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Opinión

14 de Febrero de 2026
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Santiago, en su aniversario: tiene historia, le falta relato

Foto autor Rita Cox F. Por Rita Cox F.

En pleno aniversario de Santiago, la columnista Rita Cox aborda la falta de identidad y marca que afecta a la capital al compararla con otras que cuentan con sello registrado, como Buenos Aires o Nueva York. "Cuando una ciudad logra articular una narrativa común, se vuelve más fuerte y resiliente. El city branding habla de que no solo se cohesiona su comunidad; también se abren oportunidades de inversión y turismo. Por supuesto, el desafío va más allá de una estrategia: se trata de relacionarse afectivamente con la ciudad que, como todas, carga con sus heridas y cicatrices", escribe.

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“El próximo desafío es hacer que los capitalinos quieran Santiago, cultivar un orgullo que tenga como horizonte la idea de una ciudad amable”. Son las palabras de Óscar Contardo en un reportaje publicado en Artes y Letras, de El Mercurio, a propósito de los 485 años que cumplió la ciudad el jueves 12, donde arquitectos, artistas y escritores evaluaban el presente e imaginaban el futuro de la capital. El necesario desafío que plantea Contardo va más allá de lo urbano: cómo construir una relación afectiva con la ciudad.

Esa relación puede darse de manera individual —cada uno tiene su Santiago personal—, pero el propósito mayor sería que la experiencia ciudadana se bordara como un relato colectivo. Una historia coral. Porque cuando una ciudad logra articular una narrativa común, se vuelve más fuerte y resiliente. El city branding habla de que no solo se cohesiona su comunidad; también se abren oportunidades de inversión y turismo. Por supuesto, el desafío va más allá de una estrategia: se trata de relacionarse afectivamente con la ciudad que, como todas, carga con sus heridas y cicatrices.

Buenos Aires. Nadie podría negar la pobreza, sus brechas sociales, la crisis económica. Y, sin embargo, Buenos Aires es también sus librerías, su cocina, sus cafés y medialunas, su arquitectura, su hablar porteño, sus teatros, su psicoanálisis, su onda. Lima: sus tesoros patrimoniales, su gastronomía y sus cielos grises. Río de Janeiro: playas con caipiriñas y fútbol, el “estilo Río” de vida al aire libre, el Jardín Botánico, el Carnaval y el Sambódromo de Niemeyer. Un ADN que identifica, enorgullece y seduce.

¿Qué decimos de Santiago? De sus fallas y deudas hay más claridad que respecto de sus virtudes. No porque no las tenga, sino porque no las narramos. “La cura del habla”, decían Freud y Breuer. Un buen trabajo ha hecho en esa dirección Santiago Adicto, hace ya casi 15 años, y Santiago en 100 Palabras, desde 2001. Pero no es suficiente.

Oporto, en Portugal, es un caso de estudio. En 2014 lanzó su marca PORTO. (con punto), tras un proceso participativo que involucró a la ciudadanía y mapeó sus íconos culturales, gastronómicos, arquitectónicos y naturales. La campaña transformó la percepción de la ciudad, posicionándola como destino cultural y generando un aumento sostenido del turismo. Nueva York hizo algo similar en los 70 con I Love New York. Sufría feroces índices de delincuencia, deterioro urbano y éxodo de inversión. El apagón de julio de 1977 fue el clímax. Nace, entonces, el mandato de crear un eslogan, I Love NY, y se acopla el trabajo del logo del diseñador Milton Glaser, inspirado en Virginia is forLovers, la campaña publicitaria del estado de Virginia de 1969, donde se usaba un corazón en lugar de la palabra “love”.

A fines de enero pasé dos medios días mostrándole la ciudad a un chileno que hace 25 años vive en Estados Unidos. Lo llamaré S. El ejercicio me obligó a construir una curaduría sobre qué me es significativo de Santiago hoy. Recordé el tour que le hice a una pareja de estadounidenses hace 20 años. Según sus requerimientos, fuimos al Pueblito de Los Dominicos y a Bellavista, donde querían comprar lapislázuli y probar la cocina chilena. Era el Santiago de postal de entonces.

Esta vez, dado el interés por los muebles y el diseño de bares de S., partimos por el Liguria de Lastarria, que lo impresionó por sus dimensiones e infinidad de detalles. Hasta 2007 albergó al Instituto Chileno Francés de Cultura y antes fue la Casa Valdés Freire, proyectada en 1906 por Alberto Cruz Montt. Esa noche el contexto fue inigualable: una de las mesas estaba ocupada por gente de Teatro a Mil, entre ellos Carmen Romero, Marcelo Alonso, Francisco Reyes y la ministra de las Culturas, Carolina Arredondo, en sus descuentos. Los descuentos de una etapa del país que pasará a ser gobernado por otro bando.

El Persa Biobío, que S. había visitado de niño y que hoy luce una versión tradicional y a la vez actualizada, con cafeterías de especialidad y comida notable, como la del Franchute del Barrio; la Factoría Franklin, donde confluyen cocina, fábricas de licores y bebidas, y el proyecto barrial de sala de cine Rota Cine, que exhibe cortometrajes nacionales y latinoamericanos. Paseamos por calle Huelén, que ya no es la misma en la que vivió Raúl Ruiz, sino unas cuadras refrescantes gracias a la llegada de un par de cafeterías, una chocolatería y un espacio de yoga. Terminamos en la Pulpería Santa Elvira, en Matta Sur, donde fuimos por un café y un postre. En 2023 debutó en la lista de los 50 Mejores Restaurantes de Latinoamérica, donde han sobresalido Casa Las Cujas, La Calma Demencia y Ambrosía Bistró, y se me quedan fuera otros tantos.

La gastronomía: un relato en sí mismo que el Estado no se toma en serio. “En Chile, para fomentar el turismo, la gastronomía, la viticultura y la coctelería, es necesario construir un Ministerio de Turismo. Actualmente, la Subsecretaría de Turismo depende del Ministerio de Economía y resulta irrelevante. Este gobierno ha reducido en un 30% el presupuesto destinado al turismo para el próximo año. Así vamos en picada, porque se recorta a ProChile y se recorta a Sernatur. ¿Con quién funciona hoy el turismo? Con los privados, con nosotros mismos, mientras que Perú cuenta con PromPerú”, decía Max Raide, de Casa Las Cujas, en una entrevista reciente en El Dínamo.

Antes de que dejara el cargo en 2023, entrevisté a Enrique Avogadro, ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. No olvido esa conversación. Lo cito textual: “La cultura es una herramienta central para discutir hacia dónde van nuestras ciudades, tanto por su valor simbólico como económico”. Contaba que Buenos Aires cuenta con 48 barrios, cada uno con su impronta, y que mediante la cultura barrial se construía identidad. Desde su ministerio acompañaban las nuevas disciplinas culturales y valoraban la cultura urbana y la explosión gastronómica: pequeños restaurantes de gente muy joven con propuestas disruptivas. “Frente a las crisis hay más producción cultural, porque las personas buscan en la cultura un espacio de identificación, de refugio, de desarrollo”, decía de un sector que representaba entonces el 10% del producto de la ciudad.

La narrativa no puede dejar fuera la historia y la actualidad. Pasar por el GAM a medio terminar es retroceder a la UNCTAD de Allende, al Diego Portales de Pinochet, al GAM del estallido. Recorrer el nuevo eje Alameda-Providencia nos lleva al del “Plaza Italia hacia arriba, Plaza Italia hacia abajo”, octubre de 2019 y el regreso de Baquedano acompañado —quién lo hubiese imaginado— por la Mistral. Un rediseño que sintoniza con nuevos usos: menos auto hacia el centro, más bicicleta, la urgencia de emparejar la cancha en materia de arbolado urbano.

Lo que está a medio camino, muy propio de Santiago —una vez un amigo inglés me dijo que parecía una ciudad recién bombardeada—, también es vital en esta identidad: el Teleférico Bicentenario, las excavaciones de las nuevas líneas de metro. Las crisis no quedan fuera. No es posible obviar el déficit habitacional, las brechas del espacio público, la inseguridad, los episodios recién sufridos en Maipú y San Carlos de Apoquindo.

¿Y la migración? ¿Vamos a seguir relatándola solo como un problema o vamos a redefinirnos como lo que somos? Una ciudad mixturada, con barrios venezolanos, haitianos, colombianos y peruanos. No hace falta que Bad Bunny nos lo recuerde.

El día y la noche de la ciudad. Lo que se mira, se escribe, se lee, se fotografía y se saborea. A lo que se le teme y se rehúye. Todo es parte de su identidad. Santiago tiene historia y nos haría bien contárnosla, para reconocerse y, tal vez, reencontrarse.

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