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30 de Septiembre de 2026La carrera cuesta arriba de Jaime Vargas, el mesero de 60 años que entrena para conseguir un récord Guinness y convertirse en el mejor del mundo
A sus 60 años, Jaime Vargas busca convertir sus dos grandes pasiones —el atletismo y su oficio de garzón— en un récord Guinness: correr 21 kilómetros llevando una botella de vidrio y una copa sin que se caigan. El desafío comenzó a prepararlo hace cinco años y ahora espera la autorización para intentar oficialmente la marca.
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Son las 16:38 de un lunes nublado, hace exactamente 8 minutos Jaime Vargas salió puntual de su trabajo para comenzar su entrenamiento que repite sagradamente hace 5 años. Desde el restaurant Hacienda Gaucha salió con su bandeja de mesero, una botella de vino llena de agua y una copa.
El recorrido es por la calle Pedro de Valdivia, donde va acompañado por las miradas y bocinazos de la gente que lo observan con curiosidad. Con el pre calentamiento listo llega hasta la entrada del Parquemet donde comienza la segunda parte del entrenamiento. Vestido completamente de naranjo flúor, con zapatillas de running y calzas deportivas, toma un respiro y comienza su ascenso por el cerro San Cristóbal.
Jaime lleva décadas haciendo dos cosas que, a primera vista, parecen no tener mucho en común: ser atleta y atender mesas. A sus 60 años, sin embargo, ambas terminaron mezclándose en un mismo desafío y lo que hoy llama: su sueño.
Es garzón desde los 18 años y atleta desde mucho antes, Vargas prepara un intento para conseguir un récord Guinness: correr 21 kilómetros sin que se caigan una botella de vidrio y una copa que llevará consigo durante todo el recorrido. La idea nació hace unos cinco años, cuando comenzó a investigar qué se necesitaba para convertir una de las habilidades propias de su oficio en una marca reconocida internacionalmente.
Ya lleva años compitiendo en la clásica carrera de garzones y asegura que “más veces ganando que perdiendo”. Fue el ganador de la última edición en la categoría senior y hoy va por el siguiente paso, llevar su talento a nivel mundial.
“Me motivé solo”, cuenta. Primero pensó en hacer el desafío sobre 42 kilómetros, la distancia de una maratón, pero finalmente optó por los 21 K. Desde entonces ha ido probando y ajustando la preparación, mientras busca reunir las condiciones necesarias para que el intento pueda ser certificado.

Vargas ya envió a Guinness World Records una presentación con su currículum deportivo, medallas, videos y registros de las competencias en las que ha participado. Según le informaron, la respuesta podría tardar entre tres y cuatro meses. Si recibe la aprobación, deberá contar con jueces que supervisen la partida y la llegada, además de un notario y registros audiovisuales que permitan acreditar que completó el desafío.
El objetivo no es un premio económico, es cumplir una de sus metas más grandes. “Para mí es mi sueño”, explica. Después de tantos años trabajando como garzón y compitiendo como atleta, quiere cerrar la combinación de ambas facetas con un récord que, hasta ahora, está buscando construir por su cuenta.
Entre mesas y pistas
La relación de Vargas con el atletismo comenzó desde joven. Dice que correr y entrenar se transformaron en una especie de necesidad cotidiana: algo que debe hacer para sentirse bien.
Si bien siempre fue apasionado por el atletismo, comenta que era muy complicado dedicarse completamente al deporte. Los estudios, el trabajo y posteriormente la familia fueron ocupando espacio. Por eso, durante años tuvo que combinar el entrenamiento con su oficio de garzón.
Comenzó a trabajar cerca de los 18 años, en un restaurante cuyo dueño era español. Desde entonces, asegura, nunca ha tenido otro oficio. Actualmente lleva 12 años trabajando en la Hacienda Gaucha, donde continúa ejerciendo como garzón, aunque afirma que es aparte de su entrenamiento.
“Bueno, yo no mezclo mucho mi entrenamiento con el restaurante, porque mi trabajo es mi trabajo y yo lo hago con excelencia, siempre estoy dedicado al 100%. Me gusta lo que hago y estoy enamorado de mi oficio”.

Su vínculo con las carreras de mozos comenzó hace décadas. Desde aproximadamente 1990 participa en estas competencias, en las que ha tenido victorias y derrotas, aunque asegura que son más las primeras. También ha competido como atleta en distintas pruebas y eventos deportivos, incluyendo competencias sudamericanas.
Fue precisamente su primera carrera de garzones la que terminó marcando un punto de inflexión.
Años atrás, Vargas sufrió un accidente mientras trabajaba y se fracturó. Durante la recuperación quedó inmovilizado y aumentó considerablemente de peso, llegando, según recuerda, a acercarse a los 100 kilos. Fue entonces cuando decidió inscribirse en una carrera de garzones.
La competencia reunía a participantes de distintos lugares e incluso a algunos atletas reconocidos. Vargas llegó todavía con sobrepeso, pero con años de experiencia deportiva detrás. Durante el recorrido fue alcanzando a sus competidores hasta lograr finalizar en lo que el recuerdo como un muy buen lugar.
Los registros de aquella carrera todavía los conserva. Recuerda que los VHS de la competencia se los regaló el periodista Juan Cristóbal Guarello, cuando recién comenzaba su carrera. Hoy ese registro es uno de sus grandes tesoros y evidencia de un camino que lleva años recorriendo.
Después de esa competencia volvió a entrenar con mayor intensidad. Pasó por clubes deportivos y comenzó a trabajar con entrenadores y técnicas específicas. Desde entonces, asegura, no ha vuelto a parar.
Un oficio que también se entrena
Para Vargas, ser garzón también tiene una dimensión deportiva. La coordinación necesaria para desplazarse con una bandeja, mantener el equilibrio y atender a los clientes es algo que ha ido perfeccionando durante décadas.
“Me gusta atender al público”, explica. Dice que esa es una de las partes que más disfruta de su trabajo: el contacto con las personas y la posibilidad de sentirse realizado cuando el restaurante está lleno.
Esa experiencia es precisamente la que ahora quiere llevar a un escenario distinto.
La botella y la copa que planea llevar durante los 21 kilómetros no son un accesorio cualquiera. Son una extensión del oficio al que ha dedicado buena parte de su vida. Su desafío consiste en conseguir que ambos elementos permanezcan en equilibrio durante todo el recorrido.
Lleva años entrenando religiosamente en el cerro San Cristóbal 4 días a la semana. Los lunes a las 16:30 es su día fijo, previo a entrar al segundo turno en el restaurante, corre desde su trabajo con su bandeja y su copa, con ropa de entrenamiento y dispuesto a subir el cerro una y otra vez.
A pesar de ser un asistente regular, todavía se roba las miradas de los peatones, conversaciones breves de personas curiosas y el cariño de quienes suelen verlo correr y lo reconocen.
Algunos se acercan para tomarse fotografías y otros le preguntan por la carrera que está preparando. Las primeras veces, cuenta, la escena llamaba mucho la atención. Ahora ya hay personas que lo esperan y lo alientan mientras entrena.

Sus hijos también conocen el proyecto y lo apoyan. Lo mismo ocurre con su nieto y algunos vecinos que han seguido su trayectoria.
Vargas sabe que todavía quedan pasos antes de poder intentar oficialmente el récord. Pero después de décadas de entrenamiento mantiene intacta la motivación.
“Estoy motivado al 100%”, dice. Su objetivo es llegar preparado a ese día, conseguir auspiciadores y lograr que los kilómetros recorridos con una botella y una copa terminen convirtiéndose en el récord que lleva años soñando.
Con un “¡vamos Chile vamos!”, Jaime Vargas se motiva para hacer la última subida al cerro del día, toma un último sorbo de agua desde su copa y tomando impulso sube a toda velocidad.



