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My Chemical Romance
Créditos @guilleasalazar

Tiempo Libre

28 de Enero de 2026

El álbum que marcó a una generación: el catártico regreso de My Chemical Romance a Chile con “The Black Parade” en una noche de emoción y nostalgia emo

Con un show concebido como ópera rock distópica, fuego, símbolos autoritarios y la interpretación íntegra de The Black Parade, la banda liderada por Gerard Way transformó el Estadio Bicentenario de La Florida en un rito colectivo marcado por la nostalgia emo, la teatralidad y el reencuentro con una generación que creció al ritmo de MTV.

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En 2006, miles de escolares en toda Latinoamérica regresaban de clases y, por las tardes, sintonizaban MTV, cuando el canal aún programaba videoclips. En ese contexto, My Chemical Romance era una presencia habitual en los rankings de los mejores videos, gracias a su propuesta teatral y a canciones cargadas de melancolía, rebeldía y amor intenso. Esos mismos niños, casi 20 años después, llegaron al Estadio Bicentenario de La Florida para conmemorar dos décadas de The Black Parade, el tercer álbum de estudio de la banda.

El intenso calor en Santiago fue la antesala de una noche largamente esperada: el reencuentro con el público chileno, que aguardó 18 años para volver a ver a la banda oriunda de Nueva Jersey, liderada por Gerard Way. La gira tuvo como eje la celebración de las dos décadas de su álbum más escuchado, un trabajo fundamental que definió el sonido emo de la primera parte de este siglo. Una de las grandes óperas rock de nuestro tiempo, que relata la historia de un personaje conocido como “el Paciente”: un hombre diagnosticado con cáncer que, a lo largo del disco, transita hacia su inevitable muerte.

La noche en Santiago se volvió aún más oscura cuando My Chemical Romance apareció en el escenario del Estadio Bicentenario de La Florida. El recinto, con capacidad para 20 mil personas, llevaba meses con las entradas agotadas. En línea con su impronta teatral, la banda desplegó un show intenso, articulado en torno a un relato de una autocracia distópica inspirada en regímenes fascistas del siglo XX. Ese eje narrativo es “Draag” y, según la historia que propone el espectáculo, el país es una dictadura gobernada por el Gran Dictador Inmortal.

Para esta gira, Gerard Way encargó al tipógrafo Nate Piekos el diseño de un lenguaje que sirviera como idioma de los Draag y que se utilizara también en el merchandising. El lenguaje, conocido como Keposhka, acompaña desde antes del incio del concierto en las pantallas.

En ese entramado narrativo, la música de la banda se convierte en el personaje principal. Bajo la atenta mirada de un ojo orwelliano que todo lo ve, la puesta en escena incorpora médicos y maestros de ceremonias, además de imágenes proyectadas durante el primer acto que refuerzan la idea de esta dictadura ficticia.

El primer acto del show respeta de manera íntegra la narrativa del álbum. Todo comienza con la entrada del Paciente en The End. Los primeros acordes tuvieron un eco inmediato en un público mayoritariamente cercano a los 30 años, vestido de negro casi ceremonial y —en algunos casos— aún con las Converse que formaban parte del uniforme emo de comienzos de los años dos mil. Siguiendo el orden del disco, sonaron Dead!, This Is How I Disappear y The Sharpest Lives.

A poco andar del show llegó uno de los momentos más esperados de la noche: Welcome to the Black Parade. Las primeras notas del piano anticiparon uno de los grandes éxitos de la banda. La canción, que según su propio creador representa “el triunfo del espíritu humano”, fue un hit inmediato en su época y terminó por convertirse en el himno definitivo de My Chemical Romance, además de uno de los videoclips más icónicos de MTV.

El primer acto continuó con I Don’t Love You, House of Wolves y Cancer. En todo este tramo, las miradas se concentraron en Gerard Way, quien a sus 48 años, más que cantar, construye una performance física y emocional sobre el escenario: se arrastra, se arrodilla y encarna cada palabra de sus creaciones, siempre bajo la vigilancia constante del ojo sobre el escenario.

Créditos @guilleasalazar

El cierre del acto llegó con Sleep, Teenagers —otro punto alto que hizo saltar al público—, Disenchanted y Famous Last Words, señal clara de que la interpretación completa del álbum se acercaba a su fin. Todo estuvo acompañado por un impactante despliegue de fuego, con grandes llamaradas que emergían desde el techo del escenario. Una violenta escena final, con Gerard Way acuchillando al paciente, puso término a la presentación íntegra de The Black Parade.

Un triunfo para los fanáticos, que cada cierto tiempo pueden reencontrarse con bandas que deciden presentar sus obras cumbre de manera completa, en orden y respetando el espíritu original. Un primer acto que golpeó directo en la nostalgia y remite a desamores escolares musicalizados con reproductores de MP3 de poca memoria y audífonos al límite, mientras la banda despliega su muralla rockera.

Tras un interludio de chelo y en plena oscuridad, My Chemical Romance volvió al escenario para el segundo acto. Esta vez sin los trajes del Black Parade y con Gerard Way sin maquillaje, vestido de forma simple con jeans ajustados y una polera negra, en sintonía con el resto de la banda.

“Volvimos a ser personas normales”, dijo el vocalista. Si en la primera parte no hubo interacción con el público, el segundo acto fue todo lo contrario: cercanía con los fans chilenos, carisma sobre el escenario y palabras de agradecimiento constantes, también para The Hives, quienes acompañan a la banda en esta gira sudamericana.

A diferencia del concierto en Perú, la banda decidió modificar el setlist de esta sección, recorriendo distintos momentos de su discografía. El segundo acto abrió con Boy Division, seguido de It’s Not a Fashion Statement, It’s a Deathwish, de su álbum de 2004 Three Cheers for Sweet Revenge. Los fanáticos también celebraron clásicos como I’m Not Okay (I Promise) y Na Na Na. Además, la banda interpretó Hang ’Em High, una canción poco habitual en esta gira. El concierto cerró con Helena y The Kids from Yesterday, sellando una noche cargada de sentimeintos y catarsis colectiva.

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