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Negocios

1 de Diciembre de 2025

La empresa chilena que cría lombrices y logró levantar US$ 35 millones en inversión: Biofiltro desarrolló tecnología para purificar agua desechadas por industrias

La empresa chilena Biofiltro, fundada por Matías Sjögren y Rafael Concha, cerró una inversión de US$ 35 millones con el fondo estadounidense Jordanelle Capital para acelerar su expansión en Estados Unidos y Europa con un sistema que trata aguas residuales industriales mediante lombrices, genera bonos de carbono y produce fertilizante orgánico.

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En general, una lombriz puede pasar desapercibida, pero para Biofiltro es clave. Junto con bacterias, microorganismos y tecnología, las lombrices realizan gran parte del proceso de purificación del agua al que se dedica la empresa.

Esta tecnología, sumada a patentes y a un diseño propio, llamó hace más de un año la atención de un fondo de private equity norteamericano. La negociación culminó la semana pasada: Jordanelle Capital ingresó a Biofiltro mediante una inyección de US$ 35 millones. Su objetivo, explica a DF el cofundador Matías Sjögren, es acelerar la expansión en Estados Unidos que, según él, tiene un potencial enorme de crecimiento.

Cómo empezó todo

La empresa fue creada en 2010 por Matías Sjögren y Rafael Concha, ambos ingenieros civiles de la Universidad Católica y amigos. Antes tenían un negocio de sastrería a domicilio, pero el giro vino cuando el padre de Sjögren llamó al ingeniero Alex Villagra —discípulo del médico y científico José Tohá— para instalar una piscina con lombrices que limpiara las aguas negras de su casa en Rapel.

Así, los tres se asociaron y crearon Biofiltro. “La idea era traer este conocimiento que tenía Alex a una cuestión que pudiéramos industrializar, escalar y llevar fuera de Chile”, explica Sjögren.

El avance de Biofiltro fue rápido: ganaron en concursos locales y en 2012 triunfaron en el Clean Tech Open de Silicon Valley, superando a 1.500 proyectos de negocios de todo el mundo con la promesa de reciclar aguas residuales usando lombrices.

Con el tiempo, la compañía maduró. El socio y director de la empresa, Andrés Iacobelli, explica que hoy “no somos una innovación, queremos dar certezas”.

Biofiltro trabaja con piscinas de material filtrante donde viven lombrices y bacterias que consumen la materia orgánica presente en los desechos de industrias intensivas, como la vitivinícola y la lechera. El agua decanta y queda apta para riego, con un costo operativo muy inferior al de otras tecnologías. Además, producen “humus”, un fertilizante capaz de recuperar suelos degradados.

El primer gran impulso

El ingreso a Estados Unidos comenzó alrededor de 2014, cuando Iacobelli lideró la entrada de capital fresco. Convocó a un grupo de familia, amigos e inversionistas de alto patrimonio. “Somos familia de agricultores, entonces me gustó el negocio. Hablé con mis hermanos y les dije: ‘Metámonos en esto’. Me entusiasmó lo emprendedor y la conexión con California, porque mi abuelo vivió allá”, señala.

Con ese respaldo instalaron proyectos piloto en viñas, sanitarias, lecherías y procesadoras de alimentos en California, una zona con clima similar al chileno y con grandes industrias agrícolas. El objetivo inicial era más bien técnico: mostrar el servicio, validar los análisis de agua y conseguir los permisos. “Ganábamos poco, pero soñábamos en grande”, dice Sjögren.

Así, durante varios años su modelo fue vender las plantas y luego cobrar por la mantención. Pero en 2018 cambiaron el rumbo hacia algo mucho más lucrativo: instalar plantas sin costo para las lecherías y financiarse con la venta de bonos de carbono.

Ese cambio exigía financiamiento intensivo. Intentaron levantar capital en Chile, pero no lo lograron en parte por la naturaleza de su negocio: “Tenemos que construir plantas, conseguir permisos y operar; para eso tienes que financiarte. Requerimos otro tipo de inversionistas. Esto no es venture capital”, advierte Sjögren.

Bajo esa lógica, Biofiltro calzaba con Jordanelle Capital, un fondo basado en Salt Lake City y fundado por Matthew Day, exsocio de Peterson Partners; Daniel Zier, ex JPMorgan; y J.R. De Agostini, ex Navy SEAL que lideró equipos en Irak y Afganistán antes de dedicarse a las inversiones.

Ellos buscaban empresas con operaciones estables, crecimiento sostenido y fundadores todavía involucrados. Biofiltro cumplía con todo. El contacto se dio a través de redes de confianza: Steven Rowe, presidente de Biofiltro y abogado experto en industria lechera, vive en Utah y coincidió con los socios de Jordanelle. Ahí saltó la chispa.

Negociaron más de un año. Compitieron con otros fondos interesados: “Hubo tres dando vueltas, pero este fue, por distintas razones, el que mejor nos calzó”, reconocen Iacobelli y Sjögren.

Chevron, Shell y los bonos

La principal competencia de Biofiltro no son otras empresas de tratamiento de aguas, sino los biodigestores, que procesan desechos orgánicos para generar gas metano y luego venden bonos de carbono a compañías como Chevron y Shell.

“La gran diferencia es que el biodigestor no te limpia el agua”, advierte Sjögren. “Nos ha tocado decirle al lechero: ‘No somos un digestor, no te vamos a poder pagar lo que te pagan ellos, pero a cambio tendrás agua limpia para tu campo’“.

Las metas de las multinacionales de alimentos son agresivas: buscan fuertes reducciones de emisiones antes de 2030 y necesitan créditos de carbono para cumplir. Ahí entra Biofiltro.

El uso de los US$ 35 millones

El dinero de Jordanelle financiará los primeros proyectos durante los próximos dos años. “Este monto nos da la espalda para construir sin diluirnos tanto”, explica Sjögren. Cuando esas plantas estén funcionando, activarán la segunda etapa: el financiamiento bancario. Para eso necesitan primero una base de activos sólida.

Sjögren proyecta tocar puertas de grandes financieras agrícolas como Rabobank: “Esto se va a transformar en lo típico de una compañía de infraestructura: apalancar equity con deuda para seguir creciendo”.

La empresa ya no vende solo tecnología. “Hoy Biofiltro se está formando en una empresa de asset management”, resume Sjögren. Así, la compañía monetiza la reducción de gases de efecto invernadero a través de bonos de carbono y la producción de fertilizante orgánico.

Planes en Europa

A pesar de la entrada del fondo estadounidense, el control sigue firme en manos chilenas. Además de Steve Rowe, están Matías Sjögren, Andrés Iacobelli y Sandro Solari Donaggio. Representantes de Jordanelle también ocupan sillas en el directorio.

En el mercado local siguen sumando clientes como Copec, Agrícola Los Tilos y viñas como Luis Felipe Edwards, TerraNoble y Barón Philippe de Rothschild. En Estados Unidos, la cartera combina lecherías y venta de bonos de carbono a multinacionales.

Pero la ambición llegó a Europa: “Una lechería en Holanda y ya estamos haciendo nuestra segunda viña en Francia”, adelanta Sjögren.

En Estados Unidos el desafío es comercial: necesitan un equipo de ventas más robusto para llegar a gigantes como Nestlé o Danone.

Biofiltro también quiere impulsar la venta de “humus”, su fertilizante orgánico. “Hoy día se vende bien, pero el volumen que vamos a generar será gigante. Eso se va a transformar en una línea de negocio por sí misma”.

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