Opinión
4 de Enero de 2026
Perfil a Cristián Valenzuela: el guardián de JAK
Por Kike Mujica
Con poncho, barba y pulsera tricolor, Cristián Valenzuela parece cualquier cosa menos un hombre de derecha dura. Sin embargo, es una de las piezas más decisivas del engranaje que llevó a José Antonio Kast a La Moneda. Desde la periferia política y territorial, forjado en la UDI popular y la Fundación Jaime Guzmán, Valenzuela operó como guardián doctrinario, estratega y cronómetro del candidato.
Compartir
En nuestra comarca se encasilla según pinta. Cristián Valenzuela, con su poncho grueso y esa barba espesa, podría pasar por groupie de los Inti. Nadie diría que el hombre es republicano. El poncho es una batalla de la “guerra cultural” que la derecha le ganó al Canto Nuevo. Valenzuela lo viste durante todo el invierno. Acompaña esto con una visible pulsera tricolor: la bandera, otro espacio perdido por la izquierda (por walk over).
Cristián Valenzuela es la sombra de JAK: va un metro -o menos- atrás. Literalmente. Forma parte del petit comité del presidente entrante, el núcleo íntimo operativo, no el de las amistades o los cercanos a “Anton”, el password que revela intimidad pero no necesariamente funcionalidad
Lo de Valenzuela es estatus adquirido.
Fue él quien propuso los pasos del entonces candidato y, sobre todo, ofició como guardián de la estrategia. Se le atribuyen tantos ardides como magistrales movidas de ajedrez político, pero celador es una buena definición.
Es como un cronómetro Valenzuela. Puntilloso y exacto para escudriñar cada palabra y movimiento público de JAK. En los discursos del candidato parecía que lo estuviera remedando. Un guardaespaldas doctrinario. Siempre mirando el celular. En estado de alerta. Muy propio de los republicanos, un partido de relojeros.

Extra-Distrito 11
Valenzuela fue panelista de Tele13radio desde –cómo él rememoró esta semana en su despedida de la emisora– junio del 2019.
Fui su compañero de panel.
Por esos días llegaba a la radio con el mencionado poncho y el escudo de Iron Man, símbolo de los incipientes republicanos. Formaba parte de la primera avanzada comunicacional kastiana: jóvenes bien de derecha, desconocidos hasta ese momento, y que se situaban a la derecha de la UDI.
Kaiser todavía no existía.
Recuerdo a otros: Jorge Barrera –siempre pensé que sería el hombre fuerte de Kast–, Antonio Barchiesi, el hoy diputado José Carlos Meza, Emiliano García, Beatriz Hevia.
Los unía una pasada militancia en la UDI, la mayoría convivió en la Fundación Jaime Guzmán –sabían de él por los libros–, varios estudiaron Derecho en la UC.
Hasta ahí poca novedad, salvo el autoexilio en masa de la UDI que en ese momento sonaba a suicidio de Guyana.
Sí, me llamó la atención la reivindicación de su origen extra-distrito 11: “ellos” eran de Puente Alto, San Bernardo, La Pintana, de regiones. Lo hacían ver en sus intervenciones, sobre todo cuando los adversarios en las tertulias eran frenteamplistas que se explayaban sobre los dolores del pueblo. Sin ostentación la mayoría de las veces, pero rezumando placer profundo por los que ellos llamaban ignorancia social, les precisaban que la realidad en la periferia era otra.
La derecha no era solo cuica. Algo también de superioridad social. El facho pobre.
“Desde Ñuñoa o Providencia, las cosas se ven distinto”, recuerdo haberles escuchado en los debates. Otra frase: “Nosotros no vamos a trabajos universitarios en las poblaciones porque vivimos ahí”.
Fueron los primeros en hacer ver el cabreo del mundo popular por la inmigración. Los jesuitas se le fueron al cuello. La izquierda también.
Corría 2019. Kast había obtenido 7.93% en las elecciones del 2017. La derecha de Piñera –un hombre del NO– parecía haber ganado la hegemonía del sector. “Kast nunca será presidente: un conservador como él perdió la batalla de las ideas”, me dijo, por esos días, un reputado periodista.
Desde Evópoli me pidieron que a Felipe Kast lo comenzáramos a llamar Felipe.
A secas.
Para no confundirse.
La legión de JAK, entonces, acicateada por las nostalgias de la UDI popular y con esa voluntad energética que provee la fe y la patria, siguió gastando suelas.
Docenas de Kung fu. Disciplinados. Peinaditos. Desconfiados. Rebeldes. Tozudos. Convencidos. Recelosos. No hay mejor dogmático que el pragmático.
Mezcla extraña. Incluya religión de por medio.
Valenzuela, el asesor
De ese grupo, Valenzuela es el que más comentarios ha suscitado en los mentideros de la política.
Como todo asesor de fuste, mientras más se esconde, más duplica su poder a los ojos de la prensa y sus pares.
Su fama de consejero escaló.
En el debate de ENADE –antes de la primera vuelta–, Valenzuela se situó al final del auditorio, al lado de una puerta, junto a María Paz Fadel y Yeti Costabal, el equipo de comunicaciones de JAK.
Ese día le ocurrió algo impensado. Infringió su máxima: un buen asesor nunca se hace notar. Eso lo repetía una y otra vez en la radio.
Los periodistas lo esperaron en la puerta de la exCasa Piedra.
Por la columna Parásitos, que escribió en La Tercera.
Lo noté contrariado por esos días.
Como todo buen asesor, también, nunca se sabe si está sufriendo o haciéndose. O sea: nunca sabremos qué está pensando (“juega poker”, me dice un UDI).
Es de humor rápido. Izkia Siches, en un streaming antes de la elección del 2021, contaba entre risas que de todos los candidatos que recibió como presidenta del Colegio Médico, el más simpático fue, para el pesar de la concurrencia, Kast.
Algo así como la revancha de los momios.
Valenzuela es de los mismos trigos.
Su discurso en la radio fue el mismo que salía de la boca del candidato: la elección se trataba de Boric o Kast. No se perdía. Majadero.
Impuso la doctrina de Luca Prodan: “mejor no hablar de ciertas cosas”. Recuerdo haberle preguntado por el aborto. Ni una respuesta parecida a la que podría haber proferido –con fervor de cruzada católica– el JAK pre 2021.
Mejor no hablar de ciertas cosas.
Mientras respondía sin responder, conspicuos personajes de ChileVamos escribían con furia al WhatsApp de la radio, criticando las filigranas del asesor.
Otro atributo del buen asesor: vive tranquilo-nervioso, pero no debe hacerlo notar.
Valenzuela quemó naves en la campaña. Está en la mira de la futura oposición. No pasa inadvertido y eso, como dijimos, no es recomendable para las sombras de los candidatos. Esas no deben existir.
Podría ser el Larroulet de Piñera o el Ahumada o Crispi de Kast. Hasta el cambio climático era culpa de ellos.
Por lo pronto, parece que el poncho mutó por corbata roja.



