La historia desconocida de Carmen Carcuro: sus hermanos, Rosario y Pedro, desentrañan la vida de militancia, exilio y tortura que reveló Lemebel en “De pé a pá”
El artista y escritor cerró su entrevista en "De pé a pá" del año 2000 con un homenaje a Carmen, hermana del conductor Pedro Carcuro, en nombre de las mujeres detenidas y torturadas durante la dictadura. La escena pasó a la historia de la televisión chilena, pero poco se supo de la mujer detrás de aquel nombre. Militante socialista, exiliada en Cuba y cercana a Tati Allende, Carmen se incorporó a la resistencia clandestina hasta que, en 1984, fue secuestrada y torturada por agentes de la CNI. Pasó un año en la cárcel de San Miguel y debió partir nuevamente al exilio. Murió en 2011 sin hacer pública su historia. Hoy, sus hermanos y sobrinos intentan reconstruir una vida que ni siquiera ellos llegaron a conocer por completo. “Nosotros somos actores muy secundarios en esta historia, que es la de ella”, dice Pedro Carcuro. “Carmen jamás habría aceptado dar esta entrevista”, añade Rosario, su hermana mayor.
Por Pedro Bahamondes 24 de Octubre de 2026
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I. Un nombre sin rostro
Pedro Lemebel estaba sentado en el estudio de “De pé a pá”, vestido de negro, maquillado y montado sobre unos zapatos de charol con tacos que las cámaras parecían obsesionadas en mostrar.
Era noviembre del año 2000 y el estelar de TVN llevaba tiempo intentando convencerlo de sentarse frente a Pedro Carcuro. El artista y escritor se había negado varias veces: desconfiaba de la televisión, del tono del programa y también del conductor. Hasta que un día aceptó. Tenía algo preparado.
Durante la entrevista, Lemebel incomodó varias veces a Carcuro, se burló de sus preguntas y terminó adueñándose de la conversación. Sin embargo, guardó lo que realmente había ido a decir hasta el final.
En la última tanda comercial, el autor de “De perlas y cicatrices” pidió un minuto para despedirse. La producción le dijo que no había tiempo. Insistió y amenazó con “dejar la cagada” si no se lo daban. Al volver al aire, Carcuro no tuvo más opción que concedérselo.
“Antes de despedirme, yo creo que de alguna manera me estoy despidiendo para siempre de acá, quería pedirte un minuto”, dijo Lemebel en pantalla. “Un minuto porque en tu programa, en este canal, me gustaría rendirle un homenaje a todas las mujeres que fueron torturadas y detenidas en la dictadura de Pinochet en el nombre de tu hermana, Carmen Carcuro. Muchas gracias”.
En la televisión chilena de esos años todavía no se hablaba masivamente de las víctimas de la dictadura. Mucho menos se sabía que uno de sus rostros más conocidos tenía una hermana que había sido detenida y torturada por los organismos represivos de Pinochet.
Hubo apenas un cruce de miradas y un apretón de manos. El público aplaudía, todavía sin saber muy bien cómo reaccionar ante lo ocurrido. Días después, una crónica resumió el episodio en un breve encabezado: “Carcuro no pudo ni hablar”.
El conductor recuerda ahora que, más allá de la sorpresa, lo que le preocupaba eran las consecuencias del homenaje para su hermana. “Cuando estaba terminando de hablar Lemebel, yo pensaba todo el tiempo en Carmen y decía: ‘Pucha, ¿cómo estará Carmen en este momento?’. Yo sabía que a ella no le gustaba lo que estaba pasando”, cuenta Pedro Carcuro a The Clinic.
“Quedé atónito porque no me lo esperaba, pero lo que me preocupaba no era Lemebel, sino cómo iba a repercutir en ella”.
Apenas terminó el programa, Carcuro abandonó el estudio sin despedirse. Kote Correa, uno de los realizadores que había convencido a Lemebel de aceptar la entrevista, lo siguió hasta su camarín. Lo encontró profundamente afectado y molesto. Recuerda que decía algo así como: “¿Qué carajo? ¡Qué carajada!”.
Con los años, aquella escena fue acumulando una mitología propia. En la serie sonora Prenderse fuego, las voces de Pedro Lemebel, de Podium Podcast, se cuenta que fue Gladys Marín, presente esa noche entre el público, quien le reveló al escritor la historia de Carmen. También que Carcuro lo llamó después para agradecerle el homenaje, algo que el conductor niega.
“Hay cosas en la historia de Lemebel que se han tergiversado mucho, especialmente respecto de cuál fue nuestra reacción”, comenta. “Yo respeto mucho a Lemebel y creo que él no hizo nada con mala intención”.
Pero entre las anécdotas de aquella noche había una historia que nadie se detuvo a contar: la de Carmen, cuya vida seguía siendo prácticamente desconocida.
Mientras su hermano intentaba recomponerse en el camarín de TVN, al otro lado de Santiago ella seguía frente al televisor. Había visto todo. Durante años había conseguido mantenerse lejos de la exposición pública, hasta que Lemebel pronunció su nombre ante las cámaras. No le gustó.
Al día siguiente, Pedro Carcuro fue a verla. “Estaba demolida, esa es la verdad”, recuerda. “Fui con la intención de decirle: ‘Carmen, yo no tuve nada que ver en esta historia’, porque ella podía pensar que nosotros, como hombres de los medios, del espectáculo televisivo, podíamos haber armado este pequeño cuento con Lemebel. Creo que eso la conformó mucho y poco a poco fue recuperando el tono, la sonrisa. Nos reímos. Pasamos del estupor a aceptar lo que había ocurrido, y nada más. Después no hablamos mucho más del asunto”, agrega.

Rosario, la mayor de los tres hermanos Carcuro, recuerda que el episodio de “De pé a pá” tampoco alteró la impresión que Carmen tenía de Lemebel. “Ellos no se conocían personalmente, pero Carmen lo admiraba mucho y siguió siendo muy admiradora suya. Lo que le molestó fue haber quedado expuesta”, dice.
Tiempo después, Rosario se encontró con el escritor en una marcha y aprovechó de discutir personalmente el asunto. “Me dijo: ‘Había que contar lo de la Carmen’. Yo nunca estuve de acuerdo, la Carmen tampoco, pero entendimos perfectamente el gesto de Lemebel y lo que él estaba denunciando esa noche”, recuerda.
Más de 25 años después de aquel episodio, Rosario y Pedro Carcuro aceptan hablar públicamente de su hermana. A sus 90 y 82 años, respectivamente, conservan recuerdos de una vida que compartieron desde niños, aunque reconocen que algunos episodios se han vuelto difusos con el tiempo y que hay otros que Carmen nunca llegó a contarles.
“Nosotros somos actores muy secundarios en esta historia, que es la historia de ella”, advierte Pedro Carcuro. “Yo, al hablar de mi hermana, fundamentalmente tengo la pretensión de respetarla, de mantener su sensibilidad frente a las cosas, su pensamiento y su discreción. No quiero ser ni héroe ni villano”.
Rosario comparte ese reparo. “Son los misterios que tiene cada vida. Yo estoy cometiendo una infidencia con esto”, admite. “Carmen jamás habría aceptado dar esta entrevista. Me hubiera retado, pero sé que es importante que se sepa quién fue”.

II. La hermana que se salía del camino
Sobre una mesa hay dos fotografías suyas. En una aparece sonriente, envuelta en una gruesa bufanda café. En la otra, Carmen Carcuro posa junto a Rosario, muchos años antes. “No me acuerdo de cuándo es, pero así era ella. Nos reíamos mucho”, dice ahora su hermana mientras observa las imágenes. La primera de ellas –recuerda– la eligió para repartirla después de la muerte de Carmen, en noviembre de 2011.
Junto a esas fotos hay también un ejemplar del libro “Mujeres Socialistas”, publicado dos años después, y que incluye una semblanza de Carmen escrita por Rosario. En uno de sus pasajes dice: “Como ella misma, su trabajo fue enorme y humilde, a la vez. Jamás representó nada que no fuera auténticamente ella misma”.
Faltan apenas unas horas para que las lluvias caigan con fuerza sobre Santiago, pero por ahora el sol entibia el patio de una casa en La Reina, donde Rosario Carcuro conversa sobre su hermana. A su lado está su hija, Catalina Bosch Carcuro, nacida en Cuba durante el exilio.
“Yo nací en 1936, Carmen tres años después, en mayo de 1939, y Pedro llegó en 1945”, cuenta Rosario.

“Con Carmen eran dupla. Yo siempre jugaba en el banco de los suplentes”, cuenta Pedro Carcuro. “Yo era muy apegado a mi papá, con quien compartía la pasión por el fútbol. Andaba siempre con mis amigos detrás de una pelota. Entonces ellas hicieron la vida de dos hermanas y yo hice la mía por fuera”.
Sus padres, Víctor Carcuro y Carmelita Leone, eran primos hermanos y descendían de inmigrantes italianos. Víctor se preparaba para viajar a Italia en busca de una esposa cuando un tío le hizo notar que tenía una candidata mucho más cerca: su prima Carmelita. “No lo pensó dos veces. Se dio cuenta de que ese era su destino”, cuenta Rosario, todavía fascinada por la anécdota.
Los hermanos Carcuro Leone crecieron en el centro de Santiago, entre las calles San Diego, Victoria y Nataniel. Eran una familia de clase media que, según Rosario, “no tenía grandes apellidos ni fortuna. Sí había una preocupación por los estudios, los libros, el conocimiento y lo que pasaba en el mundo”.
De aquellos años le quedó grabada una imagen. Su padre seguía las noticias de la Segunda Guerra Mundial por la radio, los periódicos y los noticiarios que acostumbraba a ver en los antiguos cines del centro. Después volvía a casa y marcaba con pequeños clavos el avance de las tropas nazis sobre un mapa de Europa instalado en el patio. “Fui a esa casa hace como un año, con mi hijo Matías, y todavía está el mapita ese. Es chiquito, yo lo veía grande en ese momento”, cuenta Rosario.
En mayo de 1945, cuando terminó la guerra en Europa, Víctor Carcuro tomó de la mano a su hija mayor y cruzó la calle San Diego. Rosario tenía nueve años. Llegaron a la casa del abuelo Pietro, el nonno, que estaba almorzando. “Mi papá le puso la mano en la espalda y le dijo: ‘Papá, se terminó la guerra’”, recuerda Rosario.
“Era una cosa de un significado imposible de captar por una niña de esa edad, pero era algo tremendo lo que estaba diciendo. Se terminó esa pesadilla horrible, de años tras años. Yo siempre lo cuento porque a mí me hizo clic. De pequeñas, Carmen y yo sabíamos que todo eso era algo importante, pero no cuál era esa importancia”.
Ambas hermanas estudiaron en el colegio Santa Cruz, dirigido por monjas alemanas. “Eran represivas, no tenían ni idea de a quiénes estaban educando”, recuerda Rosario. Ella siguió un camino más o menos convencional: se interesó por la literatura y terminó estudiando Pedagogía en Castellano en la Universidad Católica.
Carmen, en cambio, nunca se acostumbró a esa disciplina. “Para ella la escuela era una cosa espantosa. Y sobre todo estas monjas, terrible”, cuenta su hermana. Repitió un curso, abandonó el colegio, volvió a estudiar y terminó las Humanidades en una escuela nocturna, algo que sus padres jamás habían imaginado para sus hijas.
“A mí me despertaba una cierta angustia, porque ella no lo pasaba bien tampoco. Quería irse. El gesto de rebelión de ella era de verdad”, recuerda Rosario.
A comienzos de los años sesenta, Carmen ingresó a Servicio Social en la Universidad Católica, pero abandonó los estudios al cabo de un año. Después trabajó en un establecimiento educacional de calle Seminario, donde Rosario hacía clases.
“Ahí estaba ella, una mujer inteligente como era, medio haciendo de secretaria. No tengo nada contra las secretarias, pero Carmen era para algo mucho más grande. Me acuerdo que todo eso me producía un grado de culpa. Era complicado”, dice su hermana.
Más tarde, cuando Alfredo Matus, académico y amigo de la familia, se trasladó a la Universidad del Norte, Carmen decidió seguirlo a Antofagasta y estudiar Pedagogía en Inglés. “Era mayor que sus compañeros, tenía otro desarrollo cultural y le fue estupendo”, recuerda Rosario.
En Antofagasta, Carmen participó en actividades teatrales, conoció estudiantes de distintos orígenes y se interesó por la cultura popular y la historia obrera del norte. Había también un vínculo familiar con ese territorio: su abuelo paterno había trabajado en Humberstone a comienzos del siglo XX.
En la semblanza que escribió sobre su hermana, Rosario vincula aquellos años en el norte con el despertar de una conciencia social cada vez más profunda en ella. “Quizás esto defina muchas cosas de su particular sensibilidad frente al dolor, al extrañamiento y a la pobreza”.
Carmen regresó a Santiago con una conciencia política más definida y, como Rosario, terminó incorporándose al Partido Socialista. “Ella era de comprometerse con lo que estaba haciendo. Todo el tiempo que tenía lo dedicaba a ver dónde incidíamos, cómo lo hacíamos”, recuerda su hermana.
III. Conspira y se calla
En 1970, Rosario Carcuro estaba viviendo en París. La mayor de las hermanas había viajado dos años antes a Francia para continuar sus estudios y se había vinculado al Instituto de Altos Estudios de América Latina. Desde allá seguía la campaña presidencial en Chile y hablaba por teléfono con Carmen, que la mantenía al tanto de lo que ocurría. Las dos compartían el entusiasmo ante la posibilidad de que Salvador Allende llegara a La Moneda.
“Era impresionante. Yo me acuerdo que vine para Chile y voté por Allende, muerta de felicidad. Y cuando llegué allá estaban mis amigos venezolanos en la salida del avión, con abrazos, con gritos. Éramos un fenómeno en todo el mundo”, cuenta.
En Francia, Rosario había conocido también a Patricio Bosch, un cubano con quien formó pareja y una vida en común. Pero a medida que avanzaba el gobierno de Allende, el anhelo de Rosario de volver a Chile se hizo cada vez más difícil de postergar. “¿Quién se iba a perder la Unidad Popular? Nadie. Menos yo”, recuerda.
Rosario regresó a Santiago a comienzos de 1973. Se instaló con Patricio Bosch en un departamento del piso 21 de la remodelación San Borja y consiguió trabajo en el Ministerio de Educación, donde daba clases y organizaba encuentros con mujeres sobre las transformaciones impulsadas por el gobierno de Allende.
Carmen también trabajaba en el ministerio, en la Jefatura de Educación de Adultos, haciendo clases a pobladoras y trabajadoras de las fábricas. Durante ese período, Carmen participó también en los cordones industriales, las organizaciones de trabajadores que buscaban defender la producción y avanzar hacia el control obrero de las fábricas durante la Unidad Popular.
“Ella se metió ahí para reforzar la idea de que los obreros finalmente fueran los patrones de las industrias donde estaban. Era todo muy intenso. Una ideologización brutal”, opina hoy su hermana.
En la semblanza que escribió sobre Carmen en 2013, Rosario la recuerda así: “Te miro caminando con tu figura alta y luminosa en las marchas llenas de consignas y emoción y en las protestas contra la infamia”.

La mañana del martes 11 de septiembre de 1973, Rosario salió de su departamento rumbo al Ministerio de Educación. Estaba embarazada de Catalina, su primera hija. Apenas llegó, le sugirieron volver a casa. Los militares ya habían iniciado el golpe de Estado. Regresó a las torres San Borja, donde los soldados ya ocupaban algunas torres. Su departamento estaba lleno de libros, papeles y revistas políticas.
“Entraron de un bayonetazo. Revisaron todo”, cuenta Rosario. “Después de que se fueron, alguien nos dijo que mejor nos fuéramos de ahí. Bajamos del piso 21 al sexto, donde estaba la mamá del dueño del departamento que arrendábamos. Los militares te encañonaban en el ascensor. Tuve que bajarle el arma a uno y decirle: ‘No me apuntes, me da miedo’”.
Los militares detuvieron horas después a su pareja y lo mantuvieron junto a otras personas en los subterráneos del mismo edificio. En algún momento de ese largo día, Rosario pudo comunicarse con su familia, que seguía en la casa de San Diego. Finalmente, un cambio de guardia permitió que un oficial joven autorizara la salida de Patricio Bosch.
“Los militares le habían revisado la billetera y habían encontrado una fotografía de Fidel Castro”, recuerda. “Durante años he pensado en ese oficial joven. En quién era, si acaso seguirá vivo. Gracias a él, Patricio vive”.
Carmen también estaba en peligro. Había trabajado hasta hacía apenas unas horas para el gobierno de Allende, militaba en el Partido Socialista y mantenía vínculos con dirigentes que ahora eran perseguidos. Las dos hermanas necesitaban salir del país.
Apenas dos días después del golpe, la familia comenzó a buscarles asilo. Evaluaron distintas alternativas, entre ellas la Embajada de Suecia, cuyo titular, Harald Edelstam, ya había ayudado a salir de Chile a numerosos ciudadanos cubanos. Finalmente, fue Víctor Carcuro quien sugirió que sus hijas se refugiaran en la Embajada de México, donde llegaron la tarde del jueves 13 de septiembre.
Rosario aún se emociona al recordarlo. “A mi padre naturalmente no le gustaba Allende. Pero cuando ocurrió todo esto, lo único que él quería era salvar a sus hijas. Ahí no había ni comunistas, ni izquierdistas, ni que sus hijas pensaran esto o lo otro. Era cómo salvar a sus hijas, dónde era el mejor lugar para que se fueran”.
Rosario Carcuro conserva de esos días confusos un recuerdo especialmente emotivo. “Desde un balcón de la embajada alcanzo a ver a mi mamá, que estaba en la vereda de enfrente. Me hizo este gesto”, cuenta, simulando sostener a un bebé entre sus brazos. Su hermano Pedro acababa de convertirse en padre por primera vez.
El periodista, sentado en un café de Providencia, escucha conmovido esta anécdota familiar que desconocía. “Giovanni, mi primer hijo, nació el 16 de septiembre de 1973. Es muy probable que eso que cuenta Charito haya ocurrido justo en esos días, porque mis padres iban a verlas. Qué bonito. No lo había escuchado”, dice.
Las hermanas Carcuro salieron rumbo a México ese mismo día. Allá podrían haber intentado establecerse, pero decidieron continuar hacia Cuba, donde Patricio tenía vínculos familiares y políticos.
En La Habana, Rosario tuvo a sus hijos, Catalina y Matías Bosch, para quienes Carmen se convirtió en una segunda madre. Al mismo tiempo, su hermana Carmen se incorporó al Comité Chileno de Solidaridad en la Lucha Antifascista, una organización de exiliados dedicada a denunciar la represión y apoyar a quienes resistían a la dictadura en Chile.
“Su trabajo fue principalmente de coordinación, aunque detrás de esas funciones había relaciones políticas que exigían una enorme confianza”, dice Rosario. “Carmen organizaba encuentros, colaboraba con dirigentes y participaba de las tareas que mantenían funcionando esas redes de solidaridad. Era una militante sólida y de una calidad humana extraordinaria”.
Fue en esas labores donde Carmen Carcuro comenzó a trabajar junto a Beatriz Allende, Tati, hija del expresidente chileno, quien se había instalado en Cuba después del golpe y participaba activamente de las organizaciones vinculadas a la resistencia. La relación se volvió especialmente estrecha.
“Carmen fue secretaria de la Tati y todo el mundo se la peleaba para tenerla. Maya Fernández, por ejemplo, siempre se acuerda de ella con mucho cariño. Fue muy querida, muy valorada. Los dirigentes del Partido Socialista la apreciaban mucho”, dice Rosario.

Para Catalina y Matías, aquella mujer que trabajaba junto a dirigentes políticos era simplemente su tía Mela. Matías la recuerda como “una mujer especialmente cariñosa, cálida y protectora”. Esa imagen personal convivió durante años con otra dimensión de Carmen que él solo alcanzaría a reconstruir años después, a partir de conversaciones familiares, documentos y recuerdos de otras personas.
Catalina recuerda que Carmen cumplía encargos políticos que la llevaban desde La Habana a otros países, especialmente de Europa. La familia sabía de algunos viajes, pero no siempre de sus propósitos ni de las personas con quienes se reunía.
Hasta las comunicaciones con Chile requerían precauciones. “Cuando nos mandaban cartas, tenían que ir a un tercer país para que no las interceptaran. Por ejemplo, alguien se iba a España y desde allá las ponían en el correo para Cuba, y viceversa. Era toda una estrategia”, cuenta Catalina.
También recuerda que, cuando conseguían comunicarse telefónicamente con sus abuelos, Víctor y Carmelita, recurrían al dialecto italiano de la familia. “Hablaban en el dialecto de los pueblos de los nonos, del sur de Italia, porque ese no lo lograba entender la CNI ni la DINA”, explica.
Las noticias que llegaban desde Chile eran cada vez más dolorosas. Entre los detenidos y desaparecidos había compañeros de militancia, amigos y conocidos. A eso se sumó, en 1977, la muerte de Beatriz Allende, quien además de su jefa se había convertido en amiga. A partir de ese momento, Carmen comenzó a considerar la posibilidad de regresar al país.
En la familia recuerdan que su salida de Cuba se preparó con especial cuidado. Carmen viajó primero a Canadá, donde recibió ayuda de amigos brasileños que Rosario había conocido durante sus años en París. Después continuó hacia Barcelona, donde tenía otros contactos. El recorrido permitía evitar que su regreso a Chile quedara directamente vinculado con La Habana.
Hubo también gestiones desde Santiago. Según Rosario, Pedro Carcuro, convertido para entonces en un rostro de Televisión Nacional, se reunió con el ministro del Interior de la dictadura, Sergio Fernández, para facilitar el regreso de Carmen.
“Ahí hay un gesto de generosidad, porque Pedro era una figura esplendorosa, un hombre joven. Él puso su cargo a disposición”, recuerda.
Según su relato, el ministro accedió a facilitar el regreso con una condición: Carmen debía comprometerse por escrito a no participar nuevamente en actividades políticas. “Tenía que firmar un documento y ella lo firmó con toda tranquilidad”, cuenta Rosario.
Al preguntarle por ese episodio, Pedro Carcuro evita entrar en detalles. “Mira, lo que yo hice está en los recuerdos nuestros. No quiero especular ni nada. Te lo dije y te lo reitero, yo no soy el protagonista. No me hagas ser infiel a Carmen”.

Carmen regresó a Chile a comienzos de 1979. Volvió a vivir con sus padres en la casa de San Diego, retomó contacto con antiguos compañeros y se incorporó a una estructura clandestina del Partido Socialista.
“Eran trabajos muy restringidos, grupos muy cerrados. Yo creo que fundamentalmente lo que ella hacía era tomar contactos, ver cómo se organizaban. Ese ya era un camino enorme”, explica Rosario.
La familia nunca logró identificar a qué célula pertenecía. “Solo sabíamos que su chapa era Andrea, pero no sabemos para cuál grupo trabajaba. Pero sí, en el 84 cayeron varias de esas células del Partido Socialista”, recuerda Catalina.
Eran años de reorganización de la resistencia a Pinochet, en los que también surgieron nuevas estructuras de lucha armada, como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, fundado en 1983 y vinculado al Partido Comunista. No hay antecedentes que relacionen a Carmen con esa organización.
Rosario Carcuro insiste en que el grupo al que pertenecía su hermana no participaba en acciones armadas. Su hija Catalina, en cambio, tiene otra impresión: sostiene que Carmen regresó a Chile para incorporarse a la resistencia contra la dictadura, también en su vertiente militar. “A ella le toca participar o tomar ciertas funciones, misiones que solo alguien con su conocimiento podía desempeñar”, comenta.
En la semblanza que escribió en 2013, Rosario dejó entrever algo más de esa vida clandestina, aunque sin precisar mucho más: “Y en 1979, ella entra a su país, con el mandato del Partido de incorporarse a la lucha, de acicatear la esperanza, de entorpecer los minutos velozmente sangrientos de los fascistas de turno. Trabaja y milita. Conspira y se calla. Y se ríe con sus amigas y come contenta con su familia”.
Ni siquiera quienes estuvieron más cerca de Carmen llegaron a conocer todos los alcances de su trabajo en la clandestinidad ni los peligros a los que estaba expuesta. “Hay muchas cosas que es imposible que uno te las conteste redondamente. Eso no se hace”, dice Rosario.
En abril de 1984, Carmen cayó en manos de la CNI. Tenía 44 años. Su detención quedó registrada en distintos documentos, entre ellos un informe sobre la situación de los derechos humanos en Chile presentado a la Asamblea General de Naciones Unidas el 20 de noviembre de ese año, además de un registro conservado por la Vicaría de la Solidaridad.
Este último forma parte de un “Anexo de circulación restringida” y consigna el nombre de Carmen junto al de otros tres militantes del Partido Socialista: Jorge Enrique Chadwick Vergara, Luis Alberto Guzmán Robinson, tornero de 37 años, y Luz María Soledad Sierralta Jara, física nuclear de 33.
El documento reúne antecedentes de una operación de la CNI que incluyó allanamientos en dos inmuebles de Santiago. El primero ocurrió el 19 de abril, en una botillería de calle Lira 1517, donde los agentes dijeron haber encontrado armas y explosivos. Tres días después ingresaron a una vivienda de Villa Universidad Católica, en Ñuñoa. Según la versión publicada entonces por El Mercurio, la explosión de un artefacto oculto en un maletín dejó cinco agentes heridos, dos de gravedad.
Las informaciones recogidas por la Vicaría describen granadas, dinamita, armas, municiones, documentos políticos, identificaciones falsas y mapas de instalaciones militares. La justicia militar abrió una investigación por infracciones a la Ley de Control de Armas. Guzmán y Sierralta quedaron en prisión preventiva, mientras Chadwick recuperó su libertad.
Rosario Carcuro conocía a algunos de ellos. “Eran gente del partido. Lucho había trabajado muchos años en La Habana. Era un muy buen militante, un obrero de gran capacidad analítica, de gran capacidad para avanzar en lo que hacíamos. Tanta gente que murió por esto. Impresionante. Dieron su vida tan generosamente”, dice.
El documento de la Vicaría consigna que Carmen fue detenida el 19 de abril de 1984 y vinculada a una investigación por infracciones a la Ley de Control de Armas. Sin embargo, no precisa las circunstancias de su captura ni permite establecer qué participación habría tenido en los hechos denunciados.
Años después, Matías Bosch encontró esos antecedentes mientras investigaba la historia de su tía. La versión oficial le produjo indignación. “Ella no portaba armas ni estaba detenida. Había sido secuestrada yendo para su trabajo, punto”, sostiene.
De lo poco que Carmen llegó a contar sobre aquel episodio, su familia conserva una escena. Viajaba a bordo de una micro rumbo a la Clínica Alemana, donde su padre acababa de ser operado, cuando fue interceptada por agentes de la CNI. Mientras se la llevaban, alcanzó a gritar su nombre: CARMEN CARCURO LEONE.
Durante cerca de dos semanas, nadie supo dónde estaba.
IV. Lo que Carmen no contó
Rosario estaba en La Habana cuando un compañero del Partido Socialista llegó hasta su casa para avisarle que Carmen estaba desaparecida. “Ay, mi madre santísima. Ayayái, qué recuerdo tan feo”, dice.
Desde Cuba, Rosario recurrió a compañeros del partido, defensores de los derechos humanos y contactos familiares para averiguar dónde estaba su hermana. Entre quienes participaron de las gestiones estuvo Juan Bosch, expresidente de República Dominicana y abuelo paterno de Catalina y Matías.
En Santiago, Víctor y Carmelita Carcuro esperaban noticias. Habían visto partir al exilio a sus dos hijas después del golpe y ahora una de ellas había desaparecido.
Cerca de dos semanas después, Carmen reapareció bajo custodia y fue trasladada a la Cárcel de San Miguel, donde pasó alrededor de un año, según reconstruye Rosario.
“En una ocasión, agentes de seguridad entraron a la casa de San Diego simulando un robo e intentaron abrir una caja fuerte”, cuenta. “Eso fue lo de menos… Mi madre, que era el recato mismo, iba a ver a la Carmen a la cárcel. Y las mujeres que estaban en la puerta le empezaban a toquetear a mi pobre madre las tetas, el traste, le metían la mano”, recuerda, todavía indignada.

Rosario también escribió sobre las torturas que sufrió su hermana. En su semblanza de 2013, recordó que Carmen fue “torturada despiadadamente y empujada cada vez a la delación y a la mentira, pero de eso también sale victoriosa, gallarda aún en su corazón de combatiente”.
Carmen nunca quiso hablar abiertamente de lo que había sufrido durante su detención. Rosario supo de algunos episodios, pero tampoco llegó a conocer todos los detalles. “Cuando ella es torturada terriblemente, aquí todos los compañeros estaban asustados, porque ella tenía datos de muchas cosas”, recuerda. Su hermana está convencida de que resistió los interrogatorios sin entregar información que comprometiera a otros militantes.
Catalina agrega que las torturas incluyeron también violencia sexual, una dimensión de lo ocurrido sobre la que Carmen guardó especial reserva.
Matías Bosch era niño y vivía en Cuba cuando su madre llegó una tarde con un folleto que denunciaba los casos de varios militantes secuestrados y torturados por la dictadura. Entre las fotografías estaba la de su tía.
“Recuerdo la cara de mi tía. Había una foto suya donde tenía el ojo morado y marcas de golpes en su rostro. Mi mamá nos decía a mí y a mi hermana: ‘Miren, miren cómo han dejado a la Mela’”.
Llevaba años sin verla. Hasta entonces habían mantenido el contacto, muchas veces a través de casetes que intercambiaban entre Cuba y Chile.
La libertad de Carmen terminó condicionada, según recuerdan Rosario y Matías, a que abandonara nuevamente el país. Su abogado le recomendó no demorar la salida. “Ten cuidado, ándate lo antes posible, porque puedes resbalarte con una cáscara de plátano”, recuerda Rosario que le advirtió.
Carmen partió a Madrid. Era su segundo exilio. Allá volvió a trabajar y se integró a las redes de solidaridad con Chile y de apoyo a la resistencia contra la dictadura. Mantuvo sus vínculos con dirigentes socialistas y colaboró en gestiones destinadas a denunciar internacionalmente la represión.
Pedro Carcuro viajó a verla algunos meses después de su llegada. “Estuvimos juntos en Madrid y ahí nos pegamos una conversa muy linda, pero era una conversa de hermanos, de amigos, de entender que había un amor que tenía peso, que no era la simple casualidad de haber sido hijos de la misma pareja. De ahí para adelante como que fuimos reconstruyendo una relación”, recuerda.
El periodista reconoce, sin embargo, que nunca intentó profundizar en lo que Carmen había vivido durante su detención: “Yo tampoco hice algún esfuerzo por tratar de conocer detalles. Yo quería, a través del silencio, también protegerla. Porque como ser humano, uno tiene que cuidar a aquel que ha sufrido algo duro”.
Después del triunfo del No en el plebiscito de 1988, Carmen llamó a Rosario a La Habana. “Me voy para Chile, ya ganamos el plebiscito”, le anunció. Rosario aún tenía prohibido regresar, pero su hermana comenzó a preparar la nueva vuelta a Santiago, donde se reencontró con sus padres y retomó sus vínculos familiares y políticos.
En los años siguientes, volvió a desempeñar funciones públicas, esta vez en el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), donde trabajó junto a Josefina Bilbao, ministra durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, y posteriormente con Cecilia Pérez, durante la administración de Ricardo Lagos.
“Carmen era como una mano derecha, así como lo había sido de la Tati Allende, después acá lo fue para la Pepa Bilbao y la Cecilia Pérez. Sabía muchas cosas, pero ella era fantasma, invisible. Mientras más invisible, mejor”, cuenta su sobrina Catalina, psicóloga, activista por los derechos de las mujeres y directora de la organización Migrantas.
“Mi hermana nunca buscó convertirse en una dirigente pública. Siguió desempeñándose en tareas de organización y coordinación, lejos de cualquier exposición”, complementa Rosario.
La transición democrática tampoco cumplió todas las expectativas que Carmen y muchos otros habían depositado en ella. Matías recuerda que su tía fue especialmente crítica del rumbo político que tomó Chile después de la dictadura. “Para ella la transición chilena en general fue una gran transacción y fue un gran acomodamiento de personas sobre la base de una democracia pactada, donde no se hacía justicia”, comenta.
Rosario consiguió regresar a Chile recién en 1992, separada y con sus dos hijos. Carmen recuperó entonces un lugar importante en la vida cotidiana de los tres. “Mi tía fue muy solidaria, muy protectora, muy generosa, así como lo era con sus padres”, recuerda Matías. “Se consagró a ser una hermana y una tía muy solidaria y muy buena con nosotros”.
Carmen nunca se casó ni tuvo hijos. Su familia supo poco de sus relaciones sentimentales y de buena parte de su vida privada. Durante sus últimos años se dedicó también al cuidado de sus padres.
“Ella no te daba margen como para abordar ciertos aspectos de su vida. Así que no era tema, o sea, te mandaba a la cresta de inmediato, suavemente a la cresta”, cuenta Pedro Carcuro.
Catalina la recuerda como una presencia constante, cariñosa y exigente, capaz de hacerse cargo de situaciones difíciles sin perder el humor. Pero había aspectos de Carmen que solo con los años comenzó a entender de otra manera. “Nosotros íbamos al cine o al teatro, y sabíamos que mi tía siempre se iba a sentar en las filas cercanas al pasillo. Ella no podía sentarse en el medio. Estoy segura de que eso le quedó de la tortura que sufrió”, recuerda.
De aquella experiencia, Carmen tampoco quiso dejar un testimonio público. Cuando se creó la Comisión Valech, Rosario intentó convencerla de que declarara. “Le dije: ‘Carmen, por favor, acércate ahí. Tú tienes un tema fuerte, hay una cosa que hay que devolverte a ti, y el Estado te lo está planteando’. Y ella me respondió: ‘No me hables más de esa huevada’. No quería saber nada. Jamás”, recuerda.
Rosario cree que en esa negativa también pesaba el recuerdo del sufrimiento de sus padres por todo lo que ella había vivido. Carmen los cuidó hasta sus últimos días. Ambos fallecieron en 2007 con meses de diferencia.
Su sobrino Matías cree que su silencio permite comprender también el rechazo de Carmen al homenaje de Pedro Lemebel del año 2000.
“Él hizo lo que estaba a su alcance para que hubiese verdad, para que hubiese memoria, para intranquilizar, para quitar la domesticación de encima, para remecer y remover, pero esa voluntad de denuncia también merece una reflexión crítica: sobre cómo hacerlo, cuándo hacerlo, dónde hacerlo, con qué criterios, para que el accionar de remecer conciencias no sea un accionar que cause dolor personal”, opina Bosch.
“Nosotros sabíamos que ese era un tema sagrado de la intimidad más personal de ella, y ni nosotros participábamos de esa conversación. Y, de repente, de la noche a la mañana millones de personas estaban siendo parte de eso”, agrega.
En sus últimos años, Carmen enfermó de cáncer. Incluso en ese momento mantuvo en reserva buena parte de lo que sabía sobre su estado de salud. Acostumbraba a ir sola al médico y evitaba hablar con sus familiares de la gravedad de su enfermedad.
Rosario todavía recuerda una conversación en la clínica, cuando Carmen ya estaba internada. “Nos miró a los dos, a Pedro y a mí, y dijo: ‘Miren, ustedes dos, yo no tengo cáncer, quédense tranquilos’. Ella se resistía a aceptar lo que estaba ocurriendo. Siempre pensó que iba a salir de eso”, cuenta.
Durante sus últimos meses, Carmen se instaló en el departamento de Rosario, en el barrio Huelén de Providencia. Después de tantos años de idas y vueltas, las hermanas volvieron a compartir una habitación y a dormir juntas.
Fue allí donde Carmen murió el 6 de noviembre de 2011, a los 72 años, acompañada por su hermana y su familia. Al día siguiente fue sepultada en el mausoleo familiar del Cementerio General de Santiago.
“Ahora, de viejo, la recuerdo con la relevancia que tuvo de verdad como ser humano. Hay poca gente que tenga eso que tenía Carmen, que sea tan consecuente con lo que estaba enfrentando”, reflexiona Pedro Carcuro. “Muchas veces me preguntaba por qué no dejaba todo eso y se venía con nosotros a pasarlo bien. Pero ella se jugaba la vida en lo que hacía, y en eso nadie podía meterse”.



