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Opinión

7 de Febrero de 2026
Sandro Baeza

Sala Cuna Universal: mujeres y niños como rehenes de la pequeñez política

Tras años de espera y acuerdos entre distintos sectores, el proyecto de Sala Cuna nuevamente sufre un traspié, ahora cuando se veía más cerca su avance. Por mientras, el desempleo femenino es un problema país urgente, y las mujeres que son madres en Chile, sin importar de donde vengan, sufren con poder retornar a la fuerza laboral. ¿Quién se hace cargo de esta nueva zancadilla? ¿Hasta cuándo las mujeres en Chile deben solucionar solas lo que deberían ser cuidados con ayuda del Estado?

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Yo no conozco a Alison Mandel personalmente. Pero, durante los últimos años, su imagen se me vino a la cabeza múltiples veces: arriba de la Quinta Vergara, en su segunda presentación en el Festival de Viña, cuando recibe emocionada la Gaviota de Plata.

“Cuando fui mamá pensé que nunca iba a retomar mi vida laboral. Y sé que muchas mujeres cuando son mamás dicen, ‘nunca voy a retomar mi vida laboral’. Y aquí estoy ahora”, dijo, levantando ese primer trofeo de la noche.

Era 2024 y mi guagua tenía entonces casi seis meses. Sentí que Mandel se estaba desahogando de un peso enorme. Soltando un nudo en la garganta; el mismo que podía sentir comenzaba a apretar la mía. Había decidido dedicarme a cuidar a mi hija durante su primer año de vida: porque fui mamá vieja, porque soy infértil y su nacimiento es para mí un milagro; porque podía hacerlo, con ayuda de mi madre, coparentalidad con mi pareja, freelanceos y comiendo mis ahorros. Pero el futuro laboral, siendo independiente, se me planteaba como confuso, difícil, sino imposible.

¿Quién iba a darle trabajo a una mamá reciente de 40 años? ¿Con quién dejaría a mi hija cuando tuviera que reincorporarme al mundo laboral? ¿Cómo pagar una sala cuna o jardín? ¿Cuándo ver a mi hija si tenía que trabajar? Pasaron los meses y la necesidad económica (y de salud mental, además) de volver a trabajar se fue haciendo urgente.

En esos meses, en la plaza, me hice una tribu de cuidadoras de todo tipo. Algunas abuelas, muchas trabajadoras domésticas y una que otra mamá que, como yo, había podido dejar el mundo laboral en pausa. Hacíamos picnic compartido en el pasto, empujábamos columpios y perseguíamos gateantes, y luego volvíamos a nuestros coches a la hora de la siesta matinal. Fue un refugio y un vistazo a todo tipo de mosaicos de cuidado que deben hacer las chilenas para trabajar y tener hijos.

La cadena: la mujer del sector oriente que contrata a una mujer del otro extremo de Santiago para que le cuide al hijo, y esa mujer, a su vez, debe recurrir a una vecina/prima/amiga/etc para lo mismo, pero en condiciones y posibilidades materiales mucho peores.

¿El Estado, en ambos lados del espectro? No disponible.

Eventualmente tuve la suerte que muchas no tienen: encontré trabajo, encontré una sala cuna y luego jardín infantil con educadoras amorosas donde mi hija va feliz (un pilar de nuestro hogar); donde la va a buscar -porque el horario extendido del establecimiento no coincide con el de mi pega- la mujer maravillosa que la cuida y trabaja en mi casa hasta que yo y mi pareja estamos de vuelta (el otro pilar de nuestras existencias).

Todo un entramado de horarios y pagos y correr. Es difícil y es costoso, pero también me siento muy, muy, muy afortunada de poder trabajar y que mi hija esté bien cuidada. Trabajo tranquila. No es, claro, la realidad de miles de mujeres en Chile: según un estudio liderado por Chile Mujeres, a fines del año pasado, solo el 60,3% de las mujeres con niños menores de 2 años trabajan, versus un 87% de los hombres. Las mujeres, de hecho, representan el 94% de las personas sin trabajo por motivos familiares.

25 mil mujeres con niños de menos de dos años sin trabajo, citaba Francisca Jünemann, en su excelente columna llamada “Desolación”, publicada en La Tercera, por el -nuevo- fracaso del proyecto de Sala Cuna Universal.

Pero yo no estoy desolada: estoy indignada, iracunda y francamente beligerante.

Ha sido más de una década de políticos de lado y lado poniéndose de acuerdo para modificar el Código del Trabajo y eliminar desigualdades que atentan contra el empleo femenino cuando se trata de las madres -incorporar también a los padres, suprimir la obligación de sala cuna para empresas con 20 mujeres o más-, además de crear un sistema de cotización que deje a todos los sectores contentos para generar el beneficio de manera universal.

¿Y qué pasó? Un senador, Gustavo Sanhueza (UDI), presidente de la Comisión de Educación, se ausentó de la sesión que haría avanzar el proyecto, sin dejar suplente. Los esfuerzos nuevamente enterrados hasta marzo, pero realmente quizás quién sabe hasta cuándo, si ahora lo quiere revisar el gobierno entrante.

En el mejor de los casos es irresponsabilidad y, en el peor, una pequeñez política de no entregarle triunfos al gobierno saliente.  

Da lo mismo que la oposición hoy culpe al gobierno de Boric de haber presentado un mal proyecto de Sala Cuna Universal: se había avanzado, se habían hecho esfuerzos de todos los sectores, se habían alcanzado puntos medios y viene esta zancadilla cuando se avistaba la recta final.

Supongo que tengo mala memoria, pero no recuerdo un desaire reciente tan horrendo a las mujeres de Chile, en su totalidad, y a sus posibilidades de surgir. Ni hablar de los niños. ¿Quién quiere tener hijos en un país donde se usa a la maternidad y los cuidados como una pieza de ajedrez macabro?

Yo pensaba, como Alison Mandel, que nunca más iba a volver a trabajar.

Tantas chilenas -con muchas más necesidades que yo- no pueden volver trabajar.

Y la política: inmoral.

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