Cristián Warnken: “Uno sigue siendo izquierdoso adentro, por más que uno racionalmente diga que no”
El escritor y comunicador Cristián Warnken está a punto de lanzar su nuevo libro, un ajuste de cuentas consigo mismo respecto de cómo, por qué y para qué se embarcó en crear Amarillos por Chile. En “El pedestal vacío (Confesiones de un apóstata)”, Warnken revisa su relación con la zona centro de Santiago, que resultó devastada para el estallido social, y -dice él- vuelca su enojo con la izquierda, su sector de toda la vida, que fue incapaz de estar políticamente a la altura para responder a esa crisis social que sacudió al país. También aborda las interrogantes que plantea hoy el presidente electo José Antonio Kast, quien -según fuentes republicanas- podría considerar al propio Warnken como su próximo ministro de las Culturas y el Patrimonio.
Por Jimena Villegas 4 de Enero de 2026
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Es el último domingo del año 2025 y el escritor, profesor de literatura y comunicador Cristián Warnken Lihn (64) está sentado en la repleta biblioteca de su casa en Vitacura. A las 5 de la tarde de ese día (al fin) se ha quedado quieto para efectos de esta entrevista.
Votó el 14 de diciembre en la segunda vuelta que dejó como presidente electo al republicano José Antonio Kast y partió rumbo a Llanquihue, donde está su residencia administrativa. A partir de esa semana -a través de WhatsApp- empezó a dar cuenta de cómo, para él, la fase final del año es “una época de locura”, entre traslados, grabaciones, asuntos laborales y compromisos familiares. Tras sufragar, realizó un breve viaje en familia a Puerto Natales, desde donde escribió una de sus habituales columnas para el diario El Mercurio. Al regresar, ya no pudo parar. Y ahora en Santiago, empieza a preparar su gran novedad de 2026: el próximo 14 de enero lanzará un nuevo libro.
Llamado “El pedestal vacío (Confesiones de un apóstata)” (Ediciones El Mercurio), el texto aborda con tintes autobiográficos lo que para Warnken -como él mismo explica- es su relación con el centro de la capital chilena y con el personal proceso que, tras el estallido social de 2019 y la Convención Constitucional (CC), lo llevó a embarcarse en la creación del movimiento Amarillos por Chile. Warnken dice: “O sea, soy un hereje, un apóstata de la izquierda. Se me señaló como traidor”.
Dividido en cuatro capítulos, el libro -revela su autor- tiene sobre todo como propósito realizar un ajuste de cuentas consigo mismo y la idea de contarles en primera persona a sus hijos y a sus nietos por qué lo hizo. Por qué un hombre como él, que dedicó toda su vida a la difusión de la cultura, se expuso a funas, ataques y controversias. Por qué dio un paso tan de los libros, las revistas especializadas, los programas televisivos o de radio y las grabaciones en YouTube, para entrar a un mundo que no es el suyo: el de la política.
—¿Qué fue? ¿Qué lo llevó a saltar desde el análisis de sus columnas a tomar el liderazgo de un movimiento político?
—Te voy a decir pregúntale a Mario Vargas Llosa. Hay un libro muy importante para mí, que he releído ahora. Se llama “El pez en el agua”, donde Vargas Llosa cuenta lo que fue su incursión en la política. Lo interesante es que va mezclando con recuerdos de su niñez y de su juventud, la inmersión y el descenso en la política, todo lo que tiene de rugoso. ¿Qué es lo que hizo a Vargas Llosa movilizarse y a saltar a la primera línea? Estaba volviendo de Oxford, tenía una vida tranquila, de rico y famoso. Pero de repente va a Perú y escucha en la radio que Alan García anuncia la estatización de la banca. Eso no me habría movilizado a mí, porque no soy economista. Pero él dijo: “Si esto resulta, vamos a un populismo estatal brutal”. Y ahí es cuando crea el movimiento de libertad contra la estatización de la banca. Él le dice a su mujer que es es solo una incursión, pero ella contesta: “No te creo, vas a ser candidato, te vas a meter en la política y vas a seguir adelante”. La mujer lo conocía mejor que él a sí mismo. Cuando Vargas Llosa se preguntaba “¿por qué yo entré ahí?”, siempre respondía “fue por amor al país”. Yo podría responder algo parecido.
—Pero usted no es Vargas Llosa…
—Pero cuando empecé a escuchar en enero lo que estaba pasando en la Convención, en las primeras propuestas que iban a discusión a Sala, era delirante. Ahí dije: “Aquí hay que hacer algo. No puede ser que la centro izquierda no diga nada, que guarde silencio ominoso ante esta desmesura”. Pensé en dar testimonio. Nunca creí que esa carta que escribí, el manifiesto Amarillos por Chile, que firmaron 70 personas y que después firmaron 70.000 personas en el curso de dos o tres semanas, iba a transformarse en un partido político. Ahí es como que te agarra, como le pasó a Vargas Llosa, guardando la posición de Vargas Llosa. Además, él fue mucho más valiente que yo, porque le tocó actuar en un Perú en que estaba vivo Sendero Luminoso, que mataban a los dirigentes de su movimiento en regiones. A mí me atacaron y fue duro, pero no era nada. Por eso, mi admiración por Vargas Llosa creció exponencialmente, a pesar de que yo no me he convertido en un liberal y quiero dejarlo bien en claro.
—¿Realmente no lo pensó?
—En ese minuto, lo que pensé es: “Esto va a ser una carta, va a ser publicada por el diario como miles de cartas testimoniales, y va a quedar como un testimonio”. Era testimonio de que, por lo menos, hubo un grupo de gente de centro izquierda que tuvo un poquito más de valentía, porque en privado muchos amigos míos lo decían, de decir en público “esto es un espanto”. Había una esquizofrenia y una cobardía. Yo dije: “Ya, va a salir esta carta, la va a publicar en El Mercurio, va a tener un par de ecos y no va a pasar nada más”. La Convención estaba arriba, Boric estaba entrando en gloria y majestad, la gente estaba gastándose los bonos. En las vacaciones el país estaba como anestesiado. Pero, de repente, la cosa agarra y viene una ola, y me vi dirigiendo un movimiento político. Voy contando los detalles en los capítulos del libro. Yo nunca lo planifiqué ni nunca lo pensé.

El “amarillo” Warnken
Amarillos por Chile nació como un movimiento de origen ciudadano. Reunió a gente de centro, centroderecha y centroizquierda, atada o no a partidos políticos, para articular la opción rechazo frente a la propuesta constitucional de la Convención Constitucional. Cristián Warnken fue su primer líder natural. El nombre de la agrupación salió de una de sus columnas, provocada a su vez por un duro emplazamiento que le hicieron directamente en Isla Negra. Se trata de una calificación que hace referencia a la tibieza política y que emerge con claridad en los años 70 del siglo XX, una época de aguda polarización en el Chile de la Unidad Popular.
El 23 de septiembre de 2022, dos semanas después del triunfo del rechazo y del fracaso de la CC, a cuyo éxito había apostado el novel gobierno del presidente Gabriel Boric, Amarillos por Chile logró iniciar su camino hacia transformarse en partido político. Presentó a sus primeros 100 militantes, personas mayormente identificadas con el Partido por la Democracia (PPD) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), dos agrupaciones clave de la desaparecida Concertación de Partidos por la Democracia.
Hoy Amarillos no existe. De cara a la elección de este año, en junio pasado, la colectividad apoyó a la candidata presidencial de derecha Evelyn Matthei y vivió, por lo mismo, un quiebre en las filas. En la primera vuelta presidencial, que tuvo también elecciones parlamentarias, vino el desplome. Sin escaños, solo quedó la disolución. Cristián Warnken ya estaba, de todos modos, desafectado. Hoy, confiesa que la reflexión en la que entró al realizar “El pedestal vacío (Confesiones de un apóstata)” le permitirá dar por terminada esta etapa clave en su vida pública.
Warnken afirma que es un libro que le ha costado “sangre, sudor y lágrimas”, que empezó a hacerlo y que lo dejó, que pudo retomarlo solo porque vino una editora y se lo propuso: “Afortunadamente lo terminé. Estuve a punto de no sacarlo y, de verdad te lo digo, a lo mejor va a defraudar a algunos. A pesar de que tiene reflexión y análisis político, es más un ajuste de cuentas conmigo mismo y con mi memoria”, explica.
—¿Y por qué decidió terminar el libro?
—Eso nace de tanta gente que me ha preguntado, muchos amigos de izquierda, sobre todo. Estoy hablando de los amigos de verdad, los que me conocen y quedaron perplejos, los que no me insultaron ni me quitaron el saludo. Me han preguntado: “Pero ¿qué te pasó? ¿Por qué entraste en política? ¿Por qué lo hiciste?”. Entonces este libro era, para mí, como cerrar una etapa. Yo quería cerrarla.
—Y hacer su ajuste de cuentas.
—Conmigo mismo y también con la izquierda. En el fondo, es un libro enojado con la izquierda. Yo creo que saco mi enojo y como que me purifico al sacar ese enojo. Y, al mismo tiempo, paradójicamente, le rindo un homenaje a esa parte de la izquierda que todavía hay en mí. Uno sigue siendo izquierdoso adentro, por más que uno racionalmente diga que no. Yo en el libro cuento, por ejemplo, que escucho las canciones Inti-Illimani y que me las sé todas de memoria. Y las de Quilapayún. Y todas las de Silvio Rodríguez, y todos los himnos de la Unidad Popular. Se me pone la piel de gallina cada vez que los escucho. Sin embargo, una parte mía se hizo muy crítica con la izquierda. Y la pregunta que me hago es: “Chuta, si uno deja de creer en la fe que sostiene esa música, ¿no puede disfrutar esa música?”.
—¿Se puede, cree usted?
—Parto la pregunta con algo que me pasó. Fui a un concierto de Pedro Aznar, que es un músico que me encanta, al Teatro del Lago. Ya había pasado todo, pero se me acerca una parejita y me encara. “¿Qué haces tú aquí?”, me dicen. Y yo: “¿Cómo qué hago aquí? Vengo a ver a Pedro Aznar”. Pero ellos me dijeron: “Tú traicionaste los ideales amarillos”. Y yo quedé perplejo. Debí haber seguido de largo, pero siempre he tratado con la gente y quise contestarles, explicarles. Me di cuenta de que no me servía de nada. Y dije: “¡Caramba!”.
—¿Se sorprendió?
—Probablemente mucha gente de izquierda que me identificaba como un entrevistador cultural está enojada conmigo, sintió rabia, me sintió como un traidor que se entregó a la derecha, que se vendió. Porque me decían que me había vendido, que poco menos me pagaba no sé qué empresario.
—¿Y no le pagaban?
—Nunca. Pero ¿de dónde? Me decía un señor una vez: “Es que a usted El Mercurio le está pagando con su columna”. Y le dije: “Si usted supiera lo que yo gano por cada columna de El Mercurio, que es bien miserable el pago”. La verdad que le podría hasta haber mostrado la boleta. Todo el trabajo que yo he hecho lo he ganado con mi esfuerzo, con mi trayectoria. Nunca he pedido trabajo ni al Estado, ni he pedido favores a nadie por un trabajo que yo haya dado. Entonces estoy súper tranquilo en ese sentido. Yo, con este libro, quería preguntarme qué me pasó, en qué estaba yo en ese momento, por qué ocurrió esto. También es un libro sobre el peligro del fanatismo en nuestro tiempo, en todos los tiempos. Me hice esa pregunta y pensé: “Yo tal vez también en mi época de militante fui fanático y tal vez también cancelé o insulté a alguien”. Entonces, cualquiera de nosotros, en un contexto polarizado, radicalizado, como fue lo del estallido, cualquiera de nosotros puede convertirse en un fascista de izquierda o de derecha. A mí me vinieron a funar aquí, a mi casa.
—¿Qué le pasó con eso? ¿Tuvo miedo?
—Unas 40 personas se movilizaron, insultaron a los vecinos, gritaron. Yo estaba en el sur, pero sí vivía un hijo mayor. Afortunadamente, él no estaba en ese momento. Yo habría salido a enfrentarlos. Fue el momento más duro de todos. Ya me habían funado antes, en las redes sociales, donde me habían linchado. Pero uno sabe que ahí no hay mucho que hacer y yo, afortunadamente, casi no me muevo en redes sociales. Después me tocaron funas en la calle, varias. Pero esta funa me hizo dudar. De hecho, le pregunté a mi señora y le dije: “Mira, si tú consideras que tengo que llegar hasta acá, creo que todos entenderían”.
—Claro, que identifiquen su domicilio es distinto.
—Que te vengan a buscar. Además, ya había conocido episodios de funas a domicilio a exministros de Piñera. Los funaron durante mucho tiempo y tuvieron que dejar sus casas, pero mi señora me dijo: “Jamás”. Estábamos bien desgastados. El desgaste había sido fuerte familiarmente, pero me dijo que no era el momento de abdicar. Era peor hacerlo. “Hay que entregarse y, al revés, igual te van a seguir jodiendo”, me dijo.
—Y no abdicó.
—No, no abdiqué. Pero sí fue duro y fue fuerte emocionalmente.
—¿Se arrepintió alguna vez? ¿Lo arrolló la ola?
—No me arrepentí nunca, en el sentido que siento que actué con convicción. De verdad, yo no me considero tan valiente y esa es de las cosas más valientes y más honestas que he hecho en la vida. Nunca hice un cálculo, nunca creí ni quise hacer carrera política, al contrario. Cuando empezó a surgir eso como una posibilidad, hice todo lo posible pero ya era muy difícil salirse, ya estaba metido. Dudé mucho si armar un partido o no, o si era movimiento. Eso lo analizo en el libro también. Creo, además, que el tiempo nos ha dado la razón y que no hubo una traición como se ha dicho. No nos entregamos a la derecha. Y, mirado en el tiempo, creo que lo que hicimos fue lo que debió haber hecho la centroizquierda y no hizo. No me arrepiento en ese sentido, pero tuvo costos enormes. No quiero caer en la queja ni el victimismo, pero lo pasé mal.

—Debe haber sido muy difícil, sí.
—Es de las cosas más duras que me han tocado en la vida, durísimo. No era tan famoso, pero sí tenía mi público, mi nicho. De ser una persona querida en la calle, porque hacía “La belleza del pensar”, pasé a salir y que me insultaran, que me escupieran, que me funaran.
—Un tremendo golpe a cualquier ego, grande o pequeño, además.
—O sea, todo eso lo resiste un político. Es lo que yo aprendí, porque me tocó estar con políticos en actos del Rechazo. De repente salían gallos, no sé de dónde, de la nada, y te empezaban a atacar de una manera muy violenta. Vi a varios políticos, como Ximena Rincón, por ejemplo, cruzar la calle como si le hubieran tirado rosas y yo estaba ahí paralizado, sin saber si cruzar o no. Me di cuenta de que los políticos tienen el cuero más de chancho.
—Y usted no tenía.
—Después fui, de alguna manera, desarrollando un poquito de cuero de chancho, porque me tuve que acostumbrar. Pero mira, y esto lo cuento en el libro. Yo soy peatón. Yo no manejo, camino mucho, tomo el metro, me movilizo por la ciudad. Caminé Valparaíso, me recorrí entero el centro de Santiago, a toda hora de la noche, nunca con miedo. Pero eso cambió radicalmente y, para mí, fue una pérdida de las más brutales.
—¿Y no lo ha recuperado?
—Lo empecé a recuperar ahora, con mucha alegría. Mira las cosas que me han pasado. El otro día me invitaron a un lanzamiento de un libro en el centro y dudé mucho. Yo sabía que iba a haber mucha más gente izquierda que derecha. Los que me invitaron lo hicieron genuinamente, es gente izquierda que me tiene cariño. Dudé, pero dije: “Ya, tengo que vencer, tengo que ir”. Yo viví en el centro, amo el centro desde niño. Lo cuento en el libro, mi abuela vivía en el edificio Turri, que está frente a la plaza Baquedano. Yo iba todos los fines de semana a ese departamento, donde había gran vida cultural de escritores que llegaban porque mi abuela era escritora. Para mí, la Plaza Baquedano siempre fue un lugar emblemático. Fui al lanzamiento y pensé: “Ya, me tengo que ir rápido”. Calculé todo, pensé en un Uber, pero una presentadora me dijo: “Vamos abajo, a tomar una copa con todos los demás”. Y me siento en la mesa y empezamos a hablar, con un respeto, con un cariño. Ella no se dio cuenta, pero para mí fue un respiro, un ya pasó.
—Es como un trauma.
—Es el delirio que pasa cuando los países se vuelven locos. La gente se vuelve loca, si uno mira la historia. Aquí no llegamos a ese punto. Pero ¿qué pasó en el nazismo? ¿Qué pasó en el fascismo en Italia? ¿Qué pasó? La gente más razonable puede volverse loca en ciertas coyunturas históricas y volverse fanática de la noche a la mañana. Eso es lo más terrorífico. Por eso Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal. Ella quería entender por qué ese nazi, que en la mañana era amoroso con su familia, en la noche administraba las cámaras de gas. Ella dice: no era un psicópata tan perverso, sino que es el riesgo cuando el mal se vuelve banal. Fue muy discutida esta tesis. No me doy cuenta de que estoy haciendo el mal y lo estoy haciendo. Y puedo ser de izquierda o de derecha. Dime tú, ir a atacar la casa de una persona yo siempre lo tuve en mis manuales como un acto fascista. Y cuando personas de izquierda hacen eso contra ti, tú dices: “Chuta, la izquierda puede ser fascista”. Lamentablemente es así, y eso para mí fue un duelo muy grande. Un duelo con la propia creencia.
—Amarillos ya no existe. ¿Qué le pasa con eso?
—Creo que Amarillos cumplió un papel muy importante en el periodo de la Convención Constitucional y creo que la historia a la larga va a reconocer ese papel y probablemente alguien va a rescatarlo. Será otra generación que revise este periodo histórico. Tratamos de llamar a la prudencia, a la cordura y pensamos una izquierda democrática distinta a cómo se manifestó la izquierda hoy en Chile. También creo que nosotros tuvimos un momento de conexión con la gente y que después hubo un momento de desconexión. Entonces, hay que analizar por qué hoy día no es posible levantar un discurso atractivo, un relato de centro. Creo que nos faltó tiempo y nos faltó más reflexión intelectual. Creo que Amarillos muere dignamente.
El pasado político
Cristián Warnken dice que siempre, toda su vida, desde chico, tuvo el corazón en la izquierda. Siendo aun estudiante secundario en la Alianza Francesa de Santiago y en contra de lo que le recomendaba su mamá, María Angélica Lihn, se unió brevemente a un pequeño grupo que ser decía parte del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), para después pasarse al Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU) renovado, que representaba Jaime Gazmuri: “Siempre voté por la izquierda. Nunca por el Partido Comunista, pero sí por la izquierda. Fui militante hasta que llegó la transición a la democracia. Yo soy de los que se sienten muy orgullosos del trabajo y el aporte que hicieron la izquierda y la centro izquierda en los denostados 30 años de la Concertación”, afirma.
Pero dejó la política, porque en definitiva no quería ser militante, y volvió a lo suyo, a “la cuestión cultural”. Igual -afirma- siguió siendo un “votante disciplinado de la Concertación”. Hasta que llegaron a su vida el estallido social y la Convención: “Fueron para mí -dice- un antes y un después”.
—¿Puede explicar por qué?
—Y ahora lo afirmo más que nunca, con lo que viene para la izquierda. El estallido social incluyó un intento de revuelta junto con las manifestaciones pacíficas, absolutamente legítimas, de un malestar de la ciudadanía. Hubo una acusación constitucional contra el presidente, Sebastián Piñera, que a mí no me gustaba nada. Fui muy crítico con él. Pero la izquierda en ese periodo fue cómplice o partícipe de un intento de derrocar al presidente por la vía democrática con una acusación constitucional en medio de un país que estaba ardiendo por los cuatro costados. Había destrucción del espacio público, ataques a las comisarías. O sea, era claramente una fase insurreccional que tuvo además una manifestación masiva en la calle. Es en esos momentos donde los partidos tienen que demostrar su convicción democrática.
—¿Y no pasó?
—Desde mi punto de vista, no lo hicieron. La izquierda completa no lo hizo. El Partido Comunista, no tengo ninguna duda, estaba en sus aguas. Pero la centroizquierda cometió un error garrafal al no condenar la violencia, al no condenar, por ejemplo, los atentados terroristas del metro o las quemas de lugares. Hubo todo ese silencio y esa abdicación. Y luego, en la Convención, los líderes de la centroizquierda, si bien eran minoría, debieron haberse opuesto al delirio que se desató. Ellos debieron haber levantado la voz y probablemente habrían podido salvar ese proceso.
—¿Podían hacerlo?
—Si el Partido Socialista, si el PPD, si el Partido Radical y todo ese grupo hubiera dicho “¿saben qué, señores? Esto llega hasta aquí, nosotros no vamos a embarcarnos en esta aventura refundacional”, sí. Pero la izquierda democrática no hizo eso. Entonces, estos dos hechos, lo digo en el libro, y voy a usar un término junguiano, me mostraron la sombra de la izquierda, la sombra de mi propia izquierda, la sombra de donde yo venía. Es decir, como que se me corrió el velo y tuve conciencia de que la izquierda, que para mí siempre fue la víctima en dictadura y era la misma que había ayudado a recuperar pacíficamente la democracia, ahora era capaz de tirar la democracia por la borda en estas dos aventuras. ¿Y en qué terminamos hoy? En la elección del candidato más conservador de la derecha.
—Este sí que es un candidato conservador, ¿no?
—O sea, Piñera, al que se le acusaba de ser casi un fascista, se lo comparaba con Pinochet. Era un delirio. La izquierda entró en el delirio por completo y creo que se equivocó políticamente. Creo que fue un error garrafal. Y creo que la izquierda hoy día ha sufrido una derrota y tiene que hacer un diagnóstico de por qué se llegó a lo que se llegó. Pero no parece haber el interés genuino en la mayoría de sus dirigentes de realmente hacer una autocrítica. Ver qué es lo que tiene que hacer para llegar a gobernar de nuevo.
—¿Tanto así?
-Claro, porque si no vamos a tener gobiernos de derecha o gobiernos populistas, del tipo (Franco) Parisi. Pero la izquierda no va a gobernar y no va a ser alternativa política si no hace una autocrítica. Y la autocrítica pasa por, con honestidad y valentía, decir: “Nos equivocamos en el estallido y nos equivocamos en el proceso constitucional”. Hay algunos que se ve que están pensando hacer. Lo escuchaba en Carolina Tohá o en algunos líderes más razonables. Pero no veo a alguien, como lo que fue el proceso de autocrítica que se hizo la izquierda en dictadura, lo que se llamó la renovación socialista con Tomás Moulian y otros que hicieron una revisión autocrítica.
—Lo que pasa es que, mientras se ejerce la política, reconocer errores es peligroso para los objetivos del momento. Más bien podría esperarse de intelectuales o filósofos.
—Es cierto. Es muy importante que haya una reflexión intelectual, que haya intelectuales de izquierda como Moulian. Pero en el proceso de renovación socialista sí participaron políticos. Ricardo Lagos es uno de ellos. Para mí, Ricardo Lagos es el mejor político que ha tenido la izquierda en el siglo XX, lejos. Y fue sacrificado en una sesión del Partido Socialista, que será recordada como de las más abyecta de su historia porque se hizo con un voto secreto. Se sacrificó al mejor líder de la izquierda, el que había hecho una reflexión muy profunda y que fue importantísimo para definir lo que iba a ser la transición. Lagos fue el que dijo que había que meterse en el proceso, ir a votar. Entonces, esta historia es bien antigua, y dio la división entre los llamados autoflagelantes y los autocomplacientes. Yo soy un autocomplaciente.
—¿Así se autodefine?
—Sí, pero no me gusta la palabra autocomplacencia, porque creo que no se trata de ser autocomplaciente, sino de reconocer que hubo fallas, grietas y errores en los gobiernos de la Concertación, pero no al punto de abandonar y tirar por la borda lo mejor que hizo la izquierda prácticamente en todo siglo XX. La Concertación sacó de la línea de la pobreza a millones. El Chile que conoció Allende era un Chile donde había analfabetismo, desnutrición, altos índices de pobreza. La Concertación creó una nueva clase media y la izquierda debiera sentirse orgullosa y haber capitalizado esa esa victoria. ¿Y qué hizo, en un acto incomprensible, digno de un psicoanálisis?
—¿Autoflagelarse?
—Nos vendimos, no traicionamos, nos hicimos neoliberales. Eso no era. Entonces, en mi opinión personal y ahora sí que tengo la convicción total con el triunfo de José Antonio Kast, la izquierda se equivocó. Y cuando uno hace un diagnóstico equivocado va condenado a la derrota. Por eso que es tan importante que la izquierda haga una revisión y no solamente los intelectuales, porque el problema es que los intelectuales de la izquierda fueron los que más avalaron la violencia en el estallido. La avalaron teóricamente y son los que más entregaron insumos para el delirio de la Convención. Faltaron voces sensatas y prudentes, que no se entusiasmaran con la tentación jacobina de que íbamos a hacer aquí una revolución. ¿Porque finalmente quién paga más que nadie las derrotas? El pueblo.
—Se ve que lo ha pensado.
—No es que quiera decir que tengo la película clara, pero como que de repente eso lo vi muy claro. Cuando ves no sé cuántas estaciones de metro quemadas y hay silencio de la izquierda, ni sola una condena. En cualquier país democrático, en cualquier país democrático, hubiera salido la oposición y el gobierno juntos, a hacer una manifestación contra la quema.
—¿Ahí faltaron líderes?
—Sí, líderes lúcidos como Ricardo Lagos, conductores políticos y capaces. Los conductores políticos más lúcidos son los que son capaces de enfrentarse a su propia tribu. Y ahora vamos a ver si Kast es un político con talante. Porque el problema más grande Kast no lo va a tener en la izquierda, sino en su propia tribu. Te lo doy firmado. Él va a tener que demostrar ahí si es un líder político con talante y si es capaz de enfrentar a su propia tribu como lo han hecho siempre los grandes líderes en la historia. ¿Qué hizo Nelson Mandela al salir de la cárcel? Ir a conversar con su adversario para lograr un proceso de paz. Él la tuvo la claridad y cruzó la orilla. O (Patricio) Aylwin en el Estadio Nacional: “Sí, señores, civiles y militares. La transición no se puede hacer sin ellos”.
—¿Puedo preguntarle si votó por Kast?
—No contesto la pregunta a qué es lo que voté. Lo único que te puedo decir es que fue muy difícil votar en esta elección. Fue muy difícil votar para mucha gente. Y si tú miras el resultado, ese 58%, tú dices: “Caramba, ¿el país se volvió de ultraderecha o qué?”.
—¿Y qué responde? Usted, en una columna de noviembre dice que el conservador José Antonio Kast, representante de la derecha extrema, no ha sabido ni podido ni querido construir mayorías. Pero pasa que ganó en todas las regiones. Fue aplastante.
—Hasta el momento creo que hay que ver lo que va a pasar. Creo que Kast ha demostrado ser mejor presidente electo que candidato. Como candidato siempre lo encontré débil. Era argumentativamente evasivo, un candidato sin un discurso político con espesor, como apuntando solo pragmáticamente al voto, como con todo estudiado por un asesor para que no se salga del guion. Yo soy de la elite, para una persona como yo, lo hicieron bien. Hicieron electoralmente bien la pega. Pero me parecía también, por la experiencia del segundo proceso constitucional, que ellos habían fallado. Perdieron la posibilidad de haber sacado una Constitución por meter caprichos valóricos absurdos y demostraron no tener el músculo político y el talante para encabezar un proceso tan importante como es. Dicho esto, hasta el momento y quiero dejarlo súper congelado, porque hay que observar.
—Claro, esperar al 11 de marzo, ¿verdad?
—Sí, qué va a pasar en los próximos meses, en el primer año. El primer discurso que hizo Kast como electo a muchos les pareció un discurso fome. Sí, era un discurso fome, él no es un gran orador. No tenemos hoy día grandes oradores políticos como fueron Frei (Montalva) o Allende o Lagos. Pero el discurso de Kast fue más que razonable, prudente, convocante, hasta amarillo, diría yo. He conocido gente de calle que ha dicho que le cargó el discurso, que ronroneó como un gatito. Bueno, eso es lo que tiene que hacer un presidente hoy día: poner paños fríos, no ideologizar.

—Por ahora, el presidente electo Kast aparece como una gran incógnita.
—Tenemos los primeros indicios. Hay que esperar a cuando asuma, hay que esperar a los ministerios. Hasta el momento es todo muy provisorio. Pero a mí, por lo menos en el discurso, Kast me ha sorprendido por su capacidad de convocar, de reconocer incluso a su adversario. Casi como que es otro Kast. Entonces, la pregunta es: ¿Es el verdadero Kast que fue tocado por el estado de gracia de Estado? Suele ocurrir que cambian a los candidatos. A veces los más radicales se moderan cuando llegan al poder, como la Meloni en Italia. O si, en realidad, todo esto es una estrategia para esconder. Ya vamos a ver. Ahora, yo tiendo a creer más la primera opción.
—Los republicanos lo han apuntado como candidato al Ministerio de las Culturas.
—Nunca he aspirado a cargos y los que he tenido han llegado sin buscarlos. Por ahora, estoy feliz en lo que estoy haciendo, en la radio, en mis clases, escribiendo. Nadie me ha ofrecido nada ni yo estoy buscando nada.



