Opinión
16 de Septiembre de 2025
Ya no los hacen así: Robert Redford y el adiós a un actor, director, activista e ícono de lo que Estados Unidos soñaba ser
Por Isabel Plant
Ícono hollywoodense, Robert Redford fue mucho más que un rostro perfecto: actor, director, activista y pionero del cine independiente, quien encarnó durante seis décadas el sueño –y las contradicciones– de un Estados Unidos que hoy parece un mito.
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¿Cuál Robert Redford fue el que recordaron hoy, cuando se anunció su muerte a los 89 años?
Para los más jóvenes –“no lo conocí sin ser viejo”, dijo una colega veinteañera, causándome un aneurisma- será quizás el poderoso villano encubierto de “Capitán América: El soldado de invierno” (2014).
Para los con recuerdos noventeros, será quizás el millonario que le hacía la “Propuesta indecente” (1993) a Woody Harrelson y Demi Moore, de darles un millón de dólares por pasar una noche con ella.
Pero para los amantes del cine clásico y quienes fueron jóvenes en los años 60 y 70, Robert Redford fue un ícono de Hollywood, de esos tan fulgurantes que enceguecen. El tipo de actor del cual los hombres quieren ser amigos y tener aventuras como las de “Butch Cassidy y el Sundance Kid” (1969), saltando por el barranco, o salirse con la suya en engaños perfectamente organizados como en “El golpe” (1973).

Y, a la vez, el hombre del cual las mujeres quieren enamorarse. ¿Cuál escena perfecta gana? Redford lavándole el pelo a Meryl Streep en “Memorias de África” (1985), él un espíritu libre que se rehúsa a asentarse con la aristócrata danesa. O el final de “Nuestros años felices” (1973), cuando la pareja dispareja -ella apasionada política, él, un escritor sin ganas de jugársela por temas complejos- se cruza casualmente años después en la calle, y se dicen todo al decir muy poco, al mirarse, y cuando ella le toca el mechón que a él le cae por la frente.
Suspiro.
Por décadas, Redford personificó la fantasía de los estadounidenses sobre cómo ellos mismos les gustaría ser. Un Estados Unidos que ya no existe tampoco, y quizás no existió, pero del cual hoy se construyen leyendas.

Redford se transformó en un exitoso protagonista de cine en los 60, personificando una versión más relajada de los jóvenes. Luego fue parte de un momento hollywoodense de cambios, con la entrada del nuevo cine de autor en los 70; trabajó con Pollack o Pakula. Su apuesta, en esas décadas y las siguientes, fue hacer éxitos de taquilla con cerebro o a lo menos con ética; que su facha espléndida de californiano no entorpeciera el mensaje ni dejara atrás el contar buenas historias.
Cuando se cansó de actuar -aunque lo siguió haciendo hasta 2016-, Robert Redford se pasó detrás del lente; su debut como cineasta en 1980, “Gente común”, sobre la desintegración de una pareja adinerada tras la muerte de su hijo, lo hizo llevarse el Oscar a Mejor Director y Mejor Película. Desde ahí vendrían otros tremendos títulos que, como siempre con Redford, tenían forma y fondo y una mirada a su país desde distintas veredas, como “Quiz Show” (1994) o “Nada es para siempre” (1992).
Redford fue activista político -fue suya la insistencia de llevar al cine la historia de los periodistas que trajeron abajo a Nixon en “Todos los hombres del Presidente” (1976)-, férreo opositor a Donald Trump. Fue también un campeón de las causas ambientales antes de que fueran moda. Y fue un pionero en generar cine independiente, al crear el Instituto Sundance, trampolín y refugio de nuevas voces cinematográficas, con su famoso festival invernal anual incluido.

Meryl Streep lo despidió diciendo: “Uno de los leones ha partido”. Y es que lo que queda vacante con su partida en un Hollwyood de Instagram, es una estrella que no sólo tenía la pinta sino que tenía la sustancia, que estaba dispuesto a pelear por causas y no darlas por perdidas, que estaba interesado en contar y que le contaran, y cuya presencia en pantalla resumía muchas veces lo que vislumbramos cuando miramos hacia las estrellas en la pantalla grande: afabilidad y relajo, potencia y carácter. Era cool cuando ser cool no se vendía ni se influenciaba.



