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secuestro Conchalí
Sandro Baeza

Ciudad

20 de Agosto de 2025

La oscura trama detrás del secuestro donde traficantes de pasta base obligaron a su víctima a comerse su propia oreja por deberles $140 mil

El 8 de julio, un crimen estremeció a Chile. Un grupo de narcotraficantes secuestró a un hombre, lo torturó y lo obligó a tragar el trozo de oreja que le habían arrancado. Durante horas, la víctima fue sometida a un tormento propio de una película de cine gore: vejaciones que incluyeron la marca de una “jota” grabada con cuchillo en su espalda. El caso se inscribe en una tendencia inquietante: la violencia desmedida con la que hoy se perpetran los secuestros en el país. Un delito en alza, que cerró el 2024 con 2,3 secuestros cada día.

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El jueves 7 de agosto, las miradas se posaron en un mismo hecho: el secuestro del empresario Rodrigo Cantergiani. Fue interceptado a pocas cuadras de su oficina en Quilicura y, en cuestión de horas, su captura se convirtió en una cobertura televisiva seguida casi minuto a minuto. Los captores exigían $300 millones para liberarlo.

Tras 17 horas de cautiverio, Cantergiani recuperó la libertad. El rescate finalmente pagado fue menor al solicitado y aún se mantiene en reserva. El caso encendió las alarmas: el perfil de la víctima confirmaba que los secuestros extorsivos, con fines de rescate, son una realidad cada vez más instalada en Chile.

Pero ese no es el único rostro del delito. Según cifras de la Fiscalía Nacional, el año pasado se registraron 868 secuestros en el país, un promedio de más de 2,3 casos diarios. Entre ellos, un 21% correspondió a secuestros extorsivos, como el de Cantergiani.

Sin embargo, otra motivación va al alza: los secuestros por ajuste de cuentas, mucho más brutales y sádicos, que no buscan dinero, sino enviar mensajes en medio de la guerra entre bandas rivales. Estos representaron un 14,7% de los casos. Uno de los más recientes ocurrió un mes antes que el secuestro del empresario: la captura del chileno Mauricio Tapia, quien fue mutilado y obligado a comerse una de sus propias orejas. 

El episodio reflejó el nivel de crueldad que hoy alcanzan algunos secuestros en Chile, donde la violencia se utiliza como un lenguaje propio entre bandas. En el caso de Mauricio Tapia, la tortura fue el mensaje. The Clinic accedió a detalles inéditos de esas horas de terror, que revelan hasta dónde puede llegar la brutalidad de este delito.

Una jota dibujada en la espalda con un cuchillo en medio del secuestro

El 8 de julio, cerca de la medianoche, Mauricio Tapia caminaba por Conchalí cuando fue interceptado en la intersección de Amberes con Isabel Carrera. Un grupo de cuatro personas lo subió a la fuerza a un vehículo Kia Sorento blanco. 

No se trataba de un secuestro por dinero: era un ajuste interno. Según la investigación liderada por la Fiscalía Ecoh, el líder de la banda, Elías Jordan Sayeg Díaz, lo acusaba de haber incumplido algunos códigos internos de la organización, provocando una pérdida de 140 mil pesos en ventas de pasta base y cocaína.

El auto recorrió distintas calles hasta llegar a un inmueble en Robert Kennedy 5233, utilizado como centro de operaciones por la organización. Allí comenzó el suplicio. Durante casi tres horas, Tapia fue golpeado con puños, fierros y palos, quemado con cigarrillos y humillado.

Lo peor vino después. La violencia escaló con la mutilación de parte de su oreja derecha, que luego lo obligaron a comerse frente a todos. Además, con un cuchillo, uno de los captores le grabó en la espalda la letra “J”, la inicial que identifica a Elías Jordan, el jefe de la banda. Una firma de sangre que no buscaba dinero ni rescate, sino disciplinar y enviar un mensaje cualquiera que desafiara su autoridad del líder.

Mauricio Tapia sobrevivió a las horas de cautiverio, liberado de madrugada, pero con lesiones evidentes: cortes, equimosis, fracturas y la amputación parcial de su oreja.

La detención de los criminales 

Un mes después del secuestro de Mauricio Tapia, la policía irrumpió en distintos domicilios de Conchalí y Quintero. La operación terminó con la detención de Elías Jordan Sayeg Díaz, identificado como el líder de la banda, junto a su pareja y colaboradora directa, Cinthya Schythe Schythe, además de otros seis integrantes, cuatro chilenos y dos venezolanos. En las casas utilizadas como centros de acopio encontraron pasta base, cocaína, municiones y balanzas digitales para dosificar la droga.

Fue en ese operativo que la Fiscalía reconstruyó lo que ocurrió la noche del 8 de julio, cuando Tapia fue secuestrado como castigo por una supuesta pérdida de 140 mil pesos en ventas de droga.

La investigación permitió establecer que detrás del secuestro operaba una asociación criminal con base en Conchalí y ramificaciones en la Región de Valparaíso. Su líder era Elías Jordan Sayeg Díaz, quien junto a su pareja y colaboradora directa, Cinthya Schythe Schythe, coordinaba la compra de droga, organizaba la dosificación y daba instrucciones al resto del grupo. Ambos manejaban, además, las “normas” internas de la organización, cuyo incumplimiento se pagaba con castigos ejemplares. En ese engranaje, los secuestros no eran un negocio paralelo sino una herramienta de control y disciplina.

Bajo ellos operaban distintos brazos ejecutores. Entre los principales estaban Joan Alexander Coña Marín y Kevin Paul Huerta Espinoza, sindicados como los más violentos, además de Yosmar Alexander Lara Izarra, conocido como “Yomo”, y Luis Janiot Avendaño Rangel, alias “Yean”. A este núcleo se sumaban Pablo Huerta Herrera y Cristian Canales Gutiérrez, quienes mantenían un centro de operaciones en Quintero destinado al acopio y venta de drogas.

La red utilizaba al menos cuatro inmuebles como centros de acopio y distribución: tres en Conchalí —en calle Florencia, Robert Kennedy y Cordillera de los Andes— y uno en Pomabamba, en la localidad de Loncura, Quintero. Desde allí coordinaban tanto la venta al menudeo como el resguardo de armas y drogas.

Tras la detención tanto la Fiscalía como la Policía de Investigaciones se refirieron al hecho. El subprefecto Hassel Barrientos confirmó que el secuestrado integraba la misma estructura criminal.

“La víctima, formada parte de este clan familiar, estaba encargado de un punto de distribución de drogas, por lo cual hubo diferencias respecto a la cuenta de las ventas que se habían realizado en ese punto a cargo de este sujeto”, explicó a los medios.

“Esto es un modo operandi normalmente utilizado por estas bandas criminales, con la finalidad de ejercer el control y el liderazgo frente a las personas que trabajan para ellos“, añadió el policía.

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