Diego Maquieira, el inclasificable de la poesía chilena, a los 75 años: “Mantengo una capacidad de asombro muy alta, lo que a veces pierdo es la convicción”
La exposición "En el Tiempo a Distancia" en la Galería D21, rescata una parte menos vista de la producción artística de Diego Maquieira: obras visuales dispersas durante décadas que hoy dialogan con su poesía. A los 75 años, uno de los poetas más singulares del panorama literario chileno, asegura que sigue moviéndose sin mapas. "Nunca tuve metas. Se puede hablar de travesías, no de carrera", dice a The Clinic.
Sigue a The Clinic en Google News Por Isabel Plant 25 de Julio de 2026
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Diego Maquieira, a los 75 años, conversa en la Galería D21, donde se exhibe "En el Tiempo a Distancia", muestra de dibujos y trabajos visuales reunidos desde distintas épocas. El poeta dice que sigue en "hacer nada", sin metas ni carrera, y afirma: "Mantengo una capacidad de asombro muy alta".
- La Galería D21 exhibe "En el Tiempo a Distancia", con dibujos y obras visuales de Maquieira.
- El poeta dice que su vida se mueve sin metas: "Nunca tuve metas" y habla de "travesías".
- Cuenta que hace más de 21 años no toma alcohol y que sigue enemigo de las drogas.
- Recuerda libros como "La Tirana" y "Los Sea Harrier" como hitos de su obra.
- A los 75 años, dice conservar "una capacidad de asombro muy alta".
El artículo retrata a Diego Maquieira en torno a una exposición que reúne parte de su producción visual, poco vista hasta ahora. A través de una entrevista, repasa su forma de vivir, su relación con la poesía, el arte y el tiempo, y sostiene que no ha tenido carrera ni metas, sino recorridos. También habla de su curiosidad y de su mirada sobre la creación.
A los 75 años, Diego Maquieira dice que lo más importante en sus días actualmente es hacer nada.
“Los fundamental es no hacer nada. Como un entrenamiento, como una meditación. Y miro las paredes. Blanco. Y ahí empiezan a aparecer las visiones, las imágenes”, dice. “Me interesan las visiones. Ahora estoy trabajando en eso”.
No tiene teléfono inteligente: solo un celular tipo almeja que deja en la casa y que le funciona como teléfono fijo. Sale sin él. No tiene email. Si quiere hablar con un amigo en el extranjero, puede que use el WhatsApp de su mujer. Cada cierto tiempo se hace un listado de cosas para mirar en YouTube -va con curatoría específica-, y dice que queda agotado.
Pero, hablando de su vida y obra, pareciera no cansarse. Está sentado junto a The Clinic en la Galería D21, por donde por estos días se exhibe una colección de sus dibujos y trabajos visuales, creados en distintas épocas y reunidos -muchos estaban en manos ajenas y fueron prestados para la ocasión- bajo el nombre de “En el Tiempo a Distancia”.
No es una retrospectiva, dice, porque nunca se ha dedicado al arte. Es, por supuesto, poeta, o así ha sido conocido públicamente por más de cuatro décadas. Con versos atiborrados de referencias y autores y artistas y músicos y espiritualidad y humor, fuera de los circuitos literarios habituales, fuera de la poesía política de su época, se podría decir que su figura tiene tintes de leyenda: dos libros aplaudidos -“La Tirana” y “Los Sea Harrier”-; hijo de diplomático y de socialité; infancia en el extranjero, juventud chilena; especie de aprendiz temprano de Nicanor Parra, luego formó parte de una bohemia literaria donde un bar de la Plaza Mulato Gil tenía una placa con su nombre.
Comenzó a tomar alcohol pasado los 30 años, para terminar dos décadas después casi perdiendo la vida ante el vicio. Vino la sobriedad, más libros, una especie de retiro voluntario de la vida pública, el que interrumpe cada cierto tiempo lanzando nuevos poemas o arte. Y, ahora, esta pequeña exposición con dibujos y retratos y autorretratos que, quizás, dan un vistazo a un ave rara, felizmente excéntrica, de nuestra fauna local.
—¿Cómo describirías tu temperamento?
—No tengo tantas fases como la luna, pero tengo bastantes fases de ese tipo. Los doctores, las eminencias psiquiátricas, dieron dos tipos de caracterizaciones. Mi mamá pidió un informe, se juntaron dos psiquiatras, el informe que dieron era el trastorno de la personalidad. Entonces no, yo tengo un tornado tras la personalidad. Y después la más común: era bipolar, pero bipolar es incompleta porque yo también soy bi-ecuatorial, porque no solamente puedo ir para arriba y para abajo, sino de un extremo a otro. Siempre girando. Mira, ahí hay un autoretrato que me representa. Siempre girando”.
Maquieira apunta a un dibujo de su autoría: es su cabeza, su perfil, envuelto en un círculo que parece un tornado que lo absorbe.
“Entonces, claro, la tristeza, depresión. He tenido depresión fuerte. Fases también de una euforia intensa. Sigo enemigo de las drogas, nunca he tomado drogas. Para mí las drogas están en mí. Yo aquí tengo heroína (apunta a su pecho). Tengo lo que quiera. Si me quiero tomar un Bloody Mary, me lo tomo por dentro. Y alcohol no tomo hace más de 21 años”.
Dice, y lo ha dicho en otras ocasiones, que nunca pensó vivir pasados los 50. Que lo consideraba un exceso. ¿Y, ahora, que superó con creces la meta, cómo lo ve?
“La vida me hizo entender que no era así”.

Un eterno desencajado
El poeta es hijo del diplomático Fernando Maquieira y de Julita Astaburuaga; la infancia pasó por Nueva York, Ciudad de México, Lima, donde aprendió el castellano. Finalmente aterrizó en Chile, donde pasó por varios colegios. Nunca fue a la universidad. Visitó por un tiempo a Nicanor Parra. Se casó a los 22 años, fue padres de tres hijos.
Habla de textos y poetas y aprendizajes que lo formaron: una biografía de Einstein que le abrió los ojos ante los horrores de las guerras y más. “Vi bastantes paralelismos entre el poeta Eliot, Stravinsky y Einstein”, dice. “Y otra cosa que me impresionó, que me dejó para adentro, es que hizo una observación, siendo él un humanista, pacifista: hay que vivir en una intelectualidad cada vez más profunda para defenderse de este mundo de gente abominable”.
—Tú que eres una persona muy de amigos, ¿crees que este es un mundo lleno de gente abominable?
—Hay gente abominable. No todo el mundo, no todo el universo, no toda la humanidad, pero eso tiene que ver con la problemática naturaleza del génesis y la naturaleza de la evolución.
Hay que verlo con más distancia y más frialdad. Digo, si yo veo a Hitler, se me aparece aquí, me dan ganas de cortarle la cabeza al instante, con la misma velocidad que Han Solo cuando se encuentra con Darth Vader, lo primero que hace es disparar.
—Desde que llegaste nunca has encajado tanto, de alguna manera u otra.
—La falta de encaje también tiene su perspectiva y es el problema. Yo tengo un 12% de déficit: como llegué a los 12 años. Porque no mamé a los pies de la vaca de los huasos, no significa que no sea chileno, o sea, no puedo ser más chileno, aunque me interesen los cabalistas rusos, las astrónomas taitianas o los esotéricos hindúes. Soy muy chileno, no me cabe duda.
Considero que este país tiene una gravitación de fuerza muy notable, muy misteriosa, que me atrae. Hay un campo magnético que nos da la cordillera y el mar. Además que me encanta el clima, la gente, la luz.
¿Pero se puede decir que yo soy más chileno que los porotos? Sí, eso sería justo. Pero no puedo decir que yo soy más chileno que un chileno hasta las recachas. Eso es demasiado extremo, porque tengo este 12% que me separa también.
—Viendo estos dibujos: ¿qué espacio tenía el arte, mientras escribías poemas?

De telescopios oceánicos y portaviones
Los primeros libros de Maquieira se lanzaron en los 70: “Upsilon” y “Bombardo”. Pero fue con “La Tirana”, en 1983, cuando irrumpe de lleno en la escena, por su camino propio. Ese poemario -desenfadado, iconoclasta, abarrotado- junto con “Los Sea Harrier” -cuya publicación definitiva es de 1993-, son los que le entregan sus credenciales de ilustre poeta chileno.
“Por lo mismo su poesía, aunque parezca hablada o vociferada es archiescrita, un refrito muy cuidadoso de sí mismo, una economía y no un despilfarro del Chicago verbal. Los efectos de rayadura son parte de la escritura y están tan trabajados como los horrores del barroco”, escribió sobre él Enrique Lihn.
“Los Sea Harrier” fue destacado en su momento como el primer libro de poemas lanzado en formato “compact disc”. Después, silencio: diez años sin publicar, hasta “El Annapurna”, 200 poemas visuales, que viajaron hasta la Bienal de Sao Paulo para ser expuestos. Y, diez años después de eso, en 2023, los fotomontajes poéticos de “Grammercy Park”.
Hoy, dice, Maquieira, entre medio de su hacer nada, busca sacar una plaquette, o libro de poesía breve. “Esto te puede parecer muy demente y muy abstracto”, dice, a modo de introducción de los que hoy ocupa sus tiempos.
“Es que estoy instalando un telescopio oceánico submarino en la fosa de las Marianas. Que están en Pacífico, y que tiene 12.000 metros de profundidad. Y desde ahí hasta la superficie hay más profundidad que la altura que hay desde la superficie del mar al Everest, que tiene 9.000 metros. Entonces, ese es un telescopio, ese se conecta con Alma, las 66 antenas que están en el norte”, comienza explicando.
El viaje de Maquieira sigue por varios telescopios, monjes, un faro. Habla del sol, de la luna. Y luego vuelve al fondo del mar. Y cuando termina de explicar su nuevo trabajo, dice: “Es una idea de salvar a toda la Tierra, con todos sus habitantes adentro.
—¿Y crees que necesitamos ser salvados en este momento?
—Todo el tiempo. Desde hace siglos estamos hace siglos salvado. En el sentido de que no puede no tener sentido esta existencia. Es altamente improbable que no tenga ningún significado. No es posible.
Todo lo que se ha vivido, sufrido, padecido, creado en este mundo, que sea para nada. Aunque se destruya, no va a ser para nada. Entonces yo tengo esa creencia, esa fe. La fe es más importante que la esperanza.

Ser poeta
“Yo creo que el artista poeta está siempre cumpliendo su función, que no es simplemente la materialización de la escritura. Hay periodo de gestación, inoculación, es igual que las mujeres con embarazo. Siempre he querido reemplazar la palabra poeta, que implica asumir la tremenda tradición de siglos”, dice.
—Y en Chile, también significa algo.
—Es muy importante porque hay gran poesía chilena y eso a mí me hace flojear mucho, porque yo hago así tengo a Mistral, tengo a Neruda, tengo a Enrique Lihnn, si tengo hambre inmediata le pido Zurita, dame de comer. Tengo todo lo que quiero, o sea, soy un hombre inmensamente rico.
El punto es que uno está todo el tiempo descubriendo y por eso no envejece nunca por dentro. Sé que hay algo que me está empujando, entonces tengo que coordinar el interior con el exterior. Entonces es una ecuación llamada poesía. El poeta lleva la gran cruz, tradición y la antigüedad.
Tú me preguntas quién soy yo en eso, ¿cómo se opera? Yo soy un autoeducado, autodidacta. Soy un amateur, pero no en el sentido aficionado, amateur en el sentido que ama lo tuyo. También soy un diletante, no tengo complejos, encuentro que se aprende mucho de los diletantes. Un playboy de los sustantivos y los verbos para liberar a la poesía de las cárceles del lenguaje. Ya me queda poca cuerda con la edad que tengo, entonces tengo que tratar de ocuparla lo más eficazmente posible.
—¿Te preocupa el tiempo que quede?
—No, no me preocupa, nunca he tenido ese problema con el tiempo, soy muy amigo el tiempo, estoy siempre en el tiempo, con el tiempo, por el tiempo, para el tiempo, pero nunca jamás contra el tiempo.
—¿Cuáles son tus mayores orgullos también mirando ahora a los 75 años, en tu producción artística?
—Es un buen punto del orgullo. Yo creo que no se puede hablar de carrera, se puede hablar de recorridos, de paseos. Yo creo que estoy enfrentado con los hindúes, que cuando hacían las cosas, que el motivo sea el acto y no sus frutos.
Entonces la máxima alegría que uno tiene que tener es cuando termina una obra, porque está hecha, porque se te dio, te fue dado. Yo trabajo como si fuera un poeta, por encargo.
—¿Por encargo de qué? ¿De las musas?
—No necesariamente las musas. Del cielo, de la tierra, de mí mismo. Vengo con un gen ahí, por encargo de gen. Cuando estoy trabajando me puedo demorar cinco años. Y por eso publico cada diez años. Y después me sueltan otro encargo y otro encargo.
He hecho como cuatro cosas. No mucho. Mi contribución es mínima.
—Pero contundente.
—Bueno, contundente, sí. Eso está por verse.
Matener la curiosidad intacta
La conversación con Maquieira continúa por distintos tópicos. Hablamos de que lee más a autores muertos que vivos. Que no ve mucho cine actual. Que considera a la política “indispensable, imprescindible, pero una rama inferior de la filosofía y de la sociología”. De que lo más importante, al final, son sus tres hijos: “Yo los llamo el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y al menor le llamo el Apocalipsis”, dice con humor.

Habla sobre Dios: “La palabra Dios trato de dejarla en paz, no tocarla, porque está muy manoseado. Yo le pongo un nombre: al principio le llamé el Pelado Riquelme. Entonces tú te puedes entender con el Pelado Riquelme, porque estás hecho a su semejanza. Ahora lo llamo en inglés Ricci Heavens. Lo considero el hombre más rico del cielo en la Tierra”.
—Eres un hombre que vive en el siglo XX en sus gusto y afectos. El XXI, chao.
—El XXI es un siglo que es muy difícil de descifrar, muy extraño, ha llegado un punto de saturación. Pero yo creo que falta muchísimo para que se acabe el mundo, eso lo tengo claro. Vivo con esa creencia, aunque haya guerras y matanzas gigantescas y cambios climáticos y todo eso, y además el genocidio subió de grado, ahora es humanicidio a gran escala.
—Los 75 en plena forma, de Diego Maquieira.
—No sé si en plena forma, pero en cierta forma.
—Suficiente, mejor que muchos.
—Uno se está diluyendo todo el tiempo, cristalizando. Pero lo que mantengo es una curiosidad intacta, una capacidad de asombro muy alta. Lo que a veces pierdo es la convicción, de repente agarro una idea, un poema que se me viene, no lo sigo porque no me convence.



