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Opinión

7 de Noviembre de 2026
Sandro Baeza

Columna de Danilo Herrera: Dios proveerá

Foto autor Danilo Herrera Por Danilo Herrera

Danilo Herrera cuestiona la estrategia de José Antonio Kast de apelar al optimismo y la fe mientras se acumulan las cifras económicas negativas y las crisis políticas. Entre promesas incumplidas, empresarios que no contratan y una confianza ciudadana en caída libre, el columnista argumenta que el Presidente parece confundir la esperanza con la gestión y las plegarias con un plan de gobierno.

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El Presidente José Antonio Kast ha convertido el “todo va a estar bien”, la frase que lo acompaña desde la campaña de 2021 y con la que suele cerrar sus apariciones, en su principal política pública. Frente a una economía que no despega, al desempleo que solo aumenta y a una crisis política que se arrastra por semanas, la respuesta de La Moneda es pedir que le crean, como si el optimismo bastara para ordenar lo que la gestión no ha logrado. Es un acto de fe, legítimo en el plano personal, pero insuficiente para quien tiene la responsabilidad de conducir un país.

La fe, además, se ha ido desvaneciendo. En abril, cuando el gobierno recién cumplía su primer mes, Cadem preguntó si la gente creía en la frase del Presidente y el país ya estaba dividido. Un 46% decía que sí y un 50% que no. Desde entonces, el escenario no ha hecho más que deteriorarse. El desempleo llegó a 9,8% en el trimestre julio-septiembre, con más de un millón de personas sin trabajo y más de cien mil empleos destruidos en un año. El Imacec de septiembre creció apenas 0,2%, y a mitad de año el país esquivó por poco una recesión técnica tras cinco meses de caídas. A casi ocho meses de haber asumido, la explicación oficial sigue mirando hacia atrás, como si el gobierno anterior todavía firmara los decretos.

Con los empresarios la lógica ha sido la misma. Kast les cumplió casi todo lo que venían pidiendo hace una década. Bajó el impuesto a las grandes empresas de 27% a 23%, reintegró el sistema tributario, eliminó el impuesto a las ganancias de capital bursátiles y abrió una ventana para que quienes tienen fortunas en el extranjero las declaren pagando menos. Y, aun así, con todo eso entregado, en Enade, el pináculo del empresariado, tuvo que pedirles por favor que, si cada uno contrataba a una persona más, quizás las cifras de empleo empezarían a cambiar. Esperar que el empleo llegue por buena voluntad del empresariado es otro salto de fe. Bajar los impuestos, cruzar los dedos y rezar para que Dios provea.

La confusión no es menor. Fe y confianza comparten raíz, pero no fundamento: la fe, según su vieja definición, es la convicción de lo que no se ve, mientras que la confianza se gana con antecedentes, con experiencia y con promesas cumplidas. La primera se le pide a un creyente; la segunda se le entrega a un gobierno, y solo cuando ese gobierno ha dado motivos para merecerla. El Presidente parece no advertir la diferencia y por eso insiste en pedir fe a empresarios y ciudadanos que, a estas alturas, solo están dispuestos a entregar confianza a cambio de algo concreto.

El problema es que esa misma fe ya no se limita a la economía. Frente a la crisis por las rebajas de pena a 56 condenados por abusar sexualmente de niñas y niños, Kast ha optado por la misma receta: sostener a Fernando Rabat contra la opinión de su propia coalición, de la Cámara y de siete de cada diez chilenos, y esperar que la tormenta pase sola. Sacarlo, dijo, tranquilizaría por unos días, pero no cambiaría el fondo del problema, como si bastara con repetir que todo va a estar bien para que ese fondo se resuelva.

Kast llegó a La Moneda con 57% de aprobación y hoy marca 26%, su nivel más bajo, con 69% de desaprobación. Más elocuente aún es lo que mide Criteria: un 57,7% dice tener poca o ninguna confianza en el Presidente, frente a apenas un 19,3% que declara mucha o total. Fe puede que le quede, pero confianza no, y esa no se recupera pidiendo que creamos ni repitiendo que todo va a estar bien. Está claro que el grueso del país ya no confía en Kast, y gobernar a la espera de que Dios provea parece más una plegaria que un plan de gobierno.

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