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Opinión

26 de Julio de 2026
Sandro Baeza

Columna de Carmen Soza: Crisis de natalidad un déficit vital

Foto autor Carmen Soza Por Carmen Soza

Mientras la natalidad sigue desplomándose, Carmen Soza plantea que el problema no se explica solo por la economía, sino por un cambio cultural más profundo. "No hay bono que sustituya la falta de sentido, ni política pública que reemplace la responsabilidad de una sociedad que vuelva a mirar la maternidad y la paternidad como un logro, y no como una renuncia", escribe.

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Hace pocos días tuve la oportunidad de asistir a un foro internacional sobre políticas de natalidad. En él una de las expositoras reveló, entre muchos otros datos, que el número de perros en la ciudad de Buenos Aires duplica al de niños menores de diez años, y, si a lo anterior se suman los gatos, las mascotas casi triplican a la infancia de la ciudad.

Revisando las cifras de la última década en nuestro país la situación es aún más radical, hay más de seis mascotas por cada niño menor de diez años, con una caída de la natalidad de 4,6% anual promedio frente a un crecimiento de la población de mascotas de más del 10% en el mismo período.

La caída de los nacimientos es hoy un fenómeno global y en ningún caso una situación aislada de Chile, sin perjuicio de que nuestra tasa de natalidad se encuentra entre las más bajas de la región. La respuesta instintiva suele ser volver a culpar a la economía. Sueldos que no alcanzan, arriendos imposibles, la incertidumbre de fin de mes, etc. (aunque hay que destacar que este fenómeno ocurre con más fuerza precisamente en los países más prósperos y no en los más pobres). Esta es una tendencia a la baja que las políticas de transferencias y subsidios utilizadas no han logrado revertir en ninguna parte del mundo donde se han aplicado. Sin perjuicio de la validez de cada una de las variables económicas mencionadas me parece que dicha mirada y aproximación es, desde luego, incompleta. Si el problema fuera solo de bolsillo, el dinero ya lo habría resuelto.

Lo anterior nos obliga entonces a hacernos preguntas más incómodas: ¿qué estamos dejando de ver?, ¿de verdad nos sorprende que nazcan hoy menos chilenos que nunca?

La realidad es que como sociedad llevamos demasiados años en donde hablar de tener hijos se ve mal, donde se dejó de creer que formar familia vale la pena y menos hablar de ella, donde la realización personal se busca principalmente en lo material, en una carrera laboral, en un “vivir mi vida”. Hasta la publicidad que vemos a diario nos muestra como la panacea a una persona sola en su casa con su mascota. Sin desmerecer en nada la validez de esta aproximación —y opción— creo importante recordar que no es la única, se ha ido “reemplazado” a los hijos por mascotas cuando no tiene porque ser algo excluyente, y que nos hemos ido “mal” acostumbrando sin siquiera darnos cuenta a que ese sea inconscientemente el objetivo por alcanzar. Hoy los hogares unipersonales en nuestro país llegan a 21,8%, casi el triple que hace tres décadas y la soledad avanza.

Entonces pareciera que más que un problema económico se trata de un tema profundamente cultural en donde la caída de la natalidad no es el problema, sino que un síntoma que se debe interpretar. Es el síntoma de un país que durante décadas fue dejando sola a la familia: (i) en el discurso público que la trató como institución sospechosa antes que como comunidad de origen y lugar donde se aprende lo más básico de vivir en comunidad; (ii) en un Estado que reemplazó el acompañamiento y la búsqueda de medidas para potenciarla por la dependencia a través de múltiples subsidios que le ponen techo a su desarrollo; y (iii) en una cultura que redefinió el logro personal como aquello que se consigue lejos de los hijos, nunca con ellos. Cuando la familia queda sola, lo que se marchita no es sólo una variable macroeconómica, es la confianza en la vida misma: podemos decir que en Chile tenemos hoy no solo un déficit fiscal, sino también un déficit vital.

Esto no significa que las condiciones materiales sean irrelevantes; el orden económico, la estabilidad y la posibilidad real de progresar por mérito propio importan, y mucho, para que una familia se anime a proyectarse en el tiempo. Pero no se puede reducir la natalidad a una ecuación de subsidios, porque entonces el tema se transforma solo en otra forma de paternalismo. El desafío de atajar la caída de la natalidad y que esta vuelva a aumentar, no puede darse solo desde el Estado – debe ser sin duda un tema principal en las políticas públicas y este Gobierno ya ha iniciado el camino – sino que también se debe abordar el desafío en las salas de clases, en los medios que deciden qué historias contar, en la publicidad, en las organizaciones intermedias de manera que a través de todas ellas se devuelva el protagonismo a las familias. El objetivo es que en cada conversación cotidiana podamos animarnos a decir que tener hijos no es un obstáculo para una vida plena, sino, para la mayoría de quienes lo vivimos, la forma más honda de realización personal. Solo si nos animamos a contar la gran aventura que es formar familia, con sus alegrías y dificultades, podremos contagiar a esa juventud que hoy no lo ve como una decisión posible.

No hay bono que sustituya la falta de sentido, ni política pública que reemplace la responsabilidad de una sociedad que vuelva a mirar la maternidad y la paternidad como un logro, y no como una renuncia. Este desafío cultural no dará frutos inmediatos, sino que a largo plazo. Si Chile quiere revertir su curva de natalidad, el primer paso es recuperar el coraje de decir, en la universidad, en la consulta médica, en la sala de prensa y en el Congreso, que una sociedad que fue dejando sola a la familia tiene la responsabilidad —y todavía la oportunidad— de volver a valorarla y acompañarla.

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