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Opinión

6 de Septiembre de 2025

Desde la película La ola a la serie En el barro: la mirada masculina 2.0

En su columna, Isabel Plant repasa la manera en que la serie argentina En el barro y la película chilena La Ola reproducen la mirada masculina en pantalla. La primera, dice, reduce a sus protagonistas a cuerpos erotizados en una cárcel ficticia; la segunda, pese a los esfuerzos de Sebastián Lelio por rodearse de un equipo femenino, termina mostrando a sus personajes como postales vacías y niñas confundidas. Como concluye Plant: “Lelio podrá no sexualizar en cuanto a imagen o encuadre, pero está igualmente utilizando a las protagonistas de una revolución, para entregar una mirada masculina de lo que fue el movimiento”.

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En el pequeño estudio de grabación improvisado las mujeres se pasean semidesnudas, se revuelcan, se besan, se lamen, se pasan juguetes sexuales por el rostro unas a otras, hasta que su jefa grita corte. Después, se quejan de que la compañera de escena tiene mal aliento. Es parte de En el barro, la exitosa serie argentina de Netflix, y spin-off de El Marginal, sobre una cárcel de mujeres, donde algunas de las protagonistas tienen un negocio de videos sexuales.

La chica más linda de todas, una modelo que accidentalmente mata al novio –Valentina Zenere, quien de paso se emparejó con el creador de la historia, Sebastián Ortega– termina haciendo un video hot, entregada al erotismo en medio de una grabación inmunda con otra chica espléndida –la cantante superventas María Becerra–, y no hay mucho más que decir: mirada masculina en toda su expresión.

Más allá de la veracidad que puede tener la ficción –ninguna, diría yo, y da lo mismo–, lo que más me llama la atención de esta historia es que funciona como si la última ola feminista no existió jamás. O si lo hizo, es para que el audiovisual pueda obtener más estereotipos femeninos para poner en pantalla.

Sebastián Ortega es un verdadero genio de la televisión argentina hace más de una década, con series tan exitosas y aplaudidas como Los Pells o Historia de un clan. En el barro es entretenida –como lo era también El marginal, una eterna fan de Diosito por acá–, corre rápido y ya aseguró una segunda temporada. Pero al verla, uno se pregunta para quién está hecha: es como si fuera una serie masculina, pero con corpóreos de mujeres como personaje.

El concepto, el de mirada masculina (male gaze), fue acuñado en un ensayo de 1975 de teórica del cine británico Laura Mulvey, llamado Placer visuales y el cine narrativo. Ahí la académica instalaba que la desigualdad de poder en la sociedad se trasladaba a la pantalla grande, sobre todo en una industria liderada y dominada – y filmada, en su mayoría- por hombres. No era solo que los personajes femeninos eran secundarios u ornamentales, sino que, además, la manera de encuadrar, iluminar y fotografiar las sexualizaba de manera inherente; no personajes, sino objetos que satisfacen deseos masculinos.

El término, en vez de jubilar –para sorpresa de su autora–, cobró más vida en el nuevo mileno y sobre todo tras la última oleada feminista. Películas filmadas por hombres comparadas cuadro a cuadro con las realizadas por mujeres, realzando las diferencias en “la mirada” en cuanto a sexo, romance o belleza.

En el barro tiene cuatro guionistas, una de ellas mujeres. Y por mucho que los reels de Instagram muestren a sus actrices destacando el cuidado trabajo que hizo el coordinador de intimidad, o que se entrevistaron con mujeres privadas de libertad, esta es una producción de mirada masculina orgullosa.

La pregunta es entonces: ¿pueden los directores y creadores hombres contar de manera certera las vidas, dolores y experiencias de género de las mujeres, sin instrumentalizarlas?

Un debate que le cae también al estreno más reciente del cine chileno, la muy debatida La Ola de Sebastián Lelio. El director ganador del Oscar se ha hecho un nombre aquí y afuera por ser un delicado retratista de historias con mujeres al centro: desde Gloria a Una mujer fantástica, de Disobedience a El prodigio. Ahora busca contar la historia de explosión e implosión de las jóvenes que avivaron la ola morada en 2018, en tomas universitarias y marchas chilenas.

La ola

Mucho se ha escrito sobre cómo Lelio se adelante a la crítica de ¿y qué hace un hombre contando esta historia?, al romper la cuarta pared e incorporar el cuestionamiento en la película misma, además de armarse de un equipo femenino fuerte, incluyendo tres guionistas de peso local: Josefina Fernández, Manuela Infante y Paloma Salas. Ah, además, es un musical.

El atrevimiento en forma (por mí que cantaran y bailaran todo el tiempo), y sobre todo la propuesta de explorar los aciertos y desaciertos de la revolución feminista, son lo más interesante de la película. Pero el problema de La ola es que queda con un fondo barroso, sobre todo en sus protagonistas. Julia, su centro, está desdibujada; ¿problema de género o de generación? Ella y sus amigas están perfectamente retratadas en cánticos y formas de vestir, pero nunca terminan por convertirse en personas reales.

La mirada masculina de Lelio, siguiendo con el marco teórico y a diferencia de la de Ortega, es una amorosa e interesada en la mayoría de sus películas: quiere a Gloria, incluso cuando la vida la humilla; vuelve más hermosa a la Mujer Fantástica, en su testarudez y luto; la escena de sexo entre Rachel Weisz y Rachael McAdams en Desobediencia es tan erótica como delicada. Él mismo es un excelente ejemplo de qué hombres o mujeres pueden adentrarse exitosamente en mundos y cuerpos ajenos en ficción.

Pero en esta ocasión el director chileno pareciera admirar a sus protagonistas mientras son imágenes de postal feminista, pero desmerecerlas como niñas confundidas cuando se dejan llevar por lo colectivo. Lelio podrá no sexualizar en cuanto a imagen o encuadre, pero está igualmente utilizando a las protagonistas de una revolución, para entregar una mirada masculina de lo que fue el movimiento: empatiza con sus reclamos, aplaude sus bailes y marchas, pero cuando llegan los choques y tropiezos, pareciera ser que se merecen terminar solas, bajo la lluvia.

¿Importa si, para intentar ser aliado, tiene guionistas, montajistas, productoras mujeres? El cine es un oficio colectivo, cada uno de sus cientos de piezas importa; si el set es más diverso, probablemente la película se nutra de aquello. Pero, a la vez, es un espacio completamente jerarquizado. El director es Dios, sobre todo uno con estética y ojo tan identificable como Lelio. Por lo mismo, si uno se abstrae y no mira las intenciones, sino que solo el organigrama, es rodearse de mujeres y repletar la pantalla con ellas, para amoldarlas a lo que quiere mostrar. Una mirada masculina completamente opuesta a la de Ortega, pero mirada masculina al fin.

Y acá hago una pausa: si sueno como feminista enojada y ofendida, no estoy ni enojada ni ofendida (feminista cansada, puede ser). Lelio puede filmarlo que quiera, bienvenido sea. Pero es uno de los dos cineastas chilenos de mayor exportación, es un autor, y esta es su lectura de un momento fundamental del nuevo siglo en Chile; cuando en el futuro se estudie este periodo, este es su aporte a cómo será recordada la revolución feminista: un entusiasta y caótico fracaso.

Al filmar lo que presenta como la crónica de una derrota colectiva, desde su génesis La Ola mira por encima y no por al frente al movimiento, cayendo en su propia trampa.

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