La invaluable herencia de Luis Audoro y el hijo que dejó la informática para mantener viva la sombrerería que fundó su padre
Luis Audoro Bustamante, fundador de la histórica Sombrerería La Estrella de Curicó, falleció ayer viernes a los 99 años. Su hijo José Luis había dejado la informática para aprender el oficio y evitar el cierre del negocio que su padre abrió en 1956. Hoy, casi siete décadas después, es quien mantiene vivo su legado.
Por Dominga Krotik 12 de Septiembre de 2026
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En pleno centro de Curicó, la Sombrerería La Estrella mantiene vivo un oficio que comenzó en 1956 con Luis Audoro Bustamante Araya. Cuando él pensó en cerrar, su hijo José Luis dejó su carrera de informático y asumió el negocio familiar para preservar una tradición que ha pasado de generación en generación.
- La Estrella funciona desde 1956 en Mónica Donoso #533, junto al Mercado Municipal.
- Luis Audoro Bustamante aprendió el oficio y abrió su propio taller tras llegar del campo a Curicó.
- En 2010, José Luis dejó la ingeniería en informática para evitar el cierre del local.
- Padre e hijo trabajaron juntos ocho años; en 2018 José Luis quedó a cargo.
- El negocio se adaptó con nuevos productos, reparaciones y uso de redes sociales.
El artículo cuenta la historia de una sombrerería tradicional de Curicó que ha sobrevivido casi siete décadas gracias al trabajo de una familia. También muestra cómo José Luis Bustamante asumió el negocio para que su padre no lo cerrara y para mantener vivo un oficio que hoy tiene menos relevo y enfrenta cambios en los hábitos de consumo.
En pleno centro de Curicó, en la calle Mónica Donoso #533, junto al Mercado Municipal, una vitrina repleta de sombreros de huaso, fieltros y chupallas conserva una historia que comenzó hace casi siete décadas. Allí funciona la Sombrerería La Estrella, un negocio familiar que desde 1956 ha sobrevivido a los cambios de la ciudad, de las costumbres y también de la manera en que los chilenos se visten.
Ayer viernes, sin embargo, la historia de La Estrella sumó uno de sus capítulos más tristes. A los 99 años falleció Luis Audoro Bustamante Araya, el hombre que fundó la sombrerería y pasó más de seis décadas dedicado a un oficio que su hijo decidió continuar cuando el negocio estuvo cerca de desaparecer.
La historia comenzó cuando Luis Audoro Bustamante Araya llegó desde el campo a Curicó y, gracias a unos amigos, aprendió un oficio que entonces tenía bastante más trabajo que hoy: el de sombrerero. En 1956 confeccionó su primer sombrero y poco después decidió instalar su propio taller. Lo llamó La Estrella.
En esos primeros años, Bustamante viajaba todos los meses a Santiago para comprar sombreros ya confeccionados en la Sombrerería Canarian. Hasta que comenzó a preguntarse por qué no podía hacerlos él mismo. Conversó con quienes estaban a cargo del negocio, aprendió más sobre el proceso y, con el tiempo, ellos mismos viajaron hasta Curicó para conocer su taller. Así empezó a perfeccionar un oficio que terminaría acompañándolo durante prácticamente toda su vida.
Buena parte del negocio estaba entonces fuera del local. Don Luis recorría rodeos ofreciendo sus sombreros y fue haciéndose conocido entre huasos y trabajadores del campo. En una zona donde el sombrero todavía era una prenda cotidiana y no únicamente una pieza asociada a las Fiestas Patrias o al folclor, siempre había algo que hacer: ajustar una talla, cambiar una cinta, reparar un sombrero gastado o encontrar uno capaz de soportar jornadas enteras bajo el sol.
Con los años, La Estrella terminó convirtiéndose también en parte del paisaje del centro de Curicó. Por sus puertas pasaron generaciones de clientes: campesinos que buscaban una chupalla para protegerse del sol, huasos que querían completar su vestimenta y jinetes de rodeo que llegaban buscando sombreros con características mucho más específicas.
Don Luis construyó su reputación de esa manera, sin demasiadas estridencias: trabajando con las manos, reparando y personalizando piezas y aprendiendo a reconocer qué sombrero necesitaba cada cabeza. Hubo clientes que volvieron durante décadas y otros que, con el paso del tiempo, comenzaron a llegar acompañados por sus hijos.
Pero hubo un momento en que esa historia estuvo cerca de terminar.
Para 2010, Luis Bustamante ya llevaba más de medio siglo dedicado a los sombreros y comenzó a pensar en cerrar. Su hijo, José Luis Bustamante Llantén, había seguido un camino completamente distinto. Había estudiado ingeniería en informática y trabajaba en Sodimac. El oficio de su padre pertenecía, hasta entonces, a la historia familiar, pero no necesariamente a su propio futuro.
La noticia de que La Estrella podía desaparecer comenzó, sin embargo, a perseguirlo incluso en su trabajo. Algunos clientes de su padre lo reconocían en Sodimac y le hacían siempre la misma pregunta: quién se haría cargo de la sombrerería.
“Cuando supe que mi papá quedaría sin maestro, varios clientes me conocían y me hablaban en Sodimac. Me decían: ‘Tu papá no puede cerrar el local, ¿por qué no te vas tú?’. Y ahí me fui a trabajar yo, y desde ahí que me he hecho cargo y ha sido la mejor decisión”, cuenta José Luis.
Ese año cambió la informática por los sombreros y comenzó a aprender aquello que su padre llevaba décadas haciendo. No se trataba solamente de atender detrás de un mesón. Había que conocer materiales, medidas y formas; entender cómo reparar una pieza y, sobre todo, aprender algo que difícilmente podía encontrarse en un manual: el conocimiento acumulado durante años por un hombre que había hecho prácticamente lo mismo durante toda su vida.
Durante ocho años trabajaron juntos. En 2018, cuando Don Luis finalmente decidió retirarse, José Luis asumió por completo las riendas de La Estrella. Para entonces, la sombrerería había conseguido algo cada vez menos frecuente entre los antiguos negocios familiares: sobrevivir al momento en que su fundador dejó de estar detrás del mostrador.
A Luis, sin embargo, le costó bastante más abandonar el oficio que abandonar el local. Después de retirarse seguía despertándose cerca de las seis de la mañana porque soñaba que tenía que levantarse a hacer sombreros. Después de más de seis décadas repitiendo movimientos, arreglando piezas y atendiendo clientes, el cuerpo parecía seguir obedeciendo a una rutina que ya no existía.
Don Luis murió este vieernes, a los 99 años. Para entonces, sin embargo, había conseguido algo que años antes estuvo en duda: que La Estrella pudiera seguir funcionando sin él.
En sus estantes y herramientas había quedado registrada también una parte de la historia de Curicó: los años en que nadie necesitaba explicar para qué servía una sombrerería, la transformación de las costumbres del campo y, finalmente, la supervivencia de un oficio que poco a poco comenzó a quedarse sin personas dispuestas a aprenderlo.
El desafío de mantener vivo el oficio
La permanencia de La Estrella no ha sido sencilla. Durante estas casi siete décadas, el sombrero dejó de ocupar el mismo lugar que tenía en la vida cotidiana de los chilenos y el oficio también tuvo que enfrentar períodos complejos.
A eso se sumó la llegada de productos industriales e importados, que comenzaron a competir con la producción artesanal. Frente a ese escenario, la familia tuvo que encontrar nuevas formas de mantener el negocio sin abandonar aquello que lo hacía diferente.
La adaptación llegó, entre otras cosas, a través de una mayor variedad de productos y de la búsqueda de nuevos clientes. A los tradicionales sombreros de huaso y chupallas se sumaron gorras, fedoras, bombines y sombreros tipo cowboy. También se mantuvo la posibilidad de reparar y personalizar las piezas.
La modernización llegó incluso a la forma de comunicarse con los clientes. La sombrerería comenzó a utilizar redes sociales, acercando un negocio de larga tradición a nuevas generaciones.
Detrás de la permanencia del negocio está también el vínculo familiar. Para José Luis, continuar con la sombrerería significa mantener el trabajo que su padre construyó durante décadas y preservar un oficio que podría desaparecer si deja de transmitirse.
José Luis disfruta especialmente del proceso y de aquello que ocurre cuando un cliente finalmente encuentra el sombrero correcto: “El diseño y que el cliente se sienta muy bien porque le queda justo a la medida de su cabeza y a la forma. Eso es gratificante”, afirma.
La Estrella se ha convertido así en algo más que un comercio. Sus objetos, sus herramientas y sus historias dan cuenta de distintas épocas de Curicó, mientras sus clientes forman parte de una memoria que también se transmite entre generaciones.
A pesar de la muerte de Luis, La Estrella seguirá abriendo sus puertas en Mónica Donoso #533. Detrás del mesón ya no estará el hombre que la fundó, pero sí su hijo, trabajando con las mismas medidas, herramientas y conocimientos que aprendió de él cuando decidió abandonar la informática para impedir que la sombrerería cerrara.
Esa es la forma en que un oficio sobrevive a quien lo creó: pasando de unas manos a otras.



