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Correo 6 de Noviembre de 2026

Carta a la directora: ¿Qué será de mi violador?

Javiera Vallejo D.
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Hace unos años escribí un texto, del que comparto un extracto a continuación, y que nació a partir de haberme topado a mi violador en la calle.

“Hace unos meses vi a mi violador. Parado en mi calle, frente al portón de entrada a mi edificio. No supe qué decirle. No he sabido en más de 30 años qué decirle. Nadie ha sabido hacerlo. No soy la única, hay más. Por ende hay más familias, más amigos y amigas, más compañeras de pega, más terapeutas que conocen una historia similar con el mismo protagonista y nadie le ha dicho nada.

Conmigo empezó su trayectoria como abusador, manipulador, violador desde muy temprana edad, con el resto ya estaba grandecito, y lo más probable es que lo siga haciendo. Desde que lo vi he estado tarareando la canción de Mauricio Redolés “¿Qué será de mi torturador?”. Me disculparán las víctimas de tortura de la dictadura cívico-militar porque me imagino que deben haber diez mil argumentos para hacer bolsa mi comparación, pero así me he sentido durante varios años. ¿Qué será de este huevón? ¿habrá conseguido pega? ¿será exitoso? ¿seguirá violando? ¿recordará lo que hizo como lo recuerdo yo? ¿se habrá arrepentido? ¿frecuentará mis bares? ¿me lo toparé en la calle? Para una niña de seis años que entendía poco y nada la vulneración que ejercía esta persona durante años y de forma sistemática, es difícil explicarle cual es la diferencia con la tortura.

Recuerdo hace unos años estar viendo una entrevista a Pedro Engel que contaba el encuentro con su torturadora en la fila de un banco y que se acercó a ella para decirle que la perdonaba. Recuerdo la cara de asombro de mi papá y la pregunta que me hice de si yo perdonaría. La verdad es que creo que el perdón no es asunto de las víctimas, como la humildad no es asunto de la pobreza. La sociedad en la que vivo no se abre al reconocimiento, no ejecuta la reparación, no ejerce la compañía. Nos enseñaron a hacernos los giles, porque hay sujetos válidos, otros no tanto y otras definitivamente no. La vulneración a una mocosa, sus sentires, sus deseos, sus preguntas no son suficientes para romper todo el cuadro configurado por el mundo adulto, para cuestionarlo. La vida de la violentada, de la manipulada, no insta el más mínimo esfuerzo. Y por un lado tenemos a un ejército de violadores perfectamente ciudadanos, con plenos derechos, caminando seguros por las calles, con poder adquisitivo, sin que nadie les haya dicho nada.”

Hoy lo releo en el contexto de alrededor de 50 violadores y abusadores de niños y niñas que estando condenados han sido devueltos a la calle, y de otros dos violadores de derechos humanos condenados que también han sido devueltos a compartir con nosotras y ustedes la vida cotidiana de la libertad.

Comparaba en ese entonces la violación con la tortura y me asustaba hacerlo, hoy me parece que se vuelven a conectar. ¿Qué será de mi violador? Muchas que fuimos violadas siendo niñas no teníamos respuesta a esa pregunta y temíamos dar vuelta la esquina y encontrarlo, que compartiera nuestros lugares de trabajo, un almuerzo en el mismo local. Pero había quienes sí tenían certezas, que la justicia se había dado la licencia de aparecer. Sabían que estaban condenados, con privación de libertad. Lo mismo para quienes fueron torturados durante la dictadura cívico militar; una justicia a medias que demoró pero llegó mantenía a algunos encerrados respondiendo a los crímenes cometidos.

Es de no creer. Una y otra vez la sociedad que habitamos castiga a las víctimas. Hoy se suman más niños y niñas a la pregunta ¿qué será de mi violador? Y la única respuesta cierta es: en libertad.

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