Opinión
17 de Enero de 2026
Río Mapocho: De la vergüenza al orgullo
Por Rita Cox F.
Durante gran parte del siglo XX, el Mapocho fue sinónimo de peligro, contaminación y olvido. Una verdadera cloaca. Hoy, declarado humedal urbano en toda su extensión, se convierte en uno de los mayores símbolos de reconciliación ambiental de Santiago. La columnista Rita Cox hace un recorrido personal e histórico por el saneamiento del río, el renacer de su biodiversidad y las decisiones que definirán su futuro en tiempos de crisis hídrica.
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Pertenezco a esa generación para la cual el río Mapocho, hito geográfico de Santiago, fue durante años y años pura amenaza. Amenaza de desborde y desastre, como en ese traumático junio de 1982, con imágenes que no abandonan mis recuerdos. Ese Austin Mini cayendo a la ribera ante la inesperada crecida producto del temporal que dejó 123,7 mm acumulados en cinco días es una postal icónica.
No fue el único episodio que alteró rutinas y vidas y llenó titulares. Si avanzamos en el tiempo, traumático resultó el desborde de abril de 2016 en Providencia, cuando obras de Costanera Norte desviaron el caudal, inundando la Costanera Andrés Bello, calles aledañas como Suecia y Lyon, el Costanera Center, estaciones de Metro y edificios residenciales. Hasta el Drugstore se inundó, dejando a diseñadores amigos y los libros de Catalonia arrasados.
El Mapocho también amenazó seriamente nuestra salud. Durante décadas, por no decir gran parte de lo que va de nuestras vidas, millones de santiaguinos pasamos de la niñez a la adultez relacionándonos con una cloaca a cielo abierto, fuente de tifus, hepatitis, cólera. No hubo más remedio que mirar hacia otro lado, la cordillera, y darle la espalda al río.
Por eso jamás olvidaré la imagen de Rodrigo Guendelman, fundador de Santiago Adicto, metiéndose a pata pelada al Mapocho, a la altura del Puente de la Concepción, hace ya diez años. Ese gesto —que entonces parecía temerario, casi imprudente— era en realidad la confirmación de algo que muchos no queríamos creer: el río estaba cambiando. Sanando. Su agua volvía a estar limpia. Desde entonces, Rodrigo repite anualmente el gesto y hoy esa transformación alcanza dos hitos históricos.
A principios de enero de 2026, el río Mapocho fue declarado humedal urbano en toda su extensión. Meses antes, en noviembre de 2024, se conmemoraron los 15 años del saneamiento que erradicó las descargas de aguas servidas. Dos momentos que marcan el fin de una tragedia urbana y el comienzo de una reconciliación que jamás soñé.
La declaratoria como humedal urbano es mucho más que un reconocimiento simbólico. La doctora en Geografía Carolina Rojas, del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales UC e investigadora principal del CEDEUS, me explica que cuando se discutía la Ley 21.202 de protección de humedales urbanos con el senador De Urresti y su equipo, jamás imaginaron que el Mapocho —canalizado, intervenido, atravesado por infraestructura vial— podría cumplir con esa definición.
Que hoy sea una realidad da cuenta no solo de la potencia de la ley, sino de un cambio cultural profundo en la manera de comprender los ríos urbanos. La declaratoria protege más de 600 hectáreas de ribera entre Lo Barnechea y Padre Hurtado, reconociendo al Mapocho como un sistema vivo y continuo, con valores ecológicos, sociales y territoriales. Establece, además, un marco legal robusto para la planificación territorial, obligando a que futuros proyectos consideren criterios de sustentabilidad ambiental.
Frente a las buenas noticias, valiosas resultan las advertencias de Ricardo Salazar, académico PUC e investigador de SERC Chile, respecto de lo que debiese significar sostener el nombramiento. En una columna publicada hace unos días en El Mostrador, el doctor en Química llama a evitar una gestión fragmentada, dado que este humedal atraviesa 16 comunas, cada una con realidades y capacidades distintas. Dice, entonces, que un ecosistema continuo no puede gestionarse como un mosaico administrativo: se requiere una mirada metropolitana con criterios comunes. Suma la necesidad de incorporar conocimiento científico sistemático, ya que el río no cuenta con monitoreo permanente de contaminantes emergentes como antibióticos, hormonas, microplásticos o PFAS. Sin datos no hay prevención, y sin prevención la protección es frágil, dice. También subraya no aislar al Mapocho de su cuenca; el río depende completamente del sistema hídrico del Maipo, sometido a presiones crecientes por el cambio climático y los conflictos por el agua. No existe un humedal sano en una cuenca enferma, enfatiza. Salazar añade un cuarto elemento: usar estratégicamente esta declaratoria para avanzar hacia una gestión moderna del agua, transformando este extenso humedal urbano en un laboratorio de adaptación climática, con reúso seguro de aguas, restauración de riberas y soluciones basadas en la naturaleza.
Para entender la magnitud de esta transformación hay que mirar atrás. Hasta fines del siglo XX, el 97 % de las aguas residuales de Santiago eran vertidas sin tratamiento en el Mapocho y otros cauces. En 1999, Aguas Andinas, junto al Estado, impulsó el Plan de Saneamiento de la Región Metropolitana, cuyo eje fue el proyecto Mapocho Urbano Limpio: un interceptor de 28,5 kilómetros construido mediante túnel que eliminó 21 descargas al río, atravesando ocho comunas y desviando las aguas servidas hacia las plantas La Farfana y Mapocho-Trebal. La inversión superó los 1.200 millones de dólares. En 12 años, Santiago logró el 100 % de tratamiento de aguas servidas. Se recuperaron más de 40 kilómetros de bordes fluviales para uso ciudadano, con parques como Mapocho Río —52 hectáreas con playas de ribera y zonas inundables diseñadas para que el río las cubra en invierno— y el Parque de la Familia, con su laguna artificial para deportes náuticos. Se creó el Cicloparque Mapocho 42K, concibiendo al río como columna vertebral de infraestructura verde que une geográfica y socialmente la capital.
El saneamiento abrió paso al renacer de la biodiversidad urbana. Donde antes predominaban el cemento y los residuos, hoy prosperan especies nativas: el bagrecito, pequeño pez endémico que reapareció indicando buena calidad del agua; el coipo, mamífero semiacuático que volvió a anidar en las riberas tras décadas de ausencia; patos jergón, garzas cucas y taguas, observadas incluso en sectores céntricos. La Fundación Mapocho Vivo, universidades y municipios realizan censos semanales de fauna, talleres escolares y campañas de sensibilización.
Esta nueva condición —resultado del trabajo articulado entre el sector público, el privado y la academia— nos permite volver a mirar el Mapocho de frente. Se reactiva el romance que Santiago tuvo históricamente con su río, ese que relata tan bellamente “Mapocho aguas abajo: atlas visual para la revalorización del patrimonio y paisaje ribereño”, de Ediciones ARQ, editado por la doctora en Arquitectura Sandra Iturriaga. Allí se lee que, en el siglo XVII, Alonso de Ovalle describía los “hermosos sauces y maitenes” que se encontraban en el río, y que a inicios del siglo XIX, la escritora y viajera inglesa María Graham lo anotaba como “un hermoso río” y admiraba su “dulzura y limpidez”.
Iturriaga comenzó a trabajar en 2009 en el proyecto Mapocho 42 K, junto al Premio Nacional de Arquitectura Mario Pérez de Arce, en un taller con estudiantes UC. Mario murió un año después y ella ha continuado con esa posta, esa visión de recuperar el río y su relación con los santiaguinos. Es más, hasta febrero está abierta la exposición de este trabajo en el Museo Ciudadano.
Volvamos atrás. Durante el siglo XIX, el río Mapocho y sus diversas localidades aguas abajo formaban parte del imaginario de los alrededores de Santiago asociado al descanso y la recreación. Primero ligado a la estancia en el campo de grupos dirigentes que pasaban temporadas estivales en sus haciendas y fundos. Luego, personas sin esas mansiones, pero imitando la práctica, arrendaban casas y hoteles para vacacionar y pasear. El ferrocarril y luego, a principios del siglo XX, la entrada del automóvil le dio más impulso a esa tendencia, nutrida también por la mirada higienista moderna, que reconocía el baño recreativo como práctica saludable y entretenida.
Ya a mediados del siglo XX, muchas de esas “localidades ribereñas” contaban con infraestructura y amenidades. Dos buenos ejemplos son el Parque Sportivo Pudahuel, emprendimiento privado, y el Parque Balneario El Trapiche, en Peñaflor, proyecto vecinal luego apoyado por el MOP. De 1950 existe una foto, de autor desconocido, de Violeta Parra en El Trapiche, acompañada de niños y mujeres, disfrutando. Esa condición luminosa fue apagándose. El río fue convirtiéndose en escenario de crisis ambiental y social.
La declaratoria como humedal urbano y la consolidación del saneamiento nos devuelven un río que dejamos de amar y disfrutar. Un río que nuestros abuelos conocieron cristalino y recreativo, que nuestra generación conoció sucio y amenazante, y que las nuevas generaciones pueden volver a habitar sin miedo ni asco. La reconciliación con el Mapocho es también la reconciliación de Santiago consigo misma: una ciudad capaz de reconocer sus errores, sanar sus heridas ambientales y recuperar los vínculos esenciales con la naturaleza que la sostiene. Es, también, el empeño de personas que, contra viento y marea, han creído en lo que parecía imposible.
El camino que se viene es exigente. Preservar el Mapocho no es meramente cuidar un paisaje urbano: es decidir si estamos preparados social y administrativamente para gobernar el agua en tiempos de crisis hídrica. Es elegir, de una vez, entre la indiferencia heredada o el compromiso con ese corredor de vida que atraviesa nuestra ciudad y nuestra historia.



