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Opinión

7 de Noviembre de 2026

Columna de Rita Cox / Plaza Egaña: ¿un nuevo Sanhattan?

En apenas dos décadas, Plaza Egaña se transformó en una de las centralidades más dinámicas de Santiago. Torres, centros comerciales, servicios y una población flotante que multiplica a sus residentes conviven con antiguos locales, casonas y rincones de barrio. La columnista Rita Cox recorre este nuevo paisaje urbano, donde la ciudad crece a toda velocidad, y donde algunos vecinos bromean que se transforman en un "pequeño Sanhattan".

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De todas las transformaciones radicales que ha vivido Santiago en los últimos veinte años, pocas se comparan con la del eje Plaza Egaña. Quien no haya vuelto en dos décadas no lo reconocería. Salgo del Metro y en un par de cuadras se suceden el mall, torres recién terminadas y otras en obra, centros médicos, laboratorios clínicos, bancos, notarías, supermercados y farmacias abiertas toda la noche.

En la estación, que combina las líneas 3 y 4, soy una entre miles. En octubre pasaron por ella, en promedio, 25.600 personas de lunes a viernes. Todo ocurre a la vez: buses, bocinas, autos que bajan a los estacionamientos, gente que sale en tropel por los accesos. Un enjambre ruidoso, en lo sonoro y en lo visual.

El sector está en el límite entre Ñuñoa y La Reina, donde se cruzan Irarrázaval, Larraín, Vespucio y Ossa, y siempre fue un lugar de paso. Sus terrenos eran parte del fundo Peñalolén de los Egaña, que le dieron nombre. A comienzos del siglo XX la plaza fue la penúltima estación del tranvía de Ñuñoa, y hacia 1950 apenas había unas pocas casas quinta, entre ellas la de Nicanor Parra. Después llegaron el supermercado Marmentini Letelier y el gimnasio Manuel Plaza, para 1.800 personas, con básquetbol, bailes populares y noches de boxeo que se transmitían por televisión. Ahí tocaron grandes bandas. Su demolición, en 1997, cerró la época del centro de barrio.

Caroline Iribarne, arquitecta y socia fundadora de Atisba, recuerda que el Plan Regulador Intercomunal de 1960 dibujó las centralidades que Santiago debía tener, y que en general se cumplieron. Esta no estaba en el plano. La fueron haciendo la accesibilidad, las dos líneas de Metro, Vespucio y la escala del Mallplaza Egaña, abierto en 2013, hasta convertirla en un subcentro de servicios, comercio y consumo.

Con eso cambió la manera de habitar. Las cifras de Atisba muestran que entre 2017 y 2026 las viviendas crecieron 35%, más del doble que los habitantes. El 78% vive en departamentos (casi ocho de cada diez tienen uno o dos dormitorios) y la mitad arrienda. Es un vecindario joven y acomodado: el 46% tiene entre 25 y 44 años y en el entorno inmediato cerca del 85% pertenece a los segmentos ABC1 y C2. Seis de cada diez se mueven en transporte público, a pie o en bicicleta. Y está la población flotante, la de quienes llegan a trabajar, comprar o atenderse: según Atisba, más de diez veces la residente. Lo excepcional, dice Iribarne, es que aquí la centralidad metropolitana no se tragó al barrio, como sí ocurrió en Plaza Vespucio o Parque Arauco.

Cristián (me pide obviar el apellido) llegó hace siete años desde Providencia a un departamento de tres dormitorios que le costó cerca de 400 millones de pesos en calle Hannover. Paga un dividendo de casi 1,3 millones y 300 mil pesos de gastos comunes. Se mueve a pie y usa el auto solo para llevar a sus hijas al colegio, a siete minutos, o para las compras grandes. No echa de menos las áreas verdes: su edificio tiene jardín, piscina, juegos infantiles, quincho y sala de cine. Y seguridad. Calcula que, para vivir, necesita no menos de cinco millones al mes.

Entre vecinos, cuenta, al sector ya le dicen el “pequeño Sanhattan”.

La oferta nueva va en la misma línea. Los seis proyectos en venta que identifica Atisba se agrupan al sur poniente del cruce y parten en 3.383 UF por departamentos de 31 a 47 metros cuadrados; solo los de dos y tres dormitorios pasan de 5.800 UF. El mayor es Eco Egaña, de Fundamenta: 1.752 departamentos desde estudios de 29 metros, una torre de oficinas y comercio conectado al Metro.

En la calle se nota la ebullición del sector: strip centers y locales de todo tipo. En Hannover, a uno de los costados del centro comercial, el dueño de una peluquería instalada hace menos de un año me explica que eligió el lugar porque el barrio está creciendo. Paga un millón y medio al mes por 50 metros cuadrados. Al lado están Torta Caluga y una hamburguesería. Frente al mall, en Ossa, Che Querido es una pizzería argentina chica y con mucha onda, que en un buen día puede vender un millón de pesos. A su lado, la pastelería La Barcelona trabaja con recetas catalanas, y La Mundial, distribuidora de dulces, mueve y mueve gente. La Librería Egaña, con casi cuarenta años y dos locales, abre hasta los domingos. Entre medio, en un antiguo local de frutos secos, la vendedora dice que con el mall y el Metro las ventas se dispararon.

A un costado del mall, en avenida Ossa, aparece una de las mayores rarezas del eje: el Club de Jazz de Santiago, fundado en 1943 y hoy instalado en la Casa Maroto, una casona de los años veinte. Por su historia han pasado Louis Armstrong, Wynton Marsalis, Herbie Hancock y Paquito D’Rivera. Basta cruzar su puerta para pasar del murmullo de las escaleras mecánicas a un contrabajo. Que una institución de más de ocho décadas conviva con un centro comercial dice mucho de Plaza Egaña.

La plaza es otra historia. En sus bordes conviven un par de fuentes de soda que parecen sacadas de la provincia profunda, el De Calle, de Benjamín Nast, un gimnasio de box, una iglesia evangélica y un banco. En una mirada 360, todas las escalas posibles: el mall, las torres, edificios de cuatro pisos, casas de uno. Hacia Larraín e Irarrázaval sobreviven fachadas bajas y locales de siempre. Un popurrí sin estilo alguno.

Y se asoma el calor. En un eje de cruces, bandejones y poco y nada de verde (salvo las palmeras de la vereda oriente), el verano va a pegar fuerte. La joven de un café del mall me cuenta que cuando llueve la gente se refugia ahí. El aire acondicionado será también la guarida contra las altas temperaturas que, puertas afuera, nadie habrá resuelto.

Queda un detalle. En los polos de oficinas del centro y el oriente, el estacionamiento promedia unos 45 pesos el minuto. En el Mallplaza Egaña cuesta 28. Plaza Egaña tiene el flujo, la densidad y los precios de una centralidad metropolitana, pero en ese ítem todavía cobra como barrio. La duda es por cuánto tiempo más.

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