“En ese entonces era complicado. El bullying estaba muy a flor de piel. Ahora hay mayor visibilidad, pero en ese tiempo, al estar tan silenciado, se vivía fuerte. Yo creo que no tengo amigo de mi círculo emo que no haya sufrido bullying, o que su familia no los haya hecho quitarse la ropa para ponerse algo más ad hoc. En ese tiempo se vivía ese sufrimiento de no ser parte de algo, de no sentirte parte de lo que es convencional”, explica. 

En parte buscando esa misma sensación de refugio, en 2022 empezó a producir en Santiago la fiesta temática Emo Night, que ya se ha replicado en Valparaíso, Temuco y Concepción y que puede llegar a recibir a más de 200 personas por noche. “Empezamos a hacer estas fiestas porque no encontrábamos un espacio donde escuchar este estilo de música y también un espacio seguro para carretear, porque nos es difícil encontrar lugares donde pongan este estilo de música”, dice.

Una iniciativa similar es la que comenzó Giselle Costantini y la productora Necromorphosis, que ya organizaba fiestas góticas, k-pop y otaku. En enero del 2022 hicieron la primera edición de Malaventurados, que ahora se repite en el primer sábado de cada mes, recibiendo hasta 450 personas por noche. 

La productora destaca el sentido de comunidad que se puede apreciar en las fiestas emo, algo que no se da en otro tipo de eventos. “Tenemos un grupo de WhatsApp donde ellos comparten, arman grupitos para las personas que van solas, se ponen de acuerdo, hacen previa, se cuidan entre ellos. Entonces de verdad se ha dado como un ambiente muy rico en esta fiesta. Y eso habla también de que ellos igual eran como marginados en su juventud, entonces yo creo que por eso nace este apoyo tan grande que viven hoy en día”, dice Costantini.

“Yo no me identificaba como emo en lo absoluto porque era motivo de burla y era algo muy despectivo. Ser emo era como ser vulnerable. Había un sesgo bien machista. Los hombres, sobre todo, tenían un estigma súper fuerte y homofóbico al ocupar esa etiqueta. Yo también me desmarcaba de esa etiqueta, siendo que lo era completamente. Me gustaba todo lo que tenía que ver con el estilo. Ahora sí digo que soy emo, porque siempre lo fui”, señala Fernanda, la mamá de Amanda que irá junto a su hija al concierto de My Chemical Romance.

Algo similar recuerda Ignacio Ibarra, vocalista de Nxrcisitxs, una banda tributo a Pxndx, grupo mexicano que marcó una época en el emo latino. Aunque en su adolescencia vio como muchas personas se avergonzaban de escuchar música emo, se ha sorprendido con la demanda que tiene el estilo ahora y cuenta que vienen de agotar cuatro shows en Santiago, Concepción, Quilpué y Chillán y que fueron sondeados de una productora mexicana para ir a tocar allá.

“En los colegios había mucho bullying en torno a eso y muchos adolescentes, con toda la inseguridad de esa edad, terminaban escuchando muchas bandas a escondidas en su casa. No las escuchaban en público por miedo a ser rechazados”, rememora Ibarra y añade: “Hoy en día hay muchos emo que ya salieron del clóset. O sea, los adolescentes, ya somos adultos. Tenemos menos miedos, menos inseguridades también, y con el tiempo hemos sabido elegir nuestro entorno, nuestros amigos y compartimos nuestros gustos musicales con gente que está en la misma sintonía”.

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