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Ilustración: Sandro Baeza - The Clinic

Tendencias

10 de Noviembre de 2025

La desconexión digital en un nuevo mundo hiperconectado: experta explica por qué WhatsApp es la app de la que es más difícil salir

La investigadora Mora Matassi analizó los desafíos de la desconexión digital en tiempos de hiperconectividad y explicó por qué WhatsApp se ha convertido en la app más difícil de abandonar.

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X (antes conocido como Twitter), WhatsApp, Telegram, Instagram, Facebook —quizás ahora en menor medida— y TikTok son algunas redes sociales y servicios de mensajería que tenemos disponibles para para movernos dentro de un ajetreado mundo hiperconectado. Pero ¿Qué pasa cuando una persona comienza a sentirse abrumada y decide salir de esta autopista de la información? ¿Qué tan difícil es salir del camino?

Al parecer no es tan simple como algunos piensan. No se trata tan solo de dejar de usar algunas aplicaciones y es una decisión bien pensada, quizás demasiado pensada.

Mora Matassi, profesora, investigadora y directora de la licenciatura en comunicación de la Universidad de San Andrés en Argentina, participó de la VI conferencia internacional Cultura Social Media ‘25 que organizada la Escuela de Comunicaciones y Periodismo de la UAI. Fue en el marco de su visita a Chile donde explicó a The Clinic qué es la desconexión digital y qué significa esto en el mundo de hoy.

“Es difícil materialmente lograr la desconexión digital”

—¿Cómo definirías la desconexión digital? ¿Es realmente que una persona logre desconectarse por completo?

—La desconexión digital voluntaria tiene que ver con un proceso de alejamiento deliberado. En algún punto, de un sujeto respecto de una tecnología de información y de comunicación que suele utilizar. Puede ir desde un periodo muy corto, intermitente, limitado en tiempo y espacio, hasta un rechazo mucho más continuo y fuerte de una tecnología. Lo que observamos actualmente es que hay ciertas tendencias de las personas. Sobre todo respecto de tecnologías como las redes sociales, que expresan un interés creciente en ejercer esta práctica de alejamiento temporal respecto de la tecnología.

La pregunta de si es posible desconectarse, es una pregunta que merece distintas respuestas. Por un lado, lo que sabemos es que en general es difícil materialmente lograr la desconexión digital. Es decir, en una vida que está cada vez más mediada por tecnologías de la información y de la comunicación. En una vida donde nosotros habitamos entornos digitales, donde nuestra sociabilidad está cada vez más mediatizada, donde muchas de las cosas que hacemos desde coordinar una actividad cotidiana. Como coordinar un encuentro, hasta realizar un trabajo, hasta ir al médico, coordinar la escuela de los hijos, lo que fuere. Todo eso está mediado digitalmente. Desconectarse, se dice, es difícil porque implica interrupciones a justamente este modo de vivir y complicaciones.

Las personas tienden a decir que querrían limitar su uso de medios digitales, pero que lo hacen en menor medida. Es decir, que hay algo ahí que se les complica. Creo que la razón por la cual no es tan fácil llevarlo adelante, sobre todo durante períodos de tiempo largos. Tiene que ver con las personas y las expectativas de las personas sobre nuestra presencia en estos espacios. En general, tendemos a pensar que los culpables de no poder desconectarnos son los dispositivos tecnológicos. Lo que yo creo es que tenemos que empezar a pensar en el rol que ocupan las personas de nuestro entorno en dificultar la propia desconexión. Porque son ellas las que demandan que estemos ahí, respondiendo, disponibles, inmediatamente, que no desaparezcamos, que estemos con ellos, etcétera.

¿Una decisión social o individual?

Matassi afirma que “si bien la desconexión digital voluntaria se suele estudiar desde la mirada del individuo. Del sujeto que decide, a partir de su propia voluntad, desconectarse, lo que tenemos que empezar a hacer desde la investigación y desde la práctica, es pensar en que la desconexión digital depende mucho de la decisión del grupo, del sujeto. Es un tema, en última instancia, social y colectivo“.

“La mayoría de nuestros acuerdos sociales están basados en que asumimos que el otro está conectado en el dispositivo que se usa. Por ejemplo, en un dispositivo como Whatsapp o, por ejemplo, en una plataforma como Instagram. En el momento en el que este acuerdo se rompe en algún punto, porque un sujeto decide no estar más presente en ese entorno. Lo que hace que el individuo pueda sostener, sobre todo, su decisión de aislarse, de salirse, de mantenerse afuera, es que haya habido acuerdos previos con esas personas con las cuales se comunica allí”, añade.

—¿Qué crees tú que puede motivar a las personas a buscar la desconexión?

—Yo diría que hay, por lo menos, tres polos que nos permiten ordenar qué lleva al sujeto a querer desconectarse. Por un lado, tenemos todo lo que tiene que ver con el sujeto y su relación con los medios de comunicación. Por otro lado, tenemos una serie de motivaciones que tienen que ver con la relación de sujeto. No tanto con el medio de comunicación, sino con su propia vida. Entonces tenemos preocupaciones que tienen que ver con el bienestar, con el uso del tiempo, con la idea de ser más productivo, con la idea de llevar adelante una vida donde exprimen otras actividades.

Después tenemos un tercer gran polo de motivaciones que tiene que ver con el sujeto en su relación con los otros, con la sociedad. De ahí tenemos motivaciones que tienen más que nada que ver con tratar de ponerle un límite a la demanda de los demás en la comunicación cotidiana. Tratar de protegerse frente a multitudes agresivas, que en algunas redes como X y terminan agobiando al sujeto. Tiene que ver esto con el polo de los demás, los otros, mis amigos, mis conocidos, mis familiares, las personas con las cuales yo me vinculo, y cómo me pueden generar un efecto que yo quiero tratar de evitar o moderar, y por lo tanto entro en un proceso de desconexión.

Las consecuencias del uso de WhatsApp

—¿Qué papel juega WhatsApp en la imposibilidad que tienen muchas personas de desconexión? Teniendo en cuenta que, por lo menos en América Latina, es ocupado como una herramienta de trabajo

—Justamente en mi investigación lo que encuentro es que WhatsApp es la plataforma de la cual las personas menos sienten que es posible desconectarse. Es decir, si una persona ejerce un proyecto de desconexión digital o entra en un proceso de desconexión digital, es muy raro que lo haga respecto de una plataforma como WhatsApp. Esto, porque en general representa para las personas el núcleo de la organización de la vida diaria. De hecho, podemos pensar en WhatsApp como una plataforma que presenta la infraestructura de la vida cotidiana. Que organiza mucho de lo que hacemos en el día a día para con nosotros mismos, para con los demás, para con la sociedad.

Esto afecta áreas de trabajo, áreas de salud, áreas de relacionamiento, áreas que tienen que ver con el grupo de amigos, las relaciones amorosas. Todo eso que concentra WhatsApp, porque WhatsApp es una plataforma que concentra aspectos muy diversos de nuestra vida, genera como un choque con la idea de poder irse de ahí. Sobre todo porque está tan instalada en la infraestructura de la vida cotidiana, que no estar en esta plataforma se puede llegar a asociar a riesgos de exclusión social. De no poder sostener un trabajo, de no poder estar a cargo del trabajo, de las tareas de cuidado, entre otras. Es una plataforma cuya desconexión genera mucha aflicción y mucha complicación práctica en la vida de las personas. Esto es lo que genera mucho alejamiento respecto de la posibilidad de pensar en una desconexión de WhatsApp.

—¿Crees que hay diferencias entre las generaciones en relación a la forma de desconectarse o el querer desconectarse?

—Sí, creo que si bien no es totalmente determinante, hay una correlación entre el grupo etario de la persona y la generación a la que pertenece y el ánimo que esa persona tiene de desconectarse. Creo que cuanto más joven la persona, más intensidad en el uso y también más interés por involucrarse en experiencias de desconexión. Si la persona es más grande, menos intensidad tiene en su uso y también menos intensidad tiene respecto de la idea de desconectarse.

Me parece que además los más jóvenes están más expuestos a discursos más críticos respecto de la tecnología. Me parece que hay cierta correlación, no diría que es totalmente exacta porque sí pienso que hay personas de otras generaciones que trabajan mucho con los medios digitales y que también se quieren desconectar. Pero sí pienso que es un fenómeno más prevalente en los más jóvenes.

—¿Crees que la desconexión digital se puede transformar o ya se transformó en un privilegio al que solo pueden acceder ciertas personas?

—Creo que todavía no estamos listos para definir que la desconexión digital sea un lujo per se. Porque pienso que hay distintos modos de desconectarse digitalmente que atraviesan a distintos sectores sociodemográficos más allá de su poder adquisitivo. Entonces eso nos impide un poco hacer esa asociación, pero sí pienso que quizás incrementalmente la idea de sostener ciertas formas de desconexión digital a lo largo del tiempo requieren de acuerdos con los demás. De poder tener otras estrategias para llevar adelante las tareas de la vida cotidiana, de tener más dispositivos disponibles para paradójicamente poder desconectarse.

Te doy un ejemplo, una persona que de repente quiere dejar de usar el celular como despertador o alarma a la mañana, si quiere seguir despertándose con una alarma probablemente se tenga que comprar una alarma analógica. Ese es un ejemplo muy simple que funciona para ilustrar esto que te quiero decir que es, si creo que cuanta más larga la desconexión y más se quiera sostener, más dispositivos paradójicamente se tienen que agregar para que el sujeto se mantenga, en la vida cotidiana, activo y conectado en su entorno. 

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