Para Pablo Domínguez, pintor.

Hoy, The Clinic tiene su sede en un departamento con vista al Parque Forestal. Trabajan aproximadamente quince personas, entre periodistas, diseñadores, dibujantes, fotógrafos, y Alejandra, la secretaria. Ella y yo somos las reliquias de la oficina. Los únicos que conocemos la historia completa de esta revistucha. Ella llegó cuando nos instalamos en la calle De las Claras, en un departamento de 80 mts2 con dos habitaciones diminutas, a pasos de Seminario. Antes, mientras fue unas páginas regaladas, The Clinic residió en un computador portátil. Por esos años estaba en Chile Enrique Symns, un argentino que venía de hacer Cerdos y Peces en Buenos Aires, algo así como un manifiesto a la calle dislocada y la vida salvaje, con mucho rock, mucha droga y mucho sexo. Él y yo vivíamos en el mismo barrio, a tiro de piedra de la oficina, en un sector conocido como El Vaticano Chico. A la entrada de Obispo Pérez se instalaban los travestis, y no había noche que no dieran un concierto de tacos escapando de la policía calle adentro. Naturalmente, Symns se incorporó al equipo. Ya venían de antes, del tiempo de las páginas regaladas, Rafael Gumucio, Pablo Azócar, Nibaldo Mosciatti, Roberto Brodsky, no recuerdo bien, quizás Ángel Carcavilla. Mi despacho lo empapelamos con un cuadro de papel del pintor Pablo Domínguez, lleno de globos y challas y botellas haciendo erupción. Lo pegamos con tape. No sabíamos, entonces, que las fiestas terminaban ni que los amigos morían. Vivíamos al día, irresponsables, arrasando tabernas oscuras para no tener nada claro, para escamotear el miedo, donde dicen que reina la muerte. Pero a Pablito Domínguez lo enterramos la semana pasada, y confieso que me duele todo el cuerpo de pena. Ninguna curadera me ha servido para esquivarla esta vez. En fin, poco antes de instalar esa pintura coloridísima de nuestro actual corresponsal en las sombras, con Dittborn, socio y gerente -si acaso estos rangos se condicen con una situación como la que vivíamos-, compramos en la feria de Franklin los muebles básicos para funcionar y los subimos al hombro un sábado, cerca de las tres de la tarde, mientras los pájaros se desplomaban de calor. El estacionador de la cuadra era un viejo chico que administraba las cunetas con conos plásticos y trípodes de metal. Salvo Dittborn, que ejercía un cargo importante en otra editorial y no participaba propiamente de la vida oficinesca, nadie tenía mujer ni hijos. No se pagaban sueldos. Las noches eran eternas. Las reuniones de pauta eran alimentadas por todo tipo de bebestibles. El aire de la dictadura seguía opacando el ambiente, y para contrarrestarlo, había que ser lo más demente posible. Odiábamos con fervor todo lo que oliera a militar. Inventábamos titulares en estado de éxtasis. Los gritos iban de un lado al otro. En un comienzo, no había reporteo. Se jugaba con lo que decían los demás medios y las columnas de opinión sacaban afuera las miles de sensaciones enclaustradas. Entrevistábamos mendigos, almaceneros, gente de alrededor. Eran doce páginas en blanco y negro que diseñaba Pato Pozo en su departamento de la calle Andrés de Fuenzalida, al frente del Tavelli y de la heladería San Sebastián. Robábamos las fotos de donde fuera e ilustrábamos notas contingentes con personajes de otras fechas y lugares. Por esos tiempos se incorporaron el Guatón Hidalgo, Álvaro Díaz y Pedro Peirano. El guatón, que venía llegando de unas misiones seudo diplomáticas en Nicaragua, se sumó a jornada completa. Juan Cristóbal Guarello trabajó un tiempo de editor. La ejecutiva de una compañía de seguros se apersonó una mañana y nos recomendó, muerta de la risa, contratar alguna de sus pólizas a la brevedad. Existía gente que nos odiaba con dedicación exclusiva y admiradores que nos juraban amor eterno. En el matrimonio de un pariente me agarraron a puñetazos un par de lavinistas furiosos. Délano y Copper. Este último había participado en el asesinato del general Schneider, y el incidente sacó portada en el diario La Nación. Ricardo Lagos, entonces candidato, me llamó para solidarizar. La revista se volvió un poco más famosa. Según Dittborn, una golpiza cada tanto nos vendría de perilla. Una de las veces que nos amenazaron de bomba, le pedí a Alejandra que revisara los cajones antes de llamar a Carabineros. La tragedia en cierne, más que en una explosión sangrienta, radicaba en que hubieran drogas, y estallara un escándalo. Por suerte, esa tarde estábamos limpios. Ya teníamos alumnos en práctica que salían a buscar historias. La Lorena, la señorita Delgado, la Tania, la Andrea Lagos, la Leo Marcazzolo. La oficina pasaba llena de locos. Se apersonaban desquiciados, tipos ofendidos, expertos en confabulaciones. Vivíamos en apacible estado de alerta. Mario Lobo, el tercer socio, se encargó de enseñarnos la fuerza revolucionaria de la elegancia. Al cabo de un par de años nos mudamos a la calle Santo Domingo, atrás del Museo de Bellas Artes, y los locos nos siguieron. A la lista de extranjeros perdidos que se aguachaban con nosotros y a la no menos larga de paranoicos, víctimas consuetudinarias, maestros del complot, inventores indignados, etc., etc., se sumó el doctor Grgurina, un caballero de 80 primaveras que hablaba sin parar, mezclando verdades y mentiras delirantes. Era experto en ordinarieces. Descubría la forma del entre piernas de las mujeres según el modo en que arrugaran el ceño. Hablaba de las “machorras”, los “maricones ponientes” y “salientes” y una serie de perversiones que llamaba por sus nombres técnicos. Lo reclutamos como consejero y colaborador ocasional. Aparecían, cada tanto, representantes de organizaciones varias a plantear sus reclamos. Una mañana, nos visitó un bloque de autoridades comunistas para llamarnos la atención por la línea que íbamos tomando, dos altos miembros de la embajada de Israel por unas burlas que habíamos hecho a Sharón, y a Juan Andrés Guzmán, que entonces era editor periodístico, lo atacaron a combos dos rastafaris en venganza por un photoshop que consideraron ofensivo. Un representante del sindicato de pescadores de la séptima región nos advirtió que los tomáramos en serio,porque le prenderían fuego a Santiago durante esa semana si era necesario. Al día siguiente estalló una bomba de humo en el Metro, y se la adjudicaron. Por suerte no pasaron de ahí. Juan Andrés le dio vida al reporteo. Organizó el trabajo periodístico propiamente tal, el rigor en las investigaciones, la profundidad en los temas. Nos propusimos tener los mejores artículos y entrevistas, entrar en las zonas prohibidas para los otros medios por intereses de todo tipo. Los avisadores, lector, son los que mandan en este negocio. Con Pablo Vergara y Anita Sanhueza conformaron un equipo de lujo. Paralelamente, al terreno del delirio, se sumó Pablo Araujo. Araujo llegó a conversar un día, sin mayores explicaciones, como un enorme conejo mojado. Pesaba ciento y tantos kilos y no sabía bien qué hacer. En Punta del Este administró una pizzería y trabajó inventando guiones por ahí. Volvió a la semana siguiente, y a la siguiente, y a la siguiente, hasta transformarse en el pulmón del humor de la revista. El frenesí de los primeros años disminuía. Sólo ocasionalmente se disparaban las sesiones. Varios del lote comenzaban a tener familia. De pronto, uno que llevaba tiempo desaparecido llegaba al final del día con una botella de algo, buscando recuperar la juventud extraviada. En esos encuentros se decía de todo. Se disparaba lo primero que asomaba en la cabeza con una gratuidad sorprendente. Lo predecible era de segunda categoría. No se aceptaban los discursos hechos, cualquiera fuera el lado del que vinieran. Con Symns terminamos pésimo. Un día se fue a vivir a Valparaíso y cuatro meses después volvió, reclamando un lote de millones de pesos. Según él, había descubierto el nombre de los verdaderos socios del Clinic y que algunos de nosotros, yo, Rafael Gumucio, Guillermo Hidalgo, nos estábamos enriqueciendo a sus espaldas. Amenazó con encadenarse en las puertas del edificio institucional y citar a una conferencia de prensa. Entonces confesaría, según dijo, a los cuatro vientos la secreta verdad de nuestra revista. Con Dittborn, para sacárnoslo de encima y entendiendo que se hallaba en la miseria, le dimos a modo de indemnización, y como carta de despedida, una cantidad de plata nada despreciable. Lo instamos, eso sí, a firmar un documento por si las moscas. Dos semanas después, sin embargo, apareció inventando infundios en las páginas juveniles de El Mercurio. Él, Marco Enríquez y Pablo Azócar, que solía terminar los artículos, cualquiera fuera el tema, con la frase melodramática: “y el último apaga la luz”. Se estaba desgranando el choclo. Poco antes del número 100 se fue Hidalgo. Era la partida de un compañero de andanzas. Nos habíamos hecho amigos, íbamos a todos lados juntos y hasta se quedaba a veces a dormir en el living de mi casa, borracho, después de los cierres, mientras en el segundo piso yo dormía con mi esposa e hijos nuevos. La Claudia, mi mujer, lo trataba de “gorda”. “Pregúntale a tu gorda si tomó desayuno”, me ordenaba a la mañana siguiente. Ya éramos el quincenario más vendido de Chile, pero nadie lo sabía. Se me confunden las fechas, pero creo que fue poco antes cuando Carcavilla, el Rafa y la Carola del Piano asistieron a un programa de televisión, donde Carcavilla, según él embrujado por la baja categoría del whisky, acusó a Estela, esposa del candidato presidencial de la derecha, lisa y llanamente de “frígida”. Ardió la pradera. El candidato declaró que jamás había escuchado algo tan doloroso. Eran otros tiempos. Había quienes leían The Clinic envuelto al interior de otras publicaciones para que no los descubrieran. Se nos consideraba una mezcla de terroristas y pornógrafos. El 13 de septiembre del año 2001, Piero Montebruno, poeta, psiquiatra, tiro al aire, me llamó a las tantas de la madrugada desde El Paso, frontera México-Norteamericana, para que le mandara a la brevedad un fax con la autorización y firmas correspondientes, necesarias, según él, para ingresar a EE.UU. como periodista acreditado y reportear in situ la tragedia de Las Torres Gemelas. Había partido sin aviso, por puro entusiasmo, cuando los aeropuertos estadounidenses se hallaban cerrados como tapias, vía desierto mexicano, a la Zona Cero. Piero empezó a llamar desde New York a horas indeterminadas. Enviaba sus reportes por fax, reportes delirantes de tierras arrasadas, repletas de dolor, locura y desastre. Nuestro enviado en ground zero hablaba en versos intraducibles, como la magnitud de la tragedia. Citaba a poetas muertos para dar vida al espanto. Se coló, una noche, entre las barreras de seguridad, recorrió las ruinas bajo la nube de polvo todavía en suspensión, y caminó sobre cuerpos invisibles, cuando la cordura obligaba, a punta de armamento de última generación, a negar las carnes despedazadas. Dicha corresponsalía terminó con Piero corriendo en pelotas por la 5ta avenida, con todo su cuerpo embetunado de zapallo. Acto seguido, fue deportado. Revivimos el caso Anfruns antes que nadie, el misterio de una cabeza hallada sin su cuerpo, la historia de amor de Allende y Gloria Gaitán, la travesía de una pastabasera embarazada a la que sus amigas, en vez de pañales, le regalaban canutos de “angustia” para que fumara en el hospital. Hemos contado la historia de influyentes y de perdidos. Una noche se quemó el departamento de abajo y nuestra oficina amaneció tiznada. Nos han robado los computadores dos veces. Un junior, por razones pasionales, intentó envenenar al amigo que nos lo recomendó. Al Coke, el actual, lo asaltaron en la esquina con pistola, mientras un bus oruga del Transantiago encallado en una cuneta concitaba la atención de los carabineros del barrio. En diez años nos ha ocurrido de todo. Hemos hecho amigos y enemigos, y amigos de enemigos. Tenemos un alma temperamental y movediza. Lo que The Clinic continúa combatiendo es el abuso de poder, a los que pueden pisar un pájaro sin espantarse y los derechos de un congénere con seriedad sacerdotal. Nacimos sin darnos ni cuenta, como todas las criaturas, y en el trayecto hemos ido aprendiendo que la risa no siempre es chacota, que una pluma también puede ser un arma de cosquillas lacerantes. Por estas dependencias no ha dejado nunca de correr sangre joven. Los de entonces ya no somos los mismos, ni los de ahora son como fuimos, ni nadie sabe cómo serán los que vendrán. Pero The Clinic, quiero creerlo, seguirá donde mismo, sin renunciar a sorprender.