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Opinión

27 de Julio de 2025

Enrique Correa: ¿Qué es lo correcto?

Foto autor Kike Mujica Por Kike Mujica

El exministro y desde hace décadas factótum de las comunicaciones y el lobby, declara en su autobiografía –“Mi vida, mi historia”, escrita por Luis Álvarez- que su filosofía de vida es “hacer lo que hay que hacer y hacer lo correcto”. Dicha declaración de principios despierta reflexiones sobre los derroteros políticos de la biografía de Correa, que es la historia de la izquierda chilena en un hombre y el tránsito en menos de una década desde la radicalidad a la moderación. ¿Fue “correcta” la UP o fue lo que “había que hacer”? ¿Fue “correcta” la transición o fue “lo que había que hacer”?

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“Me ha ido bien en la vida y lo que la ha caracterizado -una especie de lema para mí- es, por un lado, haber hecho siempre lo que hay que hacer con mi familia, con mis hijos, con mis nietos, pero también en momentos trascendentales, como cuando nos propusimos con mis compañeros de partido luchar contra la dictadura, incluso si había que entrar o salir clandestino de Chile.

Lo segundo es hacer lo correcto, como aquel título de la película de Spike Lee, ‘Haz lo correcto’. Eso es una herencia de mis padres y de mis abuelos que me enseñaron a ser correcto, a no tener nada debajo del poncho, a no tener esqueletos en el armario. Creo que voy a terminar mis días con esos lemas”.

Enrique Correa: Mi vida, mi historia de Luis Álvarez V.

El poder -periodistas, políticos y hombre de negocios- es voyeur de Enrique Correa. Lo fisgonea, cuchichea sobre su mano invisible, sobre su vida privada, acerca de sus contradicciones, lo convierten en una criatura mítica, el poder hecho carne, cínico, deslumbrante.

El enigma.

Dos libros -curiosamente simultáneos- se explayan sobre Enrique Correa. “Enrique Correa: mi vida y mi historia”, una autobiografía escrita por el periodista Luis Álvarez V. Y “Enrique Correa, una biografía sobre el poder”, de los periodistas Andrea Insunza y Javier Ortega.

Gracias a ambos textos es posible delinear, en la medida de lo posible, la idiosincrasia de un actor histórico que carga en su anatomía a la UP, a la dictadura, a la transición y a la caída de la Concertación y el advenimiento de una nueva izquierda asqueada con la antigua.

En el intertanto cayó el Muro y la URSS -Correa habitó ambos, literalmente- y también colapsó la iglesia católica, otro lugar de residencia del personaje. Murió Pinochet –“usted es zorro y yo también”, le dijo el general en los 90- y la democracia liberal sufre una vejez avanzada.

Correa es la izquierda, su historia, en un hombre.

Correa y su filosofía de vida

Pienso que el núcleo de la autobiografía reside en la definición de Correa sobre su filosofía de vida, su brújula: “Hacer lo que hay que hacer y hacer lo correcto”.

Entre esos dos derroteros no se abre un parteaguas, sino más bien el mar rojo de Moisés.

“Hacer lo que hay que hacer” suena a política. Lo correcto, no. Salvo que sea “hacer mi creencia”, más allá de los resultados y de las consecuencias

“El que hace política pacta con poderes diabólicos, y que quien quiera obrar el bien con la política se verá arrastrado por el mal”, escribió Max Weber.

Como toda la generación de izquierda que se amamantó de la década del 60, la biografía de Correa, en los dos libros, exhibe variados arrepentimientos. Ajustes de cuenta propios que se encarnaron en la renovación socialista que cambió sus medios y sus fines a fines de los 70.

De la DC al MAPU

Correa rompió con la DC, pese a que fue, junto a la iglesia, su alma mater política.

En su autobiografía, recuerda que un día cualquiera, un militante de la DC de Ovalle -Eliseo Richards- lo invitó a sumarse al partido.

“Un día nos dijo, ¿por qué no se van a inscribir todos a la democracia cristiana? El local de la DC quedaba a dos cuadras de la parroquia y lo acompañamos unos cuatro o cinco. Les traigo nuevos militantes, dijo Eliseo cuando llegamos al partido. Los de la parroquia nos reuníamos en el local del partido. A la salida de la iglesia repartíamos “La voz”, un diario progresista que teníamos muy distinto a lo que podíamos llamar un semanario religioso puro”.

Corría 1957. Tenía 12 años. Fue su iniciación política.

Sin embargo, en 1965 comienzan las dudas por lo falta de radicalidad de la DC, sobre todo de Frei.

Mea culpa en su autobiografía: “El presidente Frei Montalva hizo confluir la idea de un cristianismo progresista con la de ocupar el centro y lo hizo con mucha propiedad. Nosotros mismos no lo comprendíamos. Los grupos más radicales al interior de la DC queríamos que fuera un partido de izquierda, siendo la verdad bien cristianos”.

Otro mea culpa: “El presidente Frei Montalva llevó un gobierno muy transformador… pero a nosotros, en ese momento, nos parecía poco”.

La disonancia por resolver era cómo conjugar marxismo y catolicismo. El intelectual francés Louis Althusser le hizo el link, según cuenta Correa.

“Nos permitió ser marxistas y ser cristianos al mismo tiempo, porque no teníamos que adherir al materialismo dialéctico o al histórico, entrando en contradicción con el cristianismo, porque ser marxista significaba fundamentalmente adherir a un método que nos daba El capital. Quedamos bajo este influjo durante largo tiempo”.

Vino la devoción por Marx. Le atribuyeron una frase que, según Correa, no la proclamó él sino Rodrigo Ambrosio, la figura insigne del MAPU: “Camaradas, aquí nosotros somos marxistas-leninistas por los cuatro costados”.

También irrumpió la seducción por el cambio radical, por la URSS. El quiebre con la DC -la reforma agraria, decíamos, “era una operación del imperialismo americano”-; con sus mentores de la falange, como Jaime Castillo Velasco; y con quien sería una figura de devoción futura: Patricio Aylwin (“Don Patricio”, lo llama en el libro).

Ese quiebre de la izquierda con la DC, promovido por el MAPU, es fuente de arrepentimiento hoy:

“Si la DC hubiera estado junto con la izquierda, como quería Radomiro Tomic, no habría habido golpe porque se habría formado por anticipado aquella coalición que años después no permitió salir de la dictadura”.

También cayó en desgracia Salvador Allende. Correa y el MAPU se resistían a que fuese su candidato en 1970, porque lo consideraban un político “que jamás se iba a salir de las reglas”.

Recuerda en su autobiografía:

“Mandatados por el partido José Antonio Viera Gallo y yo fuimos a hablar con el candidato. Teníamos que decirle que estábamos de acuerdo en apoyarlo, pero que no nos gustaba porque lo considerábamos un político tradicional. ¡Qué vergüenza ahora que pienso lo que fuimos a decirle”. Nos respondió, “Seré tradicional, pero soy más popular que la Coca Cola”. Esa respuesta no se me va a olvidar jamás.

Vino el golpe y la UP se derrumbó bombardeada por los Hawker Hunter. En la izquierda la explicación ipso facto fue que el fin de la democracia era obra de los yanquis y los militares traicioneros, azuzados por una derecha oligárquica sediciosa y cómplice del desabastecimiento.

Nadie pensó -o quiso pensar- en ese momento que la intransigencia y radicalidad de una buena parte de la izquierda también formaba parte del cocktail explosivo. Y que las bravatas sobre el poder popular que saldría a recuperar La Moneda o que las FF.AA. estaban divididas, eran hipótesis irresponsablemente cándidas.

La reflexión acaecería después en Correa y su sector. Es entendible que las cavilaciones se postergaran: había que salvar el pellejo y arrancar frenéticamente para no ser torturados o ejecutados.

A partir de las historias relatadas por Correa en su autobiografía se pueden plantear varias interrogantes sobre la base de “hacer lo que hay que hacer y hacer lo correcto”, su filosofía de vida según confesión propia:

—¿Hizo la izquierda y Correa en la UP, “lo correcto” o más bien lo que “había que hacer”?

—¿”Lo correcto” era pactar con la DC y olvidarse del avanzar sin transar?  

—¿“Lo que había que hacer” en ese momento extremo era embarcarse en la revolución?

Adiós a Lenin

En el exilio, Correa se rodeó de la nomenclatura del bloque comunista. Vivió principalmente en la URSS y en la RDA. Cuenta el libro de Insunza y Ortega, que gozaba de privilegios especiales.

“Como muestra del buen trato que la RDA le otorgó al MAPU-OC recibía un sueldo mensual. Y, muy importante, contaba con una visa múltiple para salir y entrar a la RDA sin restricciones, además de un talonario con tickets aéreos de Interflug, la línea aérea local, para viajar a los países del Este y otro para tomar el tren. No sólo le permitía viajar a otras naciones socialistas, sino que también cruzar el muro de Berlín”.

Adentrado los 70, la izquierda chilena comienza la reflexión sobre la UP, en medio del trauma y “de ese monstruo grande y que pisa fuerte”, como dice Correa.

El surgimiento del eurocomunismo, que se aleja de la URSS, tiene mucho que ver con el fracaso de la UP. Correa cuenta que ese giro se formó “en torno al golpe en Chile, a sus consecuencias y a la discusión de las razones”.

La hipótesis: OL, hubo factores exógenos, pero también fallas propias.

Enrico Berlinguer, secretario general del PC italiano, se convirtió en la cabeza del eurocomunismo. Su tesis fue una crítica directa a las “fuerzas del cambio” en Chile: la UP debería haber sido un compromiso histórico entre la izquierda y la DC.

Correa cuenta en su autobiografía:

“Había tesis opuestas. Una que afirmaba que no se reunieron las fuerzas que había que reunir y la otra decía que no se generaron fuerzas para defenderse. Esas fueron las posiciones del comunismo mundial y nosotros fuimos tributarios de esa polémica. Pese a que yo era bien prosoviético, me sentí muy atraído por la tesis de Berlinguer”.

Aquí hubo una definición en el mundo de la izquierda chilena. Una disyuntiva existencial. Y una decisión sobre “lo correcto”: cambiamos o no cambiamos.

“Lo que había que buscar entonces era una compatibilidad entre socialismo y democracia. Este es un punto muy importante: la revalorización de la democracia liberal”, cuenta Correa.

Esta revelación -Carlos Altamirano incluido como el primero de los conversos- se puede leer no como una respuesta táctica ante un fracaso político -el golpe-, sino como una corrección estructural del devenir de la izquierda en Chile.

Lo recuerda brutalmente Correa en su autobiografía:

“Creo que, como dijo Berlinguer, “las libertades se atraen” y el que quiere libertad política tiene que tener libertades culturales o morales -o como se llamen- y libertades económicas”.

Esa constatación, ese golpe al alma de las convicciones, venía después de menos 10 diez años del golpe.

En su autobiografía, Correa cuenta el día en que rompió con su pasado:

“La ruptura con Lenin me costó más. Recuerdo que una vez estábamos en un auto estacionado en Roma con Jaime Gazmuri, que por cierto siempre ha sido muy inteligente, y me dijo con algún cuidado porque yo era una especie de patrón de la ortodoxia: “sabes, yo estoy revisando mucho a Lenin”… A mí me pareció como estar rompiendo con un amor, un sacrilegio. Salí medio mareado del auto y claro, después me di cuenta de que no podía seguir sosteniendo mi posición, sobre todo por Polonia. No por mis compañeros, sino por el pacto individual que produjeron en mí las protestas sindicales que eran apoyadas por la Iglesia Católica y que contribuyeron a la caída del muro. El quiebre fue inevitable para mí porque se dio allá mismo, donde yo me movía. No fue en Roma, ni en la sede del comunismo occidental. Fue entre Rusia, Alemania del Este, donde estaba el corazón del asunto que a la larga iba a llevar al fin de todo esto. Me produjo una conmoción muy grande. Creo que ahí ya me aparté de Lenin y dejé de ser leninista”.

La represión contra el movimiento sindical y contra la Iglesia Católica en Polonia y la invasión soviética en Afganistán fueron las razones de muchos izquierdistas chilenos -no del PC- para definitivamente dejar de hablar de la democracia formal o burguesa.

En su autobiografía, Correa no se explaya demasiado sobre “la conversión”, ni sobre la procesión interna que ella motivó. Es más bien escueto.

En el libro de Insunza y Ortega argumentan que el viaje de Correa hacia la renovación fue más lento que el del resto de la izquierda. Relatan que mientras José Miguel Insulza escribía en el exilio que la derrota de la UP había sido “más política que militar”, Correa aún dudaba.

“Fui más tardío para hacerme un cuestionamiento ideológico”, confesaría tiempo después.

Pero, tal como en todas las misiones que asumió, a la hora de los quiubos, Correa se convirtió quizá en el más de los renovados de los renovados.

¿Hizo lo que había que hacer o hizo lo correcto?

La pregunta se repetiría en su nueva etapa política: la transición

La lumbrera del nuevo gobierno

Correa representa para el frenteamplismo el epítome de la transición negociada, del contubernio entre el socialismo y el empresariado y del “transar sin parar” tal como lo definió Alfredo Jocelyn-Holt.

Devenido en un militante ultrón del pragmatismo, Correa deslumbró entre 1990 y 1994 porque tal como se deduce de los dos libros, se graduó en bailar en la cornisa y moverse diestramente entre cristales.

Aplicó “lo correcto” y también “lo que había que hacer”. Tuvo que negociar cara a cara con los militares con sigilo. La cautela no era fácil para una izquierda que había sufrido los rigores de la represión y el exilio. “Mente fría, corazón caliente”, una máxima que los amigos jesuitas de Correa enseñan a su feligresía.

Eso no se lo perdonarían viejos izquierdistas y, sobre todo, los novísimos que por esos días recién nacían o estaban aprendiendo a caminar.

En su autobiografía se explaya en descartar que haya influido sobre la prensa para morigerar los humores del general Pinochet. Ortega e Insunza le ponen bemoles a esa aseveración: sostienen que cuando el peligro acechaba, actuaba para cambiar titulares en el diario oficialista La Nación.

Correa lo desmiente.

En su autobiografía también releva la cercanía y admiración por Boeninger -otro enemigo del Frente Amplio-, la encarnación de la real polítik y de la medida de lo posible.

Boeninger podría haber sido para el Correa de la UP el enemigo número uno.

Su destreza, habilidad y sagacidad cautivaron a empresarios. Ahí parte el Correa hombre de negocios, el sospechoso, el indispensable, el transversal, el sibilino: cuando convierte su mente en una empresa de comunicaciones y lobby que extiende sus redes por doquier.

Pero esa es otra historia.

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