Pablo Larraín vuelve con Netflix, fantasmas y Mariana Enríquez: “He podido seguir trabajando las cosas que me gustan”
A propósito de “Mis muertos tristes”, su nueva miniserie basada en los cuentos de la argentina Mariana Enríquez, el cineasta chileno Pablo Larraín habla con The Clinic de ese pasado que convive con nosotros: “Hay misterios que son más complejos e insondables, que deambulan en nuestra realidad y que los habitamos con cierta normalidad”. También aborda su relación con Netflix, el presente del cine y su lugar en Chile: “No me siento un extranjero en mi casa”.
Por Isabel Plant 5 de Septiembre de 2026
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Pablo Larraín habló con The Clinic sobre “Mis muertos tristes”, su nueva miniserie basada en cuentos de Mariana Enríquez, que se estrenará en Netflix el 24 de septiembre. El director dijo que trabaja “las cosas que me gustan” y que no se siente “un extranjero en mi casa”, al referirse también a su vínculo con la plataforma y al cine chileno.
- “Mis muertos tristes” se estrenará en Netflix el 24 de septiembre y tendrá presentación en San Sebastián.
- Larraín la define más como “lo fantástico” que como terror tradicional.
- La serie mezcla cuentos de Mariana Enríquez en una historia de cuatro capítulos.
- El director destacó a Ema, personaje de Mercedes Morán, como el centro del proyecto.
- Sobre Netflix, afirmó que le ha permitido seguir haciendo “las cosas que me gustan”.
El artículo presenta una entrevista a Pablo Larraín sobre “Mis muertos tristes”, miniserie inspirada en cuentos de Mariana Enríquez. El cineasta explica su mirada sobre los fantasmas, la memoria, la ciudad y el trabajo con Netflix. También comenta su relación con Chile y dice que no se siente “un extranjero en mi casa”.
¿Y? ¿Pablo Larraín, después de hacer una serie sobre muertos que se quejan y que penan y que acompañan a los vivos, cree ahora en los fantasmas?
El director chileno contesta inicialmente que sí, pero luego se demora un poco más en elaborar la respuesta: “Mira, es que esa es una pregunta complicada”, dice. “Pero yo sí creo en que hay seres que ya no están con nosotros, que están cerca de nosotros y hay una frecuencia, un algo, una manera de comunicarse con ellos”.
Larraín está al otro lado del Zoom, hablando con The Clinic sobre su nueva miniserie “Mis muertos tristes”, basada en cuentos de la aplaudida escritora de terror argentina Mariana Enríquez y que se estrenará en Netflix el 24 de septiembre, junto con una presentación oficial en el Festival de San Sebastián.
La entrevista, como suele ser en casos de estrellas y plataformas internacionales –y Larraín es, por supuesto, un director que a estas alturas es tan del mundo como local– tiene sus limitaciones: veinte minutos y no se puede hacer preguntas de su vida privada ni de su próxima cinta, “Once”, una historia multicoral del 11 de septiembre chileno, que también produce con Netflix.
Mejor, entonces, remitirse a los fantasmas. El director dice: “Pero esos seres, y no sé por qué algunos y no todos, son capaces de estar cerca. Y eventualmente son capaces de vernos”.
Larraín, que ha hecho thriller, que ha hecho drama, que ha hecho historias de vampiros como sátira política, que gira una y otra vez sobre los recuerdos traumáticos de nuestro país desde distintos formatos y lenguajes, ha hecho ahora una historia de cómo nos persiguen quienes ya no están. Los veamos, o no.
De ciudades fantasmagóricas y muertos infelices
La miniserie tiene cuatro capítulos, armando un multiverso de personajes de Enríquez: está basada en varios cuentos de la compilación “Un lugar soleado para gente sombría”, que el mismo Larraín, junto a su colaborador habitual Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y la misma Enríquez, transformaron en una sola historia.
En un rincón casi olvidado de la ciudad de Buenos Aires y donde la violencia ronda, las casas van encerrando a sus habitantes y a sus historias. En una de ellas está Ema (Mercedes Morán), una médico recién jubilada que desde pequeña ha podido ver a los muertos. Tras el fallecimiento de su madre (nuestra Luz Jiménez), no solo convive con su fantasma, sino también con el regreso de su hermana y su sobrina, con los rencores que le lleva su hija (Dolores Fonzi) y con los espectros que recorren el barrio.

No es una historia de terror tradicional, sino que el cuento de una familia y una ciudad, donde el pasado no abandona. Estos fantasmas –a diferencia de otros de la filmografía de Larraín– son espectros semi translúcidos, a los que Ema debe ir calmando.
–Incursionando en el género del terror, cuando uno decide filmar fantasmas supongo que tiene muchas opciones de hacerlo. ¿Cuáles fueron las referencias? ¿Y que era importante escenificar en esta atmósfera que crean los cuentos de Mariana Enríquez?
–Yo entiendo que se pueda pensar que esta es una serie de ese género del terror o del horror. Yo me siento un poquito más cómodo pensando que está en lo fantástico.
La pregunta es interesante, porque es inmensamente arbitrario, por supuesto, cómo se representa eso. Traté de ser súper honesto con respecto a lo que me pasaba al leer los cuentos de Mariana y ver la manera en que eso podía tener una consecuencia visual. Esa representación de esa gente que no está viva y que eventualmente la escuchamos y la vemos.
Son muertos que son tristes porque tienen mucha emoción, y son muertos que representan un vínculo emocional muy poderoso para los personajes que está cerca de nosotros. Y esos personajes son conmovidos por esos seres que extrañan, que recuerdan y que eventualmente escuchan y ven.
–¿Y ves cine de terror o series de este tipo? ¿Te gusta el género? Porque es un thriller psicológico, y también es una historia de terror. Y eso es lo entretenido de Mariana Enríquez también como autora.
–Si voy a ver una película donde a la gente le gira la cabeza o se le dan vuelta las manos o se le rompen los huesos, como que no quiero sufrir con eso. Entonces tiendo a no querer pasarlo mal. Pero sí cosas que están en terror psicológico, desde Polanski a Kubrik, si quieres.
Pero hay un universo inmenso de un terror doméstico, que es la manera en que más me acomodas entenderlo. Sentí que esto era la historia una familia y también la historia de una casa. Y esa casa tiene y contiene algo muy propio de género, todo un paisaje familiar que me parece precioso. Y también muy peligroso, es un lugar que puede resultar a veces ominoso e incómodo, me parece fascinante.

–Estos muertos pueden hacer un par de cosas, pero finalmente son memorias que tienen una vida propia. ¿Eso fue parte de lo que te atrajo del proyecto, aparte de trabajar con los textos de Mariana? Otra manera de hablar de la memoria y cómo la cargamos nosotros, a veces a través de generaciones.
–Sí, totalmente. Ahora diría que mi primer gancho y mi primer interés, aparte de todo el universo de Mariana, estuvo en Ema, en el personaje que es Mercedes Morán. Empecé a entender que había ahí un personaje inmenso, muy particular, muy precioso. Ema, una mujer que ya ha vivido ciertas cosas, que está cansada, que está retirada, que tiene una hija ya de cierta edad.
Y que es como una especie de acceso a un universo de memoria. Y esa memoria tiene un lugar social muy grande, porque también es una memoria que ha sido contaminada por un proceso político, que es el que han tenido los argentinos. Que en algunas cosas se parece al nuestro, en otras no, en los últimos 50 años.
Y ese proceso político tiene consecuencias y tiene dolores y tiene horrores; y tiene lugares también muy luminosos y otros que son muy espantosos también. Y tomar esa hebra fue lo que me interesó.
Cuando uno empieza a sentirse cómodo con un personaje, empieza a verle todo su rango humano, entonces uno empieza a comprender que es posible que pasen muchas cosas como las que le pasan a ella. Por supuesto lo hace Mercedes Morán, que es una de nuestras grandes actrices en esa lengua, capaz de sostener y contener este personaje que tiene habilidades que no son comunes, pero que extrañamente siguen siendo muy humanas.
Por eso hablo de lo fantástico, no siento que ella sea alguien que habite un espacio no realista. Quizás ahí está la gran diferencia con respecto a lo que estábamos discutiendo antes a propósito de género: es cuando yo siento que algo es posible.
Yo pensaría que “El club” es más de terror que esta serie. Cuando hice “La historia de Lizzie” (la serie de Apple+ con Julianne Moore), Stephen King me dijo que si yo no creía que lo que estábamos haciendo era real o posible, no era yo entonces el director indicado para hacer eso. Y me lo tomé muy en serio y creo que tiene razón. Así que yo te digo, no con una fe loca…
–¿Que ahora sí creemos en los fantasmas?
–(sonríe) Creo que lo que vive Ema es posible que le pase a alguien. Y creo que lo que ocurre en la serie, por muy extraño y tal vez demasiado particular, es posible que ocurra. Y creo que ocurre todo el tiempo.
Quizás hay misterios que son más complejo y más insondable que deambulan en nuestra realidad y que los habitamos con cierta normalidad, cuando en realidad no lo son.
–¿Eras fan de Mariana Enríquez? ¿O fue una introducción cuando llegó a ti la idea del proyecto?
–No, no, sí había leído “Nuestra parte de noche” y me pareció fantástico, muy impresionante. En un momento, a través de otra gente, discutimos la posibilidad incluso de trabajar en ella, yo estaba filmando la película, pasaron otras cosas, pero quedé muy tomado.
Y después leí estos cuentos que todavía no se publicaban, había leído también sus cuentos anteriores. La idea de trabajar con material de la Mariana viene dando vuelta en el mundo audiovisual hace muchos años. La (productora) Ángela Poblete vio una oportunidad muy específica en un momento específico y afortunadamente las cosas pasaron. Y Mariana conectó con el proceso, no quiero hablar por ella, pero también fue un ejercicio especial, porque es como tomar cuentos que para ellos son muy distintos entre sí…
–Y armar un universo.
–Claro. Mezclarlos en el universo a partir de uno de los cuentos, que es el de los muertos tristes.
–¿Qué rol tiene la ciudad? Porque también es algo que describe el cuento principal: de cómo este barrio que era antiguo ha ido quedando entre poblaciones y carretera. La gente no se quiere ir, pero se encierra en sus casas. Buenos Aires, con las tomas aéreas, es también un personaje.
–La ciudad es siempre un lugar muy particular. Y creo que aquí está muy definido por lo que ellos llaman los monobloc, construcciones que tienen un origen social, que se hicieron en la periferia de Buenos Aires. Y que con los años fueron lugares donde se fue concentrando cierta forma de violencia, de tráfico.
Lugares que fueron olvidados sistemáticamente por el avance y el progreso de una ciudad que definitivamente no pudo preocuparse más de esa gente. Y esa gente vive ahí con rejas en las puertas, con miedo, con muy poca certeza de lo que va a pasar.
Un lugar que se olvidó por razones políticas. Los gobiernos han dejado esos lugares bastante más lejos, y probablemente el gobierno actual aún más. El trabajo de Mariana es bastante atemporal, así que no sería posible decir específicamente en estos cuentos que se refiere ni de cerca ni de lejos al actual gobierno argentino. Es como esa película de Buñuel de lo olvidado, hay como un lugar donde ya no es necesario ir.
–Donde el Estado no llega.
–Y es un lugar además muy abierto, pero inmensamente encerrado. Es probablemente lo más difícil y preocupante de todo, como decía Foucault, la nada de los locos, que es el lugar más abierto pero del cual no se puede escapar.
Y es bonito porque hay algo que tiene que ver con un tanque de agua, y cómo comunica y se comunica entre todos. Al final los cuerpos y el agua y el lugar empiezan a ser parte de una misma pátina humana súper interesante. Al final eso son: historias de cuerpos y de ciudades.
–Este es un nuevo proyecto con Netflix, antes fue “El Conde”, después viene otro más que ya ha sido anunciado (la película “Once”); cómo se está dando para ti esta sociedad. ¿Eso es el futuro para los directores que vienen de carreras como la tuya? ¿Cómo navegas hoy día el panorama audiovisual para seguir trabajando en los proyectos que te gustan?
–Yo he tenido la oportunidad de trabajar con Netflix, porque básicamente he podido con ellos y gracias a ellos hacer las cosas que me gustan. Todos los proyectos que tú mencionas han venido de nosotros, ellos nos han apoyado sin tener una injerencia editorial fuerte.
Obviamente tenemos conversaciones durante todo el proceso de guión, de montaje, pero me siento cómodo porque he podido seguir trabajando las cosas que me gustan.
Por supuesto que en el caso de las películas, uno quisiera que tuviesen tal vez un poco más de vida en los cines, pero la realidad es que el acceso a salas de este tipo de películas es cada vez menor. Si bien estamos logrando los números pre pandemia a nivel de taquilla mundial, esa taquilla se recuperó, pero se recuperó con muy poco cine que no es del mainstream americano.
Son tres proyectos que presentamos a Netflix, y tiene la maravilla de que esta serie se estrena en 190 países, a 300 millones de hogares de una vez. Eso es un lujo hoy día en el mundo.
Pero sí, ahora partimos un proceso, luego un rodaje largo, complicado. Y es cómo sentirse apoyado y cómodo, poder trabajar lo que te gusta. Así que no me quejo y celebro la alianza, porque la verdad es que para mí ha sido un privilegio.
“No me siento un extranjero en mi casa”
La entrevista no permite otras preguntas, pero considerando que por estos días se anuncian las representantes de Chile a premios como los Oscar y el Goya, y que Larraín nuevamente estará en una alfombra roja de un festival como San Sebastián, se le pregunta por lo que pasó con “El Conde” en el pasado: llegó a recibir el premio a Mejor Guión en Venecia, pero la Academia de Cine de Chile no la escogió para representarnos internacionalmente como país. Aunque este año no sea un candidato, ¿cómo es su relación con el espacio audiovisual nacional?
–¿Sientes que mientras más avanza tu carrera internacionalmente, en Chile a veces se te concibe ya como alguien muy internacional? ¿O no tienes tanto reconocimiento como deberías tenerlo?
–No lo pienso así. Siento que que todas las industrias, en todos los países, tienen toda clase de amores y rivalidades dentro de la gente que la habita. Pasa también en la literatura chilena, pasa en la pintura, pasa en el periodismo. Y esos micromundos se van debatiendo, a veces de manera más generosa, a veces es más pequeña. No me parece particularmente preocupante.
En mi caso, estoy contento de poder seguir trabajando, en la medida que pueda trabajar y hacer las cosas que me gustan, lo celebro.
Y, claro, uno podría pensar que la película que se elige para representarnos, entre todos deberíamos acordar que eventualmente tiene más posibilidades. No digo que este haya sido el caso, pero en ese ejercicio es donde aparecen todas las cosas que uno creería que no deberían aparecer, porque la gente en verdad quiere que sus amigos cercanos sean los elegidos.
Y también ocurre que la gente que hace una película, y en esto nos incluimos todos, siente que ser elegida para cualquiera de los premios que se discuten, el Ariel, el Goya y el Oscar, es un premio a la película. Cuando en realidad la pregunta es cuál es la película que efectivamente tiene posibilidades.
Y esa pregunta y esa respuesta no siempre se dan con la altura que uno quisiera. Yo creo que a todos los que estamos en esto nos va a terminar pasando más de alguna vez, vas a tener la película que tal vez no es la más querida, pero la que más tiene posibilidades y vas a elegir a otra. Y después va a ser al revés.
Uno creería que tiene que ver con un algo que es propio chileno y yo creo que no, sino que lamentablemente pasa en todos lados y es muy común.
En fin, volviendo a la pregunta: no me siento un extranjero en mi casa, me siento alguien que está ocupado, estoy trabajando y con eso me basta y me sobra.



