Si a primera vista no lo reconoce, mírelo bien para que no se le olvide su cara ni su nombre: es Roberto Farías (39), uno de los actores chilenos mejor posicionados. Viene de una familia pobre de Conchalí. Su madre era dueña de casa y su padre, eléctrico de trolley buses y vendedor. Pasó la mayor parte de su vida sacando fotocopias y haciendo aseo, hasta que llegó a la actuación: fue junior en “Mandiola y Compañía” y profesor de la obra “Clase” sobre la revolución pingüina. Pero la fama le sonrió recién este año, con su rol en la película “La Buena Vida”, de Andrés Wood, con el que se acaba de ganar el premio al Mejor Actor en el Festival de cine de Biarritz, en París.

por Carla Celis • Foto: Alejandro Olivares

¿Cómo era tu vida antes de ser actor?
-No quiero ser cebollero, pero llegué al teatro y a la actuación por un camino que no es muy común. No tengo muchos antecedentes de artistas o referentes, tampoco te voy a decir que quise ser actor desde niño, sino que fue de un día para otro. Primero estaba bien perdido, no sabía para dónde iba la micro, no tenía vocación, pero no es que si yo no hubiera sido actor hubiera sido delincuente, ¡na’ que ver!. Pero era pobre o, como dijo Raphael cuando le preguntaron si era niño pobre: “No tenía plata, pero no era niño pobre”, jaja. Una cosa así era yo, un niño sin plata. Hice varias cosas antes: estudié sastrería, publicidad, fui profesor de kung-fu y trabajé como cuatro años en Dimacofi. Y llegué al teatro porque unos compañeros me dijeron que como siempre andaba payaseando podría ser actor. Fue como decir: “chuta, ¿pa qué weá tengo talento?… Soy bueno para contar chistes, soy rápido, me gusta improvisar, soy florerito, jaja”.

O sea que también podrías haber sido humorista.
-Jaja… Pero es que también tengo un lado trágico. Ser actor más que inquietud mía, fueron mis compañeros de trabajo en Dimacofi los que se encargaron de ayudarme con la vocación. Y la mayoría de las veces pienso que fue un acierto. Tal vez tuve la suerte de estar en el lugar preciso y en el momento preciso. No sé si habrá algún mérito, lo importante es estar bien enfocadito, y yo tuve esa suerte, de convencerme de un día para otro que tenía que ser actor y luchar contra todas las adversidades que tenía en ese momento, de no poder pagarme una carrera, de no tener plata, etc.

¿Cómo fue tu primer acercamiento al teatro?
-A los 25 años, en el Taller de la Corporación María Cánepa. Ese taller lo encontré mientras leía el diario en Dimacofi, en algunos ratos libres que tenía en el subterráneo donde trabajaba. Caché que eran vespertinos y me metí para probar. El taller era súper básico, pero me motivó mucho este tema de jugar con el imaginario, interpretar, no sé… jugar básicamente. Además, la idea de poder dedicarme a esto profesionalmente me encantó. Estuve en muchos, muchos talleres. Después llegué donde el Juan Edmundo González, y ahí estuve harto tiempo, y luego donde Gustavo Meza, que me dio las facilidades para poder estudiar en su escuela y trabajar ahí.

¿Qué facilidades?
-Tenía que hacer aseo por las mañanas, y me podía quedar a estudiar después. Allí estuve tres años y egresé el 97. Entraba a las ocho de la mañana y hacía el aseo antes de que llegaran mis compañeros. A veces pintaba la escuela, sobre todo en vacaciones. Y limpiaba todo, hasta los baños. Aunque Gustavo Meza el otro día dijo que yo no limpiaba muy bien, jaja. Fue muy importante esa mano que me tendió, porque de otro modo habría sido imposible que estudiara alguna carrera.

¿Aceptaste al tiro su propuesta?
-Sí, porque no le tenía asco al trabajo. Cuando trabajaba en confección también tenía que hacer aseo, y en Dimacofi tenía que limpiar antes de ponerme a sacar fotocopias. Trabajaba de corbata, pero igual hacía aseo. Entonces, limpiar no me daba lata, no se me caía la corona ni nada de eso. Pero, puta, yo veía a mis compañeros, los niños cuicos y las niñas bonitas, que andaban paseándose mientras yo hacía aseo y les recogía los papeles y me daba lata. Más encima tenía que andar todo feo para limpiar, de buzo, medio cochino, barbón, etc. Ahí mi autoestima estaba por el suelo. Por qué pa’ qué vamos a andar con weás, igual era fome. Yo decía: “chucha, qué lata esta weá”. De hecho no pololeé en toda la época que estudié.

¿Nadie te pescaba?
-Claro, un poco porque yo andaba con la autoestima por el suelo, y también porque no tenía tiempo. En el día hacía aseo, en la tarde iba al taller de Meza y por las noches me iba donde Juan Edmundo a tomar clases de cine. Así que no tenía mucho tiempo para pinchar y no me tenía mucha fe tampoco. Es que me sentía feo, gordo, na’ que ver como mi hermano, que hace mucho deporte y es muy flaco. Él salió a mi mamá y es que yo, salí como mi papá, que venimos bien preparados para comer.

¿Y cuándo te empezaste a tener fe?
-Parece que cuando caché que le pegaba a la cosa. Pero me costó tener algo de donde agarrarme para tener amor propio, lo que es una cuestión muy tonta, pero igual uno tiene que tener algo como pa’ creerse el cuento. Cuando pude decir “¡Yo soy actor, y soy bueno!”, como que ahí agarré confianza y florecí, jaja. Pero siempre partí tarde en todo, en la actuación y en los amores.

“TENGO CALLE”

¿Por qué crees que tus personajes han tenido éxito últimamente?
-Enganchan porque yo conozco mucho el barrio, a la gente popular, tengo calle. Y no es porque me lo hayan contado, si no porque me crié ahí. Entonces, cuando hago estos personajes, sé de lo que estoy hablando y la gente siente eso. Porque hay muchos que hacen personajes populares y los fuerzan mucho. Quizás a mí me pasaría, o tendría que investigar mucho, si alguna vez me dieran un personaje cuico, cosa que yo sé que no va a pasar. Nunca me van a dar un personaje de cuico, porque no tengo cara.

¿Cómo llegaste a actuar “La buena vida”?
-Fue a través de un casting. Yo había probado algunas cosas antes con Andrés Wood y no habían funcionado, y de repente, de un día para otro me llamaron. La película estaba como encima y quedé. Así que me subí al carro al tiro y empezamos a trabajar de una.

¿Cómo fue la experiencia de hacer cine?
-Me encantó. Además, el personaje me gustó harto, me conecté bastante con él, porque lo entendía, tenía que ver con mi vida pasada. Yo era también un tipo aspiracional. El personaje (Edmundo) quería un auto, como podría haber querido un cohete, o ser dueño de una edificio o lo que sea, pero lo que buscaba era darle un sentido a su vida, ¿cachai? Porque la sociedad se preocupa bastante de eso, de que todos tenemos que tener cosas y pertenecer a algún lugar y saber algo y dedicarse a algo. Y cuando no lo tienes muy claro, dices: “¡chucha! Algo hay que inventar para darle sentido a todo”. Entonces, como que Edmundo tenía eso, algo que yo también tuve.

La mayoría de tus trabajos tiene un discurso social. ¿Qué te pasa con eso?
-A veces se tiene la suerte de hacer una obra de teatro o una película que te toca y compartes totalmente lo que piensa el personaje y la idea en general. Y en “Clase” tuve el privilegio de que me pasara eso, porque todo lo que digo en la obra lo comparto. Es como que no actúo, lo digo no más. Y lo que digo es casi como una catarsis, un desahogo, un vómito. Por ejemplo, cuando digo que la vida es muy corta, que en mi casa no habían muchos libros, que llegué tarde, que hay gente que es educada para ser dueño y gente que es educada para ser esclavos, es eso. El gancho, el contexto y pretexto de esta obra, es la revolución pingüina, pero habla de mucho más, de cosas como el amor y el desencanto. Es una obra muy bonita porque está llena de contradicciones. En ella hay una postura clara de un ideal político, pero también se cuestiona todo.

¿Lees las críticas?
-Sí, la mayoría de las veces. De hecho, en el Clinic, René Naranjo me puso Ricardo Farías, y no Roberto, jaja. Así que aprovecho de hacer la fe de erratas. Yo creo que, sobre todo a mi edad, uno anda como mirando para atrás a ver qué ha logrado, preguntándose si le pega a la weá, esa es la parte como de mierda que tiene esta pega. Pero no hay que creerse el cuento ni ser tan pretencioso tampoco, hay que entender que estai en Chile, que es el Chimbarongo del planeta. Y no me creo superior porque vengo de abajo, o porque vengo del barrio. Eso no me hace mejor ni peor, porque hay hijos de puta en todas partes.

“NI CAGANDO VOTO POR LA DERECHA”

¿Votas por la concertación?
-Sí, voté. Por Lagos, por Bachelet, por el No, etc. Yo antes era más participativo, pero ahora lo soy cada vez menos. Voto porque no me queda otra. Cuando llego a la urna, ahora voto siempre por el más de izquierda, por el que tiene menos posibilidades. Siento que como que nos invitaron a una fiesta y en algún momento nos hicieron salir por una puerta chica y se quedaron los puros dueños de casa. Pero ni cagando voto por la derecha en todo caso, es peor. Pero ahora uno mira y está todo revuelto: la derecha con la Concertación, todos juntos. Ahora yo estoy anulando mi voto. ¿Eso se puede decir o me pueden meter preso por eso? jaja. Pero da rabia escuchar que recién, tras el fracaso de la Concertación en las últimas elecciones, los weones dicen: “ahora vamos a empezar a hacer las cosas bien”, si las cosas bien las deberían haber hecho hace rato!

¿Y Farkas qué te parece?
-Es muy raro lo que sucede con él. Él es como una metáfora de algo. Él es muy concreto y la gente se le acerca y se le tira encima, porque sabe que entrega plata y todo eso. Lo que él hace es muy correcto, es su estilo, y uno puede verlo, puede visualizarlo, pero él no anda prometiendo cosas, él las hace. No me refiero a que sea correcto que regale plata, pero ese weón es coherente, a pesar de toda la weá ruidosa, farandulera y frívola que hay a su alrededor, funciona. Creo que el weón se está cagando de la risa de todos los weones y está diciéndoles a los empresarios que sean generosos y que no se la lleven toda. Que tengan más compasión.

¿Votarías por Farkas?
-Nooo.