“Se va a seguir rayando igual”: por qué grafiteros y expertos dudan del Registro Único de Vándalos
El gobierno de Kast anunció un Registro Único de Vándalos para sancionar a quienes rayen el espacio público. The Clinic se contactó con autoridades que tratan de evitar los rayados, con grafiteros, que mostraron poca preocupación por nuevas sanciones, y con expertos para conversar del debate sobre el grafiti, instalado en Chile hace años.
Por Victoria García 6 de Junio de 2026
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Andrés tiene un local de comida en la esquina de Carmen con Marcoleta, en el centro de Santiago, desde hace 35 años, y dice que es imposible evitar que rayen su negocio: “Una de las últimas veces que pinté, compré la pintura a crédito, le pagué al pintor, que me cobró $700 mil, más la pintura. Pinté un feriado largo porque estaba más tranquila la calle, y el lunes ya estaba todo rayado”.
También en Santiago Centro, Lorena tiene un café desde hace 12 años, un negocio familiar que atiende con su madre. En las puertas que cierran el pequeño lugar, hay un mural con la temática británica del café. En el 2023 decidieron comprar el local del frente para agrandar el negocio, y replicar la estética. Tres años después nadie había rayado el mural, hasta que hace un mes empezaron a escribir palabras como “sionistas”, “nazis” y “fascistas”.

“Nadie te dice que no haya un arte que adorne el entorno para el bien de la comunidad, pero esto no es una cosa de arte, se trata de dañar. Rayar sobre otra cosa hermosa que hizo un artista serio, encuentro que es una maldad, así en mayúsculas”, expresa Lorena.
Sus voces reflejan el día a día de quienes sufren por los rayados callejeros en sus trabajos, casas y barrios. Esta semana las noticias mostraron el caso de un grafitero que burló la seguridad del aeropuerto de Santiago y rayó un avión, evidenciando cómo el problema se cuela hasta en los lugares más insólitos; el metro, la cúpula del Bellas Artes, todos han sufrido rayados, que traspasan la expresión artística. Se han invertido $2 mil millones solo para limpiar 8 kilómetros de la Alameda, y los grafitis siguen apareciendo al día siguiente.
Ahora, el debate entre quienes defienden el arte urbano como expresión legítima y quienes exigen sanciones más duras vuelve a la palestra con la última respuesta del Estado, el Registro Único de Vándalos, presentado por el Presidente Kast en la Cuenta Pública.
La iniciativa busca, entre otras cosas, sancionar y quitar beneficios sociales a quienes hagan rayados sin autorización a la propiedad pública y privada. Críticas sobre que sería una normativa clasista han chocado con quienes aplauden, por fin, mano dura a quienes pintan por encima de sus viviendas y locales.
La batalla contra los rayados y el costo de limpiar lo que vuelve a aparecer
En Chile hoy, los grafitis están prohibidos por el Código Penal, la Ley de Monumentos Nacionales y ordenanzas municipales. Cuando afectan bienes o monumentos, pueden sancionarse como daños, con penas de reclusión y multas de hasta 200 UTM, cerca de $14 millones. Además, los municipios castigan la realización de grafitis, murales o rayados sin autorización del propietario con multas de hasta 20 UTM, $1,5 millones.
En Independencia, el municipio creó el Registro Único Municipal “Cero Incivilidades”, que, además de establecer multas de hasta 5 UTM para quienes tengan conductas “que afectan la convivencia y la seguridad de los barrios”, aplica restricciones de beneficios comunales a infractores reincidentes.
El alcalde, Agustín Iglesias, cuenta: “Detrás de cada una de esas infracciones hay un costo que terminan pagando los vecinos. Cada rayado, cada daño al patrimonio o al espacio público obliga al municipio a destinar recursos para reparar lo que unos pocos destruyen”.
En 2023, se anunció un proyecto de “ley antigrafitis”, en conjunto con los diputados Raúl Leiva (PS) y Jorge Alessandri (UDI), que buscó que quien dañe monumentos nacionales, incluyendo rayados y grafitis, sea sancionado con penas desde tres años y un día a cinco años, y una multa de 200 UTM. Esto, a raíz de una serie de rayados en la Iglesia San Francisco, el edificio en pie más antiguo de Santiago.
El diputado Alessandri dice hoy a The Clinic que se ha degradado el centro histórico en las capitales regionales, monumentos e iglesias: “Deteriorar, ensuciar y destruir la propiedad pública, los monumentos nacionales, es vandalismo”.
Sobre el Registro Único de Vándalos, el parlamentario opina: “Con esta iniciativa del gobierno, se busca desincentivar estas acciones, que el que hace destrucción o deterioro de algo que es de todos, tenga algún tipo de sanción, sea identificable y lo piense varias veces antes de hacerlo de nuevo”.
Desde Independencia, el alcalde Iglesias cuenta que en la recuperación de la fachada de una iglesia de la comuna invirtieron más de un millón de pesos en pintura: “Ese dinero podría haberse destinado a seguridad, mejoramiento de plazas o programas sociales”.
Pero hay quienes defienden aún el grafiti como lugar de refugio y de expresión.
Usar el espacio público como lienzo y la rebelión contra lo establecido
ESNORE creció escuchando rap con sus primos y a partir de la cultura hip hop que rodea los grafitis, se encontró pintando desde los 8 años.
“Fue un refugio. Yo vengo de una familia super disfuncional y la calle se convirtió en mi casa, y en la única forma que tenía de escape a ciertas situaciones. Ahí me encontré con el grafiti y pude sentir que tenía algo de lo que me podía afirmar para poder existir”, relata el artista.
ESNORE defiende la calle como espacio de expresión, y destaca que para él, es un lugar donde es posible encontrarse con arte sin buscarla. Critica además el acceso a la cultura en el país: “En Chile no hay acceso a la galería para toda la gente. Entonces, la calle tiene ese contacto universal”.

Cuenta también que las personas logran conectar con su historia, porque no viene del arte académico, y tampoco hace grafiti convencional: “A partir de eso también he podido ir encontrando mi propio lenguaje, mi propia forma de hacer las cosas, sin arraigarse en lo uno ni en lo otro”.
Desde el grupo The Game Changer (TGC), Iorsh y Merken también pintan desde pequeños. Cuentan que con los años, y en particular después del estallido, grafitear se hizo popular, y que parte de la apuesta de su grupo es innovar en los lugares donde pintan. Por eso, buscan dejar su marca en las alturas.
Iorsh relata que “pintar hace 10 años un grafiti en la Alameda era una misión. Te podías ir detenido, había que estar vigilando. Después del estallido eso cambió. Ahora rayar la calle está un poco menos mal visto porque hay mucha gente que siguió rayándola con poesías, con signos políticos, quedó como una herramienta que usa la gente”.
“Por eso empezamos a pintar los techos, los edificios. Si bien cualquiera puede rayar la calle a la altura de la vereda, nadie puede hacerlo dónde lo hacemos nosotros. Ese fue el rollo que le sacamos”, agrega.

Saben que lo que hacen no es bien recibido y no les importa. Merken cuenta que para él, el grafiti es una forma de terapia: “Uno se libera pintando. El hecho de estar ahí planificando algo también te concentra, te mantiene enfocado. Esas cosas también son bonitas y te mantienen ahí constantemente queriendo siempre pintar”.
“Como quién juega a la pelota, quien va a pescar, nosotros vamos a pintar”, dice Iorsh.
Ambos viven de esta práctica, y cuentan que tienen un “Lado B”, en el que se presentan en galerías, venden cuadros e incluso libros. Aunque, al preguntarles, expresan que son grafiteros, y no artistas urbanos: “Alguien que ha estudiado más el tema, puede decir que sí. Pero al menos nosotros nos consideramos grafiteros”.
“Es muy importante para lo que hacemos que sea ilegal. Tiene ese valor agregado, es lo que le da el valor a lo que hacemos nosotros, que queremos obviamente interpelar la propiedad privada y todo ese rollo”, dice.
ESNORE cuenta que cuando empezó a pintar, nunca pensó que podía convertirse en algo artístico, pero cuando vio que estaba dedicando su tiempo de vida e invirtiendo dinero, entendió que “no era cualquier cosa”.
También coincide en que sabe que no es algo que esté bien visto: “Yo sabía que lo que hacía no era algo aceptable, no era algo que la gente quería mirar o que todos vieran de la misma forma. Entonces tuve que armarme de valor y sentirme seguro de que lo que estaba haciendo era algo que tenía importancia”.
La coordinadora de Núcleo de Sociología del arte y de las prácticas culturales de la Universidad de Chile, Marisol Facuse, explica que, en principio, el grafiti nació como una práctica cultural, que con el tiempo entró en el mundo del arte hasta la creación de museos en Berlín, San Petersburgo, París, Miami, especializados en arte urbano.
Además de una producción de valor artístico, con altas sumas de dinero que se paga por obras, como las del famoso artista urbano Banksy, que se han transado por millones de dólares. Esta transformación de una práctica cultural a una artística, es conocida como artificación.
Explica que “el grafiti ha entrado a los mundos del arte hasta convertirse en una práctica que ha creado museos y formas de reconocimiento. El grafiti ha tenido su camino en la historia del arte reciente y es importante tenerlo en cuenta”.
También remarca que es una práctica que existe hace mucho tiempo, y cree que los esfuerzos por desaparecerla no servirían de mucho: “Ni siquiera en dictadura lograron que la gente no hiciera rayados”.
La eficiencia del Registro de Único de Vándalos y la “solución” real
Durante la primera Cuenta Pública de su mandato, Jose Antonio Kast anunció la creación del Registro Único de Vándalos, que busca registrar a quienes cometan delitos o incivilidades, para sancionarlos, y además, quitarles beneficios sociales.
El abogado experto en derecho penal y sociólogo, encargado del área de Justicia del Centro de Estudios de Justicia y Sociedad de la Universidad Católica, Ulda Figueroa, explicó que un registro como este no evita los rayados, y si tiene un efecto es muy marginal en términos de disuasión y “en cambio, el efecto que generan respecto de la persona castigada es precisamente todo el contrario del que se busca generar”.
El experto detalla que la incorporación de personas en registros lo que hace es privarles de otras oportunidades de insertarse en la sociedad: “La evidencia muestra que lo que está más asociado a la vinculación con trayectorias delictivas es la exclusión social”.
“A medida que más vamos sacando a las personas de oportunidades en el mundo prosocial, hay más probabilidades de que esas personas se vinculen a conductas delictivas, y ya no solo realicen este tipo de cuestiones menores, sino que vayan incorporándose en trayectorias más serias”, agrega.
Figueroa hizo énfasis, además, en que los rayados son característicos de espacios urbanos, y en el caso de que se consiga que una persona específica deje de pintar sin autorización, va a ser reemplazada por otras personas que ocupan el espacio público para realizar la misma clase de comportamiento.
En esto coincide el grafitero Merkén, quien afirma que, aunque se apruebe el registro “se va a seguir rayando igual, se va a seguir pintando de la misma manera. Al final el grafiti que hacemos es ilegal, estando el presidente que esté, siempre va a ser ilegal y siempre va a tener consecuencias. Pero al final uno hace lo que quiere, no lo que quieren los demás que hagas”.
“Lo que la evidencia muestra es que mucho más efectivo que las respuestas de castigo hacia los individuos, son más bien intervenciones en los espacios urbanos”, dice el abogado Ulda Figueroa.
Con esta postura coincide la socióloga Marisol Facuso, quien opina que el castigo por rayar “es una manera de entender el ejercicio del poder muy vertical y muy autoritario”. Consigna que el querer tener muros blancos y uniformes, corresponde a una postura más conservadora
Facuso recuerda el ejemplo de Valparaíso, una ciudad con muros repletos de arte urbano, y enfatiza en que el espacio público “puede ser un espacio para el arte y la comunicación”.
Ambos expertos coinciden en que lo importante en este debate es la participación de las comunidades, que se generen espacios de diálogo y que la cultura se vea en las calles.
Desde la sociología del arte, Marisol opina que “no todo se puede basar en castigar a quien quiere dejar su arte en el espacio público”. Hace alusión al Día del Patrimonio y a la ansiedad de cultura que se ve en la sociedad chilena actual: “las personas quieren crear, vivir en comunidad, ser reconocidas, ser aporte, y ese aporte puede existir en el espacio público de una u otra forma”.
Explica también que tampoco defiende el daño a negocios o vecinos de la localía, pues reconoce que el costo de repintar o arreglar una fachada para ocultar los rayados, es muy costoso.
Pero detalla que la discusión que dejó el anuncio del Registro de Vándalos, es mucho más profunda: “El registro es una solución rápida a través del control, de la dominación y del autoritarismo. Pero estos problemas van a estar latiendo en la sociedad, porque tienen que ver con las desigualdades, con el poco acceso a la cultura, con trabajos de mala calidad, y por eso es importante la participación de la comunidad”.



