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Opinión

24 de Octubre de 2026

Columna de Jaime Mañalich, exministro de Salud/ Decidir sabiendo: la lección del Ángelus

Foto autor Jaime Mañalich, exministro de Salud, Clapes UC Por Jaime Mañalich, exministro de Salud, Clapes UC

La decisión de León XIV de operarse tras recibir un diagnóstico temprano abre una reflexión sobre el consentimiento informado, la comunicación clínica y los límites del paternalismo médico en Chile.

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El domingo 11 de octubre, al terminar el Ángelus, León XIV hizo algo poco habitual en un jefe de Estado: contó en primera persona su diagnóstico. Durante una revisión le habían detectado un nódulo en el pulmón, en una fase muy temprana y bien localizado. Y añadió: «Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo». Dos días después, en el Policlínico Gemelli, se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho y el estudio histológico confirmó un adenocarcinoma, el más común entre quienes nunca han fumado.

La decisión fue racional. Los primeros datos entregados por el Gemelli —una lesión precoz, localizada y resecada sin complicaciones— permiten deducir una sobrevida a cinco años cercana al 80%. Pero lo valioso de su frase no está en el pronóstico, sino en su estructura: los médicos informan y aconsejan; el paciente decide. Información adecuada y decisión libre: ese es el eje de toda medicina respetuosa de la persona.

Chile consagró ese eje hace más de una década. La Ley N° 20.584, que regula los derechos y deberes de las personas en su atención de salud, dispone en su artículo 14: «Toda persona tiene derecho a otorgar o denegar su voluntad para someterse a cualquier procedimiento o tratamiento vinculado a su atención de salud, con las limitaciones establecidas en el artículo 16. Este derecho debe ser ejercido en forma libre, voluntaria, expresa e informada, para lo cual será necesario que el profesional tratante entregue información adecuada, suficiente y comprensible, según lo establecido en el artículo 10».

La norma es impecable; su ejercicio, no tanto. Tres obstáculos la vacían de contenido. El primero es el analfabetismo sanitario: buena parte de la población no comprende términos como «biopsia», «estadio» o «riesgo», y firma consentimientos que no entiende. El segundo es un paternalismo que persiste, muchas veces bienintencionado, que decide «por el bien» del paciente y le dosifica la información. El tercero es el tiempo: consultas de quince minutos no alcanzan para explicar alternativas, riesgos y pronósticos, ni para escuchar valores y temores. Un formulario firmado no es un consentimiento informado; es apenas su constancia.

A ello se suma un fenómeno nuevo. Las redes sociales y la inteligencia artificial ofrecen información médica instantánea, con frecuencia inexacta, descontextualizada o sesgada por intereses comerciales y por algoritmos que premian lo llamativo. El paciente llega a la consulta con certezas ajenas o con miedos amplificados. La IA puede ser una aliada, pero no reemplaza el diálogo con quien conoce la historia clínica. Informarse no es lo mismo que estar informado.

¿Qué hacer? Incorporar la alfabetización en salud a la educación escolar y a la atención primaria. Reconocer en las agendas y en los mecanismos de pago el tiempo de conversación, sobre todo ante diagnósticos graves y cirugías. Formar a los equipos en comunicación clínica y decisiones compartidas, con herramientas validadas de ayuda a la decisión. Que el Ministerio de Salud y las sociedades científicas ofrezcan fuentes digitales confiables y orienten sobre el uso crítico de la IA. Y fiscalizar la calidad de los consentimientos, no solo su existencia.

Por último, insistir en las decisiones anticipadas. El Papa pudo decidir porque estaba lúcido y su enfermedad se detectó a tiempo; no siempre será así. Expresar de antemano qué tratamientos aceptaríamos o rechazaríamos, y designar a quien nos represente, prolonga nuestra libertad hasta los momentos en que ya no podamos ejercerla, alivia a las familias de decisiones angustiosas y orienta a los equipos clínicos. Darles en Chile un marco legal claro, sencillo y accesible debería ser una prioridad sanitaria.

La libertad para decidir en salud empieza por una buena conversación. León XIV la tuvo, y nos la contó. Que todos podamos tenerla.

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