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Opinión

3 de Octubre de 2026

Columna de Pablo Zeballos: ¿Quién llegó antes? Cómo el crimen organizado recluta niños y adolescentes

Foto autor Pablo Zeballos Por Pablo Zeballos

El crimen organizado no espera a que niños y adolescentes empuñen un arma para acercarse a ellos. Pablo Zeballos analiza cómo las redes criminales aprovechan la vulnerabilidad y la falta de respuestas oportunas para ofrecer pertenencia y captar a jóvenes desde temprano.

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Hace un tiempo me invitaron a conversar con estudiantes de octavo básico de una escuela de la zona norponiente de Santiago. Allí se desarrolla un proyecto educacional valioso, inserto en una zona compleja, algo abandonada y donde varias de las condiciones que facilitan un ingreso temprano a dinámicas de violencia o delincuencia están presentes. La idea era hablar de crimen organizado, de cómo funcionan algunas de estas organizaciones y de los riesgos que comienzan a hacerse visibles también en Chile.

No recuerdo exactamente en qué momento la conversación tomó otro rumbo, pero sí recuerdo las preguntas.

Querían saber de armas. Qué armas utilizaban los criminales. Cómo eran las personas con las que yo había conversado durante mis investigaciones. Cuánto dinero podía ganar. Había curiosidad, por supuesto, y sería injusto interpretar esa curiosidad como otra cosa. Tenían trece o catorce años y frente a ellos había alguien que les contaba historias de narcotraficantes, cárceles, pandillas y organizaciones criminales.

Mientras respondía comencé a sentir incomodidad, pensaba que si seguíamos por ese camino, podía terminar haciendo exactamente lo contrario de aquello para lo cual me habían invitado. Sin quererlo estaba convirtiendo ese mundo en algo interesante y muy atractivo, pero cometía además otro error: asumir que para todos esos jóvenes se trataba de una realidad lejana, probablemente para algunos estaba bastante más cerca de lo que yo pensaba.

El crimen organizado tiene también esa capacidad. Construye relatos, personajes y símbolos que terminan escondiendo lo que deja detrás.

Entonces cambié la conversación. Les hablé de las madres que he conocido buscando a sus hijos. De familias tratando de entender en qué momento un muchacho comenzó a alejarse de su casa o a relacionarse con personas peligrosas. De padres que reconstruyen hacia atrás pequeños cambios que en su momento parecían no significar demasiado, pero que ya es tarde.

Y les conté la historia de un amigo que nació en un país y un barrio donde, según me ha contado muchas veces, una parte importante de los caminos parecía conducir hacia el mismo destino. Creció junto a jóvenes que terminaron incorporándose a pandillas y estructuras criminales. Algunos fueron asesinados. Otros llevan años en prisión. Él ingresó a la policía, después estudió Derecho. Con los años comenzó a desempeñar funciones técnicas para su país y hoy su trabajo le ha permitido viajar y conocer lugares que probablemente parecían imposibles cuando era un muchacho creciendo en aquel barrio.

No les conté su historia para decirles que basta con querer algo diferente. Eso sería desconocer lo que significa crecer en algunos lugares, allí donde las oportunidades no están distribuidas de igual manera y hay territorios donde una organización criminal puede aparecer en la vida de un niño mucho antes que muchas instituciones del Estado. Les hablé de él porque había crecido junto a quienes después terminaron muertos o encarcelados, que había compartido barrio, escuela, carencias y muchas de las mismas amenazas, pero en algún momento encontró otros referentes y pudo imaginar una vida distinta.

Desde entonces he pensado varias veces en aquella conversación. Cada vez que vuelvo a hablar con jóvenes intento hacerlo mejor, aunque nunca resulta sencillo. Algunos se ríen, otros se burlan, a otros sencillamente no les interesa. A veces alguno necesita mostrarse más duro frente a sus compañeros, interviene un profesor o un inspector y todo se pone áspero. Pero siguen siendo niños, como otros que he visto portando armas o tan drogados que la imagen cuesta después sacársela de la cabeza.

En el trabajo de campo, conversando con personas que conocen de cerca procesos de reclutamiento criminal, he escuchado muchas veces una observación muy preocupante; los jóvenes que resultan más fáciles de captar no son necesariamente los más violentos, muchas veces son los que están solos, que necesitan reconocimiento, que viven situaciones de abandono o que encuentran dentro de una pandilla algo que afuera no estaban encontrando.

En Ecuador, donde este fenómeno adquirió dimensiones especialmente graves, el Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado estudió a cerca de 3.000 adolescentes en zonas de riesgo. Más de la mitad dijo convivir con grupos criminales en su propio barrio y cerca de un 8% reconoció pertenecer a uno. Percibir el propio hogar como un lugar inseguro aumentaba en un 47,1% la probabilidad de vinculación, mientras que tener familiares dentro de una organización criminal elevaba significativamente ese riesgo. Entre quienes ya estaban vinculados, más de un tercio había portado un arma de fuego. En 2025, además, fueron asesinados en Ecuador más de 580 menores de 18 años; cerca de ocho de cada diez tenían entre 15 y 17.

La cifra de los muertos y la del arma impresionan. A mí me preocupa más lo que viene antes.

Hemos aprendido a hablar de gobernanza criminal para describir territorios donde una organización impone normas, controla determinadas economías, decide quién puede entrar o salir y comienza a ejercer funciones que asociamos al Estado. Pero existe otra dimensión menos visible de esa ocupación.

La pertenencia.

Una pandilla puede ofrecer algo que desde el mundo adulto parece pequeño, incluso insignificante, pero que para un adolescente puede tener un peso enorme: que alguien lo espere, conozca su nombre, le dé una tarea y empiece a mirarlo de otra manera. Entrar puede significar también que otros dejen de molestarlo en el barrio o en la escuela. Después aparecerán el dinero, las lealtades y las exigencias. El adulto que recluta conoce el final posible de esa historia. El adolescente que entra, probablemente no.

Por eso me parece insuficiente comenzar a hablar del menor sicario cuando ya tiene un arma en la mano. Antes hubo un proceso. Alguien se acercó, observó sus vulnerabilidades, identificó qué podía ofrecerle y construyó una relación. Tal vez comenzó con encargos pequeños. Las organizaciones criminales necesitan personas y, en lugares donde la violencia consume rápidamente a sus integrantes, necesitan además reemplazarlas.

En algún punto la pandilla puede terminar ocupando un espacio que una familia debilitada, una escuela sobrepasada o un Estado distante dejaron disponible. No reemplaza realmente a ninguno de ellos, porque su finalidad es utilizar al muchacho. Pero puede conseguir que él sienta algo bastante diferente, que finalmente pertenece a algún lugar y ahí tenemos un problema mucho más difícil que el policial.

Las instituciones suelen conocer a ese joven cuando el problema ya se hizo visible. Cuando abandonó el colegio, fue detenido o ingresó al sistema penal juvenil. Quien lo reclutó pudo haberlo conocido bastante antes.

Eso era lo que finalmente intentaba explicar aquella mañana en ese colegio. No sé si lo conseguí. Probablemente algunos siguieron pensando en las armas sobre las que me habían preguntado y otros olvidaron la conversación antes de llegar a sus casas, insisto, tenían trece o catorce años.

Hace poco volví a pensar en ellos.

Estaba trabajando en la Amazonía, en la compleja triple frontera entre Brasil, Colombia y Perú. Allí no solo la naturaleza puede dejarte en silencio. También pueden hacerlo quienes controlan realmente la zona si haces las preguntas equivocadas.

Entre varias miradas de desconfianza, la primera sonrisa que recibí fue la de un niño de cinco años. Durante un rato se convirtió en mi guía. Se tomó muy en serio explicarme por dónde podía caminar y, sobre todo, por dónde era mejor no hacerlo. Le pregunté qué era lo que más le gustaba de vivir allí.

—Los atardeceres —me respondió—. Siempre hay uno bonito.

Después le pregunté qué le daba miedo. Pensó un momento.

—Los mosquitos.

Y luego agregó que alguien se llevara a sus sobrinitos.

Tenía cinco años.

No sé qué había visto, escuchado o entendido para que esa posibilidad formara parte de sus miedos. Tampoco quise preguntarle mucho más. Hay conversaciones con niños en las que uno debe saber detenerse.

Desde entonces pienso en esa respuesta. Tal vez seguimos mirando demasiado tarde. Cuando aparece un muchacho de quince años con un arma preguntamos quién se la entregó. Quizás habría que retroceder varios años y preguntarnos quién conoció antes a ese niño.

Y quién llegó primero.

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